Capítulo 11
Alaia había pasado buena parte del día dándole vueltas a lo que iba a decir, ensayando frases en su cabeza mientras atendía citas en el estudio, tachándolas mentalmente en cuanto sonaban demasiado ensayadas o demasiado parecidas a una rendición.
Uxue, que la notó distraída toda la tarde, no preguntó nada, limitándose a lanzarle miradas de ánimo entre cliente y cliente, como si supiera exactamente lo que se estaba jugando su jefa esa noche sin necesidad de que se lo confirmara.
Cerró el estudio a las ocho, más tarde de lo habitual, y en lugar de subir directamente a su piso, se quedó un rato sentada en el escalón de la entrada, mirando hacia la puerta del taller, donde la luz seguía encendida como cada noche desde hacía diez días.
Pensó en Herminia, en su teoría sobre elegir vivir con miedo y con gente al lado antes que segura y sola.
Pensó en su madre, en la distinción entre lo que sentía de verdad y lo que el miedo le enseñaba a temer.
Pensó, sobre todo, en la primera vez que había cruzado aquel patio con una carta en la mano, sin saber todavía que estaba a punto de cambiarle la vida entera.
Cuando por fin se levantó y cruzó el patio, sintió que cada paso pesaba menos que el anterior, como si el propio acto de moverse hacia Roi, en lugar de quedarse paralizada por el miedo, ya fuera en sí mismo una pequeña victoria sobre tres años de cautela acumulada.
Roi levantó la vista en cuanto la puerta se abrió, con una expresión cautelosa que se suavizó, aunque solo un poco, al reconocer a Alaia en el umbral.
—He estado pensando —dijo ella, sin más preámbulo, cerrando la puerta tras de sí—. En lo que dijiste. En venir contigo, en encontrar una manera.
—¿Y?
—Y creo que tienes razón. Llevo tres años construyendo mi vida sobre la premisa de que si no me implico del todo, no puedo perder del todo.
Y ha funcionado, en cierto modo: no he vuelto a sufrir lo que sufrí con Tristán.
Pero tampoco he vuelto a sentir lo que siento contigo, y no estoy dispuesta a sacrificar eso solo para protegerme de un dolor que ni siquiera sé si va a llegar.
Roi se levantó del banco de trabajo y se acercó despacio, sin tocarla todavía, dándole el espacio para terminar de decir lo que necesitaba decir.
—No puedo cerrar el estudio ocho meses. Pero puedo ir a Barcelona un fin de semana de cada tres, y puedo pedirle a Uxue que se haga cargo del resto, que ya va siendo hora de que confíe en ella del todo.
Y cuando tú vengas a Madrid, quiero que sea aquí, en este patio, no en un hotel ni en ningún sitio neutral.
Quiero que sigamos construyendo esto en el mismo sitio donde empezamos, aunque sea a ratos, aunque sea con distancia de por medio.
—Me parece justo. Más que justo.
—Hay algo más que quiero decirte, y necesito que me dejes terminar antes de que me arrepienta de decirlo.
Roi asintió, con una atención que Alaia rara vez le veía emplear fuera del taller.
—No quiero que pienses que esto va a ser fácil.
Voy a tener noches malas, Roi. Voy a mirar el móvil esperando un mensaje que tarde en llegar y voy a pensar en lo peor durante unos minutos, aunque sepa racionalmente que no tiene sentido.
Eso no significa que no confíe en ti. Significa que llevo tres años con una herida que no se cierra solo porque tú seas distinto a quien me la hizo.
Necesito que tengas paciencia conmigo esas noches, en vez de sentirte acusado cada vez que me veas insegura.
—Tengo toda la paciencia del mundo para eso. Lo único que te pido a cambio es que me lo digas cuando pase, en vez de guardártelo hasta que se convierta en resentimiento. Prefiero mil mensajes de “esta noche tengo miedo” que un silencio de tres semanas que termine explotando de golpe.
—Trato hecho.
—¿Estás segura?
—No estoy segura de nada, Roi. Nunca lo he estado del todo desde Tristán. Pero estoy dispuesta a intentarlo, que es mucho más de lo que llevaba tres años dispuesta a hacer con nadie.
Roi la atrajo hacia él, por fin, y la abrazó con una fuerza que llevaba diez días conteniendo, hundiendo la cara en su pelo, respirando hondo como si necesitara asegurarse de que aquello era real.
—Te quiero —murmuró contra su oído—. Y te prometo que voy a hacer todo lo posible para que esta distancia no se convierta en lo que tú temes que se convierta.
—Yo también te quiero. Y voy a hacer todo lo posible por no dejar que el miedo decida por mí, aunque algunas noches vaya a costarme más que otras.
Se besaron entonces, despacio al principio, con la ternura de dos personas que acababan de atravesar juntas algo difícil, y después con una urgencia creciente que arrastraba diez días de distancia forzada, de miedo contenido, de noches durmiendo cada uno en su propia cama con la sensación incómoda de que algo importante se estaba escapando entre los dedos.
—Llévame a la cama —pidió Alaia, contra su boca—. Necesito sentir que esto es real.
Roi no necesitó que se lo repitiera. La levantó en brazos, algo que no había hecho nunca hasta entonces, y la llevó escaleras arriba hasta el ático, donde la dejó sobre la cama con un cuidado que contrastaba con la urgencia evidente en cada uno de sus gestos.
Se desnudaron el uno al otro con una prisa torpe, casi adolescente, entre risas breves cuando algún botón se resistía o alguna prenda se enredaba en el camino, y cuando por fin quedaron piel contra piel, Alaia sintió que diez días de distancia se disolvían de golpe en el calor del cuerpo de Roi contra el suyo.
—Te he echado de menos estos días —dijo él, recorriendo con la boca la línea de su cuello, bajando después hacia el pecho, deteniéndose en cada zona con una devoción que Alaia sintió en cada terminación nerviosa—. Aunque estuvieras a veinte metros de distancia todo el tiempo.
—Yo también. Ha sido la distancia más larga que hemos tenido nunca, y solo eran diez días.
—Entonces vamos a tener que practicar. Ocho meses van a ser mucho peor si no aprendemos a hacer que la distancia también tenga sus propios buenos momentos.
—¿Estás sugiriendo algo en concreto?
—Estoy sugiriendo que aprovechemos cada minuto que tengamos juntos a partir de ahora como si fuera el único que vamos a tener.
Bajó la boca por su vientre, deteniéndose entre sus piernas con la misma dedicación paciente de la primera noche que habían compartido, meses atrás, y Alaia se dejó llevar por completo, arqueando la espalda contra el colchón, hundiendo los dedos en su pelo mientras él la llevaba, sin prisa pero sin pausa, hacia un placer que se construía capa a capa, como una guitarra tomando forma bajo manos expertas.
Cuando el orgasmo la sacudió, gimió su nombre sin ningún pudor, sin importarle que las paredes del ático fueran finas, sin importarle nada más que la certeza absoluta de que aquello, fuera lo que fuese lo que les esperara en los próximos meses, valía cada segundo de vulnerabilidad que estaba dispuesta a arriesgar.
Roi subió por su cuerpo, besándola con un sabor que ya le resultaba profundamente familiar, y entró en ella despacio, sosteniéndole la mirada todo el tiempo, con un ritmo que fue acelerando conforme ambos se dejaban llevar por la urgencia acumulada de los últimos días.
Alaia le rodeó la cintura con las piernas, atrayéndolo más cerca, sintiendo cada embestida con una intensidad renovada, como si sus cuerpos necesitaran recuperar, con cada movimiento, todo el tiempo que el miedo les había hecho perder.
—No quiero que esta distancia nos cambie —jadeó ella, contra su oído, mientras el ritmo se aceleraba entre los dos.
—No lo va a hacer. Te lo prometo. Vamos a salir de esto más fuertes, no más rotos.
Roi cambió el ángulo ligeramente, apoyando una mano bajo la cadera de Alaia para profundizar cada embestida, y el gemido que ella soltó, más agudo, más urgente que los anteriores, le indicó que había encontrado exactamente el punto que buscaba.
Aceleró el ritmo, sin dejar de sostenerle la mirada, observando cada gesto de su cara con la misma atención minuciosa con la que estudiaba una pieza de madera antes de decidir cómo trabajarla, memorizando cada reacción como si quisiera llevarse aquella imagen consigo a Barcelona, guardada en algún rincón de la memoria al que pudiera recurrir en las noches solitarias que se avecinaban.
—Mírame —le pidió, cuando notó que ella cerraba los ojos, perdida ya en la sensación—. Quiero que sepas que soy yo quien está aquí contigo, ahora mismo, pase lo que pase después.
Alaia abrió los ojos, sosteniéndole la mirada con un esfuerzo que le costó todo el control que le quedaba, y esa conexión, más que cualquier palabra, fue lo que terminó de llevarla al límite.
Llegaron juntos, esta vez, en un momento que a Alaia le pareció el más íntimo de cuantos habían compartido hasta entonces, cargado no solo de placer físico sino de una promesa tácita que ninguno de los dos necesitaba pronunciar en voz alta para que fuera real.
Se quedaron abrazados un largo rato después, con las piernas entrelazadas y la respiración todavía irregular, y Alaia sintió, por primera vez en diez días, que el miedo dejaba paso, aunque fuera solo un poco, a algo mucho más parecido a la esperanza.
—Vamos a hacer una lista —dijo Roi, de pronto, rompiendo el silencio con una practicidad que a Alaia le hizo gracia después de la intensidad de los últimos minutos—. De todo lo que vamos a hacer estos ocho meses para que la distancia no gane.
—¿Una lista?
—Videollamadas los domingos por la noche, sin excepción. Yo vengo a Madrid cada tres semanas. Tú vienes a Barcelona cuando puedas, sin presión, solo cuando te apetezca de verdad. Y cuando termine la gira, en octubre, vuelvo aquí y no me muevo de este patio en años.
—Me gusta esa lista.
—A mí también. Añade algo más: cuando yo esté en Barcelona, tú te quedas con la llave de mi ático, y riegas la única planta que tengo, que seguramente se me va a morir de todos modos porque no tengo ni idea de cuidar plantas.
—Eso lo puedo hacer.
—Y cuando yo vuelva cada tres semanas, aunque sea solo cuarenta y ocho horas, no quiero que planeemos nada especial.
Nada de restaurantes caros ni escapadas de fin de semana.
Solo quiero estar aquí, en este patio, haciendo lo mismo de siempre: cenar contigo, dormir contigo, despertarme aquí.
Lo especial ya lo tenemos. No necesitamos fingir más.
—Me parece la lista más romántica que me han hecho nunca, y eso que no tiene ni una palabra bonita.
—Las palabras bonitas se las dejo a los poetas. Yo prefiero las promesas concretas.
Se quedaron dormidos poco después, enredados el uno en el otro, con la certeza compartida de que ocho meses de distancia, por duros que fueran a ser, no tenían por qué ser el final de nada, sino tan solo el tramo más largo del camino que habían empezado a construir juntos aquel día, casi un año atrás, cuando Alaia entró por primera vez en el taller sin llamar a la puerta.
A la mañana siguiente, antes incluso de que sonara el despertador, Alaia se despertó con la sensación clara de haber tomado la decisión correcta, aunque el miedo no hubiera desaparecido del todo.
Observó a Roi dormir a su lado, con el pelo revuelto sobre la almohada y una expresión de tranquilidad que rara vez le veía durante el día, y sintió que aquella imagen —tan sencilla, tan doméstica— era exactamente lo que quería proteger durante los meses que se avecinaban.
Cuando él despertó, media hora después, la encontró sentada en el borde de la cama, ya vestida, con dos tazas de café recién hecho en las manos.
—¿Ya estás despierta?
—Llevo un rato. Estaba pensando en cómo se lo vamos a contar a Herminia. Va a llorar, seguro.
—Va a llorar de todas formas, cuente lo que cuente. Es su estado natural cuando le afecta algo.
—Cierto.
Se rieron juntos, con la ligereza propia de dos personas que acababan de atravesar algo difícil y salían del otro lado más unidas que antes, y Alaia pensó, mientras le tendía la taza de café, que aquella mañana ordinaria, sin ninguna urgencia ni ninguna crisis pendiente, era en el fondo el momento más importante de todos los que habían compartido hasta entonces.
Bajaron juntos al patio poco después, todavía en pijama, decididos a dar la noticia antes de que Herminia se enterara por algún canal indirecto y se sintiera excluida del proceso.
La encontraron ya despierta, regando el jazmín con su bata de flores habitual, y en cuanto los vio acercarse cogidos de la mano, con esa expresión mezcla de alivio y determinación que solo tienen las parejas que acaban de resolver algo importante, dejó la regadera en el suelo sin necesidad de que le explicaran nada.
—Vais a intentarlo, entonces —dijo, más como afirmación que como pregunta.
—Vamos a intentarlo —confirmó Roi.
Herminia asintió, satisfecha, y por una vez no lloró, aunque sí se permitió un abrazo largo para cada uno de ellos, sujetándolos con una fuerza sorprendente para sus ochenta y tres años.
—Sabía que ibais a encontrar la manera. Vosotros dos tenéis la misma cabezonería que hace falta para estas cosas.
—¿Eso es un cumplido? —preguntó Alaia, riendo.
—El mayor que puedo hacer, hija. La cabezonería, bien empleada, es lo único que sostiene un amor de verdad cuando la vida se pone difícil.