Capítulo 6 #3
—He estado llamando a bancos —dijo, ya dentro, sentándose pesadamente en el taburete junto al banco de trabajo, rodeado de las herramientas que llevaba tres días sin tocar—.
Para ver si puedo pedir un préstamo y comprarle la mitad a Xoel yo mismo.
Pero con lo que factura el taller, ningún banco me va a conceder lo que necesito sin una garantía que no tengo.
—¿Y si buscamos otra opción? Zuriñe puede saber si existe alguna figura legal de protección para talleres artesanos con valor patrimonial, algo que frene la venta aunque sea temporalmente.
—Puede ser. No lo he mirado todavía. No he mirado nada, en realidad.
Solo he estado aquí, dando vueltas, sintiéndome como si todo lo que hemos conseguido con el edificio, con Aldunate, con la reunión de la semana pasada, no valiera nada si al final pierdo el taller por dentro, entre hermanos, en vez de por fuera, contra una inmobiliaria.
Alaia se acercó y le puso una mano en la nuca, un gesto que él recibió cerrando los ojos, dejándose tocar por primera vez en tres días.
—Vamos a encontrar una salida —dijo ella, con una firmeza que no sabía de dónde sacaba exactamente, pero que necesitaba transmitirle a él tanto como a sí misma—. No sé todavía cuál, pero la vamos a encontrar. Y mientras tanto, no vuelvas a desaparecer así. Prométemelo.
Roi levantó la vista hacia ella, y por primera vez desde la visita de su hermano, algo parecido a la esperanza volvió a asomar en su expresión.
—Te lo prometo.
Al día siguiente, en el estudio, Uxue notó de inmediato que algo pesaba sobre Alaia, aunque esta vez no hizo falta insistir demasiado para que se lo contara todo: la visita de Xoel, el silencio de tres días, la conversación en el taller la noche anterior.
—¿Y si no consigue el préstamo? —preguntó Uxue, sentada en el mismo taburete de siempre, con las agujas ya preparadas para la primera cita del día.
—No lo sé. Entonces tendrá que decidir si vende su parte, o si busca otra manera de quedarse con todo.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Alaia se quedó callada un momento, sorprendida por la pregunta, porque hasta entonces no se había permitido pensar en su propio papel dentro de aquella crisis, concentrada por completo en apoyar a Roi.
—Voy a estar a su lado, decida lo que decida. Eso es lo único que tengo claro.
—Eso suena a que estás bastante enamorada, jefa.
—No he dicho esa palabra.
—No hacía falta que la dijeras. Se te nota en la cara desde hace semanas.
Alaia sonrió, a su pesar, y se concentró en preparar el material para la primera cita del día, aunque durante toda la mañana, entre línea y línea de tinta, no pudo dejar de pensar en la promesa que le había arrancado a Roi la noche anterior, y en si sería suficiente para sostener todo lo que estaba a punto de venir.
Pero cuando Alaia volvió esa noche a su piso, sola, con la promesa de Roi todavía resonándole en los oídos, no pudo evitar preguntarse si aquella tregua sería suficiente, o si el mes de plazo que Xoel había puesto sobre la mesa terminaría por poner a prueba algo mucho más frágil de lo que ninguno de los dos, hasta entonces, había estado dispuesto a admitir.
No encendió la luz del salón al entrar. Se quedó de pie un momento frente a la guitarra pequeña que Roi le había regalado, apoyada todavía contra la pared donde la había dejado la noche que se la entregó, con la roseta tallada brillando tenuemente bajo la luz que entraba de la calle.
Pasó los dedos por las cuerdas sin saber muy bien qué hacía, arrancando un sonido desordenado, sin melodía, que sin embargo le pareció, en ese momento, el ruido más honesto que había producido en semanas.
Pensó en Xosé, en las palabras que había dejado escritas en aquel cuaderno de tapas de cuero sobre una vecina que ni siquiera había llegado a conocer del todo.
Pensó en Herminia, en la certeza tranquila con la que aseguraba que Roi nunca vendería lo que su abuelo había construido, aunque tuviera que hipotecarse hasta las cejas.
Pensó en Xoel, en la mirada evaluadora con la que había medido a Alaia el día que entró en el taller sin llamar, como quien calcula si algo forma parte del activo o del pasivo de una decisión ya tomada de antemano.
Y pensó, sobre todo, en Roi: en sus manos llenas de serrín, en la paciencia con la que escuchaba la madera antes de tocarla, en la promesa que le había hecho esa misma tarde con la voz todavía rota por tres días de silencio.
“Te lo prometo”, había dicho, y Alaia quería creerle con la misma fe ciega con la que él construía cada guitarra, escuchando cada pieza de madera antes de decidir cómo trabajarla.
Se preparó una infusión que no llegó a beberse del todo, dejándola enfriar sobre la mesa mientras repasaba mentalmente cada palabra de la conversación de esa tarde, buscando en ellas alguna certeza que no lograba encontrar.
Sabía que no podía resolver nada esa noche, que la decisión sobre el taller no dependía de ella, y sin embargo no conseguía apartar de la cabeza la sensación de que, pasara lo que pasase con Xoel, con el préstamo, con Aldunate, algo importante se estaba jugando también entre ella y Roi, algo que ninguno de los dos había puesto todavía en palabras del todo.
Dejó la guitarra apoyada de nuevo contra la pared y se acercó a la ventana del salón, la misma desde la que llevaba meses vigilando, sin admitirlo del todo, la luz del taller de Roi al otro lado del patio.
Esa noche, por primera vez desde que Xoel había cruzado aquella puerta con su carpeta y su abrigo de lana impecable, la luz seguía encendida pasada la medianoche, un punto cálido y solitario en la oscuridad del edificio, y Alaia se quedó mirándola un largo rato, preguntándose cuánto tiempo más tendrían que pelear —contra Aldunate, contra Xoel, contra el reloj implacable de un mes que ya había empezado a correr— antes de que aquel patio, aquel edificio entero, pudiera por fin pertenecerles del todo.