Capítulo 12
Los ocho meses que Roi pasó, en gran parte, entre Barcelona y las distintas ciudades de la gira de Bernal Iturri, resultaron ser tan difíciles como Alaia había temido y, al mismo tiempo, mucho más llevaderos de lo que se había atrevido a esperar.
Las primeras dos semanas de marzo, nada más marcharse Roi, fueron con diferencia las más duras de todo el proceso, mucho más de lo que ninguno de los dos había anticipado durante la conversación de reconciliación en el taller.
Alaia se sorprendió a sí misma llorando sin motivo aparente mientras cerraba el estudio una noche, simplemente porque el patio, sin la luz del taller encendida al otro lado, le parecía extrañamente vacío, casi hostil en su silencio.
—Es normal —le aseguró Herminia, la primera semana, apareciendo con su tupper habitual y sentándose junto a ella en el mostrador—.
Cuando mi marido se iba de pesca con los amigos un fin de semana entero, yo también lloraba el primer día, y eso que sabía que volvía el domingo por la noche.
La ausencia duele más al principio, antes de que el cuerpo aprenda el ritmo nuevo.
—¿Y cuánto tarda el cuerpo en aprender ese ritmo?
—Depende de la persona. A mí me llevó quince días. Después ya sabía que el jueves tocaba prepararle la mochila, que el domingo tocaba esperar la llamada avisando de que ya volvía hacia casa. Se convierte en costumbre, como todo.
Herminia tenía razón, como casi siempre.
Hacia finales de marzo, Alaia había desarrollado ya una rutina propia que le permitía sobrellevar la ausencia sin que cada día se sintiera como una prueba de resistencia: se volcó en el estudio con una intensidad renovada, aceptando encargos más ambiciosos que antes no se había atrevido a asumir por falta de tiempo, y empezó a acompañar a Herminia algunas tardes en el cuidado del jazmín y, ahora también, de los primeros preparativos para plantar algo nuevo en el patio, una idea que la propia Alaia había propuesto sin saber todavía que terminaría siendo el ciruelo que presidiría su boda un año después.
Uxue, mientras tanto, asumió progresivamente más responsabilidad en el estudio, empezando con citas sencillas y avanzando, semana a semana, hacia diseños más complejos que antes reservaba exclusivamente para Alaia. La transición no estuvo exenta de nervios por ambas partes.
—¿Y si meto la pata con un diseño grande? —le preguntó Uxue, la primera vez que aceptó, ella sola, un encargo de manga completa.
—Vas a meter la pata alguna vez. Yo también la metí, más de una. Lo importante no es no equivocarte nunca, es saber corregir cuando pasa.
—Qué consuelo.
—Es el único consuelo real que existe en este oficio, créeme.
Cumplieron la lista casi a rajatabla: videollamadas los domingos por la noche, que a veces se alargaban hasta la madrugada cuando ninguno de los dos tenía ganas de colgar; visitas de Roi a Madrid cada tres semanas, breves pero intensas, en las que ambos aprendieron a exprimir cada hora como si fuera la última disponible; y dos viajes de Alaia a Barcelona, uno en abril y otro en julio, coincidiendo con sendos conciertos en los que pudo ver, desde un lateral del escenario, a Bernal Iturri tocando la guitarra que Roi había construido con sus propias manos, ante miles de personas que aplaudían sin saber que el instrumento que sostenían sus oídos había nacido en un taller diminuto de Lavapiés.
Las videollamadas de los domingos se convirtieron, con el paso de las semanas, en algo mucho más parecido a un ritual sagrado que a una simple obligación de pareja.
Alaia se acostumbró a prepararse una copa de vino y sentarse en el sofá con el portátil apoyado en las rodillas, mientras Roi, al otro lado de la pantalla, solía aparecer todavía con restos de barniz en las manos, recién salido del pequeño taller que le habían prestado en Barcelona.
—Cuéntame algo aburrido de tu semana —le pedía él, casi siempre, al principio de cada llamada.
—¿Aburrido? Pensaba que querías las anécdotas emocionantes.
—Las emocionantes ya me las cuentas siempre. Lo que echo de menos es lo aburrido: qué has comido, si ha llovido, si Herminia te ha traído algún tupper raro esta semana.
Alaia entendió, con el tiempo, que aquella petición extraña escondía algo mucho más profundo: Roi no quería sentirse un espectador lejano de su vida, sino seguir formando parte de la trama diaria, por insignificante que pareciera, y ella empezó a guardar mentalmente los detalles domésticos de cada semana —una discusión tonta con un proveedor de tinta, el resfriado de Herminia, una anécdota graciosa de algún cliente— precisamente para poder compartirlos con él cada domingo, como quien guarda monedas pequeñas para una hucha que solo se abre una vez por semana.
Alguna noche, cuando la videollamada coincidía con un momento especialmente vulnerable para cualquiera de los dos, la conversación se alargaba mucho más allá de lo habitual, hasta bien pasada la medianoche, con ambos ya tumbados en sus respectivas camas, hablando en susurros como dos adolescentes que no quieren que sus padres los escuchen, aunque no hubiera nadie más despierto en ninguno de los dos pisos.
—A veces pienso que esta distancia, con lo mal que la llevo algunas noches, también nos está enseñando algo que la convivencia normal no nos habría enseñado nunca —le confesó Alaia, una de esas noches de confesiones tardías.
—¿El qué?
—A no dar por sentado ni un solo domingo. A valorar cada minuto de estas llamadas en vez de dejar que se conviertan en rutina invisible, como pasa a veces cuando tienes a alguien todo el tiempo delante.
—Cuando vuelva, prométeme que vamos a seguir teniendo domingos así, aunque estemos en el mismo patio.
—Te lo prometo, si tú me prometes seguir contándome cosas aburridas aunque ya no haga falta.
—Trato hecho.
—Es la sensación más rara del mundo —le confesó Roi, una noche de abril, después del concierto, con las manos todavía temblorosas de la emoción—.
Ver algo que has construido tú sonando delante de tanta gente.
Como si una parte de ti estuviera ahí arriba, en el escenario, aunque tú te quedes entre bastidores.
—Tu abuelo estaría muy orgulloso.
—Lo sé. Lo siento cada vez que suena.
El viaje de abril fue el primero que Alaia hizo a Barcelona, coincidiendo con un fin de semana en que Uxue le aseguró, con una firmeza que no admitía discusión, que el estudio sobreviviría perfectamente sin ella durante tres días.
Roi la recogió en la estación de Sants con un ramo de flores silvestres comprado a toda prisa en un puesto ambulante, un gesto tan poco propio de él que Alaia no pudo evitar reírse en cuanto lo vio.
—¿Flores? ¿Tú?
—No sabía qué otra cosa traer. Me han dicho que es lo que se hace.
—Me encantan. En serio.
El piso que la productora le había alquilado era pequeño, funcional, con vistas a un patio interior mucho menos acogedor que el de Lavapiés, y Alaia entendió, en cuanto entró, por qué Roi hablaba tanto de Madrid en cada videollamada: aquel espacio no tenía nada de él, ni una guitarra a medio construir, ni el olor a barniz que ella había aprendido a asociar con su presencia.
—Es horrible, ¿verdad? —dijo él, siguiendo su mirada por la habitación desnuda.
—Un poco.
—Cuando vuelva a Madrid no pienso volver a vivir en un sitio sin herramientas nunca más.
Cenaron esa noche en un restaurante pequeño cerca del Born, recomendado por uno de los técnicos de la gira, y hablaron durante horas de todo lo que no cabía en una videollamada de domingo: los detalles minúsculos del día a día, las anécdotas de los conciertos, la nostalgia compartida por el patio de Lavapiés que ninguno de los dos verbalizaba del todo pero que flotaba entre ellos en cada pausa de la conversación.
Al día siguiente, con Roi libre de compromisos hasta la noche, pasearon por el Born y el Gótico como dos turistas cualquiera, algo que ninguno de los dos había podido permitirse hacer en las visitas anteriores, siempre demasiado breves para nada que no fuera reencontrarse y despedirse.
Roi le enseñó, con un entusiasmo poco habitual en él, una tienda de instrumentos antiguos que había descubierto durante sus meses allí, donde el dueño, un anciano catalán que hablaba un castellano cargado de acento, reconoció enseguida en Roi a alguien del oficio y les invitó a un café mientras les mostraba una colección de guitarras del siglo diecinueve que guardaba en la trastienda, con una devoción similar a la que Roi mostraba por las suyas propias.
—Podría quedarme aquí escuchándolo horas —le confesó Roi a Alaia, ya de vuelta en la calle, con la tarde cayendo sobre los tejados del Born—.
Hay tan poca gente que entiende de verdad este oficio que cuando encuentras a alguien así, da igual la edad, el idioma o el país. Es como reconocer a un familiar lejano.
—Me alegra que hayas encontrado algo de eso aquí, aunque sea rodeado de tanta cosa que no te gusta.
—No todo es malo en Barcelona. Solo que ninguna parte de aquí se siente como un hogar. Eso es distinto.
Pasaron por la playa de la Barceloneta al atardecer, descalzos sobre la arena todavía tibia, compartiendo un helado que Roi insistió en comprar aunque ya hubiera empezado a refrescar, y Alaia pensó, mientras observaba el mar oscurecerse poco a poco frente a ellos, que aquel día —sin urgencias, sin plazos, sin ninguna crisis pendiente de resolver— era exactamente el tipo de normalidad que llevaba meses echando de menos entre videollamadas y visitas cronometradas al minuto.
—¿Sabes qué es lo que más echo de menos de Madrid? —preguntó Roi, con los pies hundidos en la arena.
—¿Qué?
—Lo aburrido. Los domingos sin planes, la cena improvisada, el ruido de fondo de tu máquina de tatuar a través de la pared. Aquí todo es grandioso, todo es un concierto multitudinario o una cena con gente importante, y a veces solo quiero que no pase nada especial.
—Eso es lo más romántico que me has dicho en meses, y hablas de aburrimiento.
—Contigo el aburrimiento nunca ha sido aburrido, la verdad.