13. Decisiones
Decisiones
Habían pasado dos días desde la marcha de los muertos y no había vuelto a ver a ningún no muerto desde entonces.
Sin embargo, había visto pruebas cada vez más evidentes de su plaga en esta tierra.
Pueblos abandonados. Indicios de masacres reanimadas hace mucho tiempo.
Nunca veía cadáveres. Cualquier cuerpo que no pudiera ser alzado como un muerto viviente habría sido consumido por completo.
Esa era su forma de actuar. Yo estaba de acuerdo con el sentir de Treth, aunque me lo tomaba con algo más de sangre fría.
Pero quizá era porque este no era mi mundo.
Y, aunque estuviera atrapada en él, nunca sería mi hogar.
En cierto modo, guardaba rencor a Avathor.
Porque preferiría estar en Hope City, acariciando a mi gato y riéndome con y de Duer.
Pero no le dije nada de esto a Treth. Este era su mundo. Y en su día lo había amado. Quizá aún lo amaba. Y por eso le enfurecía tanto en lo que se había convertido. Porque él había visto lo que fue antes. Para mí, no era más que otra atrocidad que debía ser erradicada.
El sol se ponía, como lo había hecho durante incontables días anteriores.
Sin un calendario o siquiera un bloc de notas para llevar la cuenta de los días, lamentablemente había perdido el hilo.
¿Llevaba en este mundo semanas? ¿Meses? No lo sabía.
Parecía, simultáneamente, ayer mismo y hace cien años que la grieta me arrastró a través del Intermedio.
—Hay un edificio justo delante —dijo Treth—. Más vale que durmamos bajo techo esta noche.
Reprimí un bostezo y avancé con pesadez hacia la estructura.
Aunque me resentía de muchas cosas de Avathor, admiraba la robustez de su arquitectura.
El ladrillo de esta posada, aunque estropeado y falto de reparaciones, seguía siendo sólido, y las tejas del tejado estaban mayoritariamente en su sitio.
Este podría ser un buen lugar para descansar por la noche.
—Voy a buscar un pozo —dije.
—Hierve el agua primero.
—Sí, mamá.
Había un pequeño pozo en la parte trasera.
Pero no tenía ni cubo ni cuerda. Dejé caer una piedrecita a las oscuras profundidades y no oí ningún chapoteo.
Me lamí los labios resecos. Parecía que esta noche solo podría permitirme unos pocos sorbos.
¿Quién iba a pensar que el agua sería más difícil de conseguir que la comida?
No había llovido en un tiempo, y yo no tenía nada portátil para recoger el agua si llovía.
Solo las botellas y sus pequeñas aberturas.
—¿Qué tipo de lugar habría sido este? —pregunté, señalando la estructura.
—Una posada. Una taberna. Vine aquí una vez, de camino a la capellanía con Gorgo y el maestro.
—¿Era agradable?
Se quedó callado, pero cuando llegó su voz, sonaba extrañamente feliz. Nostálgica.
—Nunca antes había oído un laúd. Las tabernas de Concord preferían otros instrumentos, y los recitales de poesía épica al son de la flauta.
Los laúdes son... eran... un instrumento de campesinos, decían.
Pero cuando vinimos aquí, los campesinos querían que el bardo tocara el laúd.
Yo había estado bebiendo. El maestro me compró una pinta de cerveza.
Fue lo primero que me compró en la vida.
Él no bebió nada. Gorgo tenía vino de Concord.
Yo no esperaba que la cerveza campesina fuera buena.
Había nacido campesino, pero vivir en los bosques como gente libre, y luego en Concord, me volvió arrogante.
Pero, cuando aquella cerveza tocó mis labios, y oí el rasgueo del laúd de aquel bardo...
sonreí. Por primera vez en mucho tiempo.
Y recuerdo haber sido... feliz. Y también lo era Gorgo...
y el maestro. Y fui feliz después de aquello... por un tiempo.
Yo había estado sentada en el borde del pozo mientras Treth contaba su historia, y sentí apenas un atisbo de humedad en mis ojos. Treth despertó rápidamente de su ensueño, y sentí que notaba mis lágrimas incipientes.
—¡Lo siento! No pretendía...
—No... es... lo siento yo.
—¿Por qué?
—Porque a veces olvido que eres una persona, y no solo una voz en mi cabeza. Debería haberte preguntado más por ti.
Él sonrió débilmente.
—Tenemos mucho tiempo para hacer eso ahora. No es que estés a punto de morir. Y yo ya estoy muerto.
Resoplé. —Claro. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Me levanté, me crujió la espalda y entré en la posada.
Olía a polvo. Olisqueé y resistí las ganas de estornudar.
Por dentro, la posada parecía bastante intacta.
Había una barra, una serie de mesas y bancos, y un escenario.
Podía imaginarme recibiendo una misión aquí de manos de un PNJ sospechoso en un juego de rol de fantasía.
—¿Es eso lo que creo que es? —preguntó Treth, con un deje de incredulidad en la voz.
Miré hacia donde indicaba. El escenario. Sobre él había un taburete y, apoyado en ese taburete, había un instrumento que se parecía muchísimo a una guitarra acústica. Por supuesto, yo sabía lo que era. He viajado mucho.
—¿Puede ser de verdad el mismo laúd? —preguntó Treth.
—Tal vez.
Los no muertos habrían devastado esta tierra antes que Concord si venían del este. Los habitantes de esta posada habrían evacuado, dejándolo todo atrás. No le dije esto a Treth.
—Por favor... —dijo—. ¿Puedes ver si todavía suena?
—No soy músico.
—Por favor.
Me acerqué al escenario, probando el suelo de madera. Era lo bastante resistente. Cogí el instrumento. Estaba polvoriento, como era de esperar. Una cuerda estaba cortada por la mitad, lo que hacía que colgara suelta en dos partes.
—Solo rasguéalo. Como una guitarra.
Treth había visto guitarras en vídeos en la Tierra. También había mencionado los laúdes entonces. No me había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que debían significar para él.
Sujeté el instrumento como se haría con una guitarra, presioné las cuerdas en el mástil y rasgueé. Para mí, el sonido fue quejumbroso, chirriante. Desafinado. Yo no estaba hecha para la música. Pero dejé que mis sentidos detectaran lo que Treth estaba sintiendo.
Tenía los ojos cerrados. Y estaba... estaba llorando.
Hice ademán de dejar el laúd. Pero sentí su decepción. Sin saber qué más hacer, volví a rasguear. No sonó nada mejor. Experimenté con el instrumento pero, sin entrenamiento ni talento, lo que salió fue una cacofonía discordante de un instrumento viejo y una intérprete sin oído.
Pero cuando paré, finalmente, Treth dijo:
—Gracias.
Dejé el laúd. Era un poco demasiado grande para llevarlo en mi mochila. Ya iba cargada con el arco y las flechas, y todavía no había tenido ocasión de usarlos. Dudaba que lo hiciera alguna vez. Dudaba que las flechas tuvieran el poder de matar no muertos. Y eso suponiendo que acertara a algo.
—Debería haber una zona de dormitorios al fondo, por esa puerta —dijo Treth, siempre el guía útil.
Abrí la puerta y vi una habitación oscura, iluminada por una pequeña abertura que proyectaba un haz de luz en el suelo del interior. Y entonces el zombi hundió sus dientes en mi muñeca.
Treth lanzó un grito. Yo no. Estaba demasiado conmocionada para hacerlo.
Sentí los romos dientes humanos desgarrar la piel, y el escozor de la sangre necro al entrar en contacto con la mía.
Mi abrigo estalló en llamas, calcinando los muebles que tenía detrás.
Pero el zombi estaba delante. Sacudía la cabeza, como un animal salvaje.
Pero yo no sentía el dolor. No realmente. Mi conmoción y mi horror lo superaban.
El zombi soltó y saltó hacia mi cuello. Pude reaccionar en ese segundo y, con la mano libre, saqué mi espada y se la clavé en la cabeza. Murió. Instantáneamente. Fácilmente. Demasiado fácil para lo que había hecho.
Solté la espada sobre el suelo de piedra con un estrépito. Yo la seguí, cayendo de rodillas.
Treth estaba en estado de conmoción. Yo también, pero un pensamiento cruzó mi mente y me arrancó de él.
Pero no.
No podía ser.
Yo no.
No después de todo esto.
No en este maldito mundo muerto. Tan lejos de casa.
No podía morir. No ahora. No así. No para convertirme en un puto cadáver andante.
Pero la sangre negra ya recorría mis venas. No me quedaría mucho tiempo. Y no iba a dejar que me vencieran así.
Saqué a Voidshot de su funda.
—¡Kat! ¡¿Qué estás haciendo?!
—¡Voy a irme a mi manera, Treth! No a la suya. Nunca a la suya. No cuando no hay nadie para rematarme.
—¡No puedes! —gritó Treth.
—¡Tengo que hacerlo, Treth! —respondí yo a gritos—. No puedo dejar que me veas así. Que te quedes atrapado siguiendo a mi cadáver. Es mejor si acabo aquí mismo. No es que vaya a volver. No es que vayamos a regresar a casa nunca. Y no puedes amar a un zombi. No querría que lo hicieras.
—Podría estar desvinculado. Puede que no sea portador de la maldición.
—¡No puedo correr ese riesgo!
Puse el cañón de Voidshot bajo mi barbilla. Nunca antes había contemplado el suicidio. Pero este parecía el modo correcto de hacerlo. Puse el dedo en el gatillo.
—Adiós, Treth.
Una lágrima asomó a mi ojo mientras apretaba. Esto era lo correcto. Por Treth. Por mí.
Oí el estallido y abrí los ojos. El humo de la pólvora flotaba en el aire justo frente a mí. ¿Cómo podía haber fallado?
—¡No puedo dejar que te mates, Kat! —lloró Treth.
Retiré el arma, ignorándole mientras sentía que el escozor aumentaba en mi brazo. Pero mi brazo no se movía.
—Lo siento mucho, Kat —sollozó. Sonaba forzado. Como si estuviera empujando un coche él solo.
Pero yo no podía mover el brazo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté con voz ronca.
—No puedo dejar que... no puedo... lo siento.
Antes de que pudiera reaccionar, me golpeé a mí misma en la cabeza. Y se hizo la oscuridad.
Me desperté con el sonido de los pájaros. Algo que no había oído antes en Avathor. También me desperté con un dolor de cabeza atroz y una pistola en la mano. Mi espada ensangrentada yacía junto a un zombi muerto.
Y recordé.
Me desperté del todo con un sobresalto y me toqué, esperando encontrarme convertida en no muerta y deseando carne humana.
Pero no lo estaba. Estaba viva. Y, aunque tenía hambre, no era de carne humana. Cualquier carne, o algo que no fuera carne, serviría. Me miré la herida del mordisco. Estaba roja y la herida en sí era negra.
—Estaba desvinculado —dijo Treth—. Sin nigromante. Sin maldición. Pero deberías lavarla antes de que se infecte. Ha llovido durante la noche.
Me levanté, aturdida, y salí fuera a trompicones.
Unos pájaros que parecían anteojitos se bañaban en un bebedero ahora lleno.
Me acerqué a ellos arrastrando los pies y se retiraron, piando enfadados.
Sumergí el brazo en el agua y froté. La herida era superficial.
No había alcanzado ninguna arteria. Apenas me había desgarrado la piel.
—Por favor... no vuelvas a hacer eso nunca —dijo Treth, con fuertes dejes de enfado, trauma y tristeza en la voz.
—No lo haré —grazné, antes de beber un poco de agua con el cuenco de la mano. Estaba solo un poco sucia. Y me acababa de morder un zombi. Podría vivir con un poco de disentería. O no. Debería tener más cuidado.
—¿Cómo —me froté la cabeza, notando un bulto— hiciste eso?
—Yo... —parecía sentirse culpable—. No lo sé. Es solo que... cuando hiciste eso, lo único que pude pensar fue en agarrar tu brazo. Para detenerte. Así que... lo hice.
—Pero tú no tienes cuerpo... no a menudo, al menos.
—Creo... creo que te controlé.
Aquello me produjo un escalofrío por la espalda.
—Treth... por favor, no vuelvas a hacer eso.
Sentí su culpa, pero pronto se convirtió en enfado.
—¡¿Qué se suponía que debía hacer?! ¡Maldita idiota! Estabas intentando matarte.
—¡Porque pensé que lo había perdido todo! —le grité yo.
—Te pusiste esa pistola en la cabeza. Estabas a punto de acabar con todo. ¿Para qué? ¿Por la remota posibilidad de que este puto zombi todavía tuviera la maldición en su sangre? ¿Aun cuando ni un solo otro no muerto ha infectado a nadie desde que llegamos aquí?
—¿Cómo iba yo a saberlo? ¡No... no podía permitirme llegar a ser como ellos, Treth!
—¿Así que morirías? ¿Te suicidarías por la mínima posibilidad de convertirte en zombi?
—No... no lo sé.
Me desplomé en el suelo, rodeándome la cabeza con los brazos. Voidshot colgaba de su cadena, recogiendo suciedad tras de mí. No la había enfundado. No quería ni mirarla.
—Cuando me mordió... todo lo que vi fue a ti mirándome, vagando por esta posada. Para siempre. Y... no podía hacerte eso...
—Kat...
—No... escúchame. Porque rara vez soy honesta emocionalmente.
Y creo que la razón por la que estaba lista para terminar con todo era porque no podía hacerte pasar por eso.
No sé si te quiero de esa manera. Te quiero como a un amigo.
Como a un hermano. Como a mi mejor amigo.
Pero... puede que llegue a amarte de la forma que a ti te gustaría...
Olfateé. —Eres todo lo que me queda, después de todo.
Finalmente, los pájaros consideraron que yo no era una amenaza probable y bajaron volando para reanudar su baño. Permanecí sentada durante una eternidad, hasta que me puse en pie y reemprendí mi viaje.