Capítulo 2
La avería del agua caliente llegó dos semanas después, un martes de finales de septiembre, y con ella la primera grieta seria en la distancia que Alaia llevaba tanto tiempo manteniendo con su vecino de patio.
Para las doce, el suelo del estudio tenía dos centímetros de agua y ella había tenido que suspender la sesión, sacar el material eléctrico a toda prisa y llamar a la compañía de seguros mientras chapoteaba con las botas de agua que guardaba, por algún motivo que ahora agradecía profundamente, en el trastero.
—Vas a tener que cerrar unos días —le dijo el fontanero, con la resignación de quien ya ha dado esa noticia cien veces ese mes—. Hay que levantar parte del suelo para llegar a la tubería. Con suerte, cuatro o cinco días.
Cuatro o cinco días sin ingresos no era una frase que Alaia pudiera procesar con calma, no con la amenaza de Inversiones Aldunate todavía flotando sobre el edificio y una lista de clientas con citas ya confirmadas para esa semana.
Estaba sentada en el peldaño de la entrada, con el teléfono en la mano y la cabeza hecha un lío intentando decidir a quién llamar primero, cuando la sombra de Roi se proyectó sobre ella.
—Herminia me ha dicho lo del agua.
—Herminia se entera de todo antes que la propia afectada.
Roi se agachó un poco para asomarse por la puerta abierta del estudio, donde dos operarios ya habían empezado a levantar las baldosas junto a la pared del fondo.
—¿Cuántos días te dicen?
—Cuatro o cinco. Que en realidad significa siete u ocho.
—Tengo sitio en el taller —dijo él, sin darle más vueltas, como si la solución fuera evidente—. No mucho, pero hay una zona al fondo, junto a la ventana, que ahora mismo solo tengo llena de trastos. Podrías montar ahí una mesa provisional para las citas que no puedas aplazar.
—¿Lo dices en serio? Llevamos dos años sin cruzar más de tres frases seguidas y ahora me estás ofreciendo tu taller entero.
—Te estoy ofreciendo un rincón, no el taller entero. Y lo digo en serio porque no me parece bien que pierdas una semana de ingresos por una tubería que ni siquiera es culpa tuya, existiendo una solución tan sencilla al otro lado del patio.
—Podría negarme, ¿sabes? Por orgullo, si nada más.
—Podrías, sí. Pero conociéndote un poco, aunque sea poco, no creo que el orgullo te vaya a compensar una semana entera de citas canceladas.
Alaia lo miró, sorprendida por la rapidez de la oferta.
—Es un taller de lutería. No puedo tatuar entre serrín.
—Puedo limpiar esa zona y sellarla con una lona. No es la primera vez que tengo que hacer una zona estanca para barnizar sin que el polvo lo estropee todo. Sé cómo aislar un rincón.
—¿Y las que no pueda aplazar de todos modos, qué hago? Necesito camilla, necesito la máquina, necesito…
—Tráelo todo. Cabe.
Fue tan directo, tan poco dado a la palabrería, que a Alaia no le quedaron argumentos con los que seguir resistiéndose, salvo el más honesto de todos, que no pensaba decir en voz alta: que la idea de pasar ocho horas al día durante una semana en el mismo espacio reducido que Roi Ferreiro le provocaba una mezcla de curiosidad y nerviosismo que no sabía muy bien cómo gestionar.
—Solo serán unos días —dijo, más para convencerse a sí misma que a él.
—Solo serán unos días —repitió Roi, y por primera vez desde que se conocían, Alaia lo vio sonreír de verdad, una sonrisa que le cambiaba completamente la cara, le suavizaba la mandíbula cuadrada y le arrugaba la piel junto a los ojos.
Tardaron toda la tarde en montarlo todo.
Roi apartó unas cajas de madera curvada, un rollo de cuerdas todavía sin abrir y tres guitarras a medio construir hacia el otro extremo del taller, y colgó una lona blanca del techo, sujeta con pinzas industriales, que separaba el rincón de la ventana del resto del espacio.
Alaia trasladó su camilla plegable, la máquina, los tarros de tinta ordenados por colores en un maletín metálico, la lámpara articulada.
Cuando terminaron, a las ocho de la tarde, ambos estaban sudados y llenos de polvo, y el taller olía a una mezcla nueva de barniz, serrín y loción anestésica que a Alaia, extrañamente, no le pareció del todo desagradable.
—Gracias —dijo, mirando el resultado—. En serio.
—No hace falta que me lo agradezcas. Vosotros me ayudasteis con lo de la asociación de inquilinos. Esto es lo mínimo.
—Aun así.
Roi se pasó una mano por el pelo, apartándose el mechón que insistía en caerle sobre la frente, y por un momento pareció que iba a decir algo más, pero se limitó a asentir y a volver a su banco de trabajo, donde le esperaba una guitarra sin terminar.
El primer día de convivencia forzosa, Alaia descubrió que Roi trabajaba en silencio absoluto la mayor parte del tiempo, concentrado en gestos que a ella le parecían casi rituales: lijaba, soplaba el polvo, pasaba el dedo por la superficie, volvía a lijar.
De vez en cuando ponía música, siempre baja, siempre la misma playlist de guitarra flamenca instrumental que a Alaia terminó por resultarle reconfortante mientras trabajaba en sus propios diseños entre cita y cita.
Aquella primera mañana de convivencia forzosa, Alaia descubrió también los pequeños rituales que Roi mantenía sin que nadie se lo pidiera: barría el suelo del taller cada mediodía, aunque volviera a llenarse de serrín una hora después; guardaba cada herramienta exactamente en el mismo gancho del que la había cogido, sin excepción; y, antes de empezar cualquier tarea nueva, se quedaba un momento inmóvil frente al banco, como si necesitara ese instante de silencio para decidir por dónde empezar.
—¿Siempre haces eso? —le preguntó ella, la primera vez que lo vio quedarse quieto frente a una pieza de madera sin tocarla durante casi un minuto entero.
—¿El qué?
—Quedarte mirando antes de empezar.
—Mi abuelo lo llamaba “escuchar la madera”. Yo lo llamo no arruinar tres meses de trabajo por precipitarme el primer corte.
—Es lo mismo que hago yo antes de encender la máquina en un tatuaje grande. Me quedo mirando la piel un rato, imaginando cómo va a quedar antes de tocarla siquiera.
A mediodía, cuando el estudio se quedó vacío entre dos citas, Alaia calentó en el microondas del taller —otro objeto que había trasladado desde su estudio, junto con la cafetera— un táper de arroz que se había preparado esa mañana, y le ofreció la mitad a Roi, que aceptó sin apenas mirar hacia arriba, todavía concentrado en el instrumento que tenía entre manos.
—¿Siempre comes tan tarde? —preguntó ella, sentándose en un taburete junto al banco.
—Cuando estoy cerca de terminar una pieza, pierdo la noción del tiempo. Mi abuelo decía que era mi único defecto grave como aprendiz, que me olvidaba de comer cuando algo me absorbía.
—A mí me pasa lo mismo con los diseños grandes. Uxue tiene orden de interrumpirme cada tres horas aunque le diga que no hace falta.
—Deberíamos intercambiarnos a las aprendices. La mía me recordaría comer, la tuya te recordaría a ti.
—No tienes aprendiz.
—Ya no. Tuve uno, hace un par de años. Duró seis meses antes de decidir que prefería un trabajo con horario fijo y vacaciones pagadas.
—¿Te dolió?
Roi se quedó pensativo un momento, masticando despacio.
—Un poco. Pero lo entendí. Este oficio no es para cualquiera. Hace falta una paciencia que la mayoría de la gente de nuestra edad no está dispuesta a cultivar, con todo lo rápido que va el mundo fuera de aquí.
—Entonces no somos tan distintos.
—No —admitió Alaia—, aunque tú trabajas con algo que dura cien años y yo con algo que dura ochenta.
—Ya hemos tenido esta conversación.
—Y la vamos a tener más veces, porque cada vez me convence más.
Su primera clienta del día, una chica que quería un ramo de flores silvestres en la cadera, se mostró fascinada por el entorno.
—Qué pasada tatuarse rodeada de guitarras —comentó, mientras Alaia le limpiaba la piel—. Es como una escenografía.
—No es escenografía, es el taller de mi vecino —contestó Alaia, y notó, sin mirar hacia el otro extremo del espacio, que Roi había levantado la cabeza un segundo al oír el comentario, aunque no dijo nada.
A media tarde, durante un hueco entre citas, Alaia se acercó al banco de Roi con dos cafés que había preparado en la cafetera italiana que también había trasladado desde su estudio, junto con todo lo demás.
—Tregua —dijo, dejando una taza junto a él.
Roi levantó la vista de la guitarra en la que trabajaba, una pieza con la tapa ya barnizada de un color miel oscuro que a Alaia le pareció, sin saber muy bien por qué, la más bonita de todas las que había visto en el taller.
—No estábamos en guerra.
—No, pero llevamos ocho horas compartiendo espacio y solo me has dicho catorce palabras.
—Las he contado, ¿no? —dijo él, con un asomo de sonrisa que Alaia empezaba a reconocer como su forma particular de bromear—. Trabajo mejor callado. No es nada personal.
Alaia se sentó en el taburete libre junto al banco, sin prisa por volver a su rincón, disfrutando de aquella tregua improvisada.
El taller, a esa hora de la tarde, tenía una luz distinta a la de la mañana, más dorada, que entraba oblicua por la ventana y se posaba sobre las virutas de madera esparcidas por el suelo como si fueran polvo de algún material precioso.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, después de un rato.
—Depende de la pregunta.
—¿Nunca te has planteado vender el taller? No hablo de ahora, con Aldunate. Hablo de antes, en algún momento en que todo esto te pesara demasiado.
Roi se quedó pensativo, girando la taza de café entre las manos.
—Una vez. El primer año después de que muriera mi abuelo. Estaba agotado, física y emocionalmente, llevando el negocio solo, aprendiendo sobre la marcha cosas que él sabía de memoria, como los proveedores de confianza o cómo calcular bien los presupuestos. Llegué a pedir tasación del local.
—¿Y qué pasó?