7. El hogar
El hogar
Oír que tu hogar ha desaparecido no se puede comparar con confirmarlo con tus propios ojos.
Uno siempre puede aferrarse a la remota esperanza de que los rumores sean falsos.
De que los aliados que dejaste atrás mantendrían La Línea.
Y de que al menos algo de lo que conociste habría sobrevivido.
No sabía si Treth se había aferrado a alguna esperanza.
Pero parecía que sí. Incluso en la muerte…
seguía aferrado a que algo de lo que conoció seguía vivo.
Y no había nada que pudiera decirle para que se sintiera mejor ahora que sabía que se había equivocado.
¿Cómo consuelas a alguien que ha perdido su mundo?
Sin nada más que hacer en este mundo muerto, me dirigí hacia las puertas de Concord. La caminata se me hizo eterna, haciéndome rememorar una época de coches y bicicletas, y tuve que detenerme justo cuando las puertas de la ciudad aparecieron a la vista.
Jadeé, mirando fijamente a mi sombra. Su longitud indicaba la hora del día, si es que la atenuación del sol no lo había hecho ya.
Miré hacia la ciudad. Sus agujas de color gris piedra y blanco se alzaban sobre las gigantescas murallas de piedra.
Era un baluarte sólido y sin vida. No había luces ni signos de movimiento.
Solo la inquietante sensación de vacío. Contemplé la ciudad muerta y sentí una intensa soledad.
Consideré hablar con mi afligido amigo, pero no sabía qué decir.
Toda la solemne desesperación que sentía al mirar a la difunta Concord la sentiría centuplicada para aquel que había vivido en ella antes de su final.
A lo lejos, el sol poniente proyectaba una larga sombra desde la puerta de la ciudad y las murallas que aún seguían en pie.
A pesar de que algo de liquen se aferraba a los muros, seguían siendo sólidos.
Sin brechas. Sin ladrillos faltantes. La gente de Concord, el pueblo de Treth, desde luego sabía construir.
Si esto fuera una construcción de Hope City, se habría derrumbado mucho antes de que el musgo se planteara siquiera adherirse a ella.
Consideré entrar en la ciudad en ese momento.
Pero algo sobre la oscuridad de una ciudad desconocida por la noche, sin electricidad para iluminar mi camino y en un mundo desprovisto de vida, me hizo dudar.
Inspeccioné el horizonte y divisé una casa pequeña.
Al observarla más de cerca según me aproximaba, decir casa era una exageración.
Debió de ser un establo en algún momento.
Algunas de las vigas de madera que sostenían el tejado se habían desplomado, pero había una sección de piedra que aún era sólida.
Probablemente el almacén, en tiempos. Entré en la boca de lobo del interior, dejando que mi abrigo iluminara el camino.
La habitación estaba vacía de todo. Solo un suelo de arcilla lisa, con hendiduras en algunos puntos.
Asomé la cabeza fuera del edificio hacia la propia Concord por última vez, y en la oscuridad que descendía rápidamente, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Parecía como si algo me estuviera observando.
Deseché la idea. No había nada allí. Y si hubiera algún no muerto vigilándome, lo habría visto cargando hambriento por los campos para llegar hasta mí.
Los no muertos eran simples. Tenían patrones.
No tenía por qué temerles. Sabía cómo matarlos.
Lo que daba mucho más miedo que los no muertos era la posibilidad de que algo más me estuviera mirando desde las sombras de la ciudad que se oscurecía.
Volví al interior del establo en ruinas y divisé un viejo tablón de madera podrida del tamaño del umbral.
Lo levanté y lo coloqué para bloquear la entrada.
Mi abrigo solo era capaz de proporcionar un tenue resplandor naranja a la habitación.
Me quité la mochila y saqué una raíz comestible para masticar.
Sabía a tierra, a pesar de que la había lavado a conciencia.
El silencio continuó, roto solo por el sonido casi distante de mis masticaciones.
Finalmente, el sol se rindió por completo, dando paso a la noche.
Y mi abrigo zumbó, deseando dormir. Preparé mi mochila como almohada, echando de menos mi cama allá en la Tierra, y cerré los ojos.
—Es extraño —dijo Treth antes de que me quedara dormida. Me desperté al oír su voz—. Pensaba que todos estaban muertos.
Hizo una pausa. Su voz sonaba vacía. Como si ya lo hubiera llorado todo. Negó con la cabeza.
—Pero parece que no me lo creía de verdad… hasta ahora.
Quise decirle que tal vez todavía estuvieran por ahí.
Que este tal vez no fuera un mundo muerto.
Que todavía había esperanza. Pero estaba demasiado cansada.
Y no me apetecía mentirle. Treth volvió a guardar silencio y yo me entregué a un sueño incómodo, sintiendo la mirada vigilante de monstruos desconocidos a mi espalda.
Por las puertas de Concord podría haber pasado un autobús de dos pisos.
¡La abominación de Candace habría cabido fácilmente!
Por suerte para mí, las puertas de la ciudad estaban abiertas de par en par.
Sospeché que cualquier nigromante que hubiera eliminado a la población de la ciudad se aseguró de que las puertas estuvieran abiertas para que su ejército pudiera entrar y salir a su antojo.
Esperaba que dicho ejército y el nigromante ya no estuvieran presentes.
—¿Recuerdas la ciudad, Treth?
Él vaciló.
—Si no ha cambiado demasiado…
El cambio significaba matanza. Asedio. Destrucción. Esperaba, por el bien de Treth, que la ciudad hubiera sido evacuada pacíficamente. Lo dudaba, pero no quería que mi amigo sufriera más.
Al entrar en la ciudad, no vi señales de muerte.
Pero en cierto modo, eso me inquietó más.
No ayudaba el hecho de que seguía sintiendo que algo me observaba.
Pero, con todas esas ventanas vacías, torres distantes y aspilleras en las murallas, por supuesto que me sentía inquieta.
La falta de cadáveres también era de esperar.
Los no muertos no dejaban rastro. Lo que no era reanimado, era devorado hasta la médula ósea.
Al menos los no muertos rara vez dejaban que algo se desperdiciara. Menudos ecologistas.
En su día había jugado a algunos juegos de fantasía medieval con Trudie.
Un juego tenía una ciudad muy detallada, con calles empedradas, casas con tejados de paja, paredes encaladas y una variedad de puestos de mercado.
Esta ciudad no era así. En lugar de adoquines redondeados, las calles eran de baldosas lisas.
Como si caminara por una calle moderna. ¡Pero incluso más lisas!
Como azulejos de cocina, incluso. Y las casas no eran de paja.
Eran sólidas obras de piedra. Alisadas y formadas a la perfección.
Unas pocas casas parecían haber sido talladas en una sola roca sólida.
No había nada parecido en la Tierra que yo conociera.
Excepto, tal vez, la ciudadela. Ese edificio fue tallado de una sola piedra.
Pero, mientras que esto parecía roca natural, la roca de la ciudadela parecía mucho más de otro mundo.
Si los estudiosos estaban en lo cierto, la ciudadela había sido traída desde más allá del Intermedio, desde un reino desprovisto de lógica humana.
—Los Muevenubes construyeron estas casas —explicó Treth, con la voz todavía sombría pero con un poco de energía mientras intentaba recobrar el entusiasmo para darme un recorrido por su ciudad—.
Esta ciudad fue una vez parte de la falda del Monte de la Serpiente, pero fue tallada poco a poco para unirse al campo de abajo.
Así se cuenta. No sé cuántas almas vivían aquí en mi época.
Pero eran muchas. Sin embargo, la ciudad nunca estuvo superpoblada.
Tan enorme era la ciudad que construyeron los antepasados, que nunca hubo necesidad de construir asentamientos fuera de las murallas.
Concord era un baluarte sólido, que defendía a todos los de dentro. Al menos… eso era lo que debía ser.
Imaginé tal hazaña en la Tierra. ¿Tenía la Tierra geomantes lo suficientemente poderosos como para tallar una ciudad en una montaña?
Tal vez sí, pero la construcción moderna era simplemente más eficiente.
¿Qué aspecto habría tenido la Tierra si hubiera tenido magia mil años antes?
¿Estaría mejor o peor? Eran temas académicos que me resultaban interesantes, pero no tenía papel ni portátil para tomar nota de ellos.
Mi ensayo sobre el tema tendría que esperar. Tal vez para siempre.
—¿Recuerdas este lugar? —pregunté.
Él pareció echar un vistazo alrededor.
—Está bien conservado. Pero claro, era de esperar. Concord no fue construida para ser destruida. Este camino debe de ser la Calle del Mercado. Sigámoslo.
—¿Al mercado?
—No en esta época del año… o ya no… supongo. Pero es una plaza abierta. El centro de este distrito.
Caminé lenta y contemplativamente por la Calle del Mercado, subiendo una ligera pendiente y pasando por más casas talladas en una montaña ahora inexistente.
Aunque antes no había visto pruebas de violencia, empecé a notar sutiles irregularidades en esta ciudad muerta.
De la madera que sobrevivía, mucha había sido partida, carbonizada y astillada.
Algunos cristales habían sido destrozados.
Y en algunos lugares, noté que la cantería gris oscuro era más oscura en parches moteados, donde la lluvia nunca habría lavado la sangre seca.
No le señalé estas señales a Treth. Estoy segura de que él mismo las vio. E incluso si no fuera así, no quería recordarle el destino de su mundo. Seguro que ya se encargaba él mismo de eso.
Consideré explorar las casas en busca de suministros, pero la inquietud de Treth solo exacerbaba la mía. Me conformaba con que él fuera mi guía. Y todavía tenía suficientes suministros para sobrevivir antes de necesitar buscar en estas casas llenas de peligros desconocidos.