Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2)
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Capítulo 1
El zumbido de la máquina se detuvo justo cuando la campanilla de la puerta sonó por tercera vez esa mañana.
Alaia Etxaide levantó la vista del brazo que tenía entre las manos —un antebrazo joven, tembloroso, con una golondrina a medio terminar— y vio entrar a Herminia con su bata de flores y un tupper humeante.
—Te he traído lentejas —anunció la anciana, dejando el recipiente sobre el mostrador de recepción sin preguntar si le apetecían—. Estás muy flaca, hija. Los tatuajes no alimentan.
—Herminia, tengo un cliente.
—Ya lo veo. Que no se mueva, que si le tiembla el pulso a ti le va a quedar el pájaro torcido.
El chico del antebrazo, que se llamaba Yago y no debía de tener más de veintitrés años, se rió con nerviosismo y Alaia aprovechó para limpiar el exceso de tinta con un gesto que ya le salía automático, sin pensar, después de nueve años sosteniendo agujas.
El estudio olía a jabón verde y a loción anestésica, un olor que a cualquier otra persona le habría repugnado y que a ella, con el tiempo, había terminado por parecerle reconfortante.
Su estudio. Su ruido de fondo. El único sitio de Madrid donde de verdad sentía que mandaba ella.
Las paredes, pintadas de un blanco roto que Alaia había elegido a propósito para no competir con los diseños expuestos, estaban cubiertas de bocetos enmarcados, fotografías de trabajos terminados y un par de diplomas de convenciones de tatuaje a los que había asistido en Barcelona y Ámsterdam.
En la esquina, junto a la ventana que daba al patio, tenía una estantería con plantas que Uxue regaba religiosamente, más por cariño hacia el espacio que por verdadera habilidad de jardinería, y que sobrevivían, según su propia aprendiz, “a base de fuerza de voluntad, no de cuidados”.
—¿Qué tal va la reunión de vecinos? —preguntó Herminia, que no tenía ninguna intención de marcharse.
—No hay reunión todavía. Hay una carta.
—¿Otra?
—La tercera.
Herminia chasqueó la lengua y se sentó en el sofá de espera, entre dos carpetas de dibujos que Alaia guardaba como referencia para los clientes indecisos.
La carta en cuestión estaba doblada dentro del cajón de la caja registradora, donde Alaia la había metido dos días antes sin ni siquiera desdoblarla del todo, como si ignorar el papel fuera a hacer desaparecer lo que decía.
No hacía falta releerla. Se la sabía de memoria: la sociedad propietaria del inmueble, Inversiones Aldunate, comunicaba a los arrendatarios del número 14 de la calle del Amparo su intención de proceder a una “reestructuración integral del edificio con fines de rehabilitación patrimonial”, lo cual, traducido del lenguaje de los que nunca habían tenido que pagar un alquiler con lo que sacaban vendiendo su trabajo, quería decir: subida del 300% o fuera.
Terminó la golondrina de Yago cuarenta minutos después, le explicó los cuidados con la paciencia de quien lo ha repetido diez mil veces, cobró, despidió al chico con una sonrisa que no le costó ningún esfuerzo fingir porque le gustaba de verdad su trabajo, y solo entonces, con el estudio vacío salvo por Herminia y el tupper de lentejas, se permitió apoyar los codos en el mostrador y respirar.
—Vas a tener que hablar con él —dijo Herminia.
—¿Con quién?
—Con el del taller. El de las guitarras.
Alaia no necesitaba que le aclarase de quién hablaba.
En el patio interior del número 14, un patio de corrala estrecho y luminoso al que daban ocho puertas distintas, solo había dos negocios: el suyo, Aguja de Norte, en la planta baja izquierda, y el taller de lutería de Roi Ferreiro, en la planta baja derecha.
Llevaban dos años siendo vecinos de patio y en ese tiempo se habían dicho, calculaba Alaia, unas cuarenta frases completas.
Buenos días. El cartero ha dejado esto para ti.
¿Puedes bajar la música, tengo un cliente con el pulso delicado? Sí, claro, perdona.
No era antipatía. Era, más bien, que los dos parecían haber llegado al mismo acuerdo tácito de no invadirse el espacio, y a Alaia, después de la temporada que había pasado antes de abrir el estudio, esa distancia le parecía casi un lujo.
Había encontrado el local del número 14 casi por accidente, cuatro años atrás, cuando todavía trabajaba como asalariada en un estudio de Malasaña que le pagaba una comisión ridícula por cada tatuaje y le exigía cumplir cuotas mensuales como si el arte en la piel de la gente fuera una línea de producción.
Había visto el cartel de “se alquila” en la puerta del patio de corrala una tarde de domingo, mientras paseaba sin rumbo por Lavapiés intentando despejarse la cabeza de una discusión reciente con Tristán, y había pedido ver el local casi por impulso, sin ninguna intención real de alquilarlo.
Pero en cuanto entró en aquel espacio vacío, con las paredes desconchadas y una claraboya rota que dejaba pasar la luz de un modo casi teatral, supo que era allí donde quería construir algo propio.
Tardó ocho meses en reunir el dinero necesario, trabajando dobles turnos y vendiendo diseños originales por encargo a través de redes sociales, y el día que firmó el contrato de alquiler fue, coincidencia o no, la misma semana en que descubrió la infidelidad de Tristán.
Había cerrado un capítulo y abierto otro casi al mismo tiempo, y durante mucho tiempo no había sabido distinguir cuál de los dos acontecimientos le había dado más fuerzas para seguir adelante.
Roque, el propietario anterior del edificio, un hombre mayor y algo huraño que había heredado el inmueble de su propia familia, le había alquilado el local sin apenas hacer preguntas, aliviado de encontrar a alguien dispuesto a invertir en la reforma de un espacio que llevaba años vacío.
Cuando murió, dos años después, sus herederos vendieron rápidamente el edificio completo a Inversiones Aldunate, sin que ninguno de los inquilinos tuviera ocasión de opinar ni de ejercer ningún derecho de tanteo, y desde entonces el ambiente del edificio había cambiado, cargado de una incertidumbre que Alaia había aprendido a ignorar hasta que las cartas empezaron a llegar.
—No tengo nada que hablar con él que no pueda decirle por el grupo de WhatsApp de la comunidad.
—El grupo de WhatsApp donde nadie contesta —replicó Herminia—. Chica, ese hombre lleva el taller de su abuelo. Como cierre esto, no es que pierda un local. Pierde media vida de un muerto.
Alaia se quedó callada un momento, sin querer darle la razón en voz alta.
Lo cierto era que sabía más de lo que aparentaba sobre el taller de al lado.
Sabía que, algunas noches, cuando ella se quedaba terminando un diseño a mano en el estudio ya cerrado, oía el sonido lento y regular de una lija sobre madera, un sonido casi hipnótico que se colaba por la ventana del patio.
Sabía que Roi Ferreiro llegaba antes que ella cada mañana, a las siete, y que se marchaba después, casi siempre pasadas las diez de la noche.
Sabía que no hablaba con nadie del edificio salvo lo estrictamente necesario, y que sin embargo Herminia — Herminia, que se enteraba de todo— hablaba de él con un cariño que no gastaba con cualquiera.
Lo que no sabía, porque nunca se había permitido investigarlo, era por qué cada vez que se cruzaban en el patio sentía la necesidad física de comprobar cómo llevaba el pelo recogido, si el mono de trabajo azul le quedaba más ajustado por los hombros que la semana anterior, si tenía las manos manchadas de barniz o de cola de carpintero ese día.
No era asunto suyo. Tenía suficiente con salvar su negocio.
—Voy a convocar la reunión yo —dijo, más para sí misma que para Herminia—. Esta noche. Con carta y todo, para que quede constancia de que alguien se ha molestado en organizarla.
—Así me gusta.
Uxue llegó a mediodía, con la mochila cargada de material y el pelo teñido de un azul distinto al de la semana anterior, y encontró a Alaia todavía con la carta desdoblada sobre el mostrador.
—¿Otra vez esa carta? —preguntó, dejando la mochila en el suelo con un golpe seco—. La has debido de leer quince veces.
—Dieciséis, ahora.
—¿Y qué dice la dieciseisava lectura que no dijera la primera?
—Lo mismo. Que si no aceptamos su oferta de renegociación en tres meses, empiezan los trámites de desalojo.
Uxue se sentó en el taburete alto junto a la mesa de esterilización y empezó a preparar su material con la meticulosidad que Alaia le había enseñado desde el primer día: agujas nuevas, tinta medida, la camilla desinfectada dos veces antes de que llegara cualquier cliente.
—¿Y si perdemos? —preguntó, sin levantar la vista de las cápsulas de tinta—. ¿Qué harías?
—No lo sé. No quiero pensarlo todavía.
—Yo llevo año y medio aquí. Si esto cierra, no sé si voy a encontrar otro sitio donde alguien me deje aprender de verdad en vez de ponerme a limpiar suelos seis meses antes de tocar una máquina.
Alaia dejó la carta a un lado y se acercó a su aprendiz, apoyando una mano en su hombro.
—No va a pasar eso. Voy a pelear por este sitio con todo lo que tengo, y tú vas a seguir aprendiendo aquí, contigo o sin mí si hace falta, porque ya eres mejor que yo con las líneas finas y lo sabes.
—Eso ya me lo has dicho.
—Y te lo voy a seguir diciendo hasta que te lo creas.
Uxue sonrió, un poco incómoda con el cumplido, y volvió a concentrarse en su material, mientras Alaia se permitía, por un momento, sentir el peso completo de la responsabilidad que llevaba encima: no solo el suyo, sino el de una chica de veintidós años que había depositado en aquel estudio buena parte de su futuro.