Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Es abeto alemán para la tapa, y palosanto de la India para el fondo y los aros —dijo Roi, y por primera vez desde que se conocían, Alaia notó en su voz algo parecido al entusiasmo, un registro completamente distinto al que usaba para hablar de cualquier otra cosa—.

El abeto vibra mejor, da más proyección al sonido. El palosanto aporta los graves.

—¿Cuánto se tarda en hacer una así?

—Depende. Esta, unas doscientas horas. He tardado cuatro meses.

—Cuatro meses para una guitarra.

—Cuatro meses para esta guitarra —la corrigió él, con una seriedad que no admitía discusión—. Cada una es distinta. Cada pieza de madera tiene su propia forma de reaccionar, y hay que escucharla antes de decidir cómo trabajarla.

Alaia levantó la vista de la guitarra y se encontró con que Roi la estaba mirando a ella, no al instrumento, con una intensidad que le aceleró el pulso de un modo completamente ajeno al cansancio de la mano.

Estaban muy cerca, se dio cuenta entonces, más cerca de lo que la conversación justificaba, separados apenas por el ancho del banco de trabajo, y el olor a barniz y a serrín se mezclaba con algo más, algo que era simplemente el olor de él, un rastro de jabón y madera recién cortada que Alaia no supo por qué se quedó grabado en la memoria mucho después de que aquella tarde terminara.

—Alaia.

La voz del chico del tatuaje, desde el otro lado de la lona, rompió el momento con la suavidad de quien no tenía ni idea de lo que acababa de interrumpir.

—Voy —contestó ella, dando un paso atrás, con las mejillas encendidas por una razón que no tenía nada que ver con el trabajo.

Cuando volvió a su camilla y retomó la aguja, notó que le temblaba un poco el pulso, y esta vez no era por el cansancio.

Esa misma tarde, ya con el chico del tatuaje despedido y el taller vacío salvo por ellos dos, Alaia observó a Roi recibir a un cliente que había ido a recoger un encargo terminado: un hombre mayor, de manos temblorosas, que llevaba años esperando una guitarra reconstruida a partir de una que había pertenecido a su padre, destrozada por la humedad de un sótano durante décadas.

—No pensé que llegara a sonar de nuevo —dijo el hombre, con la voz quebrada, cuando Roi le entregó el instrumento ya restaurado, con las cintas originales conservadas allí donde había sido posible salvarlas y la tapa nueva construida para respetar exactamente la forma de la anterior.

—Su padre eligió bien la madera. Eso ayudó más que cualquier cosa que yo haya hecho.

El hombre tocó unos acordes torpes, oxidados por años sin práctica, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Cuando se marchó, después de insistir en pagar más de lo acordado —algo que Roi rechazó con una firmeza tranquila que no admitía discusión—, Alaia se quedó mirando la puerta cerrada un momento, conmovida por lo que acababa de presenciar.

—¿Eso pasa a menudo? —preguntó.

—Más de lo que crees. La gente no viene aquí solo a comprar un instrumento. Vienen a recuperar algo que creían perdido.

—Es lo mismo que me dicen algunas clientas cuando se tatúan el nombre de alguien que ya no está, o una fecha que no quieren olvidar nunca. Que necesitan que quede constancia en algún sitio de que aquello importó.

—Entonces quizás no hacemos oficios tan distintos, después de todo.

—Empiezo a pensar que tienes razón con eso más a menudo de lo que me gustaría admitir.

Los dos días siguientes transcurrieron con una normalidad tensa, como si ambos hubieran decidido, sin hablarlo, fingir que aquel momento junto al banco de trabajo no había significado nada más que curiosidad profesional.

Roi seguía trabajando en silencio, Alaia seguía tatuando entre citas, y el único indicio de que algo había cambiado era la forma en que ahora se buscaban con la mirada cada vez que uno de los dos se levantaba a estirar las piernas, un gesto que antes ni siquiera registraban y que ahora ninguno conseguía disimular del todo.

El cuarto día, ya de vuelta la normalidad casi por completo en el estudio de Alaia —los operarios habían terminado de sellar la tubería y solo faltaba dejar secar el suelo nuevo antes de colocar el vinilo—, Roi se acercó a ella al final de la jornada, cuando ya recogía el maletín de tintas para llevárselo de vuelta.

—¿Te apetece cenar algo? —preguntó, con una naturalidad que le costó visiblemente fingir—. Como agradecimiento. Por aguantar el olor a barniz toda la semana.

—Creía que era yo la que te debía un agradecimiento a ti.

—Podemos deberlo los dos.

Alaia sonrió, dejando el maletín de nuevo sobre la mesa.

—Vale. Pero pago yo la mitad. No quiero que esto se convierta en una cuenta pendiente entre vecinos.

—Como quieras.

No fue una cena especialmente larga, ni especialmente reveladora —hablaron sobre todo del edificio, de la carta, de posibles pasos a seguir—, pero cuando se despidieron esa noche en el descansillo, con la torpeza de dos adultos que llevaban toda la semana compartiendo un espacio de apenas cuarenta metros cuadrados sin atreverse a nombrar la tensión que había entre ellos, Alaia tuvo la certeza de que algo, por pequeño que fuera, había empezado a moverse de verdad.