Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Los dos meses que siguieron a la firma del traspaso de titularidad fueron, para Alaia, de los más tranquilos que recordaba en años.

El taller y el estudio funcionaban en paralelo, con una armonía que dos años antes le habría parecido imposible, y la relación con Roi se había asentado en una rutina que ninguno de los dos daba ya por sentada, precisamente porque sabían lo cerca que habían estado de perderla.

Roi terminó de arreglar el tejado con parte del dinero sobrante de la campaña, contratando a un grupo de albañiles que trabajaron durante dos semanas sin interrumpir apenas la actividad del taller, y aprovechó también para renovar la instalación eléctrica, una mejora que su abuelo llevaba años posponiendo por falta de presupuesto.

Alaia, por su parte, invirtió en una máquina nueva que llevaba tiempo deseando y en ampliar ligeramente el estudio, tirando un tabique que separaba un pequeño trastero del espacio principal, ganando así sitio para una segunda camilla que Uxue empezó a usar con clientes propios, cada vez más numerosos.

Los domingos se habían convertido en un ritual fijo: comida en casa de Roi, paseo por el Retiro si el tiempo acompañaba, y alguna tarde de cine en el pequeño local de sesión continua que quedaba a diez minutos andando, donde proyectaban películas antiguas a precio reducido.

Era una vida sencilla, sin sobresaltos, y Alaia se sorprendía a sí misma, algunas noches, pensando que quizás, después de todo, aquello era lo más parecido a la felicidad que había sentido en mucho tiempo.

Aprovecharon también esos meses tranquilos para hacer, por fin, la reforma pendiente del piso de Alaia que Roi llevaba insinuando desde que colgaron los cuadros juntos meses atrás.

Fueron juntos a comprar muebles nuevos un sábado de octubre, discutiendo con una intensidad desproporcionada sobre el color de una estantería que a Roi le parecía “demasiado gris para una casa que ya tenía suficiente gris antes de conocerlo a él”, una broma que Alaia fingió no encontrar graciosa durante casi media hora antes de rendirse a la risa.

—Estás insoportable hoy —le dijo, cargando una caja con piezas de la estantería nueva.

—Estoy encantador. Es solo que tú todavía no lo reconoces del todo.

—Llevas insistiendo en esa teoría desde el primer día que te conocí.

—Y cada día tengo más pruebas a mi favor.

El piso de Alaia, que un año atrás Roi había descrito como “una sala de espera”, terminó pareciéndose, poco a poco, mucho más a un hogar: los cuadros en las paredes, la estantería nueva llena ya de libros de diseño y de un par de guitarrillas pequeñas que Roi le había ido regalando a lo largo del año, plantas que Uxue insistía en regalarle cada cumpleaños y que, contra todo pronóstico, Alaia conseguía mantener vivas.

Era un espacio que por fin contaba una historia, la suya, construida capa a capa con la misma paciencia que Roi aplicaba a cada guitarra.

Un domingo de finales de noviembre, paseando por el Retiro bajo un cielo gris que amenazaba lluvia sin decidirse del todo, Roi se detuvo frente al Palacio de Cristal, observando el reflejo del edificio en el estanque con una atención que Alaia reconocía como propia de los momentos en que algo le rondaba la cabeza sin que se decidiera a compartirlo todavía.

—¿En qué piensas? —preguntó ella, entrelazando su brazo con el de él.

—En que hace un año no me imaginaba paseando por aquí un domingo cualquiera, sin ninguna crisis pendiente, sin ninguna carta amenazante esperando en el cajón de la caja registradora. Me cuesta creer que la vida pueda ser así de sencilla durante tanto tiempo seguido.

—¿Te da miedo que se acabe?

—Un poco. Supongo que después de tantos meses de crisis constante, cualquier calma me suena a la calma que precede a la siguiente tormenta.

—Pues disfrutemos de la calma mientras dure, entonces. Sin adelantarnos a tormentas que igual ni siquiera llegan.

Se sentaron un rato en un banco cercano, viendo a un grupo de niños perseguir palomas junto al estanque, y Roi, con la mirada perdida en la escena, se dejó llevar por un recuerdo que rara vez compartía.

—Cuando tenía doce años quería ser futbolista, ¿sabes? Como todos los niños de mi barrio, más o menos. Jugaba en un equipo de la liga infantil, no muy bueno, la verdad, pero lo bastante bueno como para que un ojeador de un club mediano viniera a verme jugar un par de veces.

—No me habías contado esto nunca.

—No suelo contarlo. Es una historia un poco triste, en realidad.

El ojeador nunca volvió a llamar, y yo pasé meses convencido de que había hecho algo mal, de que no era lo bastante bueno, hasta que mi abuelo me sentó un día y me dijo algo que no he olvidado nunca: “El fútbol no te ha elegido a ti, Roi, pero la madera sí. Aprende a distinguir cuándo una puerta se cierra porque no era la tuya, y cuándo se cierra solo para ponerte a prueba.”

—¿Y le hiciste caso?

—Con doce años, no demasiado. Seguí insistiendo con el fútbol un par de años más, hasta que quedó claro que mi talento tenía un techo bastante bajo. Pero la frase se me quedó grabada, y creo que es la misma que me ha estado repitiendo en la cabeza estos días, con la oferta de Bernal Iturri.

—¿Crees que esta puerta sí es la tuya?

—No lo sé todavía. Pero por primera vez en años, no tengo la sensación de estar forzando nada para que encaje. Simplemente ha llegado, sin que yo la buscara, de la misma manera que llegó la lutería cuando el fútbol se cerró.

Alaia se quedó pensando en esas palabras el resto de la tarde, sin saber todavía que apenas dos semanas después tendría ocasión de comprobar, de la manera más dura posible, hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa “puerta” que tanto ilusionaba a Roi.

Roi sonrió, apretándole la mano, y siguieron paseando en silencio el resto de la tarde, ajenos por completo a que, apenas dos semanas después, aquella misma intuición suya sobre las tormentas que se avecinaban resultaría, contra todo pronóstico optimista de Alaia, proféticamente acertada.

La llamada que rompió esa calma llegó un martes de diciembre, casi dos meses después de que Roi firmara el traspaso completo de titularidad del taller.

Alaia estaba en su estudio, terminando un diseño, cuando él cruzó el patio con el teléfono todavía en la mano y una expresión que no supo interpretar del todo: mezcla de incredulidad y algo parecido al vértigo.

—Era Bernal Iturri —dijo, dejándose caer en el taburete junto al mostrador—. El guitarrista.

—¿El de verdad? ¿El que sale en los carteles del Teatro Real?

—Ese mismo. Quiere que le construya una guitarra para su gira del año que viene. Una gira internacional, Alaia. Europa, Japón, Estados Unidos.

Alaia dejó la máquina a un lado, procesando la noticia con una mezcla de orgullo genuino y una inquietud que tardó unos segundos en identificar del todo.

—Eso es una pasada, Roi. Enhorabuena.

—Hay más. Su representante quiere que monte un pequeño taller satélite en Barcelona, donde tienen la sede de management, para poder supervisar de cerca el mantenimiento del instrumento durante toda la gira. Seis meses, quizás ocho, viviendo allí.

La inquietud que Alaia había sentido segundos antes se concretó, de golpe, en algo mucho más específico y mucho más doloroso.

—¿Seis meses en Barcelona?

—Es una oportunidad enorme. La clase de encargo que solo le llega a un luthier una vez en la vida, si tiene suerte. Bernal Iturri toca con esa guitarra durante meses delante de miles de personas y de repente todo el mundo sabe quién construye instrumentos como ese en Madrid.

—Lo sé. No estoy diciendo que no lo sea.

—¿Entonces qué estás diciendo?

Alaia se quedó callada un momento, buscando las palabras exactas, consciente de que estaba a punto de tocar una herida que llevaba tres años intentando cerrar sin conseguirlo del todo.

—Estoy diciendo que llevo tres años protegiéndome de construir algo con alguien que después decide que hay algo más importante en otro sitio.

Y no te estoy comparando con Tristán, sé que no es lo mismo, sé que esto es trabajo y no otra mujer.

Pero el miedo de fondo es el mismo: que un día te vayas a perseguir algo más grande, y yo me quede aquí, en este patio, viendo cómo la vida que habíamos construido juntos se convierte en una videollamada de fin de semana.

Roi se quedó en silencio un largo momento, y Alaia pudo ver en su cara que la comparación, por injusta que le pareciera a él mismo, le había llegado de lleno.

—No es lo mismo, Alaia.

—Lo sé. Pero se siente parecido, y no puedo evitarlo.

—Todavía no he dicho que sí. Ni siquiera he dicho que vaya a considerarlo en serio.

—Pero lo estás considerando. Se te nota en la cara desde que has cruzado el patio.

Roi no lo negó, y ese silencio, más que cualquier palabra, confirmó a Alaia lo que ya sospechaba: que la tentación era real, que la oportunidad pesaba, y que ella no tenía ningún derecho a pedirle que la rechazara solo por su propio miedo.

—No voy a decirte que no lo hagas —dijo, al fin, con una calma que le costó un esfuerzo enorme sostener—.

Sería injusto. Es tu carrera, tu oficio, la clase de reconocimiento que tu abuelo hubiera soñado para ti.

Solo necesito tiempo para procesar lo que significa para nosotros, si al final decides aceptarlo.

—Alaia…

—Necesito tiempo, Roi. Eso es todo lo que te pido ahora mismo.

Se levantó del taburete y salió al patio, dejándolo solo en el estudio, no porque quisiera castigarlo ni hacerle sentir culpable, sino porque de verdad necesitaba el aire, el espacio, la distancia mínima para no decir, en caliente, algo de lo que después se arrepintiera.