Capítulo 10 #5
La criatura, ajena por completo al terremoto que había provocado, se había dormido ya, espléndida y oscura, en su mantita rosa, desmintiendo con su sola y rotunda existencia la versión que toda la familia había dado por cierta durante nueve meses de murmullos.
Y en medio de ese silencio espeso, cuando la tensión era tan grande que se oía el zumbido de las luces, se abrió la puerta de la habitación.
Entró un muchacho. Alto, de hombros anchos, moreno oscuro, de sonrisa amplia y blanquísima, con el cabello en dreadlocks recogidos hacia atrás, vestido con sus mejores ropas de domingo y cargando un arreglo floral hermosísimo, exagerado,
de esos que cuestan en una clínica lo que cuesta una semana de sueldo.
Se detuvo un instante en el umbral, buscó con los ojos entre las caras pálidas y desencajadas, y al encontrar a Camila se le iluminó la cara entera de pura alegría.
—Buenas tardes a todos —dijo, con una cortesía cálida y educada que en ese cuarto sonó como un trueno—. Vengo a conocer a la bebé.
—¿Y usted quién es, joven? —preguntó don Giuseppe, con la voz cavernosa del patriarca que ya presiente la avalancha pero todavía no la ve.
—Mucho gusto, señor. —El muchacho dejó el arreglo en la mesita con un cuidado tierno—. Soy amigo de Camila. Buenos amigos. Trabajo en el Vértigo, ¿lo conocen? La discoteca. Yo soy el de la puerta. Nos conocemos de ahí desde hace tiempo, Camila y yo.
El Vértigo.
La discoteca.
Y entonces, despacio, como un amanecer espantoso que va aclarando un paisaje que nadie quería ver, la cuenta que ningún italiano de la familia había logrado hacer se hizo sola, simultánea, en todas las cabezas a la vez.
Los ojos de todos viajaron del muchacho a la cuna, y de la cuna al muchacho, comparando la negrura del uno con la negrura espléndida de la otra, atando por fin el cabo que había estado suelto durante nueve meses delante de sus narices.
Doña Elvira soltó un gemido, se le aflojaron las piernas y tuvo que sentarse de golpe en la silla del rincón, abanicándose con el rosario y pidiéndole aire a todos los santos calabreses.
Don Giuseppe palideció bajo su bronceado eterno, agarrándose del barandal de la cama.
Paola se llevó las dos manos al pecho, abrió la boca y no le salió ni una palabra.
Y todos los presentes, uno por uno, en oleadas, fueron entendiendo la magnitud sísmica del asunto: que mientras medio mundo de cuernos lloraba y juraba y se persignaba creyendo que la bebé era el fruto de Alberto, la calladita de Camila, la hija menor,
la que en toda esta historia había parecido la víctima inocente, la muchacha a la que todos compadecían, había tenido lo suyo por su propia cuenta, en su propio terreno, con el portero de la discoteca, sin que nadie, jamás, ni por un segundo, sospechara absolutamente nada.
Camila no dijo una sola palabra. Recibió el arreglo floral, le dedicó al muchacho una sonrisa serena, dejó que él se asomara embelesado a la cuna a mirar a su hija, y después levantó la vista hacia su familia desmayada, pálida y boquiabierta con una calma nueva, una calma de reina,
la serenidad absoluta de quien acaba de demostrar, sin alzar la voz, que era de todos los habitantes de este mundo de cuernos el más insondable de los misterios.
La más callada. La más astuta. La más cabrona.
La que había engañado hasta en su propia tragedia, la que se había guardado el as más grande de la baraja debajo de la lágrima, y se salía con la suya, ahora, delante de todos, sin despeinarse.
* * *
De Félix nunca más se supo gran cosa, salvo que le iba bien en Monterrey. Y de Alessandro se supo que estaba allá también, en la misma ciudad, aunque la familia, fiel a su talento para no ver lo que estorba, nunca terminó de preguntarse con quién.
Valentina, un año después, había estado un par de veces con Marisela, reencontrándose, tanteando, pero sin decidirse a volver fijo con ella.
Decía que quería experimentar otras facetas de su vida primero, conocerse, no atarse todavía.
Quizás era verdad. Quizás era solo el eco de aquel dolor de Bruno que no terminaba de cicatrizar.
Quedó, como tantos, en el limbo de los que saben lo que quieren y no se atreven a tomarlo, posponiendo la única decisión que la haría feliz.
Cesare y Annamaria seguían en Italia con Lucía, ajenos por completo a toda la masacre sentimental que habían dejado atrás, empezando de cero en la tierra de los abuelos, convencidos de haber escapado a tiempo. Y en cierto modo era verdad: fueron los únicos que escaparon.
* * *
Y Alberto.
Alberto vivía feliz. Esa era la verdad última y más cruel de toda esta historia: que el hombre más culpable de todos, el corneador mayor, el que había engañado a su mujer, a sus amigos, a la hija de sus amigos, terminaba siendo el único que dormía sin una sola culpa,
porque se las habían borrado todas de un golpe.