Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Entiendo eso mejor de lo que crees. Mi abuelo tuvo un aprendiz antes que yo, ¿sabes?

Un chico de Vallecas, muy bueno con las manos, que se marchó a los dos años porque no podía permitirse seguir aprendiendo sin cobrar un sueldo digno.

Mi abuelo se pasó meses culpándose por no haber podido pagarle mejor.

Decía que había perdido a un buen luthier por no tener el dinero para retenerlo, y que eso pesaba más que cualquier pérdida económica del negocio.

—¿Qué fue de él?

—Monta muebles a medida en un taller de Getafe. De vez en cuando viene a verme, trae fotos de sus trabajos. Es bueno, muy bueno, pero no es lo mismo. Se le nota que echa de menos las guitarras.

—Es lo único que me hace pensar que todo esto —Alaia señaló vagamente hacia el patio, hacia el edificio entero— vale la pena pelearlo. No es solo mi negocio. Es que si cierro, Uxue se queda sin sitio donde terminar de aprender.

Roi la miró entonces con una intensidad distinta, más callada, y por un momento Alaia pensó que iba a decir algo, pero en su lugar levantó la mano y, con un gesto tan natural que no dio tiempo a que ninguno de los dos lo pensara demasiado, le apartó un mechón de pelo de la cara, un gesto de una intimidad que no encajaba con dos años de “buenos días” a distancia.

—Tienes serrín en el pelo —dijo, con la voz un poco más grave de lo habitual.

—Tú tienes en toda la cara.

Los dos se rieron, aliviando la tensión que se había instalado entre ellos, pero Alaia notó que la mano de Roi se había quedado un segundo de más cerca de su rostro antes de retirarla, y que el corazón le latía con una fuerza que no tenía nada que ver con las cajas de facturas antiguas ni con Inversiones Aldunate ni con nada que no fuera él.

Bajaron del altillo poco después, cargados con tres cajas que parecían las más prometedoras, y las extendieron sobre el suelo del taller para clasificar el contenido.

Entre recibos amarillentos y cartas de proveedores, Alaia encontró un cuaderno de tapas de cuero gastado que, al abrirlo, resultó ser una especie de diario de trabajo que Xosé había llevado durante años, anotando cada guitarra construida, el cliente al que iba destinada, y a veces algún comentario personal que se colaba entre las anotaciones técnicas.

—Mira esto —dijo, tendiéndoselo a Roi.

Él lo cogió con un cuidado casi reverente, pasando las páginas despacio, y Alaia vio cómo su expresión cambiaba al reconocer la letra de su abuelo, pequeña y apretada, escrita con una pluma que parecía haber quedado sin tinta más de una vez a juzgar por los trazos irregulares de algunas páginas.

—No sabía que esto existía —murmuró—. Debió de guardarlo aquí arriba sin decírmelo nunca.

—¿Quieres que sigamos mirando o prefieres parar?

—No, sigamos. Pero léelo tú en voz alta un rato. Necesito un momento.

Alaia entendió, sin que hiciera falta explicarlo, que Roi necesitaba procesar el hallazgo sin tener que ser él quien leyera las palabras de su abuelo muerto, y empezó a pasar las páginas despacio, leyendo fragmentos sueltos: fechas, nombres de clientes ya olvidados, alguna reflexión breve sobre la calidad de una remesa de madera llegada de Brasil.

En una de las últimas páginas, fechada apenas dos meses antes de la muerte de Xosé, encontró una anotación distinta a las demás, más larga, más personal.

—Escucha esto —dijo, y leyó en voz alta—: “Le he dicho a Roi que el oficio no se hereda, se elige cada mañana al levantarse. Espero que siga eligiéndolo cuando yo ya no esté para recordárselo. Si algún día duda, que se acuerde de que una guitarra bien hecha suena mejor con los años, no peor. Como las personas que de verdad merecen la pena.”

Cuando levantó la vista del cuaderno, encontró a Roi con los ojos brillantes, apoyado contra la pared del taller, sin decir nada durante un largo rato.

—Gracias por leerlo tú —dijo, al fin, con la voz un poco tomada—. No habría podido hacerlo yo mismo sin que se me rompiera la voz a media frase.

—No hace falta que te disculpes por eso tampoco.

Roi se acercó, le quitó el cuaderno de las manos con delicadeza y lo dejó sobre el banco de trabajo, y luego, sin decir nada más, la abrazó con una fuerza que a Alaia le pareció menos sobre consuelo y más sobre gratitud, como si aquel gesto sencillo de leerle en voz alta las palabras de su abuelo hubiera cerrado una distancia mucho más antigua que la de dos años de vecindad silenciosa.

Se quedaron así un buen rato, sentados en el suelo del taller entre cajas a medio revisar, con la luz de la tarde cayendo cada vez más oblicua sobre las guitarras alineadas contra la pared, hasta que Roi rompió el silencio con una voz distinta, más ligera, como si necesitara desprenderse del peso de la lectura anterior.

—Mi abuelo también escribió algo sobre ti, ¿sabes?

Alaia se incorporó de golpe, sorprendida.

—¿Qué? Yo ni siquiera lo conocí.

—Lo sé. Pero llevaba dos años enfermo cuando abriste el estudio, y aun así se enteró, porque Herminia se lo contaba todo.

Hay una entrada, unos meses antes de morir, donde habla de la “chica nueva del patio, la de las agujas”, y dice que le recuerda a mí de joven: cabezota, orgullosa, con más talento del que ella misma se cree.

—¿En serio dice eso?

—Búscalo tú misma, si quieres. Está unas páginas más atrás.

Alaia cogió el cuaderno de nuevo, con un cuidado renovado, y pasó las páginas hasta encontrar la entrada que Roi le había señalado, fechada más de un año antes de que ella y Roi hubieran cruzado siquiera una frase completa.

La letra, ya más temblorosa que en páginas anteriores, decía exactamente lo que él había resumido, y algo más: “Espero que mi nieto se dé cuenta algún día de que la vecina del estudio no es solo una vecina más. Hay gente que entra en tu vida por casualidad de calendario, y gente que entra porque el destino tiene mejor puntería de lo que solemos reconocerle.”

Alaia cerró el cuaderno despacio, con los ojos húmedos por segunda vez esa tarde, y miró a Roi con una expresión que no supo nombrar del todo.

—Tu abuelo tenía razón mucho antes que nosotros.

—Mi abuelo casi siempre tenía razón. Era su forma más molesta de ser encantador.