Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Uxue e Izan, que ya para entonces pasaban buena parte de sus ratos libres juntos aunque todavía sin admitirlo abiertamente, brindaron aparte, en una esquina del patio, con una complicidad que no pasó desapercibida para nadie salvo, aparentemente, para ellos mismos.

—¿Os dais cuenta de que sin la campaña, esos dos nunca se habrían conocido de verdad? —comentó Alaia, señalando discretamente hacia la pareja, mientras Roi la rodeaba con el brazo.

—Mi abuelo decía que las crisis, además de destrozar cosas, también las construyen. Nunca entendí del todo a qué se refería hasta este último mes.

La fiesta se alargó hasta bien pasada la medianoche, con Pilar insistiendo en enseñarle a Izan unos pasos de sevillanas que aprendió de joven, con Nagore documentando cada momento para sus redes, con Alaia y Roi sentados un rato aparte, en el escalón de siempre, observando el patio entero celebrar algo que, meses atrás, ninguno de ellos se habría atrevido a soñar posible.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Roi, apoyando la cabeza en su hombro—. Que hace un año yo apenas te decía más de veinte palabras seguidas, y ahora este patio entero celebra que sigamos aquí, juntos, gracias en parte a algo que empezamos tú y yo solos.

—No lo empezamos solos. Lo empezó todo el edificio, cuando decidió no rendirse.

—Puede ser. Pero tú fuiste la que llamó a la primera reunión.

—Y tú fuiste el que apareció con las facturas de tu abuelo.

Se rieron juntos, recordando el inicio de todo aquello con una nostalgia que apenas dos años atrás les habría parecido imposible de sentir por unas simples cajas de papeles amarillentos, y se quedaron un rato más en silencio, disfrutando de la fiesta ajena mientras compartían la propia, íntima, hecha de miradas y de un futuro que por fin parecía asegurado.

La reunión con Xoel se celebró tres días después, en el mismo taller, con Zuriñe presente para formalizar el traspaso de titularidad. Xoel llegó puntual, con el mismo abrigo impecable de la primera visita, aunque esta vez su expresión era menos segura de sí misma, casi cauta.

—No esperaba que lo consiguieras —dijo, mirando los papeles que Zuriñe había preparado con el importe exacto acordado.

—Yo tampoco. Pero lo he conseguido gracias a gente que cree en esto más de lo que tú nunca has creído.

Xoel se quedó callado un momento, y por primera vez desde que Alaia lo conocía, algo parecido a la incomodidad genuina le cruzó la cara.

—No es que no crea en esto, Roi. Es que nunca he sabido cómo hacerlo funcionar para mí de la misma manera que funciona para ti. Tú tienes esta… conexión con el taller que yo nunca he tenido. Vender no era una traición, para mí. Era simplemente reconocer que no soy la persona adecuada para llevarlo.

—Podrías habérmelo dicho de otra manera. Podrías haberme dado más tiempo, o haber hablado conmigo antes de llevarle una oferta directamente a Aldunate.

—Tienes razón. Debí hacerlo distinto. Lo siento.

Fue una disculpa breve, casi torpe, pero Alaia notó que algo se aflojaba en la postura de Roi al escucharla, como si llevara semanas esperando exactamente esas tres palabras.

—¿Qué vas a hacer con el dinero? —preguntó Roi, ya con los papeles firmados, en un tono que sonaba más a curiosidad genuina que a reproche.

—Voy a montar mi propia consultora. Algo que llevo años queriendo hacer, pero que nunca me atreví por miedo a fracasar sin la seguridad de un sueldo fijo detrás.

—Espero que te vaya bien.

—Y yo espero que este sitio siga en pie dentro de otros cincuenta años.

Se quedaron los tres en un silencio incómodo, de esos que suelen preceder a las despedidas importantes, hasta que Xoel, ya con el abrigo puesto y la carpeta vacía bajo el brazo, se giró hacia Alaia con una expresión que ella no esperaba.

—Gracias por cuidar de él —dijo, con una sinceridad que contrastaba con la frialdad de sus visitas anteriores—. No sé si te lo he dicho, pero se le nota en la cara. Lleva meses sin esa expresión de agotamiento constante que tenía cada vez que yo venía a Madrid.

—No he hecho nada que él no hubiera hecho por mí.

—Aun así. Gracias.

Xoel titubeó un momento antes de añadir algo más, como si estuviera decidiendo si merecía la pena arriesgarse a decirlo en voz alta.

—¿Sabéis? Cuando era pequeño, antes de que mis padres se separaran, yo también pasaba tardes enteras aquí, jugando con los recortes de madera mientras el abuelo trabajaba.

No lo recordaba hasta hace poco, la verdad.

Se me había olvidado del todo, entre Londres y los números y la vida que me construí lejos de aquí.

—¿Y por qué lo has recordado ahora? —preguntó Roi, con una curiosidad genuina que dejaba atrás, por primera vez en meses, cualquier resto de rencor.

—Porque cuando vine a proponeros vender, y vi la reacción que tuvisteis los dos, entendí que había algo aquí que yo llevaba años sin permitirme sentir. No sé si algún día voy a recuperarlo del todo, pero al menos ahora sé que estaba ahí.

—Puedes volver cuando quieras, Xoel. No solo para reuniones formales con carpetas.

—Puede que lo haga. Ya veremos.

Antes de irse, Xoel se detuvo un momento frente a las guitarras alineadas contra la pared, observándolas con una atención que Alaia no le había visto emplear en ninguna de sus visitas anteriores.

—El abuelo estaría orgulloso de ti —dijo, sin mirar a Roi directamente—. Aunque nunca se lo dijera tantas veces como debería.

—Lo sé. Me lo dijo suficientes veces él mismo antes de morir.

Cuando Xoel se marchó, esta vez sin la brusquedad de la primera visita, Roi se quedó un largo rato mirando la puerta cerrada, y Alaia se acercó despacio, sin decir nada, dejándole el espacio que necesitaba antes de abrazarlo por detrás, apoyando la mejilla contra su espalda.

—Se acabó —dijo él, al fin, con la voz cargada de un alivio que llevaba semanas sin permitirse sentir del todo—. De verdad se acabó.

—Se acabó.

Roi se giró entre sus brazos y la besó, primero despacio, después con una urgencia creciente que arrastraba semanas de tensión acumulada, de miedo contenido, de noches enteras dándole vueltas a números que ya no importaban.

La levantó sin esfuerzo y la sentó sobre el banco de trabajo, entre herramientas que apartó de un manotazo casi sin mirar, algo tan impropio de su meticulosidad habitual que Alaia soltó una risa entrecortada contra su boca.

—Vas a espantar todas tus herramientas ordenadas por colgadores.

—Que se espanten. Hoy me da igual.

Le desabrochó la camisa con una impaciencia que contrastaba con la lentitud deliberada de otras veces, y Alaia se dejó hacer, sintiendo que cada beso, cada caricia, llevaba impreso el alivio de semanas enteras de incertidumbre por fin resuelta.

Cuando la tumbó sobre el banco, entre virutas y herramientas medio ordenadas, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana, Alaia pensó que nunca había sentido una urgencia tan pura, tan limpia de miedo, como la que sentía en ese momento.

—Te quiero —dijo Roi, de pronto, deteniéndose un instante, mirándola desde arriba con una intensidad que la dejó sin aire.

Alaia se quedó paralizada un segundo, sorprendida por la confesión inesperada, antes de que una sonrisa lenta le iluminara la cara entera.

—Yo también te quiero. Llevo semanas queriéndote y sin decírtelo por miedo a que todo esto se torciera antes de que tuviera ocasión.

—Nada se ha torcido. Todo lo contrario.

Volvió a besarla, esta vez sin prisa, con una ternura que se fue transformando poco a poco en un deseo más profundo, y cuando por fin la ropa quedó completamente olvidada en el suelo del taller, Roi recorrió su cuerpo entero con una dedicación distinta a la de cualquier otro encuentro anterior, como si cada caricia llevara implícita la declaración que acababa de hacer en voz alta.

Alaia se arqueó bajo sus manos, bajo su boca, sintiendo que el placer se mezclaba con algo mucho más profundo, una certeza tranquila que llevaba semanas construyéndose sin que ninguno de los dos se atreviera a nombrarla del todo.

—Roi —jadeó, cuando él por fin entró en ella, despacio, sosteniéndole la mirada todo el tiempo—. No pares.

—No pienso parar. Ni hoy, ni nunca, si de mí depende.

Se movieron juntos con un ritmo que fue creciendo poco a poco, sincronizado de una manera que a Alaia le pareció, en ese momento, casi milagrosa, como si sus cuerpos hubieran aprendido a hablar el mismo idioma sin necesidad de palabras.

Ella le clavó los dedos en la espalda, arqueándose para recibirlo más profundamente, y el gemido grave que escapó de la garganta de Roi al sentirla temblar bajo él fue lo más honesto que Alaia le había oído en semanas, despojado de cualquier cálculo, de cualquier prudencia.

—Así, Alaia, exactamente así.

El orgasmo la recorrió entera, más intenso de lo que recordaba haber sentido nunca, quizás precisamente porque llegaba después de semanas de tensión acumulada, de miedo compartido, de una victoria conseguida entre los dos con el apoyo de todo un barrio.

Roi la siguió apenas segundos después, con un gemido ronco que le vibró en el pecho, y se quedó inmóvil sobre ella un largo momento, respirando con fuerza, antes de apartarse lo justo para mirarla a los ojos.

—Esto es solo el principio, ¿verdad? —preguntó ella, todavía sin aliento, acariciándole la mejilla.

—Esto es solo el principio.