Capítulo 10 #4
El semen caliente le cayó en los labios, en la mejilla, en el párpado cerrado. Yolanda no se movió. No se limpió. Se quedó allí, inclinada sobre el pupitre, respirando hondo, sintiendo cómo el líquido escurría por su rostro mientras Hermes recuperaba el aliento a su lado.
Él le acercó un pañuelo de papel. Ella se limpió despacio, con los dedos temblorosos. Se abotonó la blusa como pudo —se bajó la falda, se pasó la mano por el pelo revuelto. Y cuando estuvo presentable, lo miró.
—¿Ahora qué? —preguntó Hermes, con la voz todavía ronca.
—Ahora —dijo Yolanda, y esbozó una sonrisa que era casi feliz—, ahora vuelvo a mi casa. Mi marido me espera con la cena puesta. Y no recuerda que tiene algo que perdonarme.
La rueda había dado la vuelta completa. Y nadie, salvo el narrador y usted que lee, se daba cuenta.
***
Por su parte, Paola recibió de nuevo a Daniel, al Daniel ejemplar, al hombre convertido en padre dedicado y esposo presente, y por un tiempo la casa de Las Lomas tuvo el aire engañoso de las familias que se recomponen.
Por un tiempo. Porque un mes, más o menos, fue lo que aguantó la redención.
Pasó una tarde en que Frank, fue contratado para un evento en la Villa Romana.
Terminó pasada la medianoche, cuando la última copa se había secado y el último rumor se había disuelto en el aire frío de la madrugada.
Paola, que había estado supervisando cada detalle desde la barra, lo vio salir por la puerta de servicio y sintió algo removérsele adentro.
Se ofreció a llevarlo a su casa. "Me queda de camino", mintió, y ninguno de los dos creyó la mentira.
—¿Cómo está Sara? —preguntó Paola mientras el coche rodaba por las calles vacías. La voz le salió neutra, casual, como si de verdad le importara la respuesta. Como si no estuviera recordando, con una claridad obscena, la última vez que sus manos habían estado sobre el cuerpo de Frank.
—Todo bien —respondió él, y la miró de reojo. Esa barba de tres días, esa forma de mirar sin prisa, esa llaneza suya que no pedía permiso para existir. Paola sintió un calor que no tenía nada que ver con la calefacción del coche.
Lo extraño, pensó. No debería, pero lo extraño.
El semáforo en rojo la obligó a detenerse.
El silencio dentro del coche se hizo denso, pesado, eléctrico.
Paola giró la cabeza hacia él. Frank ya la estaba mirando.
No hizo falta hablar. Fue ella quien se lanzó primero, cruzando la distancia que los separaba como si el coche se hubiera encogido de repente.
Sus labios encontraron los de él con hambre de semanas acumuladas, con una desesperación que ella jamás habría admitido en voz alta pero que su boca traicionaba beso a beso.
Frank le devolvió el beso con esa calma suya que a Paola le volvía loca. Él no tenía prisa. Sabía, como los buenos amantes saben, que ella terminaría dictando el ritmo. Y así fue.
Paola se apartó apenas para respirar. Miró hacia atrás, hacia el asiento vacío. Luego a Frank.
Manejó hasta encontrar un hotel de paso cuya existencia los dos parecieron descubrir con la misma fingida sorpresa.
Ya en la habitación, con la luz encendida —porque Paola ya no necesitaba la oscuridad de la mantelería para reconocer lo que quería—, ella lo empujó contra la cama.
No quiso rodeos. No quiso palabras. Sus dedos, ágiles y seguros, le bajaron el cierre del pantalón mientras lo besaba en la boca, mordiéndole el labio inferior.
Frank gimió contra sus labios. A Paola le recorrió la espalda un escalofrío de poder.
Bajó. Sin dejar de mirarlo a los ojos —quiero que veas quién hace esto, decía su mirada—, se llevó su miembro a la boca.
Sintió su peso en la lengua, su calor, su latido.
Escuchó el jadeo de él, ese sonido ronco y roto que la enardeció más que cualquier declaración de amor.
Lo movió adentro y afuera, despacio al principio, después más rápido, mientras con una mano acariciaba lo que no cabía en sus labios y con la otra se sostenía contra él.
El placer de Frank era un músculo que ella podía tensar y aflojar a voluntad.
Y eso, esa obediencia del cuerpo de él al suyo, era más adictivo que cualquier droga.
Cuando sintió que él estaba cerca, se apartó. Lo besó otra vez, esta vez con dulzura, con crueldad. Y luego, en un solo movimiento fluido, se montó encima de él.
—Así —susurró Paola, y él obedeció sin saber a qué.
Ella llevaba una falda negra, ancha, cómplice.
No tuvo que desnudarse del todo. Solo apartar la tela, inclinar la cadera, y hundirse.
Frank entró en ella con una facilidad que a Paola le pareció milagrosa, como si sus cuerpos hubieran sido diseñados el uno para el otro sin pedir permiso a sus dueños.
Esto es mío, pensó Paola mientras empezaba a moverse, arriba y abajo, adelante y atrás, encontrando el ángulo exacto que la hacía gemir con los dientes apretados. Este momento es mío.
Lo cabalgó con una furia silenciosa. Él le sujetaba las caderas con sus manos grandes, morenas, de mesonero trabajador, y ella se dejaba guiar solo cuando le convenía.
Besaba a Frank mientras cabalgaba, metiéndole la lengua, riéndose contra su boca cada vez que él intentaba tomar el control y ella se lo negaba.
La cama crujía en compás. La cabecera golpeaba la pared.
Paola sentía cómo él se endurecía más dentro de ella, cómo su respiración se volvía un jadeo húmedo y roto, cómo sus dedos se clavaban en su carne pidiéndole clemencia o más castigo, ella ya no sabía cuál de los dos.
—Ahora —ordenó ella, aunque él no necesitaba permiso.
Frank se corrió dentro de ella con un gemido ahogado contra su cuello, y Paola sintió el calor líquido expandirse, sentirlo llenarla, y por un instante —un instante ridículamente breve— creyó que así, solo así, podía dejar de ser quien era y convertirse en otra.
En una que merecía esto. En una que no tenía que rendir cuentas.
Cuando todo terminó, Frank se puso la camisa con esa formalidad suya de empleado que acababa de prestar un buen servicio. Pero sus manos temblaban un poco al abrochar los botones. Y eso, ese pequeño temblor. Y los dos supieron, sin decirlo, que esto no había sido la última vez ni mucho menos.
Y como en este mundo nadie se conforma con un solo pecado, se cuenta —porque estas cosas se cuentan, en las cocinas, en los pasillos— que Paola tuvo además, por esa misma época, una aventura simultánea con Bruno, el amable proveedor de vinos,
el mismo muchacho paciente como el agua que ya había pasado por la cama de Marisela.
De modo que Paola, la más controlada de todos, la que al principio de esta historia despreciaba a Alberto y se creía por encima del desorden, terminó siendo tan voraz como cualquiera de los hombres que la rodeaban,
llevando dos amantes jóvenes en secreto mientras en su casa el marido redimido honraba una fidelidad que ella había dejado de practicar.
* * *
Un año después, el restaurante seguía oliendo a café recién hecho a las once de la mañana, porque hay cosas que no cambian aunque el mundo entero se reacomode debajo de ellas.
Denisse había estado todo ese año al pendiente de Camila, fiel como una sombra, sosteniéndola en el embarazo con una lealtad que solo Camila y el narrador entendían del todo, porque solo ellos sabían que esa lealtad tenía raíces más viejas y más enredadas que una simple amistad.
Y la amistad de Denisse con Paola se había recompuesto: la madre nunca supo la dimensión exacta de lo que Denisse calló, y Denisse cargó ese pedazo en silencio, como cargaba ya tantos.
Con el tiempo, Denisse conoció a un empresario italiano de visita en la ciudad, se enamoró o algo parecido, y se regresó a Italia a vivir con él, llevándose sus secretos en la maleta, lejos, donde no pudieran hacer ruido.
Pero lo asombroso del año, lo que dejó a toda la familia con la boca abierta, fue el asunto del bebé.
Porque medio mundo de cuernos juraba —con el morbo bajito de las cosas que no se dicen pero se saben— que la criatura que Camila esperaba era de Alberto.
Era el secreto a voces de la familia, el escándalo que nadie mencionaba en voz alta pero que todos daban por hecho: la hija menor, embarazada del amante de su madre, del hombre amnésico que ni recordaba haberla tocado.
Ya bastante telenovela era eso. Ya con eso la familia tenía cuerda para diez años de murmuraciones.
Y entonces nació la bebé.
Una niña preciosa, sana, con buenos pulmones que estrenó a todo volumen apenas la sacaron.
Y negra. Negra como la noche más cerrada, negra como el fondo de un pozo sin luna, una negrura hermosa y rotunda y hermosa que no tenía absolutamente nada que ver con Alberto, ni con Camila, ni con Paola, ni con don Giuseppe,
ni con nadie de aquella familia de italianos pálidos y venezolanos trigueños donde el más oscuro apenas llegaba al color del café con mucha leche.
En la clínica se hizo un silencio de los que se pueden tocar con la mano.
La enfermera, que no sabía nada de nada y por eso era la única tranquila, depositó a la criatura en brazos de Camila con una sonrisa de rutina y se fue, dejando atrás un cuarto lleno de gente que no respiraba.
Don Giuseppe, que había ido a conocer a la que creía bisnieta de su sangre, se quedó mirando la cuna sin parpadear, moviendo los labios en una cuenta calabresa que por más que repetía no le daba.
Doña Elvira frunció el ceño sobre su rosario, deslizando las cuentas más despacio, como si en cada una buscara una explicación que no aparecía.
Paola, blanca como el mantel de los domingos, miraba a su hija con los ojos muy abiertos, buscando en su cara una respuesta que Camila no ofrecía, porque Camila tenía la vista baja sobre la bebé y una media sonrisa que nadie supo leer.
Nadie entendía nada. Se miraban entre ellos, de reojo, sin atreverse a decir en voz alta lo que cada uno pensaba, que era una versión apenas distinta del mismo desconcierto: pero si Alberto es blanco, pero si Camila es blanca, pero si en esta familia no hay, que se sepa, ni una gota...