Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 3
26%

Capítulo 3

La cita con la asociación de inquilinos fue un jueves a las seis de la tarde, en un local pequeño de la calle Argumosa con carteles de huelgas antiguas pegados en las paredes y una abogada llamada Zuriñe que hablaba tan rápido que Alaia tuvo que pedirle dos veces que repitiera lo del “tanteo y retracto”.

Fueron cuatro representantes del edificio: Alaia, Roi, Pilar y la chica de la tienda de segunda mano, que se llamaba Nagore —“como la actriz”, había aclarado ella misma la primera vez, aunque nadie en el grupo supiera a qué actriz se refería exactamente—.

Zuriñe repasó los contratos que habían llevado, subrayó cláusulas con un rotulador amarillo, y al final resumió la situación con una franqueza que a Alaia le gustó más que cualquier optimismo vacío.

—¿Y el otro frente? —preguntó Roi.

—El mediático y el vecinal. Estas empresas cuentan con que la gente se canse antes de que termine el proceso legal.

Si el barrio se entera de lo que está pasando, si hay presión, muchas veces aceleran una negociación razonable solo para evitar el ruido.

Nadie quiere que su proyecto de “hotel boutique con encanto” salga en la prensa local con un titular sobre desahucio de un taller centenario.

—No es centenario —matizó Roi—. Mi abuelo lo abrió en 1974.

—Cincuenta años es suficiente para un buen titular, créeme.

Y si me permitís un consejo que no está en ninguna ley: documentadlo todo.

Fotos del taller, del estudio, de los vecinos, de la vida cotidiana del edificio.

Estas empresas trabajan con expedientes y metros cuadrados.

Vosotros tenéis que conseguir que la gente vea personas, no expedientes.

—Puedo encargarme yo de eso —se ofreció Nagore—. Tengo cierto tirón en redes desde que abrí la tienda. Si documentamos bien la historia, puedo intentar que se difunda más allá del barrio.

—Perfecto. Cuanto más ruido hagáis fuera del despacho de abogados, menos margen de maniobra tendrán ellos dentro.

Pilar levantó la mano, como si estuviera en clase, y todos se giraron hacia ella.

—¿Y si al final no sirve de nada todo esto? ¿Y si perdemos igual?

Zuriñe no suavizó la respuesta, algo que Alaia agradeció en silencio.

—Es posible. No os voy a mentir diciendo que la victoria está garantizada.

Pero incluso perdiendo, alargar el proceso os da tiempo para negociar mejores condiciones de salida, mejores plazos, mejor indemnización si llega el caso.

No hay ningún escenario en el que organizaros os perjudique.

Solo hay escenarios en los que os beneficia más o menos.

Salieron del local pasadas las siete y media, con una carpeta llena de documentos que Zuriñe les había preparado y una lista de tareas repartidas: Pilar se encargaba de contactar con la asociación de vecinos del barrio, Nagore de mover el tema en redes sociales a través de su cuenta de la tienda, que tenía cierto seguimiento local, y Alaia y Roi, por cercanía de horarios y por ser, sin haberlo hablado en ningún momento, los que más se habían implicado desde el principio, de reunir toda la documentación histórica del edificio: contratos, facturas, cualquier prueba de las mejoras que los inquilinos hubieran costeado de su bolsillo a lo largo de los años.

—Tengo cajas enteras en el altillo del taller —dijo Roi, mientras caminaban de vuelta hacia el metro—. Mi abuelo no tiró un papel en su vida.

—¿Cuánto es “cajas enteras”?

—Quizás quince. Puede que veinte.

Alaia soltó una risa incrédula.

—Vamos a necesitar más de una tarde.

—Vamos a necesitar más de una semana.

Cenaron juntos esa noche, casi sin haberlo decidido conscientemente: pasaron por delante de un bar de pinchos en la calle Argumosa, Roi comentó que tenía hambre, Alaia dijo que ella también, y de pronto se encontraron sentados en una mesa alta junto a la ventana, compartiendo una ración de croquetas y dos cañas, hablando de todo menos de Inversiones Aldunate.

—¿Cómo empezaste a tatuar? —preguntó Roi, apoyando los codos en la mesa.

—A los diecinueve. Estudiaba Bellas Artes y odiaba cada segundo de la carrera.

Todo era teoría, todo era ensayo, todo era esperar diez años a que alguien te dejara exponer en algún sitio.

Un amigo tenía un aparato casero y me dejó practicar en él.

Le hice un desastre en la pierna, la verdad, pero algo hizo clic.

Quería un arte que la gente se llevara puesto, que fuera parte de su cuerpo para siempre, no colgado en una pared que nadie miraría.

—¿Y tu familia qué dijo?

—Mi madre lloró dos días. Mi padre me pagó las agujas.

Roi sonrió, un gesto que a Alaia ya empezaba a resultarle familiar y, de algún modo inquietante, deseable.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Nunca quisiste hacer otra cosa?

—Quise ser futbolista hasta los doce años, como todo el mundo.

Luego mi abuelo me enseñó a hacer una guitarra desde cero, con quince años, y ya no hubo vuelta atrás.

Estudié un poco de ingeniería acústica más adelante, por mi cuenta, para entender mejor por qué unas maderas suenan de una manera y otras de otra. Pero el oficio se lo debo todo a él.

—¿Nunca te has planteado hacer otra cosa con tu vida? ¿Algo más… escalable? —preguntó ella, repitiendo la palabra de Xoel con un tono de burla cariñosa que hizo que Roi soltara una carcajada de verdad, la primera que Alaia le oía.

—Cada día. Y cada día decido seguir haciendo lo mismo.

—¿Por qué?

Roi se quedó pensativo un momento, girando la caña entre las manos.

—Porque cuando termino una guitarra y se la entrego a quien la va a tocar, sé que va a estar sonando dentro de cien años, mucho después de que yo no esté. Eso no lo tiene cualquier trabajo.

Alaia sintió que algo se le encogía en el pecho, no de tristeza sino de reconocimiento, porque ella pensaba exactamente lo mismo de su oficio, aunque nunca lo hubiera formulado en voz alta con esa claridad.

—Yo pienso lo mismo de mis tatuajes —dijo—. Aunque en mi caso duran menos de cien años. Como mucho, ochenta, si el cliente cuida bien la piel.

—Es más de lo que dura la mayoría de la gente pensando en algo que hizo un martes cualquiera.

Pidieron una segunda ronda de croquetas y una tabla de quesos que ninguno de los dos había pensado pedir al principio, y la conversación se fue deslizando, sin prisa, hacia terrenos cada vez más personales: Roi le contó que de niño pasaba los veranos enteros en el pueblo gallego de su abuelo, aprendiendo a reconocer la calidad de la madera por el sonido que hacía al golpearla con los nudillos; Alaia le habló de una infancia repartida entre Madrid y el País Vasco, donde su madre había nacido, y de las vacaciones de agosto que pasaba con sus abuelos maternos en un caserío cerca de Vitoria, rodeada de un silencio muy distinto al bullicio constante de la capital.

—Por eso hablas raro a veces —bromeó Roi—. Se te escapan palabras que no sé de dónde sacas.

—No hablo raro. Es que digo “eguzki” cuando hace mucho sol y a la gente de aquí le suena a otro idioma, porque literalmente es otro idioma.

—Me gusta. Es como si llevaras dos sitios encima a la vez.

—Un poco como tú con Galicia y Madrid.

—Un poco, sí.

Se quedaron callados un instante, mirándose por encima de las croquetas, y Alaia notó, con una claridad que la asustó un poco, que llevaba toda la cena buscando excusas para prolongar el momento, para no volver todavía a casa, para seguir sentada frente a ese hombre que hablaba de madera con la misma devoción con la que ella hablaba de tinta.

Pasaron el sábado siguiente revisando cajas en el altillo del taller. Era un espacio bajo, con vigas que obligaban a Roi a agacharse constantemente y a Alaia, más baja, a moverse con más soltura, algo que él comentó con una sonrisa mientras se golpeaba la cabeza por segunda vez contra una viga.

—Ventaja competitiva —dijo ella, pasándole una caja llena de facturas amarillentas.

Encontraron recibos de 1978, cartas manuscritas de proveedores de madera de Andalucía, una fotografía en blanco y negro del abuelo de Roi, un hombre de bigote espeso y mirada seria, posando frente al taller recién inaugurado con una guitarra en las manos.

—Se llamaba Xosé —dijo Roi, mirando la fotografía con una expresión que Alaia no le había visto antes, algo suave y doloroso a la vez—.

Vino de Galicia con dieciocho años, sin saber nada de lutería, y aprendió el oficio de un maestro aquí en Madrid que después se lo dejó todo cuando murió sin hijos.

Siempre decía que la vida le había dado un taller entero por escuchar bien a un viejo cascarrabias durante seis años.

—¿Y tú a quién le vas a dejar el taller?

La pregunta salió sin que Alaia la planeara del todo, y en cuanto la formuló se dio cuenta de que quizá era demasiado personal, demasiado pronto, pero Roi no pareció incomodarse.

—No lo sé —dijo, con sinceridad—. No tengo hijos. No tengo pareja. Últimamente pienso que si algún día encuentro un aprendiz que de verdad quiera aprender el oficio, se lo dejaría a él o a ella antes que a Xoel, que solo lo vería como un activo inmobiliario en Google Maps.

—Es una buena manera de verlo.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Tienes pensado algún día formar a alguien en el estudio?

—Tengo una aprendiz ahora mismo. Uxue. Lleva conmigo año y medio. Es mejor que yo con las líneas finas, aunque no se lo digo mucho porque se le sube a la cabeza.

—Es bonito, ¿no? Que el oficio siga.

—Es lo que más miedo me da perder, en realidad.

Más que el local, más que la clientela que he ido construyendo estos años.

Si cierro, no es solo que yo pierda mi trabajo.

Es que le quito a Uxue la única oportunidad real que ha tenido de aprender esto de verdad, con tiempo, sin prisa, de alguien que quiere enseñarle bien y no solo sacarle rendimiento barato.