Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Lo dijo sin dramatismo, casi como una constatación, y el silencio que siguió se llenó de una tensión que ninguno de los dos hizo nada por deshacer. Alaia dejó su vaso junto al de Roi, sobre el banco, y se giró hacia él.

—Llevo semanas pensando en esto —admitió, sorprendida de su propia sinceridad—. Desde el altillo.

—Yo desde antes.

—¿Desde cuándo?

—Desde la primera vez que entraste en el taller con esa carta en la mano y ni siquiera pediste permiso para pasar.

Alaia sonrió, y esa sonrisa fue lo último que hubo entre ellos antes de que Roi acortara la distancia y la besara.

Fue un beso lento al principio, casi cauteloso, como si ambos necesitaran confirmar que aquello era real antes de dejarse ir del todo, pero se profundizó rápido, con una urgencia que llevaba semanas acumulándose sin que ninguno de los dos se atreviera a nombrarla.

Roi le puso una mano en la nuca, enredando los dedos en el pelo que se le había soltado del moño horas antes, y Alaia le agarró la camiseta a la altura del pecho, atrayéndolo hacia ella con una necesidad que la sorprendió a sí misma.

—Deberíamos cerrar la puerta —dijo ella, contra sus labios, con la voz ronca.

Roi se levantó sin soltarla del todo, cruzó el taller en tres zancadas y cerró la puerta con pestillo, apagando después la luz principal, dejando solo el resplandor cálido de una lámpara de trabajo y el brillo lejano de las guirnaldas del patio que se colaba por la ventana.

Cuando volvió junto a ella, Alaia ya se había quitado la camiseta manchada de tinta, y la visión de su cuerpo bajo la luz tenue —el tatuaje del brazo, el resto de la piel desnuda, la respiración ya acelerada— hizo que a Roi se le escapara un sonido grave, casi un gemido contenido.

—Llevo semanas imaginando esto —confesó, acercándose de nuevo, recorriendo con las manos la curva de su cintura, deteniéndose sobre las marcas de tinta como si quisiera memorizarlas con el tacto—. Cada línea de tu piel.

—¿Y ahora que las tienes delante?

—Ahora quiero recorrerlas todas.

La besó de nuevo, esta vez con menos cautela, y la guió hacia atrás hasta que la espalda de Alaia quedó apoyada contra el banco de trabajo, entre virutas de madera y herramientas cuidadosamente ordenadas que ninguno de los dos se molestó en apartar.

Roi le desabrochó el sujetador con una destreza sorprendente para unas manos acostumbradas a tareas mucho más delicadas, y cuando por fin la tuvo desnuda de cintura para arriba, se apartó un instante solo para mirarla, con una expresión que mezclaba deseo y algo parecido a la reverencia.

—Eres una obra terminada —murmuró, bajando la boca hasta su cuello, dejando un rastro de besos que descendió despacio hasta el pecho—. No necesitas ni un solo retoque más.

Alaia echó la cabeza hacia atrás, dejándose hacer, sintiendo la boca de Roi cerrarse sobre uno de sus pezones mientras sus manos, ásperas del trabajo con la madera, recorrían cada curva de su cuerpo con una lentitud deliberada que la estaba volviendo loca.

Le clavó los dedos en los hombros, buscando algo a lo que aferrarse mientras él bajaba más, arrodillándose frente a ella, desabrochándole el pantalón con dedos ya menos pacientes.

—Roi.

—Dime.

—No pares.

Él no paró. Le bajó el pantalón y la ropa interior en un solo movimiento, dejándola completamente desnuda contra el banco de trabajo, y separó sus piernas con las manos abiertas sobre los muslos, mirándola un segundo antes de inclinarse hacia delante y recorrer con la lengua el centro exacto de su deseo.

Alaia soltó un gemido que no intentó contener, un sonido que se perdió entre el ruido lejano del festival todavía en marcha al otro lado de la puerta cerrada, y hundió los dedos en el pelo de Roi mientras él trabajaba con una dedicación minuciosa, la misma con la que lijaba una tapa de guitarra durante horas hasta encontrar la textura perfecta.

—Así, así —jadeó ella, arqueando la espalda contra la superficie dura del banco, sin importarle ya nada más que la lengua de Roi moviéndose exactamente donde ella necesitaba, el ritmo constante que él sostenía sin prisa, disfrutando de cada reacción de su cuerpo como si estuviera aprendiendo un instrumento nuevo y quisiera dominarlo por completo.

El orgasmo la recorrió entera, un temblor que empezó en el centro de su cuerpo y se extendió hasta las puntas de los dedos, y Alaia se sostuvo del borde del banco con una mano mientras con la otra seguía enredada en el pelo de Roi, incapaz de contener los sonidos que salían de su garganta.

Cuando por fin recuperó el aliento, tiró de él hacia arriba, buscando su boca, sintiendo el sabor de sí misma en sus labios de un modo que, lejos de incomodarla, la excitó todavía más.

—Te toca a ti —dijo, con voz todavía entrecortada, las manos ya trabajando en el cinturón de Roi, en el botón del pantalón, liberándolo con una urgencia que él recibió con un gemido ronco cuando por fin ella cerró la mano a su alrededor.

—Alaia.

—Dime tú a mí.