Capítulo 1 #2
Herminia se marchó con el tupper vacío —Alaia, para no discutir, se había comido las lentejas frías directamente del recipiente mientras hablaban— y ella dedicó la siguiente hora a redactar una convocatoria formal, imprimirla en ocho copias y guardarlas en un sobre.
Antes de salir a repartirlas por las puertas del patio, se miró un segundo en el espejo de la recepción.
Llevaba el pelo negro recogido en un moño alto y descuidado, la camiseta de tirantes manchada de tinta violeta en el hombro izquierdo, los brazos —los suyos, no los de un cliente— cubiertos de un tatuaje que le subía desde la muñeca hasta el codo, un oleaje que ella misma se había diseñado el año que cerró el capítulo más difícil de su vida.
Salió al patio con el sobre en la mano.
Era última hora de la tarde y la luz entraba oblicua entre los tendederos de la segunda planta, donde la señora Pilar tenía la ropa puesta desde por la mañana.
El patio olía a jazmín —había una mata trepadora que Herminia regaba religiosamente cada dos días— y, por debajo, a serrín.
La puerta del taller de Roi estaba entreabierta, como siempre que trabajaba, para que corriera el aire y se llevara el polvo de la madera.
Alaia se detuvo en el umbral.
No había estado dentro del taller nunca. En dos años. Y ahora, con la carta en la mano y la excusa perfecta para entrar, sintió una curiosidad que le costó reconocer como tal.
El espacio era mucho más grande de lo que aparentaba desde fuera, con vigas de madera vista y un banco de trabajo central lleno de herramientas colgadas en un orden que solo tenía sentido para quien las usaba.
Contra la pared del fondo, alineadas como en una vitrina, había seis guitarras en distintas fases de construcción: unas sin más que el esqueleto de cintas de madera curvada, otras ya con la tapa armónica puesta y sin barnizar, una última, casi terminada, con un color miel oscuro que parecía absorber la luz de la ventana.
Y en el centro, de espaldas a ella, inclinado sobre el banco con una lija en la mano, estaba Roi.
No la había oído entrar, o quizá sí y prefería terminar el gesto que estaba haciendo antes de girarse.
Alaia se fijó, sin proponérselo, en la línea de los hombros bajo la camiseta gris, en el antebrazo tenso mientras deslizaba la lija con movimientos cortos y precisos sobre el borde de una tapa de guitarra, en el modo en que se detenía cada pocos segundos para pasar el pulgar por la madera y comprobar el tacto, como si estuviera leyendo algo en braille.
—¿Necesitas algo? —preguntó él, sin volverse, con esa voz grave que Alaia solo había oído en frases de tres palabras hasta entonces.
—¿Cómo sabes que soy yo?
Roi se giró por fin. Tenía los ojos de un marrón muy oscuro, casi negro, y un mechón de pelo castaño le caía sobre la frente, húmedo de sudor pese a que la tarde no era calurosa. Se limpió las manos en un trapo que llevaba colgado del cinturón antes de contestar.
—Porque eres la única persona del edificio que entra sin llamar y sin disculparse por interrumpir.
—Perdona.
—No lo sientas. Es un cumplido.
Alaia levantó el sobre.
—Reunión de vecinos. Esta noche, a las nueve, en el patio. Por la carta de Inversiones Aldunate.
Algo cambió en la expresión de Roi al oír el nombre. Fue rápido, apenas un segundo, pero Alaia lo captó: la mandíbula se le tensó, los ojos se le oscurecieron un tono más.
—¿Vas a organizarlo tú?
—Alguien tiene que hacerlo. El grupo de WhatsApp lleva tres días muerto.
—El grupo de WhatsApp lo creó mi abuelo hace ocho años y nadie ha vuelto a cambiarle el nombre desde que murió —dijo Roi, con una media sonrisa que no llegó a los ojos—. Se sigue llamando “Vecinos majos del 14”.
—Qué optimista.
—Él lo era. Yo ya no tanto.
Se quedaron mirándose un segundo de más. Alaia notó que la lija seguía en la mano de Roi, olvidada, y que él parecía haberse dado cuenta al mismo tiempo, porque la dejó sobre el banco con un gesto casi brusco.
—Ahí estaré —dijo—. A las nueve.
—Bien.
Alaia salió del taller con el sobre ya más ligero y la sensación extraña, incómoda, de haber visto algo que no debería haber visto: no las guitarras, no el orden de las herramientas, sino la grieta minúscula que se le había abierto a Roi Ferreiro en la cara al oír el nombre de la empresa que amenazaba con quitarle el sitio donde su abuelo había pasado media vida.
A las nueve menos cuarto, el patio ya olía a tabaco y a nervios.
Alaia había sacado dos sillas plegables de su estudio y las había colocado junto a la mata de jazmín, aunque nadie parecía tener intención de sentarse; los siete vecinos que habían aparecido —faltaba solo el chico del segundo, que trabajaba de noche y había mandado un audio disculpándose— formaban un corrillo apretado bajo la única bombilla del patio, una luz amarillenta que hacía que todas las caras parecieran más cansadas de lo que ya estaban.
Roi llegó a las nueve en punto, todavía con el mono de trabajo puesto aunque se había quitado los guantes, y se apoyó contra la pared de su propio taller, un poco al margen del grupo, con los brazos cruzados.
—Bueno —empezó Alaia, con el sobre ya abierto y la carta desdoblada por fin en la mano—.
Esta es la tercera notificación que recibimos de Inversiones Aldunate en cuatro meses.
La primera hablaba de “posibles obras de mejora”.
La segunda, de “revisión de condiciones contractuales”.
Esta ya dice directamente que quieren rescindir los contratos de alquiler antiguos y renegociar a precio de mercado, o, cito textualmente, “proceder al desalojo de los locales según los plazos legales establecidos”.
—A mí me suben el alquiler de trescientos a mil doscientos —dijo Pilar, la de la ropa tendida, cruzando los brazos sobre el pecho—. Yo con la pensión no llego.
—A mí me lo suben menos, pero es que yo llevo aquí seis meses —añadió una chica joven que Alaia reconoció vagamente como la que había abierto una tienda de segunda mano en el bajo del fondo—. Si me echan ahora, no recupero la inversión inicial ni de broma.
Todos hablaban a la vez, y Alaia dejó que se desahogaran un par de minutos antes de levantar la mano pidiendo silencio, un gesto que había aprendido a hacer en las convenciones de tatuaje, cuando cincuenta artistas discutían a la vez sobre el reparto de los stands.
—Podemos gritar en el grupo de WhatsApp o podemos organizarnos de verdad —dijo—.
He estado mirando y hay una asociación de inquilinos que lleva casos parecidos en el barrio.
Nos pueden asesorar gratis la primera consulta.
Pero para que sirva de algo, necesitamos ir todos juntos.
Si cada uno negocia por su lado, nos van a partir uno a uno, que es justo lo que están buscando.
—Eso si a alguno no le interesa más coger el finiquito y largarse —dijo alguien, sin mirar a nadie en particular, aunque el comentario flotó en el aire con un peso extraño.
Roi, que hasta entonces no había abierto la boca, se despegó de la pared.
—Yo no voy a coger ningún finiquito —dijo, con una calma que sonó más contundente que cualquier grito—.
Llevo aquí toda mi vida. Mi abuelo montó ese taller en 1974 y yo no pienso ser el que lo cierra porque a una empresa de Lisboa le apetezca poner un hotel boutique donde antes había un edificio con gente dentro.