Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Los bancos, descubrió Roi en la semana siguiente a la visita de Xoel, no entendían de guitarras ni de legados familiares.

Entendían de balances, de garantías, de historiales crediticios, y el taller, por mucho que llevara medio siglo funcionando, presentaba unas cuentas demasiado modestas como para respaldar un préstamo del tamaño que necesitaba para comprar la mitad de su hermano.

La primera entidad a la que acudió, una sucursal pequeña de la calle Argumosa donde tenía la cuenta desde que tenía dieciocho años, le atendió un gestor joven que apenas disimuló su incomodidad al explicarle que el negocio no cumplía los requisitos mínimos de facturación anual para optar a un préstamo de esa cuantía.

Roi salió de esa primera reunión con una carpeta de folletos que no pensaba volver a abrir y la sensación de haber perdido una mañana entera de trabajo por nada, un lujo que, con el plazo de Xoel corriendo en su contra, no podía permitirse repetir muchas veces más.

—Entiendo que es un negocio con mucho valor sentimental —le dijo el chico, repitiendo casi palabra por palabra la misma frase que Cayetana Aldunate había usado meses antes, como si todo el mundo hubiera decidido de antemano que el cariño y la rentabilidad fueran conceptos incompatibles—, pero desde el punto de vista puramente financiero, el riesgo es demasiado alto para la entidad.

Roi salió de esa reunión con una sensación de derrota que no sentía desde los primeros meses después de la muerte de su abuelo, cuando llevaba el taller solo, sin saber todavía calcular bien un presupuesto ni negociar con proveedores.

Probó en dos entidades más, con resultados parecidos, y para cuando llegó a la tercera negativa, una tarde de finales de noviembre con el cielo de Madrid gris y bajo, empezaba a sentir que el plazo de un mes que Xoel le había impuesto se le escapaba entre los dedos como serrín.

Esa misma tarde, antes de volver al taller, se sentó un rato en un banco de la Plaza de Tirso de Molina, sin ganas todavía de enfrentarse a Alaia con más malas noticias, dejando que el frío de noviembre le calara la chaqueta mientras intentaba poner en orden los pensamientos.

Pensó en su abuelo, en cómo habría afrontado él una situación parecida, y recordó, de pronto, una anécdota que Xosé solía contar en las comidas familiares: la vez que, recién llegado a Madrid desde Galicia, sin dinero ni contactos, había conseguido su primer encargo importante simplemente entrando en la tienda de un lutero ya establecido y ofreciéndose a trabajar gratis durante un mes, solo para demostrar lo que sabía hacer.

“Cuando el camino normal no existe, hijo, te lo inventas tú”, solía decir, con esa media sonrisa que Roi había heredado sin darse cuenta.

Sentado en aquel banco, con el frío calándole los huesos y la negativa del tercer banco todavía en el bolsillo, Roi se preguntó, por primera vez, si existía algún camino inventado que él todavía no hubiera considerado.

Volvió al taller ya de noche, decidido a contárselo todo a Alaia sin edulcorar la gravedad de la situación, encontrándola todavía en su estudio, terminando de recoger después de la última cita del día.

—Cuarenta y dos mil euros —le dijo, esa misma tarde, con la carta de la última entidad bancaria todavía en la mano, la tercera negativa en menos de diez días—.

Es lo que Xoel pide por su parte, según la tasación que ha encargado él mismo.

Y ningún banco de esta ciudad me va a prestar esa cantidad viendo lo que factura el taller al año.

—¿Y si hablamos con Zuriñe? Igual conoce alguna figura de protección para talleres artesanos, algo que pueda ayudarte a financiarlo de otra manera.

—Ya la he llamado. Existe una línea de ayudas del ayuntamiento para oficios tradicionales en riesgo de desaparición, pero el plazo de solicitud se cerró hace dos meses y la siguiente convocatoria no abre hasta el año que viene. Para entonces, Xoel ya habrá vendido su parte a Aldunate.

Alaia se sentó junto a él en el banco de trabajo, sintiendo el peso de la impotencia compartida, esa sensación de estar viendo un problema con toda claridad y no tener ninguna herramienta real para resolverlo.

—¿Has hablado con otros luthiers? Alguien del gremio, algún colega que pueda prestarte algo, o al menos aconsejarte.

—Hablé con dos. Uno me ofreció comprarme herramientas a buen precio “por si acaso”, lo cual no sé si interpretar como generosidad o como estar ya calculando mi fracaso.

El otro, un luthier de Sevilla al que conocí en una feria hace años, me dijo que él pasó por algo parecido cuando murió su padre, y que terminó vendiendo su taller entero porque no encontró ninguna salida a tiempo.

No es exactamente la charla motivadora que necesitaba.

—Lo siento.

—No pasa nada. Al menos ahora sé que no soy el único al que le ha tocado esto. Aunque tampoco es un consuelo especialmente grande.

—¿Cuánto tienes ahorrado tú?

—Doce mil. Lo que he ido guardando estos tres años, pensando en reformar el tejado antes de que se caiga entero. No llega ni a un tercio de lo que necesito.

—Yo tengo ocho mil.

Roi levantó la vista hacia ella, sorprendido.

—No pienso dejar que uses tus ahorros para esto, Alaia. Es mi problema, no el tuyo.

—Es nuestro problema. Llevas semanas actuando como si estuvieras solo en esto, y no lo estás, a menos que tú decidas que lo estés.

—No es orgullo. Es que si algún día esto se tuerce entre nosotros, no quiero que además hayas perdido tus ahorros por mi culpa.

Alaia sintió una punzada de dolor ante esa posibilidad expresada en voz alta, la primera vez que alguno de los dos mencionaba, aunque fuera de forma hipotética, que las cosas pudieran torcerse.

—¿Tú crees que esto se va a torcer?

—No lo sé. No lo creo. Pero llevo tres años aprendiendo que las cosas se tuercen justo cuando dejas de contar con que puedan hacerlo, y no quiero que mi ruina económica sea una de las formas en que se tuerza lo nuestro.

—Entonces no lo pienses como perder. Piénsalo como invertir en algo en lo que creo.

Y no solo en ti: creo en el taller, en lo que representa para el edificio, en lo que representaría para Uxue si algún día decide que quiere aprender lutería además de tatuar, cosa que por cierto ya me ha preguntado dos veces esta semana.

Roi soltó una risa breve, a su pesar, aliviando un poco la tensión acumulada.

—Sigue faltando dinero, aunque sumemos tus ocho mil a mis doce.

—Lo sé. Pero es un principio. Vamos a encontrar el resto. No sé cómo todavía, pero lo vamos a encontrar.

La idea, cuando llegó, no vino de Alaia ni de Roi, sino de Uxue, que llevaba días dándole vueltas al problema sin decir nada, hasta que una mañana, mientras preparaba el material para la primera cita, lo soltó sin más preámbulo.

—¿Y si organizáis un micromecenazgo?

Alaia levantó la vista de los diseños que estaba revisando.

—¿Un qué?

—Un crowdfunding. Como los que hacen los músicos para grabar un disco, o los que hacen los pequeños negocios para reformar el local.

La gente aporta lo que puede, a cambio de recompensas: una guitarra con descuento, una sesión de tatuaje gratis, ese tipo de cosas.

Con toda la repercusión que tuvo el festival, con el artículo que salió en el periódico nacional, tenéis una base de gente dispuesta a apoyar esto que la mayoría de proyectos ni siquiera tiene al empezar.

—¿Tú crees que podríamos reunir treinta mil euros así?

—No lo sé con certeza, pero no cuesta nada intentarlo. Y aunque no lleguéis a toda la cifra, cada euro que reunáis es un euro menos que Roi tiene que sacar de algún sitio imposible.

Alaia se lo contó a Roi esa misma tarde, esperando cierta resistencia por su parte —no le había parecido, hasta entonces, alguien cómodo pidiendo ayuda a desconocidos—, pero para su sorpresa, él se quedó pensativo un buen rato antes de contestar.

—Mi abuelo odiaba pedir ayuda. Era orgulloso hasta el extremo, de la vieja escuela, de esos que prefieren quebrar en silencio antes que admitir que necesitan una mano. Yo he heredado bastante de eso, la verdad.

—Lo sé.

—Pero también sé que si algo he aprendido este último mes es que las cosas que de verdad importan no se salvan solo. El edificio no lo hemos salvado yo solo, ni tú sola. Lo hemos salvado entre todos.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un sí. Aunque me cueste horrores escribir el texto de la campaña sin sonar como si estuviera mendigando.

—Para eso me tienes a mí. Yo escribo cosas persuasivas para convencer a gente de que se tatúe permanentemente algo en la piel. Convenceros de aportar veinte euros a una causa justa debería ser mucho más sencillo.

Diseñar las recompensas de la campaña les llevó dos noches enteras, sentados en el suelo del taller con una libreta y demasiadas tazas de café frío, discutiendo qué podían ofrecer sin comprometer meses de trabajo que ya tenían encargado de antemano.

—Podríamos ofrecer una guitarra pequeña, como la que me regalaste, a quien aporte una cantidad grande —propuso Alaia—. No una guitarra completa de concierto, claro, pero sí algo simbólico, hecho a mano.

—Eso me llevaría semanas por cada unidad. No puedo prometer más de dos o tres sin descuidar los encargos que ya tengo pendientes.

—Pues dos o tres, entonces. Para los mecenas más generosos. Y para el resto, cosas más pequeñas: una visita guiada al taller, una sesión de tatuaje con descuento en mi estudio, un vale para clases básicas de lutería de un fin de semana.

—¿Vas a dar clases tú también?

—Puedo enseñar lo básico de composición de diseño, si hace falta. O pedirle a Uxue que se encargue de una parte. Cualquier cosa que haga que la gente sienta que recibe algo a cambio de su confianza, no solo que está donando por lástima.

Herminia, que llevaba días insistiendo en participar de algún modo, se presentó una tarde con una propuesta propia: ella misma organizaría, con ayuda de Pilar, una merienda mensual en el patio para los mecenas que quisieran visitar el edificio en persona, con dulces caseros y la posibilidad de conocer a los dos artesanos detrás de la campaña.

—La gente da más dinero cuando le pones cara y sabor a lo que está apoyando —sentenció, con la seguridad de quien ha vivido lo suficiente como para no dudar de sus propias teorías.

Tenía razón, como demostraría la propia campaña en los días siguientes.

Mientras Alaia y Roi preparaban la campaña, Uxue se encargó, sin que nadie se lo pidiera, de contactar con varios medios locales que habían cubierto el Festival de Lavapiés meses atrás, recordándoles la historia y ofreciéndoles una actualización sobre el nuevo conflicto familiar que amenazaba con cerrar el taller pese a haber sobrevivido a Inversiones Aldunate.

—No entiendo por qué te tomas tantas molestias por esto —le dijo Alaia, una tarde, viéndola redactar correos con una dedicación que superaba con creces sus obligaciones habituales en el estudio.

—Porque este taller me importa casi tanto como el estudio, Alaia.

Llevo año y medio viniendo aquí cada día, viendo a Roi trabajar al otro lado del patio, aprendiendo sin darme cuenta cosas de él que también aplico a mis propios diseños.

Si esto cierra por una pelea entre hermanos, después de todo lo que hemos peleado contra una inmobiliaria entera, me parecería la ironía más cruel del mundo.

Uno de los periodistas contactados, que trabajaba para un digital especializado en economía social y oficios tradicionales, publicó un artículo extenso sobre la campaña apenas dos días después de su lanzamiento, con un titular que Roi encontró exagerado pero que sin duda ayudó a disparar las donaciones: “El taller que salvó un edificio entero necesita ahora que el barrio le devuelva el favor”.

—Menudo titular —comentó Roi, leyendo el artículo por encima del hombro de Alaia—. Suena como si yo hubiera salvado el edificio yo solo.

—Los titulares siempre exageran. Lo importante es que la gente lo lea y done, no que sea perfectamente preciso.

—Sigue pareciéndome raro que la gente done dinero por leer un titular exagerado.

—La gente dona dinero porque cree en algo, Roi. El titular solo consigue que se paren a leer la historia completa. Después, la decisión de donar la toman solos, con la historia real delante.