Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 8
67%

Capítulo 8

Grabar el vídeo de presentación resultó ser, para sorpresa de nadie que conociera a Roi, la parte más difícil de todo el proceso.

Nagore llegó una tarde con una cámara prestada y un trípode, dispuesta a rodar en un par de horas, y se encontró con un Roi paralizado frente al objetivo, incapaz de hilar más de dos frases seguidas sin trabarse.

—Corta, corta —decía Nagore, por sexta vez consecutiva—. Roi, cielo, sé que sabes hablar. Te he oído explicarle a un cliente durante veinte minutos por qué el abeto alemán suena distinto al canadiense. Necesito ese nivel de pasión, no esta versión robotizada.

—Es que no sé actuar delante de una cámara.

—No actúes. Solo cuéntale a la cámara lo mismo que me contaste a mí la primera semana que nos conocimos, cuando me diste sin querer una clase magistral de veinte minutos sobre la diferencia entre el palosanto y el ébano.

Alaia, que observaba la escena desde un rincón del taller conteniendo la risa, finalmente se acercó y le susurró algo al oído que Nagore no llegó a escuchar del todo, y que consiguió, para sorpresa de todos, que Roi se relajara lo suficiente como para completar por fin una toma decente.

—¿Qué le has dicho? —le preguntó Nagore después, mientras revisaba el material grabado.

—Le he dicho que se imaginara que me lo estaba contando solo a mí, sin la cámara delante. Que pensara en mí, no en los futuros donantes.

—Pues funciona. Deberíamos ficharte como directora también.

El vídeo final, montado con las tomas más naturales que Nagore consiguió rescatar de las dos horas de grabación, mostraba a un Roi mucho más parecido al que Alaia conocía en el día a día: hablando con las manos, deteniéndose a media frase para pasar el dedo por una veta de madera, mostrando esa mezcla de rigor técnico y cariño genuino que definía todo su trabajo.

La campaña se publicó un lunes, con un vídeo que Nagore grabó y montó en apenas dos días, en el que Roi aparecía trabajando en su banco, explicando con su parquedad habitual por qué el taller merecía seguir existiendo, intercalado con imágenes del festival, de Herminia bailando torpemente con un vecino, de Alaia tatuando bajo las guirnaldas de luces.

Alaia había escrito el texto de presentación, cuidando cada palabra con la misma atención que ponía en un boceto, evitando la lástima fácil y apostando por algo más parecido al orgullo: no “ayudadnos a no perderlo todo”, sino “ayudadnos a demostrar que un oficio de cincuenta años vale más que un balance trimestral”.

Los primeros mil euros llegaron en las primeras dos horas. Los primeros diez mil, al final del primer día. Roi se pasó la tarde entera actualizando la página cada pocos minutos, con una mezcla de incredulidad y vergüenza que Alaia encontraba entrañable.

—Hay gente que no conozco de nada aportando cien euros —dijo, la segunda noche, con el móvil todavía en la mano—. Gente de fuera de Madrid. Alguien de Buenos Aires ha puesto cincuenta euros y ha escrito que su abuelo tocaba la guitarra y que esto le ha hecho llorar en la oficina.

—¿Ves? Te dije que la historia real conectaba más que cualquier titular exagerado.

Entre los mensajes que acompañaban las donaciones, algunos resultaron especialmente emotivos: una mujer de Bilbao que contó cómo su padre, luthier también, había tenido que cerrar su propio taller décadas atrás por falta de apoyo, y que donaba “para que a alguien más no le pase lo mismo que a él”; un grupo de antiguos alumnos de un conservatorio que organizó una colecta conjunta entre todos ellos; incluso un adolescente que donó veinte euros ahorrados de su paga semanal, explicando en el mensaje que quería aprender lutería algún día y que ver a alguien joven como Roi dedicado al oficio le había dado esperanza de que todavía era posible vivir de ello.

—Este último me ha dejado tocado —confesó Roi, leyéndole el mensaje a Alaia en voz alta—. Tiene quince años. Quince años y ya sabe que quiere dedicarse a esto.

—Deberías escribirle. Invitarlo a visitar el taller alguna vez.

—¿Tú crees?

—Estoy segura. Recuerda lo que sentiste tú la primera vez que tu abuelo te dejó tocar una guitarra a medio construir. Seguro que a este chico le cambiaría la vida un gesto así.

Roi le escribió esa misma noche, y meses después, ya con la crisis del taller completamente resuelta, cumplió su palabra: el chico, que se llamaba Bruno y vivía en un pueblo de Toledo, pasó un fin de semana entero en el taller, observando el proceso completo de construcción de una guitarra desde el corte de la primera pieza de madera, y salió de allí, según le confesó después a Roi por mensaje, “más seguro que nunca de lo que quiero hacer con mi vida”.

—La gente necesita creer en algo que no sea una empresa comprándolo todo. Les habéis dado eso.

La primera merienda que organizó Herminia en el patio, ese mismo fin de semana, atrajo a casi treinta mecenas que habían aportado a la campaña, algunos llegados desde otros barrios de Madrid, uno incluso desde Toledo, cargados de curiosidad por conocer en persona el taller que habían decidido apoyar.

Roi, incómodo al principio con la exposición, terminó relajándose conforme avanzaba la tarde, mostrando el proceso de construcción de una guitarra a un grupo de niños fascinados, dejando que algunos adultos tocaran las herramientas con el mismo cuidado casi religioso que él empleaba siempre.

—Esto es mucho mejor que cualquier anuncio pagado que hubiéramos podido montar —le dijo Alaia, observando la escena desde la puerta de su estudio, donde ella misma había pasado la tarde enseñando a un par de curiosos los fundamentos básicos del diseño de tatuajes.

—Mi abuelo decía que un oficio bien enseñado se contagia solo, sin necesidad de venderlo. Creo que por fin entiendo del todo lo que quería decir.

Uno de los mecenas, un hombre mayor que había aportado quinientos euros —una cantidad considerable para cualquier campaña de ese tipo—, se acercó a Roi al final de la tarde con una historia que ninguno de los dos esperaba.

—Mi padre fue cliente de tu abuelo en los años ochenta —dijo, con la voz temblorosa por la emoción—. Le compró una guitarra para mi décimo cumpleaños, ahorrando durante meses. La sigo teniendo, todavía suena perfecta. Cuando vi la campaña, no me lo pensé dos veces.

Roi se quedó sin palabras un momento, y Alaia, observando la escena, entendió con una claridad nueva por qué aquella campaña había funcionado tan bien: no estaban pidiendo caridad, estaban reclamando algo que llevaba décadas construyéndose, historia sobre historia, guitarra sobre guitarra, entre las manos de tres generaciones de una misma familia y de cientos de clientes que habían encontrado en aquel taller algo mucho más valioso que un simple producto.

Otro de los mecenas, una mujer joven que se presentó como profesora de música en un instituto público de Vallecas, se acercó a Alaia esa misma tarde, más interesada en el estudio de tatuajes que en el taller de lutería.

—He seguido tu trabajo en redes desde hace tiempo —le confesó, algo cohibida—. Siempre he querido tatuarme algo, pero nunca me he atrevido del todo.

—¿Qué te frena?

—No lo sé. El miedo a que sea permanente, supongo. A elegir mal y arrepentirme.

Alaia sonrió, reconociendo en esa duda una versión distinta del mismo miedo que ella misma llevaba arrastrando desde la ruptura con Tristán, aplicado a un terreno completamente distinto.

—Todo lo que de verdad importa da un poco de miedo antes de hacerlo.

La diferencia está en si el miedo es una señal de que no es para ti, o solo la sensación normal de estar a punto de comprometerte con algo.

Si llevas años dándole vueltas a la misma idea, probablemente ya sepas cuál de las dos cosas es.

—¿Y cómo lo distingues?

—Preguntándote si te arrepentirías más de hacerlo, o de no haberlo hecho nunca.

La mujer se quedó pensativa un momento, y antes de irse esa tarde, pidió cita para la semana siguiente, decidida por fin a hacerse el diseño que llevaba años posponiendo: un verso pequeño de un poema que su abuela solía recitarle de niña, en la cara interna de la muñeca.

Al cuarto día, la campaña había superado los veinticinco mil euros, y al séptimo, coincidiendo casi al límite con el plazo que Xoel había marcado, alcanzaron los treinta y ocho mil, más que suficiente, sumado a los ahorros de Roi y Alaia, para cubrir la cifra completa que Xoel exigía por su mitad del taller.

—No me lo puedo creer —dijo Roi, sentado en el suelo del taller, con la pantalla del ordenador todavía abierta mostrando el contador final—. Hace una semana estaba convencido de que iba a perderlo todo, y ahora tengo más dinero del que necesito.

—Sobra para arreglar el tejado, además.

—Sobra para arreglar el tejado, sí.

Roi se levantó y la abrazó con una fuerza que casi la levantó del suelo, riendo contra su pelo, y Alaia sintió, en ese abrazo, el peso completo de las últimas semanas deshaciéndose por fin, disolviéndose en algo parecido a la victoria que llevaban meses persiguiendo.

La noticia corrió por el edificio en cuestión de minutos, y para cuando cayó la tarde, el patio se había llenado de nuevo de vecinos improvisando una celebración con lo que cada uno tenía a mano: Pilar sacó una botella de cava que guardaba desde las navidades anteriores, Nagore trajo unas bolsas de patatas de su propia tienda, y Herminia, por supuesto, apareció con un tupper —esta vez de pestiños caseros— que insistió en repartir entre todos los presentes antes de que nadie pudiera negarse.

—Sabía que ibas a conseguirlo —le dijo a Roi, dándole un beso sonoro en la mejilla—. Lo sabía desde el primer día. Tienes la misma cabezonería que tu abuelo, y a él tampoco lo paraba nadie cuando se le metía algo entre ceja y ceja.

—Gracias, Herminia. Por todo. Por las lentejas, por el cocido, por creer en esto cuando yo mismo dudaba.

—Para eso estamos los vecinos, hijo. Para creer los unos en los otros cuando toca.