Música en la piel (Romántica Urban Cozy 2) Capítulo 12 #4
100%

Capítulo 12 #4

—Por Roi, que ha vuelto a casa. Por Alaia, que ha aguantado la distancia con más entereza de la que ella misma se cree capaz. Y por este patio, que ha demostrado que un edificio, cuando la gente decide cuidarlo de verdad, puede ser mucho más que cuatro paredes y un contrato de alquiler.

—¡Por el patio! —corearon todos, alzando sus copas, y Alaia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, por enésima vez en los últimos días, ante la certeza cálida de formar parte de algo tan sólido.

Roi se acercó a ella a media noche, cuando la mayoría de los vecinos ya se habían retirado y solo quedaban las últimas brasas de la conversación general, y le tendió la mano sin decir nada, invitándola a seguirlo hacia el taller.

—¿Qué pasa?

—Tengo algo que enseñarte. Lo he estado construyendo en los ratos libres de la gira, en un pequeño taller que me dejaba usar un luthier de Barcelona.

Dentro del taller, sobre el banco de trabajo, había una funda que Alaia no reconocía.

Roi la abrió con el mismo cuidado reverente de siempre, y dejó a la vista una guitarra pequeña, gemela casi exacta de la que le había regalado casi un año antes, con la misma roseta tallada alrededor del agujero de resonancia, pero con un detalle nuevo: dos iniciales entrelazadas, discretas, casi invisibles a simple vista, talladas en el borde interior de la boca.

—A. y R. —dijo Alaia, pasando los dedos por las letras.

—Es la pareja de la que te regalé. La construí pensando que algún día, si todo salía bien, tendríamos las dos guitarras juntas, en la misma casa, para siempre.

—¿Y si no hubiera salido bien?

—Entonces la habría guardado en el altillo, junto a los papeles de mi abuelo, esperando a que algún día tuviera sentido volver a sacarla.

Alaia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, la misma reacción que había tenido casi un año antes, frente a la primera guitarra, y Roi, viéndola así, se arrodilló frente a ella sin soltar el instrumento, con una expresión que mezclaba nerviosismo y una determinación absoluta.

—Alaia, llevo meses pensando esto, en cada ciudad distinta, en cada noche de hotel echándote de menos.

No tengo un anillo, porque no soy de anillos, soy de madera y de cuerdas, pero tengo esto, y tengo la certeza más clara que he tenido en mi vida de que quiero construir contigo cada guitarra, cada tatuaje, cada año que nos queden por delante. ¿Quieres casarte conmigo?

Alaia se quedó sin palabras un momento, mirando alternativamente la guitarra, las iniciales talladas, y los ojos oscuros de Roi, brillantes de una vulnerabilidad que rara vez le mostraba a nadie.

—Sí —dijo, al fin, con la voz quebrada por la emoción—. Sí, quiero.

Roi se levantó y la besó con una intensidad que arrastraba todo un año de miedo superado, de distancia atravesada, de un edificio entero defendido entre los dos, y cuando por fin se separaron, ambos reían y lloraban al mismo tiempo, ajenos por completo al resto del mundo.

Herminia, que llevaba toda la noche vigilando desde su ventana con la excusa de “no poder dormir con tanto jaleo en el patio”, no tardó ni cinco minutos en aparecer en la puerta del taller, con la bata puesta y una expresión de triunfo que dejaba claro que ya sospechaba exactamente lo que acababa de ocurrir.

—¡Lo sabía! —exclamó, aplaudiendo con las manos ya arrugadas por los años—. Sabía que esta noche era la noche. Se te veía en la cara desde que llegaste con esa maleta, muchacho.

—¿Cómo lo has sabido tan rápido? —preguntó Roi, todavía con la respiración alterada por el beso.

—Porque llevo ochenta y tres años observando a la gente, hijo. Y porque he visto la funda de guitarra nueva que traías, distinta a las demás. Un hombre no construye una guitarra en secreto durante meses sin motivo.

Alaia, con la guitarra gemela todavía entre las manos, se acercó a Herminia y la abrazó con una fuerza que sorprendió a la anciana, que sin embargo no tardó en devolverle el abrazo con la misma intensidad.

—Vas a tener que ayudarme a organizar la boda, Herminia. No tengo ni idea de por dónde empezar.

—Hija, para eso estoy yo aquí. Llevo esperando esta boda desde el día que entraste en este taller con esa carta en la mano, sin pedir permiso para pasar. Algo me decía entonces que ibais a acabar así.

—Tú y tus intuiciones.

—Mis intuiciones llevan ochenta y tres años acertando más de lo que fallan. Ya iba siendo hora de que alguien más además de mí les hiciera caso.

Se quedaron los tres en el taller hasta bien entrada la madrugada, con Herminia ya planeando en voz alta detalles de la celebración que ni Alaia ni Roi habían empezado siquiera a considerar, y cuando por fin la anciana se retiró a su piso, agotada pero visiblemente feliz, Alaia y Roi se quedaron solos de nuevo, sentados en el suelo del taller entre virutas de madera, mirando la guitarra gemela apoyada contra la pared.

—Vamos a tener que aprender a tocar esto de verdad —dijo Alaia, señalando la guitarra que Roi acababa de dejar con cuidado sobre el banco.

—Tenemos toda la vida para aprender.