Mundo Muerto (Serie Kat Drummond 7) 19. Montaña
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19. Montaña

Montaña

Lady’s Wake se alzaba hacia los cielos. Estaba teñida de un rojo dorado, mientras el sol se preparaba en el oeste para dar su último adiós.

Al menos volvería al amanecer. De eso estaba segura.

Treth y yo no hablamos de Ithalen. Había tenido razón.

Yo había sobrevivido. Pero ¿por qué aquello no me llenaba de alegría?

—Lady’s Wake —dije simplemente. Mi voz sonaba ronca. Llevaba días despierta. Solo ahora me sentía lo suficientemente cansada como para dormir. El entumecimiento me resultaba doloroso ahora. Y el pitido de mis oídos no era más que un vago recuerdo.

Treth asintió. —Deberíamos descansar en la base. Es un ascenso largo. Antes solíamos hacerlo a caballo.

Reprimí un bostezo y asentí.

Había calma aquí. Una calma muy de agradecer después del día anterior. Escuché una suave brisa pasar por la montaña. Más que inquietante, el silbido bajo resultaba sereno. Natural. Se mezclaba agradablemente con el murmullo de un arroyo.

Agua. Era lo único que necesitaba. Lo único que quería.

Arrastré los pies el resto del camino, despojándome de mis armas, mi bolsa, mi abrigo y mi ropa a medida que me acercaba al arroyo.

Su cauce era de guijarros lisos. El agua estaba fría.

Me entregué a ella de buena gana, tumbándome y sumergiendo todo mi cuerpo en el agua de movimiento lento, sintiendo cómo el sudor, la mugre, la sangre, la suciedad y todo lo demás se desprendían de mi cuerpo.

Me quedé así durante una eternidad. Treth no dijo nada.

Sabía que lo necesitaba. Y se mantuvo alerta.

Por si aparecían enemigos. Y vigilándome a mí.

No me importaban sus miradas furtivas de vez en cuando.

Ya le había dado permiso hacía tiempo. Y, además, estaba demasiado cansada para que me importase.

Me desperté en el arroyo cuando ya estaba oscuro. Solo el cielo estrellado, la luna y mi abrigo iluminado me permitían ver. Salí del arroyo y sentí el mordisco del frío aire nocturno. Me froté los brazos, palpando el relieve de cicatrices de hace mucho tiempo.

—Sécate y vuelve a ponerte la ropa. Vas a pillar un resfriado —dijo Treth en voz baja.

Caminé de puntillas sobre la hierba hasta donde había dejado mi ropa. Estaba pringosa y acartonada por la suciedad y los restos de la batalla. No quería ponérmela. Aún desnuda, recogí mis prendas y las sumergí en el arroyo. No podía ver si quedaban limpias, pero era lo mejor que podía hacer.

Las saqué y busqué un trozo de tierra seco.

Las apilé allí y saqué algunas de las flechas que nunca había llegado a usar.

Todavía estaban aceitosas. Las amontoné y las mezclé con algo de leña seca.

Mi abrigo estaba ansioso por prender algo que no fuera carne.

Me senté en el suelo junto al fuego, con mi abrigo por encima para calentarme.

Mordisqueé una de las galletas de Concord, aunque no tenía hambre.

Treth y yo nos quedamos mirando el fuego.

—Sabes —dijo él—, un enemigo podría ver esto desde kilómetros de distancia.

—¿Y qué? —susurré—. Los mataré y punto.

Se hizo el silencio. Treth no encontró argumentos para discrepar. Sabía que lo haría. Sabía que podía hacerlo.

Después de Ithalen… no estaba segura de que hubiera nada capaz de matarme. Y por un segundo, me sentí como el archidemonio. Que era invencible. Y, en cierto modo, eso le quitaba sentido a todo.

Sin embargo, eso no era lo que me perturbaba. Mi caso era distinto.

Yo debería haber muerto.

Pero no fue así.

En mi lugar, todos los demás murieron.

—Treth… —dije con suavidad. Con cuidado—. Sobre tus amigos… en la capellanía. Sé que piensas que ellos…

—¿Que podrían estar vivos todavía? —me interrumpió. Esbozó una sonrisa triste y negó con la cabeza—. Lo sé, Kat. Pero tengo que intentarlo. Tengo que verlo con mis propios ojos.

Terminé la galleta y toqué mi ropa. Seguía mojada. No me importó. El aire se sentía bien sobre mi piel y mi abrigo era más que suficiente para darme calor.

Nos sentamos en silencio, mientras contemplaba las chispas danzantes y el fuego rugiente. Añadí flechas a las llamas, sin importarme el desperdicio. Había visto en Ithalen lo poco que servían contra los no muertos. Ni siquiera ardiendo eran lo bastante buenas.

—Kat… —dijo finalmente Treth, sonando vacilante. Su voz sonaba como la de alguien a punto de confesarse. Escuché.

—La verdad es que, Kat… cuando llegamos aquí por primera vez, me sentí feliz.

Sabía que acababas de ser arrancada de tu hogar.

Que estabas sufriendo. Y por eso me sentía culpable.

Porque yo era feliz. Antes de saber que esto era Avathor, una pequeña parte de mí recordaba los bosques.

Las colinas. Me recordaba a cuando estaba vivo.

A las partes buenas. Con mi hermano, en los bosques.

Libre. Y aunque sabía que a ti te causaba tanto dolor, no pude evitarlo.

Quería quedarme. Y me hacía ilusión una vida solo contigo… hasta que…

Se dio cuenta de que realmente era su hogar. Y que estaba muerto.

—Lo siento, Kat —dijo—. Lo siento.

Quería preguntarle por qué. Pero no era ese tipo de «lo siento». Treth se repitió unas cuantas veces más, antes de que yo cerrara los ojos y me quedara dormida.

Por la mañana, mi ropa estaba seca y el fuego se había extinguido.

Me puse mi atuendo, ahora más limpio, y comencé el ascenso por la montaña.

El camino era lento y la temperatura bajaba conforme subíamos.

Incluso vi manchas de nieve. Tras buena parte del día, llegamos a una pasarela.

Al otro lado… una puerta. Estaba fabricada con madera roja, con incrustaciones de metal.

Era tan gruesa como el tronco de un árbol.

Y estaba entreabierta, con las bisagras torcidas y combadas, y la cerradura rota.

—Lo siento, Treth —dije. Pero él no respondió.

Cruzamos el puente. No temía la caída. Ya apenas temía nada. El miedo servía para mantenerse con vida. Y en este mundo muerto, no estaba segura de estar viva.

Los vestigios de la batalla alrededor de la gigantesca puerta eran antiguos.

Cubiertos de vegetación. Vi una pica, oxidada desde hacía tiempo, clavada en la roca.

En su día, habría admirado tal fuerza, encantamiento y filo.

Pero ahora, no era más que una peculiar curiosidad.

Un triste recordatorio de un héroe muerto.

—¿Estás seguro? —le pregunté a Treth, mientras ponía mi mano sobre la puerta abierta.

Él vaciló y asintió.

Empujé un poco la puerta y pasé de lado por la rendija.

El patio que había más allá estaba en silencio, como era de esperar.

Me recordaba a un atrio romano o griego.

Las paredes estaban encaladas o hechas de piedra blanca natural.

Había columnas, cubiertas de liquen. Algunas ventanas seguían intactas, pero estaban cubiertas de polvo.

A lo largo de la hierba muerta, junto a una fuente seca, había esqueletos con armaduras oxidadas, aferrando sus armas.

Uno se sostenía sobre su gladio. Permanecía en pie.

Seguía en pie. En la muerte. Y más allá.

Pasé a buena distancia del esqueleto erguido, para no perturbar su eterna última defensa.

Las malas hierbas brotaban entre las grietas del pavimento, pero las baldosas aún permanecían allí.

Blancas y brillantes, proporcionando algo de luz extra bajo un cielo nublado.

Limpié el polvo de una ventana y vi restos de una imagen de vidriera.

La luz pasaba a través, esparciendo colores sobre las paredes y suelos blancos.

Pude ver que, en tiempos, este habría sido un lugar maravilloso.

Ahora, seguía siendo hermoso. Pero, en su estado de abandono, su belleza resultaba triste. Treth no hablaba.

Atravesé un umbral abierto. No había cadáveres, pero sí señales ocasionales de lucha.

Un tapiz desgarrado, una estatua sin cabeza, cortes de hoja en la piedra.

Ningún cadáver aparte de los esqueletos del patio.

Era de esperar. Aquellos que no fueron devorados se habrían unido a los atacantes.

Y luego se habrían marchado. Los esqueletos eran una rareza.

Un pasillo conducía a una estancia al borde de la montaña.

Un gran ventanal, con la vidriera de una dama de pie en un lago sosteniendo una espada, dejaba pasar el sol para iluminar una serie de bancos y mesas.

Un comedor, supuse. Caminé entre los bancos, acariciando las superficies.

Imaginé a Treth comiendo aquí. A sus amigos.

A su maestro. A él y a Gorgo. Siendo felices.

Mi amigo no decía ni palabra. Estaba en silencio pero observando.

Mi mano chocó con un cuenco, vacío desde hacía mucho.

Era de madera, lacado. En múltiples colores, el exterior del cuenco ilustraba una escena de barcos llegando a una costa lejana.

Me lo guardé en la bolsa. Necesitaba un cuenco. Y era un cuenco bonito.

Salí del comedor y volví al pasillo. Mis botas, con las suelas todavía sucias, repiqueteaban sobre el suelo de piedra. El sonido resonaba, haciendo que este edificio pareciera aún más solitario. No ayudaba que Treth estuviera callado.

Entré en una habitación llena de armazones de cama y cofres vacíos.

Un barracón. Vacío. Salí antes de que pudiera entristecer más a Treth.

Regresé al atrio y entré en el edificio que había tras la fuente.

La habitación era pequeña. Solo albergaba un altar y una ventana que daba a las nubes.

Una sala de oración, supuse. A su derecha, percibí el olor a pergamino y polvo.

Entré y me recibió una biblioteca. Su contenido estaba esparcido por todo el suelo, y las criaturas habían devorado agujeros en los papeles.

Me agaché para recoger un pergamino, cuando Treth por fin habló.

—Eso es todo —dijo simplemente.

—¿El qué es todo? —respondí con torpeza, dejando el pergamino y poniéndome en pie.

—No están aquí.

—Treth… —respondí con tristeza—. Sabíamos que no estarían…

—No. No lo sabíamos. Están todos muertos. Igual que este mundo. Ya no queda ni un alma en Avathor. Nadie más que nosotros.

Se quedó en silencio.

—¿Por qué vinimos aquí? ¿Por qué fui tan necio como para pensar que algo podría salir bien?

—Los aldeanos que escaparon… —dije—. Probablemente regresaron a Concord.

—Imposible —negó con la cabeza. No era ira, ni pesimismo. Era resignación—. Están muertos. Todos muertos. Como mis amigos. Mi familia. Todo el mundo… no queda nadie en Avathor más que nosotros… y nosotros somos los siguientes…

—Treth… no lo sabemos —intenté suplicar, pero su voz se elevó, volviéndose más aguda y chillona. Nunca le había oído hablar así. Era como si ver la capellanía vacía hubiera sido la gota que colmó el vaso. El culmen de su trauma.

—¡Ya no hay Cruzada! —gritó—. ¡Nadie a quien defender!

¡Ningún monstruo al que valga la pena matar!

Porque seguirán viniendo. Más nos valdría acabar de una vez.

Más nos valdría estar muertos antes de convertirnos en no muertos.

Porque Avathor está muerta, y la Tierra es la siguiente.

Nada puede detener la oscuridad. Si no son los no muertos, serán vampiros o demonios, o dioses oscuros, o malditos titanes.

¡Estamos todos condenados! Y no hay nada que podamos hacer…

Un pesado silencio cayó cuando Treth terminó su perorata fatalista. No pude responder. No alcanzaba a imaginar qué decir. Treth siempre había sido el idealista. La esperanza. Mi mentor. Pero ahora… se había rendido.

Abrí la boca para intentar decir algo. Para decir lo que fuera, pero antes de que pudiera, una voz profunda, que resonaba con energía etérea, habló en voz alta, sobresaltándonos a ambos.

—Vamos, vamos, Treth de Concord. Esa no es la forma de hablar que espero de un miembro de mi Orden.

Me giré para ver a un hombre semitranslúcido, con barba blanca y un corte de pelo militar corto.

Vestía una armadura de placas plateada y brillante, y llevaba un casco con visera bajo el brazo.

Sonreía, con una mezcla de tristeza y felicidad.

De la manera en que uno sonríe al reencontrarse con un amigo después de tanto tiempo.

Porque eres feliz por verle de nuevo, pero estás triste porque ha pasado demasiado tiempo.

—Maestro… —susurró Treth, y sentí las lágrimas brotar de sus ojos.