Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Roi, por su parte, pasó esos mismos días dándole vueltas al asunto desde una perspectiva que no había compartido todavía con Alaia: la posibilidad, muy real, de que aceptar la oferta de Bernal Iturri no fuera solo una cuestión de ambición profesional, sino también una forma de demostrarse a sí mismo que podía ser algo más que “el nieto que continuó el taller del abuelo”, una identidad que, por mucho orgullo que sintiera en ella, a veces le pesaba como una etiqueta de la que no había tenido nunca ocasión de escapar.

Se lo confesó a Izan, el aprendiz nuevo que acababa de contratar, una tarde en que ambos trabajaban en silencio, cada uno en su propio banco.

—¿Tú crees que estoy siendo egoísta? —le preguntó, sin dejar de lijar—. Por plantearme siquiera aceptar esto, sabiendo lo que le cuesta a Alaia la distancia.

Izan, que apenas llevaba tres semanas en el taller pero ya mostraba una madurez poco habitual para sus veintidós años, se quedó pensativo un momento antes de contestar.

—Creo que no es egoísta querer crecer en tu propio oficio.

Lo egoísta sería no hablarlo con ella, o decidirlo sin contar con lo que siente.

Pero desde fuera, lo que yo veo es a dos personas intentando encontrar un equilibrio entre lo que cada una necesita.

Eso no me parece egoísmo. Me parece que va a ser difícil, simplemente.

—Qué manera tan diplomática de no responder a mi pregunta.

—He aprendido de ti a escuchar antes de cortar. A lo mejor debería aplicarlo también a mis opiniones sobre tu vida amorosa.

Roi se rió, agradecido por la ligereza inesperada del comentario, y siguió trabajando el resto de la tarde con la cabeza un poco más despejada, aunque el dilema, en el fondo, siguiera exactamente igual de complicado que antes.

Dos días después, Bernal Iturri en persona visitó el taller para conocer de cerca el espacio donde se construiría su guitarra, un gesto que sorprendió a Roi, poco acostumbrado a que músicos de esa talla se molestaran en desplazarse en persona en vez de delegarlo todo en representantes.

Llegó sin escolta, sin ostentación, vestido con una sencillez que contrastaba con la imagen que Roi tenía de él por los carteles del Teatro Real, y se pasó casi dos horas recorriendo el taller, preguntando por cada herramienta, cada pieza de madera, con una curiosidad genuina que fue ganándose, poco a poco, el respeto de Roi.

—Mi maestro, cuando yo era joven, tenía un taller parecido a este en Córdoba —le contó, pasando los dedos por el borde de una guitarra a medio terminar—.

Ya no queda casi nadie que trabaje así, con tanta calma.

Todo el mundo quiere producir en serie, abaratar costes, escalar el negocio.

Por eso, cuando vi las fotos de tu trabajo, supe que eras tú quien tenía que construir mi guitarra, y no cualquier taller industrial de Alemania con máquinas de control numérico.

—Le agradezco la confianza. Aunque le confieso que la parte de mudarme a Barcelona me tiene bastante dividido.

—¿Por una relación?

Roi se sorprendió de la perspicacia de la pregunta, formulada con una naturalidad que no dejaba espacio para la incomodidad.

—Sí. Llevamos poco más de un año juntos, pero ha sido un año que ha cambiado mucho las cosas para mí.

Bernal se quedó pensativo un momento, apoyado contra el banco de trabajo, con la mirada perdida en algún recuerdo propio.

—Yo estuve casado veinte años con una mujer extraordinaria, que aguantó giras de seis meses, festivales al otro lado del mundo, ausencias que a veces duraban más de lo que cualquier relación debería soportar. ¿Sabes cuál es el secreto, si es que existe alguno?

—Dígamelo, por favor.

—Que ella nunca sintió que yo elegía la música por encima de ella.

Sentía que yo la llevaba conmigo a todas partes, aunque físicamente estuviera lejos.

Eso es lo único que de verdad importa: que la distancia no se convierta en ausencia.

Se puede estar lejos y presente al mismo tiempo, si los dos ponéis de vuestra parte.

—¿Y si no lo consigo?

—Entonces habrás aprendido algo importante sobre ti mismo, y sobre lo que de verdad quieres. Pero por lo que me cuenta tu cara ahora mismo, diría que ya sabes la respuesta, y solo te falta el valor de intentarlo.

Roi se quedó dándole vueltas a esas palabras durante el resto del día, y aquella noche, por primera vez desde que había recibido la llamada de Bernal Iturri, sintió que el dilema empezaba a resolverse solo, no porque hubiera decidido nada todavía, sino porque por fin entendía con claridad qué era lo que de verdad tenía que proteger, pasara lo que pasase con la gira.

Los días siguientes transcurrieron con una cordialidad tensa que a Alaia le recordó, dolorosamente, a los primeros días de convivencia forzosa en el taller, dos años y toda una vida atrás, cuando apenas se decían más de veinte palabras seguidas.

Roi no volvió a mencionar la oferta de Bernal Iturri, y Alaia tampoco preguntó, aunque la presencia del tema flotaba entre ellos en cada silencio, en cada mirada que se prolongaba un segundo de más antes de que alguno de los dos apartara la vista.

Uxue, que no era tonta y llevaba días notando la tensión, se atrevió a preguntar directamente el jueves de esa semana, mientras preparaba el material para la primera cita.

—¿Qué pasa con Roi? Llevas días con cara de estar masticando algo que no te gusta.

—Le han ofrecido un encargo enorme. Bernal Iturri, la gira internacional, todo eso. Pero implica irse a Barcelona seis u ocho meses.

—¿Y tú qué opinas?

—Que se lo merece más que nadie. Y que no tengo ningún derecho a pedirle que renuncie a ello solo porque a mí me da miedo la distancia.

Uxue dejó las agujas a un lado un momento, mirándola con una seriedad poco habitual en ella.

—Alaia, una cosa es no tener derecho a pedirle que renuncie, y otra muy distinta es no tener derecho a decirle cómo te sientes tú con todo esto. Puedes apoyar su carrera y, al mismo tiempo, tener miedo. Las dos cosas no se anulan la una a la otra.

—¿Desde cuándo eres tan sabia?

—Desde que os observo a los dos convivir mal la incertidumbre desde hace meses. Sois buenísimos peleando contra empresas inmobiliarias y fatal comunicando lo que sentís entre vosotros cuando el problema sois vosotros mismos.

—Puede que tengas razón.

—Claro que tengo razón. Y ahora, si me disculpas, tengo una clienta a las once y necesito que dejes de suspirar delante del mostrador, que asusta a la clientela.

Alaia se rió a su pesar, agradecida por la ligereza con la que Uxue conseguía, siempre, devolverla a la realidad sin restarle importancia a lo que sentía.

Esa misma noche, sin embargo, incapaz de concentrarse en nada, decidió llamar a su madre, algo que hacía cada vez con más frecuencia desde que Roi había entrado en su vida, buscando en esa voz familiar un ancla que la ayudara a pensar con más claridad.

—¿Y tú qué sientes de verdad, cariño? —le preguntó su madre, después de escuchar toda la historia sin interrumpir—. No lo que crees que deberías sentir, ni lo que Tristán te enseñó a temer. Lo que sientes tú, ahora mismo, con este hombre.

—Siento que le quiero más de lo que he querido a nadie. Y siento pánico de que ese cariño no sea suficiente para sostener la distancia.

—Esas dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, ¿sabes? El amor no borra el miedo. Solo te da una razón mejor para intentar atravesarlo de todos modos.

Alaia colgó esa noche con la cabeza un poco más despejada, aunque el nudo en el estómago no hubiera desaparecido del todo, y se durmió pensando en las palabras de su madre, dándoles vueltas hasta que el sueño terminó por vencerla.

Al día siguiente, todavía procesando la conversación con su madre, decidió contarle a Herminia lo que estaba pasando, buscando quizás una segunda opinión que la ayudara a ver con más claridad el camino a seguir.

La encontró regando el jazmín, como cada mañana, y se sentó junto a ella en el escalón de siempre.

—A Barcelona, dices —repitió Herminia, sin dejar de regar—. ¿Y tú qué has decidido sentir al respecto?

—Todavía no lo sé. Por eso he venido a hablar contigo.

—No te pregunto qué has decidido pensar, hija. Te pregunto qué sientes. Son cosas distintas, aunque a tu generación os cueste distinguirlas a veces.

—Siento miedo. Y siento también que sería una hipócrita si le pidiera que no fuera, después de todo lo que él ha hecho por apoyarme a mí en mis propias decisiones sobre el estudio.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer. No hace falta que decidas nada más, solo que le seas sincera con lo que sientes, sin pedirle que cargue con la culpa de tu miedo, pero sin fingir tampoco que no existe.

Herminia dejó la regadera a un lado y le tomó la mano con sus dedos ya arrugados, apretándola con una firmeza que desmentía su edad.

—Vais a estar bien, Alaia. Lo sé desde el día que os vi mirándoos por primera vez, sin saber ninguno de los dos disimularlo del todo.