Capítulo 5 #2
Cenaron sentados en el suelo del salón, sobre un cojín grande que Roi insistía en que era perfectamente cómodo y que Alaia consideraba, en el fondo, un atentado contra su espalda, y hablaron de cosas pequeñas: de la boda de la prima de Alaia en primavera, de un encargo nuevo que Roi acababa de aceptar para un guitarrista flamenco de cierto renombre que había oído hablar de él por el festival, de si merecía la pena pintar de nuevo la fachada del edificio una vez resuelto todo el conflicto.
—Deberíamos plantar algo en el patio —dijo Alaia, de pronto—. Algo que no sea solo la mata de jazmín de Herminia. Algo nuestro.
—¿Como qué?
—No sé. Un árbol pequeño. Algo que crezca despacio, para que en diez años, cuando lo veamos grande, sepamos que llevamos aquí diez años.
Roi la miró con una expresión que mezclaba ternura y sorpresa, como si aquella idea, tan sencilla, le hubiera tocado algo que no esperaba que le tocaran esa noche.
—Me gusta cómo piensas en diez años sin que te tiemble la voz.
—Antes me temblaba. Contigo ha dejado de temblarme.
Se quedaron un rato más así, apoyados el uno contra el otro, viendo pasar la vida de la calle por la ventana abierta, hasta que el frío terminó por vencerlos y se trasladaron a la cama, donde no hubo prisa ni urgencia esa noche, solo el peso tranquilo de dos cuerpos que ya empezaban a conocerse de memoria, entrelazados hasta quedarse dormidos sin darse cuenta del todo de en qué momento exacto había ocurrido.
Esa misma semana, un jueves por la tarde, Uxue aprovechó un hueco entre citas para sentarse junto a Alaia en el mostrador de recepción, con esa mirada directa que solía preceder a una pregunta incómoda.
—¿Vas a contarme lo tuyo con el vecino, o vas a seguir haciendo como que no pasa nada delante de mí?
Alaia levantó la vista de los diseños que estaba preparando, sorprendida.
—¿Qué te hace pensar que hay algo?
—Que llevas un mes sonriendo cuando miras hacia el patio, que hueles a serrín cuando vuelves de comer, y que el otro día te até el zapato porque no lo habías notado y tenías dos calcetines distintos. Alaia, eso no lo hace una persona centrada solo en salvar un edificio.
Alaia se rió, rindiéndose por fin.
—Vale. Sí. Hay algo con Roi.
—Ya era hora. Llevo mirándoos desde el festival como quien mira una serie que tarda demasiado en avanzar la trama.
—No es tan sencillo, Uxue. Con todo lo que está pasando con el edificio, con la incertidumbre de si vamos a poder quedarnos siquiera…
—Precisamente por eso deberíais disfrutarlo mientras podáis, ¿no? En vez de esperar a tener la vida resuelta para permitiros ser felices.
Alaia se quedó pensando en esa frase más tiempo del que le habría gustado admitir, porque reconocía en ella exactamente el tipo de prudencia excesiva con la que había protegido su corazón desde la ruptura con Tristán: la costumbre de esperar garantías antes de permitirse sentir nada con intensidad, como si el amor solo mereciera la pena cuando venía con seguro incluido.
—Tienes razón —dijo, al fin—. Aunque no pienso admitirlo delante de ti otra vez.
—No hace falta. Ya lo he anotado mentalmente para sacarlo en el momento más inoportuno posible.
Tristán apareció un martes por la tarde, sin avisar, con la misma sonrisa segura de sí misma que Alaia recordaba de los cuatro años que habían compartido piso, cama y, según había descubierto después, a más de una mujer más.
—Hola, Alaia.
Ella se quedó paralizada un segundo detrás del mostrador, con una máquina de tatuar todavía en la mano, incapaz de procesar del todo que la persona que llevaba tres años evitando en redes sociales, que había cambiado de número de teléfono para no tener que bloquearlo, estuviera de pie en la entrada de su estudio como si nada hubiera pasado nunca entre ellos.
—¿Qué haces aquí?
—Pasaba por el barrio. Vi el letrero y pensé que igual te apetecía tomar un café. Hace mucho que no hablamos.
—No hay nada de lo que hablar.
—Alaia, han pasado tres años. Yo he cambiado mucho. Solo quería saber cómo estás, ver que te va bien.
—Me va bien porque no formas parte de mi vida, así que puedes irte tranquilo con esa información.
Tristán insistió un poco más, con ese tono conciliador que Alaia recordaba haber confundido con sinceridad durante demasiado tiempo, hasta que la campanilla de la puerta sonó de nuevo y Roi entró en el estudio, con una caja de herramientas en la mano que le llevaba prestada desde hacía días, ajeno por completo a la tensión que flotaba en el ambiente.
—¿Interrumpo? —preguntó, mirando alternativamente a Alaia, tensa detrás del mostrador, y al hombre que no conocía, plantado en mitad de la sala con una postura que no encajaba con la de un cliente cualquiera.
—No —dijo Alaia, con un alivio que no pudo disimular—. Tristán ya se iba.
Tristán miró a Roi de arriba abajo, calibrando la situación con una rapidez que a Alaia le repugnó, y por un momento pareció que iba a decir algo más, pero se limitó a asentir.
—Nos vemos, Alaia.
—Espero que no.
Cuando la puerta se cerró tras él, Alaia soltó el aire que llevaba conteniendo sin darse cuenta y se apoyó contra el mostrador, con las manos todavía temblorosas.
—¿Ese era…? —empezó Roi, dejando la caja de herramientas a un lado.
—Mi ex. El del piso, el de las mentiras, todo eso.
—¿Estás bien?
—Ahora sí. Hace un minuto no tanto.
Roi rodeó el mostrador y la abrazó, sin preguntar nada más, dejándola apoyar la cabeza contra su pecho durante un buen rato, hasta que el temblor de sus manos remitió por completo.
—No va a volver a aparecer por aquí —dijo él, con una firmeza tranquila que no admitía discusión—. Y si lo hace, más vale que traiga refuerzos.
Alaia se rió, a pesar de todo, sintiendo que el susto se disolvía poco a poco en algo mucho más parecido a la seguridad.
—No hacía falta que hicieras de guardaespaldas.
—No lo he hecho. Solo he entrado a devolverte una llave inglesa. La coincidencia ha sido cosa del universo, que por lo visto tiene mejor sentido del timing que yo.
—Gracias de todos modos.
—Cuando quieras.
La primera reunión de negociación dio paso, dos semanas después, a una segunda cita en las oficinas de Inversiones Aldunate que resultó decisiva.
Zuriñe había preparado un informe exhaustivo sobre la antigüedad de los contratos y la protección legal que amparaba a varios de los inquilinos, reforzado con la repercusión mediática que el Festival de Lavapiés seguía teniendo semanas después, incluyendo una mención en un programa de radio nacional que había entrevistado a Roi durante casi diez minutos sobre el oficio de lutero y su lucha por conservar el taller familiar.
Cayetana Aldunate los recibió esta vez con un tono notablemente distinto, menos condescendiente, más pragmático, como quien ha hecho ya sus cálculos de daños y ha decidido que la batalla de imagen no compensa el beneficio de la operación inmobiliaria completa.
—Vamos a proponerles una revisión del proyecto —dijo, sin rodeos—.
Mantenimiento de los locales comerciales actuales con actualización de renta limitada a un porcentaje razonable, y obras de rehabilitación estructural que no afecten a la actividad de los negocios existentes.
El componente de hotel boutique se trasladaría a la planta superior, actualmente sin uso residencial.
—¿Y los residentes de las viviendas del edificio? —preguntó Roi—. Pilar, Herminia, los del segundo.
—Se mantienen sus contratos actuales, con la misma actualización que los comerciales. No es una cesión completa, quiero ser clara. Seguimos manteniendo el derecho a revisar condiciones dentro de cinco años, pero es la mejor oferta que va a salir de este despacho.
—¿Por qué el cambio de postura? —preguntó Alaia, directa, sin rodeos—. Hace un mes no estaban dispuestos a ceder ni un metro cuadrado.
Cayetana se permitió, por primera vez desde que se conocían, un gesto que se acercaba a la sinceridad.
—Porque el consejo ha calculado el coste reputacional de seguir adelante con el proyecto original frente al beneficio económico real, y el balance ya no compensa.
Ustedes han conseguido algo que rara vez logran los inquilinos en estos procesos: que la opinión pública deje de ver esto como un simple desalojo y empiece a verlo como lo que realmente es.
—¿Y qué es, según usted? —preguntó Roi.
—Un intento de borrar cincuenta años de oficio para poner sábanas de mil hilos donde antes había guitarras. Dicho así, suena mal hasta para nosotros.
Zuriñe intercambió una mirada rápida con Alaia y Roi antes de contestar, calibrando la oferta con la cautela profesional que la caracterizaba.
—Necesitamos verlo por escrito, con cifras concretas de actualización de renta y garantías legales sobre la permanencia a largo plazo, no solo una declaración de intenciones.
—Lo tendrán la semana que viene.
Salieron de la reunión con una sensación que ninguno de los dos se atrevía a llamar todavía victoria, pero que se parecía mucho más a la esperanza que a cualquier cosa que hubieran sentido en los meses anteriores.
Roi caminó en silencio un buen rato, procesando lo que acababan de escuchar, hasta que por fin habló, ya cerca de la boca de metro.
—Si esto sale adelante, mi taller se queda. De verdad se queda.
—Se queda —confirmó Alaia, apretándole la mano.
—Llevo tres años construyendo guitarras con la sensación de estar administrando el final de algo. Es la primera vez que pienso en el taller como en un principio, no como en una despedida lenta.
Esa noche lo celebraron con el resto de vecinos en el patio, con una cena improvisada que Pilar organizó a base de tortillas y ensaladillas repartidas entre varias puertas, y Alaia, sentada junto a Roi en uno de los escalones del patio, con un plato de plástico en la mano y las guirnaldas de luces todavía colgadas de la última vez, pensó que hacía mucho tiempo que no se sentía tan parte de algo más grande que ella misma.