12. La marcha
La marcha
—¿Así que los elfos construyeron este lugar? —pregunté, estudiando la torre blanca cubierta de maleza junto al camino—. ¿Qué les pasó?
—Ellos... desaparecieron... —respondió Treth, vacilante. Respondió demasiado rápido y tropezó con sus palabras. Treth era un mal mentiroso.
—¿Qué ocurrió de verdad? —pregunté, arqueando las cejas con aire inquisitivo.
Treth suspiró.—Esto sucedió mucho antes de que yo naciera... pero los humanos... los aniquilaron.
Permanecí impasible durante unos instantes y luego, de forma inapropiada, estallé en carcajadas. Conmocionado, Treth añadió con incredulidad:
—¿Qué tiene tanta gracia? Mi pueblo cometió un genocidio. Y perdimos algo hermoso.
A pesar de saber lo inoportuna que era mi risa, solo pude responder después de un rato.
—Lo sé, lo sé —logré detenerme—. Es que... actúas como si fuera algo de lo que solo tú debieras avergonzarte. ¿Es que no has prestado atención a la historia de la Tierra?
—Un poco.
—Entonces deberías saber que mis antepasados, y todos los humanos, tenían la costumbre de asesinar a quienes no les gustaban.
Por el color de piel, el nombre de su amigo imaginario, derechos de propiedad...
se ha matado a tanta gente por tantos motivos estúpidos.
Avathor no es un caso único. En todo caso, aniquilar a los elfos los hace aún más humanos.
Mi cerebro lógico no odiaba a los elfos, pero saber que los elfos de Nuevo Sintar habían matado a mi tía me hacía sentir cierto amargor.
Pero, obviamente, no me regodeaba en este genocidio histórico.
No soy una mala persona. Al menos, espero no serlo.
Pero estudié historia. Para citar a una de mis personas menos favoritas: «Una única muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística».
Por muy perversa que fuera la cita, resultaba algo acertada. Los humanos dejaban de preocuparse cuando la cifra de la que se hablaba crecía demasiado. Demasiado vasta para comprenderla. Cuando pasan mil años, un millón de muertes parecen simplemente un cuento de hadas oscuro.
Si me esforzara lo suficiente, posiblemente podría lamentar las muertes de esas personas de otro mundo y otra época pero, ahora mismo, me resultaban más ajenas que las víctimas de los mongoles o los cartagineses tras la Tercera Guerra Púnica.
—No deberías tomártelo a broma —dijo Treth, tajante.
—No lo hago. Me río de ti.
—¿Por sentirme culpable por lo que hizo mi pueblo?
—¿Mataste tú a algún elfo?
—No... pero...
—Nada de peros. Tú no mataste a ningún elfo, del mismo modo que yo no maté a ningún bizantino durante el saqueo de Constantinopla.
—Referencia vaga... pero ¿es realmente la forma correcta de verlo? No eran solo humanos, procedían de este valle. Mi valle. Mi país.
—Pero no eran tú. Los pecados del padre mueren con el padre.
—¿Aunque los efectos perduren?
Ya no me reía mientras estudiaba la torre blanca.
Su estructura, bajo las enredaderas, parecía seguir siendo resistente.
Me pregunté por qué ningún humano la había reformado para su uso.
Sin embargo, no prestaba demasiada atención a la ruina.
Había otras como ella. Tras días de viaje, posiblemente más de una semana, había cruzado docenas de aldeas, pasado por delante de casi tantos castillos, y dejado atrás acueductos, templos, santuarios y estructuras indescriptibles.
La novedad de este mundo de alta fantasía se estaba desvaneciendo.
Y para ser dolorosamente honesta, solo quería volver a casa.
Con suerte, Lady’s Wake tendría algo para hacer mi vida aquí menos deprimente.
—No fuiste tú, Treth —susurré. Continué antes de que pudiera interrumpirme—.
No deberíamos estar orgullosos de lo que no hicimos nosotros mismos.
Y tampoco deberíamos sentirnos culpables por lo que no hicimos.
No somos nuestro pueblo. Somos individuos.
Y aunque seas un avathoriano, eres Treth primero.
Y el Treth que yo conozco no mató a ningún elfo.
Silencio. Él reflexionó sobre ello y sentí los engranajes girar dentro de su mente etérea. Finalmente, asintió. Seguimos camino abajo, hacia el este, en dirección a Lady’s Wake.
—¿Cuánto más crees que tardaremos?
—A caballo se tarda una semana —respondió—. Así que, ¿el doble?
—Espero que no nos perdamos.
Sentí que se ponía rojo y que hinchaba las mejillas.
—¿Con quién crees que estás hablando? ¡Este es mi mundo! No me perderé.
—Ya, ya. Recuérdame que te diga eso la próxima vez que nos quedemos atrapados en los suburbios...
Mi voz se apagó al darme cuenta de que, con toda probabilidad, nunca volvería a ver los suburbios.
Treth también detectó el error. Se palpaba la tensión en el aire mientras yo permanecía en silencio, caminando por esta antigua calzada, hacia una montaña que ni siquiera alcanzaba a ver en el horizonte.
—Kat... —comenzó Treth, y el tono de su voz era uno que rara vez usaba. Su tono sincero. El de aquel Treth adolescente que murió demasiado joven. No el del tipo que fingía ser un gurú de las artes marciales—. Lo siento.
—¿Por qué? —pregunté, simplemente.
—Porque... esto no es la Tierra.
—¿De qué acabamos de hablar? No te culpes por cosas que no hiciste, a menos que sí hayas hecho esto, en cuyo caso te voy a leer la cartilla seriamente.
Intenté reírme entre dientes en la última parte. Fracasé.
—No lo hice —dijo Treth, confirmando lo que yo ya sabía—. Pero aun así me siento culpable.
—¿Por qué?
—Porque, cuando me di cuenta de que esto era Avathor, incluso estando muerto... me di cuenta de cuánto lo echaba de menos. Y de lo feliz que estaba por volver a casa.
Como los perros de Concord. Por muy desagradable que fuera, el hogar era el hogar.
—No te sientas culpable. Este es tu hogar. Es comprensible.
—Pero estamos lejos del tuyo...
—Y tú estabas lejos del tuyo. Ahora estamos en paz.
—No me parece que estemos en paz... —masculló.
Suspiré. Estaba de acuerdo con él, aunque fuera un poco egoísta por mi parte. No me parecía justo. Pero la vida no era justa. Para ninguno de los dos.
—Pero si la vida fuera justa —dije en voz alta—, nunca nos habríamos conocido.
—Bueno, entonces me alegro de que sea injusta.
—¿Ah, sí, Treth? ¿Crees que conocerme valió la pena morir?
—Yo... no lo sé. Pero lo que sí sé es que he estado contigo durante los últimos... ¿cuatro años ya? Y...
Bufé, interrumpiéndolo. —Eso me suena a síndrome de Estocolmo.
—No, Kat. No creo que lo sea. O bien sabía lo que era el síndrome de Estocolmo o bien estaba ignorando el comentario.
Sabía que amaba a Gorgo. La amaba por su generosidad.
Por su amabilidad. Por su lealtad y su sentido del deber.
Pero también por la forma en que no me dejaba pasar ni una. Pero siempre me perdonaba después...
—Y por eso amabas a Gorgo...
—Pero... también sé por qué te amo a ti...
Mis mejillas estaban rojas. Por una vez, en mucho tiempo, quería callar a Treth. Pero no me malinterpretéis. No es porque me cayera mal. Es solo que no se me dan bien estas cosas.
—Tu valentía, tu dedicación, tu perseverancia.
Solo son algunas cosas... Dije una vez que, si tenía que ser un parásito fantasmal, me alegraba de que fuera contigo.
Y sé que no siempre soy el mejor compañero pero, a pesar de todos mis desacuerdos contigo y de que sigo desconfiando de la Necro...
Candace..., sigo admirándote. No... amándote.
Se detuvo y pareció jadear, aunque no necesitaba respirar. Semejante confesión debía de haberle pasado factura incluso a él. A mí creo que me mataría.
—Treth... —comencé, pero me interrumpió un estruendo. Como un terremoto. No, una estampida. Pero no sonaba a animales. Y no olía a algo vivo.
El estruendo venía de justo delante, tras el borde de un acantilado. Me agaché, como si estuviera acechando en un videojuego, y avancé hasta el borde, ocultándome tras un arbusto. Asomé la cabeza entre la maleza y casi me quedé sin aliento.
Un mar.
Un mar de zombis.
La pestilencia subía hasta la cima del acantilado mientras una colosal horda de zombis pasaba por debajo, marchando al unísono.
Vestían un conjunto variopinto de ropa, a juego con la diversidad de sus estados de putrefacción.
Vi aberrantes y abominaciones entre ellos.
Algunos estaban armados, otros no. La mayoría parecían civiles.
A casi todos se les había caído la ropa o se les había podrido.
Los soldados no muertos llevaban armaduras marcadas por el óxido, prueba de su antigüedad a la intemperie.
A los zombis no se les daba bien mantener armas y armaduras.
—El ejército de los muertos —siseó Treth. Todo rastro de su intensidad emocional y su confesión se había esfumado. Toda ternura olvidada. Estaba lívido. Bullendo con una rabia que rara vez le había oído en su voz.
—¿Cómo puede mi mundo estar muerto y ellos seguir aquí?
Soltó un improperio, una palabra que yo sabía que era una maldición pero que no existía en la Tierra. Nunca se la había oído decir. Sin embargo, transmitía una angustia y una ira incomparables con cualquier palabrota terrenal.
—Son... incontables... —susurré.
—Es mi gente. Esclavizada. Si tan solo fuéramos hechiceros. Si tan solo tuviéramos esas bombas que usa Brett. Necesitan ser liberados. Encontrarse con Morrígan en su tierra más allá del Intermedio. No esta... semimuerte. Esta corrupción.
Si tuviera cuerpo, creo que estaría llorando mientras apretaba los dientes.
Yo solo podía observar. No intenté contarlos. Sería como contar las gotas de agua de un río. La horda bullía, siguiendo el cañón hacia su próxima comida. Levantaban tierra, creando una niebla de un negro acre. No sabía qué los guiaba. ¿Un nigromante? No. Parecían demasiado desorganizados para eso.
Era algo más.
Algo que había visto en las turbas de zombis solitarios allá en la Tierra, aunque fueran más pequeñas que esta.
Los no muertos compartían algún tipo de conexión.
Y, como animales de manada, formaban vínculos para trabajar hacia su objetivo mayor.
Y, en cierto modo, una turba lo bastante grande —una horda— podía formar algo parecido a una mente de colmena.
Por suerte, nunca me había enfrentado a nada parecido en la Tierra. Los Cruzados necesitarían toda la ayuda posible para poder hacerlo. No estoy segura de que los Cruzados, Puretide y Drakenbane puedan manejarlos fácilmente incluso estando unidos.
Mi cuerpo empezó a entumecerse y la luz se atenuó mientras la horda pasaba. Pero, afortunadamente y al cabo de un tiempo, la horda menguó hasta quedar solo unos pocos rezagados. Pasaron goteando y el estruendo cesó. El suelo bajo sus pies había quedado destrozado y removido como por una azada.
Treth echaba chispas de rabia. No podía culparlo.
—Al menos no vamos hacia el sur —dije. Él no lo vio como ningún consuelo.
Yo era mucho más pragmática que Treth. Aunque odiaba lo que este ejército de los muertos había hecho y representaba, si podía evitar que fuera mi problema, tanto mejor.
—Es que... es tan injusto... —dijo— que ellos puedan vivir en esta semivida, mientras todos los demás están muertos. Y yo no pude hacer nada...
—Lo sé, Treth. Lo sé.
Me dirigí hacia el norte bordeando el acantilado, hasta que encontré el paso hacia el otro lado. La entrada al cañón aún olía a no muertos. Habían dejado atrás algunos miembros y jirones de carne. Maravilloso...
Revisé los restos en busca de provisiones y, al no encontrar nada, continué hacia el este.
Treth no volvió a mencionar su confesión. Me alegré de ello. Porque si lo hubiera hecho, no habría sabido qué responder. No porque no amara a Treth, sino porque no sabía si estaba enamorada de él.