Capítulo 4
El estudio reabrió al fin un miércoles, con el suelo nuevo todavía oliendo a cemento fresco bajo una capa de vinilo que Alaia había elegido en un gris casi negro, más fácil de mantener limpio que el anterior.
Debería haber sido un alivio completo recuperar su espacio, su rutina, su intimidad de trabajo, y en parte lo fue.
Pero también notó, con una punzada de algo que se negaba a llamar añoranza, que echaba de menos el sonido de la lija al otro lado de la lona, la música baja de guitarra flamenca, la presencia callada de Roi trabajando a pocos metros.
No hablaron de lo que había pasado en el altillo. No hablaron del mechón de pelo, ni de la mano que se había quedado un segundo de más cerca de su cara. Volvieron, durante unos días, a los “buenos días” del patio, aunque ahora cargados de una tensión nueva que ambos parecían decididos a ignorar.
—Podríamos hacer una exhibición —sugirió Roi durante la reunión de organización, sorprendiendo a todos por tomar la palabra sin que nadie se la pidiera—. Enseñar cómo se construye una guitarra desde cero. La gente entiende mejor un oficio cuando lo ve con las manos, no solo leyendo un cartel.
—Yo puedo tatuar en directo algo pequeño, gratis, para quien quiera —añadió Alaia—. Algo simbólico. Un dibujo relacionado con el edificio.
—Yo puedo aportar el vino —dijo Herminia, desde el fondo del grupo, provocando alguna risa—. Tengo contactos en una bodega de La Mancha que me debe un favor desde hace treinta años.
—No preguntes de qué favor —le susurró Roi a Alaia, con una media sonrisa.
—No pensaba preguntar.
La idea prendió rápido entre el resto de vecinos, y en menos de dos semanas el patio del número 14 se llenó de guirnaldas de luces que Pilar había sacado de algún cajón olvidado, de mesas plegables con productos de la tienda de Nagore, de un cartel enorme pintado a mano por Uxue con el lema “AMPARO 14 NO SE VENDE” en letras gruesas.
Los días previos al festival transcurrieron entre preparativos que unieron a todo el edificio de un modo que ninguno de los vecinos recordaba haber vivido antes.
Pilar organizó a un grupo de voluntarios para limpiar el patio a fondo, arrancando las malas hierbas que llevaban años creciendo entre las baldosas sueltas; Nagore diseñó carteles y los repartió por todo Lavapiés, además de conseguir que un fotógrafo amigo suyo documentara el proceso de restauración de guitarras de Roi para publicarlo en redes; y Alaia dedicó varias noches, después de cerrar el estudio, a bocetar diseños pequeños que pudiera tatuar rápido durante el evento, motivos sencillos relacionados con el edificio que no requirieran sesiones largas.
Roi, por su parte, se pasó una tarde entera enseñando a un grupo de vecinos —incluida Herminia, que insistió en participar pese a sus ochenta y tres años— los rudimentos básicos del oficio: cómo se doblaba una cinta de madera con calor y humedad hasta darle la curva perfecta, cómo se calculaba el grosor exacto de una tapa armónica para que vibrara con la resonancia adecuada.
Alaia lo observó esa tarde desde la puerta de su propio estudio, entre cita y cita, fascinada por la paciencia con la que explicaba cada paso, por la forma en que sus manos, normalmente reservadas para gestos precisos y solitarios, se abrían ahora para compartir el conocimiento con cualquiera que quisiera acercarse.
—Vas a hacer que se les quiten las ganas de hotel boutique solo con esa demostración —le dijo ella, cuando por fin se quedaron a solas un momento, recogiendo virutas del suelo.
—Ojalá fuera tan sencillo.
—Lo es más de lo que crees. La gente defiende lo que entiende, y hasta ahora nadie de fuera del edificio entendía de verdad lo que hay aquí dentro.
La noche del festival, el patio se llenó de gente como Alaia no había visto nunca, ni siquiera en los años previos a la amenaza de Inversiones Aldunate: vecinos del barrio, curiosos, algún periodista local que Nagore había conseguido atraer con sus publicaciones en redes, clientas habituales del estudio que se acercaron solo para verla trabajar en directo.
Un puesto de la asociación de vecinos vendía limonada casera junto a la entrada, otro repartía folletos con la historia del edificio redactados por Zuriñe con un lenguaje deliberadamente emotivo, y en el centro del patio, sobre una tarima improvisada con palés reciclados, un grupo de música local tocaba versiones acústicas de canciones populares que la gente coreaba entre trago y trago de limonada.
Alaia reconoció entre el público a varias clientas habituales, algún vecino del barrio que jamás había pisado el patio hasta esa noche, y hasta a un par de compañeros de la carrera de Bellas Artes con los que había perdido el contacto años atrás.
—No sabía que conocías a media Lavapiés —le dijo Roi, cuando se cruzaron un momento entre la multitud, cada uno cargado con su propio material de demostración.
—Ni yo sabía que tanta gente sabía que existía. Es raro, ¿no? Llevar años trabajando en un sitio y descubrir de golpe que forma parte de algo mucho más grande de lo que imaginabas.
—A mí me pasa lo mismo. Mi abuelo siempre decía que un taller sin clientes que se sientan parte de él no es un taller, es un almacén con pretensiones. Creo que hasta esta noche no había entendido del todo lo que quería decir.
Se separaron de nuevo, cada uno reclamado por su propia cola de curiosos, y Alaia pasó el resto de la tarde alternando entre el mostrador improvisado donde tatuaba y breves miradas que le lanzaba a Roi cada vez que conseguía un respiro, comprobando con una satisfacción difícil de explicar que él hacía exactamente lo mismo desde el otro extremo del patio.
En un momento de la noche, antes de que empezara con las citas de tatuaje, el grupo de música que tocaba en la tarima improvisada interpretó una versión acústica lenta de una canción antigua que Alaia reconoció vagamente de la radio de su madre, y varias parejas empezaron a bailar en el espacio libre junto a la mata de jazmín.
Roi apareció a su lado con dos vasos de limonada, ofreciéndole uno mientras observaban la escena.
—¿Bailas? —preguntó él, con una naturalidad que contrastaba con el nerviosismo apenas disimulado en su voz.
—Hace años que no bailo nada que no sea sola en mi cocina.
—Entonces esto va a ser un desastre para los dos, porque yo tampoco sé bailar.
Aun así, dejó el vaso sobre una mesa cercana y le tendió la mano, y Alaia, sorprendida de su propia disposición a aceptar, entrelazó los dedos con los de él y se dejó llevar hacia el espacio improvisado de baile.
No fue elegante, ni coordinado, ni parecido a nada que hubiera visto en ninguna película: Roi la sujetaba con torpeza por la cintura, ella no sabía bien dónde poner las manos, y los dos se rieron más de una vez de sus propios pasos desacompasados.
Pero cuando la canción llegó a su estribillo final y Roi la atrajo un poco más cerca, apoyando la frente contra la suya durante unos segundos sin llegar a besarla todavía, Alaia sintió que algo en su pecho se aflojaba de un modo que no experimentaba desde hacía años, una especie de permiso silencioso para dejarse llevar sin calcular de antemano cuánto podía perder.
—Gracias por el baile —dijo él, cuando la canción terminó.
—Ha sido un desastre.
—El mejor desastre que he bailado en años.
Tatuó durante tres horas seguidas, sin descanso, diseños pequeños relacionados con el edificio —una golondrina, la fachada esquemática del número 14, una guitarra diminuta que dibujó especialmente para quien se la pidiera— y cuando por fin pudo levantarse de la silla, con la espalda dolorida y las manos agarrotadas, la noche ya había caído del todo y las guirnaldas de luces eran lo único que iluminaba el patio.
Buscó a Roi con la mirada casi sin pensarlo, un gesto que llevaba haciendo toda la noche entre cliente y cliente, y lo encontró en su taller, con la puerta abierta de par en par, terminando una demostración para un grupo de niños que miraban embobados cómo encolaba las cintas de un aro de guitarra.
Cuando los niños se marcharon, arrastrados por sus padres hacia el puesto de churros que alguien había montado al fondo del patio, Alaia entró en el taller.
—Ha sido una locura —dijo, dejándose caer en el taburete que Roi tenía junto al banco—. No sabía que tanta gente se preocupaba por esto.
—A veces la gente solo necesita que alguien le enseñe por qué debería preocuparse.
Alaia se miró las manos, manchadas de tinta hasta las muñecas, y se rió, cansada pero satisfecha de un modo que hacía tiempo que no sentía.
—Estoy hecha polvo.
—¿Quieres algo de beber? Tengo una botella de vino guardada en el altillo. La compré para celebrar algo y nunca encontré la ocasión.
—¿Y esta te parece la ocasión?
Roi la miró entonces, con una intensidad que dejaba claro que no hablaba solo del vino.
—Me parece tan buena como cualquier otra.
Subió al altillo y bajó con la botella y dos vasos de cristal desparejados, uno más ancho que el otro, y sirvió el vino sin ceremonia mientras el ruido del festival seguía en el patio, amortiguado ahora por la puerta que él había cerrado a medias.
Bebieron en silencio un rato, sentados el uno junto al otro en el banco de trabajo, con la guitarra terminada —la del color miel oscuro, ya con las cuerdas puestas— apoyada contra la pared frente a ellos, como si fuera testigo de la escena.
—Toca algo —pidió Alaia.
—No soy músico. Solo sé lo justo para probar que la guitarra suena bien antes de entregarla.
—Pues prueba que suena bien.
Roi dejó el vaso a un lado, cogió la guitarra con un cuidado casi reverente, y tocó unos acordes sencillos, una melodía sin pretensiones que, sin embargo, llenó el taller entero de un sonido cálido y profundo que a Alaia le puso la piel de gallina.
—Es preciosa —dijo, cuando él terminó y dejó la guitarra de nuevo contra la pared.
—Tú lo eres más.