Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

La conversación que Alaia llevaba días evitando llegó, finalmente, un domingo por la noche, en el ático de Roi, después de una cena en la que ninguno de los dos había comido demasiado y el silencio se había vuelto tan denso que resultaba casi físico.

Roi había pasado la semana entera dándole vueltas a la decisión, hablando con Izan, con Zuriñe incluso, buscando algún ángulo del problema que no hubiera considerado todavía, alguna manera de aceptar la oferta sin que supusiera el sacrificio que Alaia temía.

No la había encontrado. Bernal Iturri necesitaba a alguien físicamente presente en Barcelona durante la gira, capaz de reparar cualquier desperfecto del instrumento entre concierto y concierto, y esa exigencia no admitía ningún tipo de solución a distancia.

Se había planteado, incluso, la posibilidad de rechazar la oferta directamente, sin consultarlo siquiera con Alaia, evitándose así el conflicto entero de raíz.

Pero cada vez que se imaginaba a sí mismo diciendo que no, sentía una punzada de arrepentimiento anticipado que le decía, con la misma claridad con la que reconocía la calidad de una pieza de madera, que aquella no era la decisión correcta, ni para él ni, a la larga, para la relación que tanto le importaba proteger.

—He decidido aceptarlo —dijo, por fin, dejando los cubiertos sobre el plato apenas tocado.

Alaia sintió que el estómago se le encogía, aunque en el fondo ya lo esperaba.

—¿Cuándo te vas?

—En marzo. Volvería a Madrid cada dos o tres semanas, los fines de semana, y del todo cuando termine la gira, en octubre.

—Ocho meses.

—Ocho meses. Lo sé. Sé lo que significa, sé lo que te estoy pidiendo.

—No me estás pidiendo nada, Roi. Es tu decisión, y la respeto. Pero no puedes esperar que finja que no me duele.

—Lo sé. No te pido que finjas nada.

—Entonces qué me pides.

—Nada, todavía. Solo te lo estoy contando.

—¿Cuándo lo decidiste?

—Esta mañana. Después de darle vueltas toda la noche.

—¿Sin hablarlo conmigo antes?

—Te lo estoy hablando ahora mismo, Alaia.

—Ya has dicho que lo has decidido. Eso no es hablarlo, es informarme.

Roi se pasó una mano por la cara, visiblemente afectado por el giro que estaba tomando la conversación.

—No espero que finjas nada. Pero necesito que confíes en que esto no cambia lo que siento por ti.

Alaia se levantó de la mesa, incapaz de quedarse quieta, y caminó hasta la ventana, mirando hacia el patio oscuro, hacia la mata de jazmín que Herminia seguía regando religiosamente cada dos días pese al frío de diciembre.

—Tristán también me decía eso —dijo, sin girarse—. Que sus ausencias no cambiaban lo que sentía por mí. Y tenía razón, en cierto modo: no cambiaron lo que sentía por mí. Cambiaron lo que hacía con otras personas mientras yo confiaba en esa frase.

—Yo no soy Tristán.

—Ya lo sé. Te lo he dicho mil veces, y lo pienso de verdad.

Pero el miedo no entiende de diferencias tan finas, Roi.

El miedo solo sabe que alguien a quien quiero se va a ir ocho meses, y que yo me voy a quedar aquí, sola, intentando no convertirme otra vez en la persona que espera junto a la ventana.

—¿Y qué puedo hacer yo con eso, Alaia? Dime qué se supone que tengo que hacer con un miedo que no he causado yo, pero que me toca cargar de todos modos cada vez que sale a la superficie.

—No te pido que lo cargues tú solo. Te pido que entiendas que no es racional, que no tiene nada que ver con la confianza que tengo en ti, y que aun así va a estar ahí, algunas noches, aunque yo sepa perfectamente que tú no eres él.

—Lo entiendo. De verdad que lo entiendo.

Pero también necesito que entiendas tú algo: no puedo pasarme los próximos ocho meses sintiendo que cada decisión que tome profesionalmente va a ser interpretada como una traición en potencia.

Necesito que confiemos el uno en el otro, aunque el miedo esté presente.

Confianza y miedo no son opuestos, Alaia.

Pueden convivir, si dejamos que convivan sin que uno anule al otro.

Roi se acercó despacio, sin tocarla todavía, dándole el espacio que ella parecía necesitar.

—¿Qué necesitas de mí, entonces? Dímelo claramente, porque no quiero seguir adivinando y equivocándome.

—No lo sé. Ese es el problema. No sé si necesito que renuncies —cosa que no te voy a pedir jamás—, ni sé si necesito una promesa que en el fondo ninguno de los dos puede garantizar del todo.

Solo sé que llevo días sintiendo que la vida que habíamos empezado a construir se está resquebrajando antes incluso de terminar de levantarse, y no sé cómo evitarlo.

—Entonces ven conmigo.

Alaia se giró, sorprendida por la propuesta.

—¿Qué?

—Ven conmigo a Barcelona. No para siempre, solo estos meses.

Puedes montar un estudio temporal allí, o simplemente descansar del tuyo unas semanas mientras Uxue lo lleva sola, que ya tiene nivel de sobra para hacerlo.

O ven los fines de semana que yo no pueda venir a Madrid.

Encontremos una manera de que la distancia no sea un abismo, sino solo un tramo largo de camino.

—No puedo dejar mi estudio ocho meses, Roi. Es mi negocio. Uxue no está preparada para llevarlo sola tanto tiempo, y mis clientas no van a esperar sin más.

—Lo sé. No te estoy pidiendo que lo hagas del todo. Te estoy pidiendo que busquemos juntos una manera, en vez de asumir de antemano que esto tiene que romperse porque a los dos nos han roto antes cosas parecidas.

Alaia se quedó en silencio, procesando la diferencia entre lo que Tristán le había ofrecido siempre —promesas vacías, certezas fingidas— y lo que Roi le estaba ofreciendo en ese momento: no una garantía imposible, sino un plan concreto para intentarlo juntos.

—Necesito pensarlo —dijo, al fin—. No es un no. Es que necesito procesar todo esto sin que el miedo decida por mí.

—Tómate el tiempo que necesites. Pero no dejes que el miedo decida tampoco que esto se acaba antes de que le demos una oportunidad real.

Se separaron esa noche sin resolver nada del todo, con un abrazo tenso en la puerta del ático que a Alaia le supo a despedida aunque ninguno de los dos hubiera pronunciado esa palabra, y caminó de vuelta a su piso, cruzando el patio en silencio, con la sensación incómoda de estar reviviendo, aunque fuera de un modo distinto, el mismo miedo que llevaba tres años cargando sin conseguir soltarlo del todo.

Esa noche no consiguió dormir apenas. Se quedó tumbada mirando el techo de su habitación, repasando cada palabra de la conversación, preguntándose si estaba siendo injusta con Roi al proyectar sobre él los fantasmas de una relación que no tenía nada que ver, o si por el contrario estaba ignorando una señal de alarma legítima solo porque le daba miedo admitir que la historia podía repetirse de formas distintas.

A las tres de la madrugada, incapaz de seguir dando vueltas en la cama, se levantó y sacó del trastero uno de los cuadros que Roi la había ayudado a colgar meses atrás, el retrato abstracto que apenas recordaba haber pintado, y lo estuvo mirando un largo rato bajo la luz tenue de la lámpara del salón, intentando recordar qué había querido decir con aquellas formas confusas cuando lo pintó, años atrás, en un momento de su vida en que todavía no sabía que Roi Ferreiro fuera a cruzarse en su camino.

No encontró ninguna respuesta clara esa noche, pero al menos consiguió, hacia el amanecer, quedarse dormida un par de horas antes de que sonara el despertador.

Llegó al estudio esa mañana con ojeras evidentes, y Uxue, que llevaba días sin preguntar directamente pero observando todo con atención, decidió por fin romper el silencio mientras preparaban juntas el material para la primera cita.

—¿Vas a contarme qué pasó anoche, o vamos a fingir todo el día que no tienes cara de no haber dormido nada?

—Roi ha decidido aceptarlo. Se va a Barcelona en marzo.

Uxue dejó las agujas a un lado, con una expresión seria que Alaia no le veía a menudo.

—¿Y tú cómo estás con eso?

—Aterrada. Y culpable por estar aterrada, porque sé que no tengo ningún derecho a pedirle que renuncie a la oportunidad de su vida solo porque a mí me dé miedo la distancia.

—Puedes estar aterrada y no tener que renunciar a nada tú tampoco, Alaia. No es una cosa o la otra.

—Eso mismo me dijo Herminia, más o menos.

—Pues hazle caso a Herminia. Lleva ochenta y tres años acumulando razón sobre estas cosas, algo tendrá que enseñarnos a las que llevamos veintitantos intentando averiguarlo a base de errores.

Alaia sonrió, a su pesar, agradecida una vez más por la manera en que Uxue conseguía, incluso en los peores momentos, devolverle cierta perspectiva sin restarle importancia al miedo que sentía.

Los diez días siguientes fueron, para Alaia, de los más duros que había vivido desde la ruptura con Tristán, no porque hubiera pasado nada irreparable entre ella y Roi, sino precisamente porque no había pasado nada: ni una ruptura definitiva, ni una reconciliación clara, solo un espacio incómodo de indecisión que ninguno de los dos sabía cómo llenar.

Se veían en el patio, se saludaban con una cordialidad dolorosa, cenaban juntos alguna noche sin volver a mencionar Barcelona, como si evitar el tema pudiera hacer desaparecer la fecha límite que se acercaba cada día un poco más.

En medio de aquellos días grises, como si el universo hubiera decidido añadir una capa más de complicación innecesaria, Tristán reapareció por segunda vez, esta vez no en el estudio sino en un bar cercano donde Alaia había quedado a tomar algo con una antigua compañera de la carrera.

Lo vio entrar acompañado de un grupo de amigos, y por un instante fugaz consideró marcharse antes de que él la viera, pero ya era tarde: sus miradas se cruzaron, y Tristán, con la seguridad en sí mismo que nunca parecía abandonarlo del todo, se acercó a su mesa.

—Qué casualidad —dijo, con esa sonrisa que tres años atrás le había parecido encantadora y que ahora solo le resultaba vacía—. ¿Cómo estás?

—Bien —contestó Alaia, cortante, esperando que captara la indirecta.

No la captó, o decidió ignorarla.

—Me enteré de lo del edificio, lo de la campaña, todo eso. Salió hasta en el telediario local. Me alegro por ti, de verdad.

—Gracias.

—¿Y el chico del taller? ¿Sigue por ahí?

Alaia sintió que algo se tensaba en su interior ante la pregunta, formulada con una ligereza que le pareció, de pronto, profundamente irrespetuosa.

—Se llama Roi, y sí, sigue por ahí. Nos hemos casado en planes, si te interesa saberlo.

—Vaya. No sabía que ya estabais tan en serio.

—Llevamos un año construyendo algo real, Tristán. No todo el mundo necesita mentir para que una relación dure.

El comentario le salió más cortante de lo que había planeado, cargado de un rencor que creía haber dejado atrás hacía tiempo, pero que la conversación reciente con Roi, la incertidumbre de los últimos días, había reavivado sin que se diera cuenta del todo.

Tristán, sorprendido por la dureza del tono, se disculpó torpemente y se retiró a su propia mesa, dejando a Alaia con el pulso acelerado y una sensación incómoda que no supo nombrar hasta que, ya de vuelta en casa esa noche, comprendió lo que realmente la había afectado: no era ver a Tristán, a quien hacía tiempo que había dejado de importarle de verdad.

Era la posibilidad, resucitada sin querer por su propia pregunta casual, de que Roi también terminara marchándose, aunque fuera por razones completamente distintas a las de su ex.

Se lo contó a Uxue al día siguiente, sentadas ambas en el mostrador entre citas.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó Uxue, con los ojos muy abiertos.

—Que nos habíamos casado en planes. Que llevábamos un año construyendo algo real.

—¿Y es verdad?

Alaia se quedó callada un momento, sorprendida por su propia respuesta improvisada delante de Tristán, que sin embargo, ahora que lo pensaba con calma, no le parecía en absoluto una exageración.

—Sí. Es verdad, aunque todavía no se lo haya dicho a Roi de esa manera tan directa.

—Pues quizás deberías. A lo mejor eso es justo lo que os falta a los dos ahora mismo: dejar de hablar de miedos y empezar a hablar de futuro.

Herminia, que no se perdía detalle de nada de lo que ocurría en el edificio, se acercó una tarde al estudio con su tupper habitual y una mirada que no dejaba lugar a duda de que sabía exactamente lo que estaba pasando.

—¿Vais a dejar que el miedo os gane la partida a los dos, después de haber ganado la del edificio entero?

—No es tan sencillo, Herminia.

—Nunca lo es, hija. Yo enviudé con treinta y cinco años, con dos hijos pequeños, y durante mucho tiempo pensé que no volvería a confiar en nadie después de eso.

Pero el miedo no te protege de perder a la gente que quieres.

Solo te asegura perderla antes, por tu propia mano, en vez de dejar que la vida decida.

—¿Cómo lo superaste tú? El miedo, digo.

Herminia se quedó pensativa un momento, con la mirada perdida en algún punto del patio, quizás en algún recuerdo que Alaia no podía ver.

—No lo superé del todo, la verdad. Simplemente decidí que prefería vivir con miedo y con gente a mi lado, que segura y sola. No es una solución elegante, pero es la única que me ha funcionado en sesenta años.

—Es más sabio de lo que suena.

—La sabiduría rara vez suena elegante, hija. Suena a vieja repitiendo lo mismo que ya te ha dicho tres veces, hasta que un día decides escucharla de verdad.

Alaia se quedó pensando en esas palabras durante el resto del día, y esa misma noche, incapaz de seguir posponiendo lo inevitable, cruzó el patio y llamó a la puerta del taller, donde Roi trabajaba, como cada noche desde hacía diez días, hasta bien pasada la hora de cerrar.