Capítulo 6
Las semanas posteriores a la reunión favorable con Cayetana Aldunate trajeron consigo una calma extraña, casi sospechosa, después de meses de tensión constante.
Zuriñe consiguió que la oferta revisada llegara por escrito, tal como había exigido, con cifras concretas de actualización de renta que, aunque suponían un incremento respecto a los precios antiguos, resultaban asumibles para la mayoría de los inquilinos, y con garantías legales de permanencia a diez años para todos los locales comerciales del edificio.
—Falta que lo firmen todos los vecinos —le explicó Zuriñe a Alaia, un mediodía en que se encontraron por casualidad en la cafetería de la esquina—, pero con esto en la mano, diría que habéis ganado más de lo que yo esperaba cuando empezamos.
Alaia se lo contó a Roi esa misma tarde, y por primera vez en meses lo vio relajar los hombros de un modo que ella no le había visto nunca, como si una parte de él hubiera estado sosteniendo un peso físico que por fin empezaba a soltar.
—Todavía no me lo creo del todo —le confesó Roi a Alaia, esa noche, mientras recogían las sillas plegables por última vez con ese propósito—. Llevo tanto tiempo esperando la siguiente mala noticia que no sé cómo se hace esto de simplemente… alegrarse.
—Se hace poco a poco. Yo tampoco lo tengo muy entrenado, la verdad.
—Pues entrenémoslo juntos.
Se besaron bajo la última guirnalda de luces que quedaba encendida en el patio, con la sensación compartida de que, por primera vez en meses, el futuro no era una amenaza sino una posibilidad abierta, algo que ambos podían empezar a construir sin mirar constantemente por encima del hombro.
Roi cumplió su promesa un sábado de noviembre, cuando Alaia llegó al taller a última hora de la tarde y lo encontró terminando algo que había mantenido en secreto durante casi dos semanas, escondido bajo una funda de tela en el rincón más apartado del espacio.
—¿Qué es eso?
—Tu tatuaje. El que me pediste que te construyera.
Apartó la funda y dejó a la vista una guitarra pequeña, más compacta que las que solía construir, de un color madera clara casi dorado, con una roseta alrededor de la boca tallada a mano en un patrón que a Alaia le resultó extrañamente familiar hasta que se dio cuenta de qué era.
—Es de cedro y ciprés —dijo Roi, antes de que ella pudiera preguntar nada—.
Cedro para la tapa, más suave, más cálido en el sonido.
Ciprés para el fondo, típico de las guitarras flamencas, más seco, más percusivo.
Pensé que te pegaba, porque tú también eres las dos cosas a la vez: calidez y filo, según el día.
—Son mis olas —dijo, acercándose despacio, pasando los dedos por el diseño tallado alrededor del agujero de resonancia, el mismo trazo que llevaba en el brazo—. Has copiado mi tatuaje.
—No lo he copiado. Lo he traducido. Tú lo hiciste en tinta cuando decidiste volver a empezar sola. Yo lo he hecho en madera para que sepas que ahora no estás sola.
Alaia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, algo que no le pasaba con facilidad, y tuvo que parpadear varias veces antes de conseguir hablar.
—Roi.
—Es tuya. La he hecho para ti, no para venderla, no para nadie más. Aunque no sepas tocarla.
—No sé tocarla.
—Yo tampoco sabía casi nada hasta hace unos años. Te puedo enseñar lo básico.
Alaia dejó la guitarra apoyada con cuidado contra la pared y se lanzó hacia él, abrazándolo con una fuerza que casi lo hizo perder el equilibrio, y Roi la sostuvo, riendo contra su pelo, con una ternura que contrastaba con la urgencia con la que ella le buscó la boca segundos después.
—Gracias —murmuró Alaia, entre beso y beso—. Nadie me había regalado nunca algo hecho con tanto cuidado.
—Te mereces que cuiden cada detalle.
La besó de nuevo, esta vez más despacio, con una intención distinta a la urgencia de la primera noche, y Alaia sintió que el cuerpo entero se le relajaba contra el de él, dejándose llevar por un ritmo pausado que no había experimentado todavía con Roi, acostumbrada a la intensidad casi desesperada de sus otros encuentros.
Él le desabrochó la camisa botón a botón, deteniéndose después de cada uno para dejar un beso en la piel recién descubierta, y cuando llegó al último, se arrodilló frente a ella y apoyó la frente contra su vientre desnudo, en un gesto que tenía más de reverencia que de deseo, aunque también contuviera ambas cosas.
—Quiero llevarte a la cama —dijo, levantando la vista hacia ella—. No aquí, entre virutas. Quiero tiempo contigo.
Subieron al ático en silencio, con las manos entrelazadas, y una vez dentro, Roi cerró la puerta con el mismo cuidado con el que trataba cada instrumento que salía de su banco de trabajo.
La luz de la lámpara de noche, cálida y baja, bañaba la habitación de un tono ambarino que a Alaia le recordó, sin poder evitarlo, al color de la madera de la guitarra que acababan de dejar en el taller.
Se desnudaron el uno al otro despacio, sin la prisa de la primera noche, deteniéndose a mirar, a tocar, a memorizar.
Roi trazó con los dedos el tatuaje del brazo de Alaia entero, desde la muñeca hasta el hombro, siguiendo cada ola como si estuviera leyendo un mapa, y cuando llegó al final del recorrido, la tumbó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con la fuerza evidente de sus manos, curtidas por años de trabajo con madera y herramientas.
—Eres preciosa así —dijo, colocándose sobre ella, apoyando el peso en los antebrazos—. Sin prisa. Sin nadie esperando fuera.
—Llevo semanas sin prisa contigo, aunque no lo parezca.
—Esta noche quiero que lo notes de verdad.
La besó despacio, recorriendo su cuerpo entero con la boca, deteniéndose en cada zona con una paciencia que Alaia sintió acumularse como una tensión dulce en cada terminación nerviosa, hasta que llegó, de nuevo, entre sus piernas, pero esta vez sin la urgencia de la primera vez, con una lentitud casi insoportable que la hizo retorcerse contra las sábanas, buscando más presión, más ritmo, y que él le negó, deliberadamente, alargando cada caricia hasta el límite exacto donde el placer se volvía casi doloroso de tan contenido.
—Roi, por favor.
—Dime qué quieres.
—Más. Más rápido.
Él obedeció, aunque solo un poco, lo justo para llevarla al borde sin dejarla caer del todo, repitiendo el juego varias veces hasta que Alaia, temblando, clavando los dedos en las sábanas, sintió que el orgasmo la desbordaba con una intensidad que la dejó momentáneamente sin aire, un placer construido con tanta paciencia que estalló con una fuerza completamente distinta a la de la primera noche.
Roi subió por su cuerpo, besándola con calma, dejándola recuperar el aliento antes de entrar en ella despacio, sosteniendo su mirada todo el tiempo, con un ritmo lento que ninguno de los dos tenía prisa por acelerar.
Alaia le rodeó la espalda con las piernas, atrayéndolo más cerca, sintiendo cada movimiento con una claridad casi abrumadora, escuchando su nombre en la voz ronca de Roi entre jadeos contenidos, respondiendo con el suyo cada vez que él encontraba el ángulo exacto que la hacía arquear la espalda contra el colchón.
—No quiero que esto termine nunca —murmuró él, contra su cuello, sin dejar de moverse.
—No tiene por qué.
Llegaron juntos, esta vez, en un momento que a Alaia le pareció el más íntimo de todos los que habían compartido hasta entonces, no por la intensidad física sino por la mirada que sostuvieron durante los últimos segundos, como si cada uno estuviera viendo al otro con una claridad que ninguna palabra podría igualar.
Después, tumbados el uno junto al otro, con las piernas entrelazadas y la respiración todavía irregular, Roi le pasó un brazo por debajo del cuello y la atrajo hacia su pecho.
—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —preguntó, en la oscuridad.
—Sorpréndeme.
—Que no finges nada. Ni en el trabajo, ni conmigo, ni en esa reunión con Cayetana Aldunate mirándote como si fueras un problema molesto. Eres exactamente lo que pareces, siempre.
—Tú tampoco finges. Solo hablas menos.
—Contigo hablo más de lo que he hablado con nadie en años.
Alaia sonrió contra su pecho, cerrando los ojos, pensando que quizás, después de todo, sí valía la pena volver a construir algo con cuidado, aunque existiera el riesgo de perderlo.
El golpe llegó dos días después, un lunes por la mañana, con la llegada inesperada de Xoel.
Alaia estaba en el taller —había empezado a pasar allí las mañanas más tranquilas, trabajando en diseños mientras Roi lijaba a pocos metros, una costumbre que ninguno de los dos había cuestionado ya— cuando la puerta se abrió sin el gesto tímido habitual de los vecinos ni la campanilla del estudio de al lado, sino con la seguridad de quien se cree con derecho a entrar sin llamar.
El hombre que apareció se parecía a Roi lo suficiente como para que Alaia adivinara de inmediato quién era: la misma mandíbula, los mismos ojos oscuros, aunque con un corte de pelo impecable y un abrigo de lana que no encajaba en absoluto con el ambiente del taller.
—Xoel —dijo Roi, sin levantar la vista del banco, con una tensión inmediata en la voz—. No sabía que venías a Madrid.
—Ha sido una decisión de última hora. —Xoel miró a Alaia con una curiosidad rápida, evaluadora, antes de volver a centrarse en su hermano—. Necesitamos hablar. A solas, si es posible.
—Alaia se queda.
Xoel titubeó un segundo, pero pareció decidir que no valía la pena discutir por eso, y sacó del bolsillo interior del abrigo una carpeta que dejó sobre el banco de trabajo, junto a las herramientas de Roi.
—He estado hablando con Inversiones Aldunate.
El silencio que siguió fue tan absoluto que Alaia oyó, por primera vez desde que conocía el taller, el zumbido lejano del frigorífico del piso de arriba.
—¿Qué has hecho? —preguntó Roi, con una voz que había perdido toda la calma habitual.