Capítulo 4 #3
Alaia levantó la vista hacia él sin dejar de moverse, marcando un ritmo lento y deliberado, disfrutando de la manera en que la respiración de Roi se volvía cada vez más irregular, de cómo sus dedos se cerraban con más fuerza sobre el borde del banco cada vez que ella variaba la presión de su boca.
Cuando notó que él estaba a punto de perder por completo el control, se detuvo un instante, solo para mirarlo a los ojos con una sonrisa lenta que era pura provocación.
—No voy a durar mucho si sigues así.
Ella sonrió contra su boca, sin dejar de moverse, y lo empujó hacia atrás hasta que Roi quedó apoyado contra el banco opuesto, entre las guitarras a medio construir, dejándose hacer con una entrega que contrastaba con el control absoluto que mostraba siempre en su trabajo.
Alaia se arrodilló frente a él, tomándolo en la boca con la misma dedicación con la que él la había tratado a ella momentos antes, y el sonido que escapó de la garganta de Roi —un gemido grave, casi un gruñido— la hizo sentir un poder nuevo, distinto a cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
—Para —dijo él, de pronto, con voz tensa, tirando suavemente de su pelo para que ella lo mirara—. Para, o esto termina antes de lo que quiero.
La levantó, la giró con delicadeza hasta que Alaia quedó de espaldas a él, apoyando las manos sobre el banco de trabajo, entre virutas de madera que se le clavaban levemente en las palmas, un detalle que en ese momento le pareció, de algún modo, perfecto.
Roi le apartó el pelo de la nuca, dejó un beso lento en la piel expuesta, y con una mano buscó entre la ropa que tenía a mano hasta encontrar un preservativo en la cartera que había dejado sobre el banco horas antes.
—¿Estás segura? —preguntó, con la voz ronca pegada a su oreja, mientras se colocaba detrás de ella.
—Nunca he estado más segura de nada. Llevo semanas segura de esto, Roi. Desde antes de saber ponerle nombre.
Entró en ella despacio, dándole tiempo a acostumbrarse, y el gemido que soltó Alaia al sentirlo llenarla por completo se mezcló con el de Roi, que se detuvo un segundo, quieto dentro de ella, como si necesitara ese momento para memorizar la sensación antes de empezar a moverse.
—Roi.
—Aquí estoy.
Se quedó quieto un instante más, dejando que ella se acostumbrara del todo a la sensación de tenerlo dentro, y solo cuando la sintió relajarse contra su cuerpo, con un gemido suave que sonó casi como una súplica, empezó a moverse entonces, con un ritmo que fue acelerando poco a poco, una mano firme en su cadera y la otra buscando su pecho, y Alaia se dejó llevar por completo, apoyada contra el banco, rodeada del olor a madera y barniz y sudor, escuchando el sonido de sus cuerpos moviéndose juntos por encima incluso del ruido lejano del festival.
Él susurraba contra su nuca palabras que ella apenas conseguía procesar del todo —su nombre, alguna promesa a medio formular, algún elogio sobre su cuerpo, sobre lo bien que encajaban— y ella respondía con gemidos cada vez más altos, sin importarle ya la posibilidad remota de que alguien fuera de la puerta cerrada pudiera oírlos.
Cuando Alaia sintió que se acercaba al límite por segunda vez, llevó una mano hacia atrás, buscando el cuerpo de Roi, necesitando algo más de contacto, y él entendió el gesto sin necesidad de palabras, acelerando el ritmo, apretando el agarre en su cadera, hasta que el segundo orgasmo la sacudió con más fuerza que el primero, arrancándole un grito que amortiguó mordiéndose el propio brazo.
Roi aguantó solo unos segundos más antes de llegar también al límite, con un gemido grave que le vibró en el pecho contra la espalda de Alaia, y se quedó un momento inmóvil, respirando con fuerza, antes de retirarse despacio y girarla hacia él para besarla de nuevo, esta vez con una ternura completamente distinta a la urgencia de minutos antes.
—Bueno —dijo ella, apoyando la frente contra su pecho, todavía recuperando el aliento—, esto no me lo esperaba cuando entré esta noche a pedirte que tocaras algo.
Roi se rió, un sonido bajo y auténtico que Alaia sintió vibrar bajo su mejilla.
—Yo llevo esperándolo desde que te vi entrar aquí la primera vez sin llamar a la puerta.
—Tengo que dejar de disculparme por eso.
—No te disculpes nunca por eso.
Se quedaron un rato más así, abrazados sobre el banco de trabajo, con la ropa a medio poner y las guitarras a medio construir observándolos en silencio desde las paredes, hasta que el frío de la noche que empezaba a colarse por la ventana entreabierta los obligó a moverse.
—¿Vienes a mi casa esta noche? —preguntó Roi, mientras se abrochaba la camisa—. No quiero que esto se acabe todavía.
—Tengo que recoger el material del estudio.
—Puede esperar a mañana.
Alaia lo miró, sopesando la propuesta con una sonrisa que no intentó disimular.
—Puede esperar a mañana —repitió, y le tendió la mano.
Se vistieron despacio, sin prisa, robándose besos entre prenda y prenda, y cuando por fin salieron del taller, el festival ya estaba recogiendo las últimas mesas y las guirnaldas de luces parpadeaban, cansadas, sobre un patio que había pasado la noche entera defendiendo lo que ninguno de los dos, hasta esa noche, sabía que tenían que defender juntos.