18. La Línea
La Línea
Todo me dolía. Cada centímetro cuadrado de piel, carne y músculo palpitaba.
Pero llevaba doliendo horas. ¿Quizá días?
No lo sabía. Había dolido durante tanto tiempo que el latido del dolor se había convertido en un entumecimiento perpetuo.
¿Cómo se podía distinguir el dolor de la normalidad cuando el dolor era lo normal?
A través del entumecimiento, sentí el sol en mi nuca.
Antes había estado oscuro. La batalla había durado todo el día y parte de la noche.
Aún duraba. La segunda empalizada había caído.
Se había levantado una tercera, destartalada, en un desfiladero de la montaña.
Los no muertos la rebasaron tras media hora de incesantes golpes y de trepar sobre los cadáveres de sus camaradas.
No había niebla en este amanecer. Y el fango de la batalla se presentaba nítido ante los ojos de cualquiera.
Lanzas clavadas en el suelo, armas abandonadas, cuerpos devorados y montones y montones de carne muerta en descomposición, que goteaba sangre negra y roja sobre la tierra húmeda.
Pero el estruendo de la batalla no era más que un eco.
No oía nada. Tenía la garganta seca y dolorida.
Ya no gritaba, ni hablaba, ni susurraba.
Treth tampoco hablaba. No necesitaba advertirme de los peligros.
Los presentía de antemano. Porque venían de forma metódica.
Predecible. La marea nunca cambiaba. Y los muertos tampoco.
Venían en masa, implacables. El combate no tenía delicadeza.
Ni florituras. Yo golpeaba. Y golpeaba. Y apuñalaba.
Y rebanaba. Y aplastaba. Mecánica. Insensible.
Inmutable. Y mantenía la línea. ¿Lo hacía?
¿Qué línea? Nos habían hecho retroceder tanto.
La línea se movía. ¿Seguía siendo siquiera una línea?
Estaba de pie en un patio, rodeada de muertos.
Un zombi se acercó, olisqueando y gruñendo.
Me quedé quieta para conservar mis fuerzas.
Olfateó. Una, dos veces. Y me dedicó una mueca de desprecio.
Rugió mientras cargaba contra mí. Me hice a un lado, poniéndole la zancadilla.
Cayó al suelo. Mi bota aterrizó sobre su cabeza.
Pisoteé. Fuerte. Más fuerte. Sentí el crujido del hueso y la carne.
La sangre manchando mi bota y el dobladillo de mis vaqueros destrozados.
Esto era todo lo que conocía ahora.
Una bota. Pisoteando una cabeza. Por los siglos de los siglos.
Curulian, Akreon, Kynthen, Gerin, Illian, la asistente, el explorador, los hombres y la mujer... todos. Se habían... ido.
No quedaba nada que destruir bajo mi bota.
Levanté el pie y esperé a que llegara el siguiente enemigo. Esperé.
Pero no vino ninguno.
Inspeccioné el patio. Ya estaba demasiado acostumbrada al olor a hierro y podredumbre para notarlo de verdad. Lo que sí noté fue el silencio absoluto. Comparados con la furia de la batalla, mi respiración y los latidos de mi corazón eran relativamente silenciosos.
¿No había sido hace un momento cuando estaba rodeada de enemigos y aliados ensangrentados?
¿No había sido hace un momento cuando el muro de lanzas se rompió?
Cuando tantos habían muerto. No muertos.
Los vivos. Todos muriendo a manos de los demás y a las mías.
Mis hojas estaban negras de sangre. Y mis piernas querían flaquear.
El sol castigaba mi piel cubierta de sangre y sudor.
¿No había sido hace segundos cuando vi morir a los únicos humanos que conocía en este mundo?
Pero entonces estaba oscuro. Y ahora había luz.
Busqué más enemigos a los que matar.
No había ninguno.
Espadas en mano, me abrí paso por el camino hacia la cueva del anciano.
Tuve cuidado de no pisar los cadáveres de los aldeanos.
No tuve tal cuidado con los no muertos. Mis botas chapoteaban y por poco resbalé sobre sus formas, ahora verdaderamente inertes.
Un río de cadáveres, cayendo en cascada montaña abajo.
Los combates habían ascendido hasta la cima de Ithalen.
Aquellos que habían intentado huir, solo pudieron correr hacia arriba.
Hasta que no quedó ningún lugar adonde huir.
Usé mis espadas como muletas y me impulsé por la tierra y los cadáveres.
Resbalé con miembros, carne y hueso. Pero había pasado por cosas peores.
Mucho peores. Me impulsé hacia arriba. Centímetro a centímetro.
Cada sangriento centímetro, hasta que la cueva estuvo a la vista.
Dentro, encontré mi mochila, junto a un hombre que yacía muerto en el suelo.
Tenía el cuello masticado hasta quedar en jirones, pero la espada que sostenía en la mano estaba manchada de sangre negra.
Limpié mis espadas en la camisa de harapos del hombre y las enfundé.
El peso en mis costados se sentía extraño después de tanto tiempo.
Me puse la mochila a la espalda y salí de la cueva.
Podría dormir. Entre los cadáveres.
Pero sentía el sol en mi espalda. Y la podredumbre estaba empezando a calar.
Al este. Hacia Lady’s Wake. Hacia la capellanía.
Abandoné la aldea en silencio. Nadie se despidió.