Capítulo 2 #2
—Que la tasadora, una mujer mayor que llevaba treinta años en el oficio, se quedó mirando las guitarras un buen rato antes de darme ningún número, y al final me dijo algo que no he olvidado nunca: que había tasado cientos de locales en su vida, pero que muy pocas veces había entrado en uno donde se notara tanto el trabajo de alguien que ya no estaba.
Me dijo que le parecía una pena que yo estuviera pensando en vender algo que, según sus propias palabras, “todavía respiraba”.
—¿Y eso te hizo cambiar de idea?
—Eso, y darme cuenta de que llevaba un año trabajando por inercia, sin permitirme sentir nada de lo que estaba pasando. Cuando por fin lloré la muerte de mi abuelo como tocaba, unos meses después, dejé de pensar en vender.
—¿Siempre has sido así?
Roi cogió el café y le dio un sorbo antes de contestar, con la mirada puesta en algún punto de la guitarra que tenía delante.
—Mi abuelo decía que la madera te habla si le dejas espacio para hacerlo, y que si tú hablas demasiado, dejas de oírla. Yo empecé a trabajar con él a los quince años. Se me quedó la costumbre.
—¿Y sigue viva esa costumbre ahora que él no está?
Fue una pregunta directa, quizá demasiado, y Alaia se arrepintió un poco en cuanto la formuló, pero Roi no pareció incomodarse. Se quedó callado un instante, pasando el pulgar por el borde de la tapa armónica, antes de responder.
—Murió hace tres años. Y sí, sigue viva. De hecho, ahora hablo menos que antes.
—Lo siento.
—No pasa nada. Fue un cáncer largo. Tuvimos tiempo de decirnos todo lo que había que decirse. No me quedó nada pendiente con él, que es más de lo que puede decir la mayoría de la gente.
Alaia asintió, reconociendo en esa frase algo parecido a lo que ella misma pensaba de su propio pasado, aunque el suyo no tuviera nada que ver con la muerte, sino con una traición mucho más mundana y mucho menos digna de compasión ajena.
—¿Y tu hermano? —preguntó, porque Herminia le había mencionado alguna vez, de pasada, que Roi tenía un hermano que no vivía en Madrid—. ¿No le interesa el taller?
Algo se tensó en la expresión de Roi, la misma grieta que Alaia había visto aparecer y desaparecer el día que le llevó la carta de la reunión.
—Xoel vive en Londres. Trabaja en banca de inversión. La última vez que vino a Madrid me sugirió que vendiera esto y montara algo “escalable”.
—¿Escalable?
—Sus palabras.
—Qué horror.
Roi soltó una risa breve, sorprendida, como si no esperara que ella reaccionara así.
—Eso mismo pensé yo. Le dije que si tan escalable le parecía todo, que probara a explicarle a un cliente por videollamada por qué su guitarra necesita cuatro meses de trabajo, y a ver cuánto duraba escalando nada.
—¿Y qué contestó?
—Que yo nunca iba a entender de negocios, y colgó. Fue la conversación más corta que hemos tenido en años, lo cual, viniendo de Xoel, ya es un logro.
—¿Os lleváis mal desde siempre, o es algo que ha ido a peor?
—De pequeños nos llevábamos bien. Compartíamos habitación en el piso de mis padres, antes de que ellos se separaran, y él me defendía en el colegio si alguien se metía conmigo por oler siempre a barniz.
Pero desde que se fue a estudiar a Londres, hace ya doce años, cada vez que volvía a Madrid me sentía más como una visita de cortesía que como un hermano.
No sé en qué momento exacto dejamos de entendernos, la verdad.
—A lo mejor no fue un momento. A lo mejor fue lento, como la madera cuando se seca mal y se va curvando sin que nadie se dé cuenta hasta que ya no encaja en ningún sitio.
Roi la miró con una expresión que Alaia no supo interpretar del todo, mitad sorpresa, mitad algo más cálido.
—Deberías dedicarte a la lutería. Tienes más intuición para las metáforas de madera que la mitad de mis clientes.
—Prefiero seguir con las agujas, gracias.
Se quedaron un rato en silencio, cada uno con su café, y Alaia sintió que algo se había movido un poco entre ellos, un engranaje diminuto que llevaba dos años atascado y que por fin empezaba a girar.
El tercer día de convivencia, ya bien entrada la tarde, ocurrió el primer incidente que Alaia no supo cómo clasificar después, cuando le dio vueltas esa noche sola en su piso.
Estaba terminando un tatuaje delicado, una línea fina en el interior de la muñeca de un chico muy joven, y necesitaba una precisión que su pulso, cansado después de seis horas de trabajo, no acababa de darle. Se detuvo, dejó la máquina, se frotó los ojos.
—¿Todo bien? —preguntó Roi, desde su banco, sin levantar la vista del todo.
—Necesito un segundo. Se me ha cansado la mano.
—Tómate el tiempo que necesites.
El chico, comprensivo, asintió y se puso a mirar el móvil mientras Alaia se levantaba a estirar los brazos.
Fue entonces cuando, casi sin darse cuenta, sus pasos la llevaron hasta el banco de Roi, atraída por la guitarra casi terminada, la del color miel oscuro, que llevaba días viendo tomar forma desde la distancia.
—¿Puedo?
Roi levantó la vista, sorprendido por la pregunta, y por un segundo pareció dudar.
—Con cuidado.
Alaia acercó la mano y pasó los dedos por el borde de la tapa armónica, notando bajo las yemas una suavidad que no esperaba, como si la madera hubiera sido pulida hasta perder cualquier aspereza posible.
Había algo profundamente íntimo en el gesto, se dio cuenta, algo que no había anticipado: tocar un objeto en el que otra persona había invertido semanas de trabajo minucioso, silencioso, casi devocional.
—Es preciosa.