Capítulo 1 #3
Se hizo un silencio breve. Alaia lo miró, sorprendida de la firmeza con que había hablado, y algo en el pecho se le movió de un modo que no supo nombrar del todo.
—Entonces estamos de acuerdo —dijo ella, retomando el hilo—.
Yo puedo pedir la cita con la asociación esta misma semana.
Necesitamos también reunir copia de todos los contratos, aunque sean antiguos, y de cualquier recibo de obras que hayamos pagado nosotros y no el propietario, porque eso cuenta como mejora del inmueble a nuestro favor.
—Yo tengo facturas de hace quince años del cambio de la instalación eléctrica del taller —dijo Roi—. Las pagó mi abuelo de su bolsillo porque el propietario de entonces se negó.
—Perfecto. Tráelas.
La reunión se alargó otros veinte minutos, repartiendo tareas, apuntando teléfonos, discutiendo fechas. Cuando por fin el grupo se disolvió y cada vecino volvió a su puerta, Alaia se quedó recogiendo las sillas plegables, y notó que Roi no se había ido con los demás.
—Gracias —dijo él, de pronto, con las manos metidas en los bolsillos del mono—. Por organizar esto. Yo llevo semanas dándole vueltas y no había hecho nada.
—No hacía falta que fueras tú. Hacía falta que fuera alguien.
—Ya. Pero has sido tú.
Alaia dobló la última silla y la apoyó contra la pared del patio, junto a la puerta de su estudio, sintiendo la mirada de Roi sobre ella de un modo que no era incómodo, exactamente, pero sí nuevo.
Dos años de “buenos días” y de pronto aquello: una conversación que duraba más de diez segundos, una gratitud que sonaba sincera.
—¿Tú crees que tenemos alguna posibilidad? —preguntó él—. Contra una empresa así.
—No lo sé. Pero prefiero perder peleando que perder sin haberlo intentado.
Roi asintió despacio, como si esa frase fuera exactamente lo que necesitaba oír esa noche, y por un momento, bajo la luz amarillenta de la única bombilla del patio, Alaia pensó que quizás sí tenían algo en común más allá de compartir muro.
—Buenas noches, Alaia.
Fue la primera vez que le oía decir su nombre.
Antes de que la reunión se disolviera del todo, mientras Alaia recogía las últimas copias del acta improvisada que había ido tomando en el móvil, Herminia se acercó a ella con paso lento y la voz baja, como si fuera a contarle un secreto.
—¿Sabes por qué este edificio se llama “del Amparo”? —preguntó, señalando vagamente hacia la fachada.
—Nunca me lo he planteado.
—Lo construyeron en 1920 unas monjas que daban cobijo a mujeres que llegaban solas a Madrid, sin familia, sin dinero, buscando trabajo en las fábricas del sur de la ciudad.
Amparo, cobijo, ¿entiendes? Mi abuela vivió aquí antes de que naciera mi madre, en un tiempo en que a las mujeres que llegaban solas no las miraban con buenos ojos en ningún sitio.
—No tenía ni idea.
—Poca gente la tiene. Por eso me da tanta rabia que ahora quieran convertirlo en un hotel para turistas que ni siquiera sabrán pisar sobre qué están pisando.
Este edificio ha dado cobijo a gente que no tenía otro sitio al que ir durante cien años.
Vosotros, con vuestros talleres y vuestras agujas, sois la última versión de eso mismo, aunque no os deis cuenta.
Alaia se quedó pensando en esas palabras mucho después de que Herminia se despidiera esa noche, arrastrando los pies hacia su puerta con la lentitud propia de sus ochenta y tres años, y sintió que la pelea por el edificio adquiría, de pronto, una dimensión mucho más profunda que la de simplemente salvar dos negocios.
Alaia se quedó un rato más en el patio después de que Roi cerrara la puerta del taller, con la última silla plegable todavía en las manos, escuchando el silencio nuevo del edificio ahora que los vecinos se habían retirado cada uno a su piso.
Miró hacia la ventana del taller, donde una luz tenue seguía encendida, y se preguntó, no por primera vez esa noche, por qué la firmeza con la que Roi había hablado de su abuelo le había afectado tanto.
Quizás porque ella reconocía esa misma firmeza en sí misma, aplicada a un oficio distinto pero nacida de la misma necesidad: construir algo que no dependiera de la voluntad de nadie más, algo que fuera completamente suyo en un mundo que, hasta entonces, se lo había arrebatado todo con demasiada facilidad.
Cuando por fin subió a su piso, esa noche, no pudo evitar asomarse a la ventana del salón, que también daba al patio, y comprobar que la luz del taller seguía encendida mucho después de medianoche.
No supo por qué, pero aquella imagen —Roi trabajando solo, tarde, defendiendo algo heredado que amenazaban con arrebatarle— se le quedó grabada de un modo que no esperaba, y tardó más de lo habitual en conciliar el sueño esa noche, dándole vueltas a una pregunta que no se atrevía todavía a formular del todo: qué era exactamente lo que había empezado a sentir por su vecino de patio.
Se durmió, al fin, con la certeza incómoda de que algo en su rutina cuidadosamente construida acababa de empezar a moverse, y con la sospecha, todavía más incómoda, de que no tenía ninguna intención real de detenerlo.