Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—El taller es de los dos, Roi. Lo heredamos juntos, aunque tú lo hayas llevado todo este tiempo.

Me han hecho una oferta directa por mi mitad.

Una oferta muy buena, si te soy sincero, mejor de la que le van a dar al resto del edificio, porque saben que sin mi parte tú no puedes seguir operando aquí legalmente sin renegociar toda la titularidad.

—¿Y pensabas contármelo cuándo, exactamente? ¿Después de firmar?

—Te lo estoy contando ahora, antes de hacer nada. Por eso he venido.

—Qué generoso.

—Roi, no voy a pedirte perdón por querer una vida que no incluya heredar la mitad de una hipoteca vitalicia con un negocio que factura lo justo para sobrevivir.

Yo tengo mi vida en Londres. Tú tienes esto.

Vende tu mitad y compra tu libertad, o cómprame la mía y quédate con todo, pero no puedes pedirme que espere eternamente a que decidas qué hacer con algo que a ti te da sentido y a mí solo me da dolores de cabeza fiscales.

—¿Sabes lo que decía el abuelo de ti? —preguntó Roi, con una voz baja que sonaba más peligrosa que cualquier grito—. Que tenías la misma inteligencia que él para los números y ni una gota de su paciencia para las personas.

—El abuelo también decía muchas cosas que no evitaron que este negocio nos llevara al límite del embargo dos veces en los años noventa. Le tenía cariño, Roi, el mismo que tú, pero no voy a fingir que idealizo algo que a mí, sencillamente, no me hace feliz.

—No te estoy pidiendo que finjas nada. Te estoy pidiendo que no me pongas un cronómetro encima de una decisión que me está destrozando.

—El cronómetro no lo pongo yo. Lo pone Aldunate, que sabe perfectamente que cuanto antes cierre esta operación, menos tiempo tendréis vosotros para reaccionar. Yo solo te estoy dando la información antes de que sea demasiado tarde para que tú decidas algo, en vez de que decidan por ti.

Alaia observó a Roi apretar los puños sobre el banco de trabajo, la mandíbula tensa, la respiración controlada con un esfuerzo evidente, y sintió el impulso de acercarse, de tocarlo, pero algo en la postura de él, cerrada, hermética, le indicó que en ese momento cualquier gesto sería recibido como una intromisión más que como un consuelo.

—Necesito tiempo —dijo Roi, al fin.

—Tienes hasta fin de mes. Después, la oferta caduca y Aldunate empieza a negociar directamente conmigo sin que tú puedas intervenir en los términos.

Xoel se marchó tan bruscamente como había llegado, dejando la carpeta sobre el banco como un peso físico que ninguno de los dos se atrevió a tocar durante varios minutos. Alaia se acercó por fin, con cautela, y le puso una mano en la espalda.

—Roi.

—No quiero hablar de esto ahora mismo.

—Vale.

—No es contigo. Es que no sé ni por dónde empezar a procesarlo.

Alaia asintió, retirando la mano, dándole el espacio que parecía necesitar, aunque por dentro sintió una punzada de miedo que no supo nombrar del todo: no solo por el taller, no solo por el edificio entero que llevaban meses defendiendo juntos, sino por la posibilidad, de pronto muy real, de que todo lo que habían construido en las últimas semanas pudiera desmoronarse con la misma rapidez con la que Xoel había entrado y salido de aquel taller, carpeta en mano, sin mirar atrás.

Roi se quedó mirando la carpeta cerrada un largo rato, sin abrirla, con una expresión que Alaia no supo leer del todo, y por primera vez desde que se conocían, sintió que había una parte de él a la que no tenía acceso, una grieta que se abría más allá de lo que compartían en la cama o en las conversaciones del banco de trabajo.

—Voy a necesitar pensar —dijo él, al fin, sin mirarla—. Solo. Si no te importa.

Alaia asintió, aunque el nudo que se le formó en el estómago le dijo que sí importaba, y mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta esa mañana.

Salió del taller despacio, dejando a Roi a solas con la carpeta cerrada sobre el banco, y cruzó el patio hasta su propio estudio con la sensación de que el suelo, apenas reparado unas semanas antes, volvía a moverse bajo sus pies por un motivo completamente distinto.

No tenía cita esa mañana, así que se sentó en el mostrador de recepción, incapaz de concentrarse en ningún diseño, repasando mentalmente la conversación que acababa de presenciar: la seguridad con la que Xoel había hablado de vender, la palabra “hipoteca vitalicia” repetida como un argumento definitivo, el silencio de Roi que ella no había sabido interpretar del todo.

Herminia apareció a mediodía, como cada día, con un tupper distinto —esta vez de cocido, según anunció orgullosa— y notó de inmediato que algo no iba bien.

—¿Qué ha pasado? Tienes cara de haber visto un fantasma.

—Ha venido el hermano de Roi. Quiere vender su parte del taller.

Herminia se santiguó, un gesto que a Alaia siempre le hacía gracia en una mujer que juraba no creer en nada, y se sentó pesadamente en el sofá de espera.

—Ese chico nunca ha entendido lo que tenía su abuelo aquí. Xosé se lo advirtió mil veces, que un día Xoel se cansaría de fingir que le importaba.

—¿Tan mal se llevaban?

—No se llevaban mal. Es que a Xoel nunca le gustó el olor a barniz, ni el ruido de la lija, ni tener que explicarle a sus amigos de colegio que su familia hacía guitarras en vez de tener una empresa de verdad, como él decía siendo un crío insufrible de dieciséis años.

Roi es distinto. Roi lleva el taller en la sangre desde que aprendió a andar entre virutas.

—¿Y por qué Xosé les dejó el taller a los dos, si sabía que no lo iban a valorar igual?

—Porque un abuelo no deja de querer a un nieto por no compartir su pasión, hija.

Xosé siempre decía que la sangre no se reparte a medias, que se reparte entera, aunque el corazón de cada uno la use para cosas distintas.

Puede que ahora eso le esté costando caro a Roi, pero no creo que Xosé se arrepintiera de la decisión, esté donde esté.

—¿Y qué va a pasar ahora?

Herminia se encogió de hombros, con la sabiduría resignada de quien ha visto pasar suficientes crisis familiares como para no fingir certezas que no tiene.

—Va a pasar lo que Roi decida que pase. Pero te digo una cosa, hija: ese chico no va a vender lo que su abuelo construyó ni loco, aunque tenga que hipotecarse él mismo hasta las cejas para comprarle la mitad a su hermano.

Alaia quiso creer en esa certeza tanto como Herminia parecía sentirla, pero el resto del día transcurrió con una lentitud angustiosa, marcada por el silencio absoluto que llegaba desde el taller de al lado: ni el sonido de la lija, ni la música de guitarra flamenca de fondo, nada.

Cuando cerró el estudio esa tarde, se asomó un momento al patio y comprobó que la puerta del taller seguía cerrada, algo que no recordaba haber visto nunca en dos años de vecindad, ni siquiera los domingos.

Esa noche apenas pudo concentrarse en nada.

Se sentó en su piso con un boceto a medio terminar sobre la mesa, un diseño encargado para la semana siguiente, y estuvo casi una hora mirando la misma línea sin decidirse a completarla, con la cabeza puesta por completo al otro lado del patio, imaginando a Roi solo entre sus guitarras, cargando con un peso que ella no podía compartir por mucho que quisiera.

Llamó a su madre, algo que no hacía tan a menudo como debería, solo para escuchar una voz familiar que no tuviera nada que ver con edificios amenazados ni con hermanos ausentes que aparecían con carpetas bajo el brazo.

Hablaron de cosas sin importancia —el tiempo en Vitoria, una prima que se casaba en primavera, la receta de una tarta que su madre insistía en dictarle por enésima vez sin que Alaia la anotara nunca—, y colgó sintiéndose un poco más anclada, aunque la angustia por Roi no desapareciera del todo.

Le mandó un mensaje a las nueve de la noche, breve, sin presionar: “Estoy aquí si me necesitas. Para lo que sea.” No obtuvo respuesta esa noche, ni tampoco la mañana siguiente, y Alaia empezó a comprender, con una angustia creciente que no sabía cómo gestionar, que la grieta que había visto aparecer en la cara de Roi el primer día, al oír el nombre de Inversiones Aldunate, no era nada comparada con la que Xoel acababa de abrir de un solo golpe, y que quizás, después de todo, había cosas de las que Roi no sabía —o no quería— dejarla formar parte.

Al tercer día de silencio, incapaz de seguir esperando sin hacer nada, Alaia cruzó el patio a última hora de la tarde y llamó a la puerta del taller, algo que no recordaba haber hecho nunca en dos años de vecindad, acostumbrada como estaba a entrar sin más.

Roi tardó un rato en abrir, y cuando lo hizo, Alaia se encontró con una versión de él que no conocía: ojeras marcadas, la barba de varios días sin arreglar, el mono de trabajo arrugado como si hubiera dormido con él puesto.

—Hola —dijo él, apoyado en el marco de la puerta, sin invitarla a pasar.

—Llevo tres días sin saber nada de ti.

—Lo sé. Lo siento. No he sido capaz de hablar con nadie, la verdad.

—¿Ni siquiera conmigo?

Roi bajó la vista un momento, y cuando volvió a mirarla, Alaia reconoció en sus ojos algo parecido a la vergüenza.

—Contigo menos que con nadie. Porque si te lo cuento todo, vas a intentar arreglarlo, y esto no se arregla hablando bonito.

Necesito una cifra que no tengo, o necesito estar dispuesto a perder algo que llevo toda la vida protegiendo.

No hay una tercera opción bonita entre medias, por mucho que quiera creer que la hay.

—No tenía intención de arreglar nada. Tenía intención de estar aquí, que es distinto.

—Ya lo sé.

—Pues déjame estar, entonces.

Se quedaron en el umbral un momento, sin que ninguno de los dos diera el paso de acortar la distancia, hasta que Roi, con un gesto de cansancio que pareció vaciarlo de toda la tensión acumulada esos días, se apartó lo justo para dejarla pasar.