Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Las semanas que siguieron al festival tejieron entre ellos una rutina nueva que ninguno de los dos había planeado del todo, pero que se instaló con la misma naturalidad con la que la hiedra terminaba invadiendo cualquier muro descuidado del patio.

Alaia empezó a cerrar el estudio más tarde algunos días, esperando a que Roi terminara en el taller, y él, a su vez, aprendió a reconocer el sonido concreto de la máquina de tatuar a través de la pared cuando ella tenía una sesión larga, como quien aprende a distinguir un instrumento entre una orquesta.

Cenaban juntos casi cada noche, a veces en su piso —un ático diminuto cerca de la plaza de Lavapiés que Roi había heredado, junto con el taller, de su abuelo, y que conservaba los mismos muebles de madera maciza que Xosé había construido décadas atrás—, a veces en el de Alaia, un segundo piso más moderno pero mucho más impersonal, según opinión no solicitada de Roi la primera vez que lo visitó.

—Aquí no hay nada tuyo —le dijo, mirando las paredes casi vacías, la decoración mínima, funcional.

—Hay tres cuadros que pinté yo.

—¿Dónde están?

—En el trastero.

Roi se rió, pero no insistió, aunque a partir de esa noche empezó a preguntarle, de vez en cuando, por qué prefería mantener su casa tan desnuda, y Alaia tardó semanas en contarle la verdad completa: que después de Tristán, después de descubrir que su expareja de cuatro años había estado utilizando su piso —el que compartían entonces, el que ella había decorado con cariño durante años— para encuentros con otras mujeres mientras Alaia trabajaba turnos largos en el estudio, había aprendido a no invertir demasiado en ningún espacio que pudiera perder de la noche a la mañana.

Un sábado, casi sin avisar, Roi se presentó en su piso con una caja de herramientas y una determinación que a Alaia le hizo gracia desde el primer momento.

—¿Qué haces?

—Vamos a bajar esos cuadros del trastero.

—No hace falta.

—Sí hace falta. Llevas tres años viviendo en un piso que parece una sala de espera. Vamos a colgarlos.

Tardaron toda la tarde en encontrar la llave correcta del trastero, en limpiar el polvo acumulado sobre los tres lienzos —dos paisajes marinos y un retrato abstracto que Alaia apenas recordaba haber pintado— y en decidir, entre risas y algún que otro desacuerdo sobre la altura correcta, dónde colgar cada uno.

Cuando terminaron, el salón de Alaia había cambiado por completo, y ella se quedó mirando la pared largo rato, sorprendida de lo distinto que se sentía el espacio con algo suyo, de verdad suyo, expuesto de nuevo a la vista.

—Gracias —dijo, apoyando la cabeza en el hombro de Roi.

—No hace falta que me lo agradezcas. Solo quería que dejaras de vivir como si tuvieras la maleta hecha.

—A veces creo que sí la tengo hecha, en el fondo. Metafóricamente.

—Pues deshazla. Al menos un poco. Yo no pienso ir a ningún sitio.

Fue la primera vez que Roi pronunció una promesa así, tan directa, y Alaia sintió que algo se aflojaba definitivamente en el nudo que llevaba tres años sosteniendo con firmeza en el pecho.

—Fue hace tres años —le contó una noche, tumbados en la cama de Roi, con la luz de la calle colándose entre las cortinas mal cerradas—.

Lo descubrí porque una clienta me lo contó sin saber que hablaba de mi novio.

Lo tenía todo montado, incluso mensajes borrados que reconstruí después.

Cuatro años tirados a la basura por alguien que ni siquiera se molestó en ser original mintiendo.

—Lo siento.

—No lo sientas. Fue lo mejor que me pudo pasar, aunque tardé mucho en verlo así. Me obligó a construir algo mío desde cero. El estudio se lo debo, en parte, a esa ruptura.

Roi le acarició el brazo tatuado con un dedo, siguiendo el trazo de las olas que ella se había diseñado ese mismo año.

—¿Y esto?

—Esto es el mar el día que firmé el contrato de alquiler del local. Quería recordar que había elegido volver a empezar por mí misma, no por rabia hacia él.

—Es precioso.

—Lo hice yo misma. Tardé cuatro sesiones.

—Deberías hacerte algo más. Algo de ahora.

Alaia lo miró, sorprendida por la sugerencia.

—¿Como qué?

—No lo sé. Algo que hable de todo esto. Del edificio. De nosotros. De lo que sea que esté pasando.

—¿Y tú? ¿Te harías uno?

Roi negó con la cabeza, sonriendo.

—Yo prefiero que la madera hable por mí. No tengo el valor que tienes tú para llevar la historia escrita en la piel para siempre.

—No es valor. Es que cuando algo me importa, necesito que quede constancia en algún sitio.

—Pues déjame construirte algo, entonces. Es lo más parecido que tengo a un tatuaje.

La documentación reunida para la asociación de inquilinos empezó a dar frutos a mediados de octubre, cuando Zuriñe consiguió que Inversiones Aldunate aceptara una primera reunión de negociación, presionados —tal y como había predicho la propia abogada— por la repercusión que el Festival de Lavapiés había tenido en la prensa local y, para sorpresa de todos, en algún medio nacional que cubrió la historia bajo titulares como “El último taller de guitarras de Lavapiés se enfrenta al gigante inmobiliario”.

La reunión se celebró en las oficinas de Inversiones Aldunate, en un edificio de cristal cerca de la Castellana que contrastaba de un modo casi ofensivo con el patio de corrala del número 14.

Alaia y Roi asistieron junto con Zuriñe y Pilar, y desde el primer minuto quedó claro que la persona que los recibía —una mujer de traje impecable llamada Cayetana Aldunate, hija del fundador de la empresa y responsable directa del proyecto— no tenía ninguna intención de ceder terreno con facilidad.

—Entiendo que el edificio tiene cierto valor sentimental para algunos de ustedes —dijo Cayetana, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, muy parecida, pensó Alaia, a la que ella misma ponía a veces con clientes difíciles—.

Pero el proyecto de rehabilitación generará empleo, revalorizará la zona y, francamente, ofrece condiciones de realojo que muchos considerarían generosas.

—Realojo a diez kilómetros del barrio, a precios que ninguno de nosotros puede pagar —replicó Roi, con una calma tensa que Alaia ya reconocía como su forma de contener la rabia—. Mi abuelo construyó ese taller con sus manos. No es un local que se pueda trasladar como si fuera una tienda de ropa.

—Comprendo el apego emocional…

—No es apego emocional. Es medio siglo de oficio y de clientela que no se reconstruye con una subvención de realojo.

La reunión se alargó cerca de dos horas, con Zuriñe defendiendo punto por punto la protección legal de los contratos antiguos y Cayetana intentando, sin demasiado éxito, sostener una postura que empezaba a resquebrajarse ante los datos concretos que la abogada exponía con precisión quirúrgica.

Salieron sin un acuerdo cerrado, pero con la sensación, compartida por todos, de que la empresa había empezado a tomarse en serio la resistencia del edificio, algo que dos meses antes habría parecido imposible.

—Ha ido mejor de lo que esperaba —dijo Zuriñe, ya en la calle, guardando sus papeles en una carpeta desgastada.

—¿Mejor? —preguntó Pilar, incrédula—. No nos han dado nada.

—No nos han dado nada porque saben que si ceden un poco, van a tener que ceder mucho más. Eso significa que están asustados. La gente que no está asustada no dedica dos horas a defender su postura.

Alaia caminó de vuelta a Lavapiés junto a Roi, en silencio, procesando la tensión acumulada de la reunión, hasta que él le cogió la mano casi sin darse cuenta, un gesto tan natural que ninguno de los dos comentó nada al respecto.

—Gracias por venir —dijo Roi, después de un rato—. No tenías por qué.

—Claro que tenía. Es mi edificio también.

—Es más que eso, y lo sabes.

Alaia se detuvo un momento en mitad de la acera, obligándolo a detenerse a él también, y lo miró con una seriedad que raramente mostraba.

—Roi, llevo tres años protegiéndome de esto. De implicarme demasiado en algo que pueda perder. Y contigo lo he hecho de todos modos, sin darme ni cuenta de cuándo pasó.

—Yo tampoco me di cuenta de cuándo pasó. Solo sé que ahora no me imagino las tardes sin ti al otro lado del patio.

Se besaron en mitad de la calle, sin importarles la gente que pasaba a su alrededor, y Alaia sintió, por primera vez en mucho tiempo, que quizás no todo lo que se construía con cuidado estaba destinado a romperse.

Esa noche cenaron en el ático de Roi, con las ventanas abiertas de par en par pese al frío de noviembre, porque él insistió en que necesitaba oír el ruido de la calle después de tantas horas encerrado en despachos con moqueta y aire acondicionado.

Alaia se sentó en el alféizar mientras él cocinaba, algo sencillo, pasta con verduras que había comprado esa misma mañana en el mercado de Antón Martín, y lo observó moverse por la cocina diminuta con la misma precisión metódica que aplicaba a cualquier tarea, calculando tiempos, probando el punto de sal con una atención que a ella le pareció, otra vez, casi enternecedora.

—¿Sabes lo que más me sorprende de hoy? —dijo Alaia, mientras él removía la sartén.

—Sorpréndeme tú a mí, para variar.

—Que Cayetana Aldunate, con ese despacho de cristal y esa sonrisa de anuncio de banco, al final ha resultado ser la primera persona de esa empresa que nos ha hablado como si fuéramos personas y no un obstáculo administrativo.

—A lo mejor no es tan mala persona. A lo mejor solo hace un trabajo que no le deja demasiado margen para ser buena persona la mayor parte del tiempo.

—Qué generoso te has vuelto de repente.

—No soy generoso. Es que hoy me ha costado menos odiarla que las últimas veces, y prefiero pensar que es porque las cosas están mejorando, no porque me estoy ablandando.