23. El lago
El lago
Cruzamos la grieta y aparecimos en un campo de hierba exuberante, junto a un estanque que reflejaba la luz de la luna.
Miré hacia el cielo nocturno, pero no reconocí las constelaciones.
El umbral se cerró a nuestras espaldas sin hacer ruido.
Lo agradecí, ya que el único olor a hierro y tierra que aún percibía era el que se me había quedado pegado.
Pero aquel hedor se vio aniquilado por la fragancia de la lavanda, el aire puro y el lejano aroma del salitre.
—Oigo... —comenzó Treth— olas.
Sin mucho más que hacer en este mundo alienígena, me dirigí hacia el sonido, apartando árboles y arbustos. Era de noche, pero veía con facilidad. Era como si la luz de la luna lo tocara todo, sin permitir que se formaran sombras reales.
Mis botas no crujían sobre restos o ramas.
No había nada muerto allí. Solo hierba, árboles, flores...
todo viviendo en perpetua armonía. Sospeché que las reglas de la carnicería que hacían necesaria la muerte para sobrevivir no imperaban en este lugar.
Los eruditos teorizaban que no todos los reinos tenían las mismas leyes.
Quizá pudiera encontrar la felicidad aquí.
Si hubiera más gente, por supuesto. Pero si no había violencia, ¿qué haría yo? Esa era mi vida.
El sonido de las olas se intensificó. Pero no era un sonido pesado.
Las olas se movían con suavidad sobre una orilla de fina arena blanca.
Las playas de Hope City eran bonitas, pero a menudo estaban cubiertas de algas pestilentes y basura.
En cambio, esta playa estaba impoluta. Intacta, no tocada por manos humanas.
Miré hacia el mar. La luna proyectaba un rastro de luz blanca hacia el horizonte.
Miré a izquierda y derecha. La costa desaparecía tras una curva.
Supuse que estaba en una isla. Me imaginé aislada allí, pero no podía entrar en pánico.
No solo porque había sentido tanta ansiedad que ya estaba agotada, sino porque había algo intrínsecamente relajante en aquella isla bañada por la luna.
Oí unos pasos suaves sobre la arena a mi espalda. Me di la vuelta, sin desenvainar mis hojas.
Ante mí se alzaba una mujer de más o menos mi estatura.
Estaba desnuda, a excepción de su suave cabello negro azabache, que caía en cascada por su cuerpo, cubriéndole el pecho y llegando hasta los tobillos.
Parecía joven, pero a la vez no. Como si la edad no la tocara.
O más probablemente, como si la edad fuera irrelevante para ella.
Noté que su piel blanca tenía un tinte azulado.
Pero, a pesar de toda esta peculiaridad, no pude evitar darme cuenta de su belleza.
—¿Sabes dónde estás? —preguntó la dama. Su voz era difícil de describir.
Imaginad el sonido del canto de los pájaros, de la primavera, de un invierno tranquilo, de una orquesta experta, y ninguna de esas cosas a la vez.
Era serena, segura, y contenía en ella una amplitud de sabiduría que nunca soñaría con llegar a comprender.
Me transmitió tranquilidad, y sentí cómo la angustia mental que he padecido estos últimos días se desvanecía. Al menos por ahora.
Esbocé una sonrisa.
—En Avalon —bromeé—. Y tú debes de ser la Dama del Lago.
Ella sonrió. —Tan astuta como siempre, Katherine Drummond.
—¿Cómo? ¡¿En serio?!
—Hay muchas verdades en las bromas —dijo ella—.
Esto es Avalon. Algunas de las leyendas de la Tierra son ciertas.
Otras no. Es verdad que este lugar estuvo una vez conectado a la Tierra.
Y también es verdad que una vez estuvo conectado a Avathor.
Como ambos mundos han necesitado acceso, se lo he concedido.
Los humanos de Avathor vinieron de la Tierra...
hace mucho, mucho tiempo. Les he prestado más ayuda a ellos que a la Tierra.
La han necesitado. Pero ahora me he sentido obligada a volver mi mirada hacia mi lugar de nacimiento una vez más.
Hacia la Tierra. Y hacia ti... Katherine. La Tierra aún te necesita.
—¿Me necesita? —pregunté, como una tonta—. Solo soy una cazadora de monstruos.
—Y eso es lo que la Tierra necesita. Hay oscuridad. Y hay monstruos. Avathor está a salvo ahora. Más a salvo que la Tierra. Pero el tiempo de paz para ti aún no ha llegado.
—Espera... ¿vas a enviarme de vuelta a la Tierra?
La Dama asintió.
No supe cómo reaccionar. No sabía cómo hacerlo. Ya me había dado por vencida respecto a volver a casa alguna vez. No me había preparado para mostrar alegría ni siquiera sorpresa ante esta revelación.
—Tu hogar volverá a prosperar una vez más, Caballero de Albin —dijo la Dama, mirando a Treth. Había aparecido en su forma translúcida, de pie a mi lado—. Pero se te necesita junto al Recipiente.
Treth asintió con fervor. Sentí una punzada de culpa, pero también de felicidad porque él siguiera conmigo.
—Pero las cosas serán diferentes —continuó ella—. Descubrirás que ahora eres mucho más independiente que antes. Vuestro vínculo se ha fortalecido. Tenlo en cuenta. Y quizá llegues a no necesitar un cuerpo.
Treth pareció entender. Yo no. La Dama nos dio la espalda mientras seguía hablando.
—No esperéis paz a vuestra llegada. Tenéis muchas batallas por delante. Lucharás y puede que mueras. ¿Estás lista para eso?
—Siempre lo he estado.
Hizo una pausa y asintió. —Lo sé.
Se volvió hacia nosotros, sosteniendo una espada envainada. Había aparecido de la nada. Era casi tan larga como mi alfanje, con una guarda dorada y una empuñadura al estilo katana.
Me la entregó.
—¿Esto me convierte en reina? —bromeé, aceptando la espada.
—Quizá —respondió ella, sin rastro de humor.
Desenvainé la espada. La luz de la luna se reflejó nítidamente en la hoja. No era simple acero. Era plata.
—No, no es plata —dijo la Dama, como si me leyera el pensamiento—. Plata lunar. Es más dura que el acero, mantiene el filo igual de bien y aun así puede cortar a los demonios del Intermedio. Te servirá de mucho. No la pierdas.
—¿Puedo ponerle nombre o es Excalibur?
—No es Excalibur. Y deberías ponerle nombre.
Contemplé la hoja. Pero antes de que la presión pudiera aumentar demasiado, supe cómo llamarla.
—Ithalen —dije. Treth sonrió con tristeza. Estaba de acuerdo. Era un nombre triste. Pero significaba algo. Sentí una energía subir desde la empuñadura hasta mis dedos al pronunciar su nombre.
—Que así sea —dijo la Dama, y sonrió levemente—. ¿Tienes alguna pregunta antes de que te envíe de vuelta?
—Esto... ¿cómo era el rey Arturo?
—Un pelota.
Una grieta se abrió a mi lado. Casi di un salto.
—Tu misión ya ha sido dura, Katherine Drummond, y no hará más que complicarse. Pero sé que puedes manejarlo. Siempre lo has hecho.
Le di las gracias, inclinando la cabeza en señal de respeto, y me dirigí hacia el tajo en el aire.
—Kat... —dijo la Dama, interrumpiéndome. Me volví hacia ella. Sorprendentemente, parecía... tímida—. Por favor, dale recuerdos a Tom de mi parte.
—¿Tom?
—Oh... —dijo ella, con las mejillas sonrojadas—. Eso aún no ha sucedido. Bueno, cuando ocurra, acuérdate de mencionarme.
Asentí, sin saber de qué estaba hablando, y crucé la grieta.