Mundo de cuernos Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

una reconciliación de los cuerpos que iba por delante de la de las almas, como suele pasar; y que cuando Daniel se durmió, Paola se quedó despierta en la oscuridad, mirando el techo, sintiéndose querida y dolida a la vez, sin sospechar todavía que su propio cuerpo, ese empleado desleal,

ya tenía en mente otras direcciones que no eran la de su marido recién recuperado.

Porque Daniel se creyó, esa noche, que empezaba una etapa de redención y honestidad. Y se equivocaba. Los dos se equivocaban. Porque la honestidad, en este mundo, dura lo que dura el café caliente.

***

Alberto volvió a casa convertido en el mejor marido que Yolanda había tenido en su vida, y la ironía de eso era tan grande que no cabía en ninguna habitación.

Porque al borrarle la memoria reciente, el bisturí le había borrado también al infiel, al cínico, al que repartía sonrisas matemáticas y mentiras a domicilio.

Lo que volvió a la casa de la colonia Doctores fue una versión anterior de Alberto, más simple, más joven por dentro, un hombre que creía que llevaba pocos años casado, que adoraba a Yolanda sin doblez, y que no tenía en la conciencia ni una sola de las traiciones que había cometido,

porque la conciencia se las habían lavado en un quirófano.

Era un trabajador excepcional, como siempre lo había sido en lo laboral.

Salía de la casa al restaurante y del restaurante a la casa, derechito, sin desvíos, sin "cenas de negocios" ni perfumes ajenos en la camisa.

Llegaba puntual, preguntaba por el día de Yolanda, ayudaba a recoger la mesa.

Era atento, agradecido, devoto. Era, en una palabra, todo lo que nunca había sido, y lo era precisamente porque ya no era él.

Y Yolanda, que durante años había soñado exactamente con un Alberto así —atento, presente, fiel, devoto—, descubrió la broma más cruel que el destino le tenía guardada: que ahora que por fin lo tenía, ya no lo quería de esa manera.

Que el amor de seis años se le había ido gastando en cada humillación, en cada perfume ajeno, en cada noche de espera, como se gasta una moneda de tanto pasarla de mano en mano, hasta quedar lisa y sin valor.

Y que lo que le quedaba por ese hombre dócil y amnésico no era pasión, ni deseo, ni siquiera amor en el sentido viejo, sino una ternura administrativa, la que se le tiene a un convaleciente, a un niño grande, a un mueble heredado que uno conserva por costumbre y por pena.

Lo cuidaba. Le preparaba la cena. Le tenía un cariño tibio y sin fiebre.

Pero el fuego, ese fuego que el Alberto de antes le había apagado a fuerza de desprecios, se había mudado hacía rato a otra dirección, y ya no había manera de devolverlo a esta casa.

Y la otra dirección tenía nombre, y era un nombre que venía del principio mismo de esta historia, como si el destino, que es ordenado a su manera retorcida, quisiera cerrar el libro por donde lo había abierto.

Hermes Briceño volvió a la vida de Yolanda por la puerta más inocente del mundo: el colegio.

Coincidieron en una reunión de la escuela, se saludaron con la cortesía tensa de los que tienen un pasado, tomaron un café "para ponerse al día", y el café, como todos los cafés de esta historia, tuvo una hermana.

Hermes seguía siendo el maestro tranquilo que la había mirado corregir pruebas en un salón vacío y había visto a una mujer.

Y Yolanda, ahora libre de la vigilancia de un Alberto que ni siquiera recordaba haberle partido la cara a Hermes poco tiempo atrás, se permitió volver.

La primera vez fue en el colegio, después de hora, en el mismo tipo de salón vacío donde todo había empezado.

Estas páginas, fieles a su pudor, se quedan del lado de afuera del aula.

Baste decir que Hermes la besó con un miedo viejo en el cuerpo —el miedo del hombre que ya pagó una vez con la nariz partida y no quería pagar de nuevo—, y que ese miedo se le fue disolviendo conforme Yolanda lo tranquilizaba con una verdad increíble: que Alberto no recordaba nada,

que Alberto ya no era una amenaza, que podían, por fin, sin sombras.

Y así, entre los pupitres y el olor a tiza, Yolanda cerró el círculo que la saga había abierto.

Pero no fue un cierre dulce ni apacible.

Fue un derrumbe. Fue rendirse por fin a lo que había estado negándose desde aquella primera tarde en que Hermes la miró corregir pruebas y ella sintió algo que no supo nombrar.

La puerta del aula se cerró con un clic seco.

Afuera, el colegio vacío, los pasillos mudos, la noche cayendo sobre la Colonia Roma.

Adentro, la penumbra verdosa de los fluorescentes apagados, la pizarra con restos de tiza blanca, los pupitres desordenados del último recreo.

Y Hermes. Hermes con ese aire suyo de hombre tranquilo que guardaba un volcán debajo de la camisa.

La besó. No fue un beso tímido. Fue un beso de hombre que había esperado meses, que ya había pagado una vez con la nariz rota por acercarse a ella, y que ahora sabía —porque Yolanda se lo había susurrado en el café, con los ojos brillantes de culpa y deseo— que Alberto no recordaba nada.

Que la amenaza había desaparecido. Que podía, por fin, tomar lo que llevaba tanto tiempo queriendo tomar.

Yolanda, en cambio, fue tímida al principio.

Es él, pensó, mientras las manos de Hermes le sujetaban la nuca y le abrían los labios con la lengua.

Es el mismo. Y yo soy la misma que nunca dejó de quererlo.

Sus dedos temblaban cuando le rozaron la pechera de la camisa, cuando sintieron el calor de su pecho a través de la tela.

Pero Hermes no le dio tiempo a la timidez.

Él era temerario con todo: con la forma en que le mordió el labio inferior, con la manera en que la apretó contra el borde de la mesa del profesor, con la seguridad de quien sabe que esta vez no habrá golpes ni interrupciones.

—Bájate —le ordenó en voz baja, y Yolanda obedeció.

Se arrodilló sobre el frío piso de baldosa, entre las patas de la silla y un montón de tizas rotas, y con las manos aún temblorosas le desabrochó el pantalón.

Sacó su miembro. Dios mío, pensó, mientras lo acariciaba con la punta de los dedos, sintiendo el peso, la dureza, la humedad caliente de la punta.

Como lo extrañaba. Qué lindo. Y luego, sin pensarlo más, se lo llevó a la boca.

Chupó despacio al principio, con timidez todavía, aprendiendo de nuevo su sabor, su olor a hombre recién salido de la ducha.

Pero Hermes le agarró el cabello —no con rudeza, pero sí con autoridad— y guió su cabeza al ritmo que él quería.

Yolanda se dejó hacer. Así, pensó, mientras él gemía bajito por encima de ella.

Así es como tiene que ser. Y chupó más hondo, más rápido, hasta que Hermes tiró de su pelo hacia arriba y la obligó a levantarse.

—No quiero terminar así —dijo él, con la voz ronca.

Y entonces le abrió la blusa. Los senos de Yolanda quedaron al aire, prietos, los pezones ya duros por el frío del aula y por las ganas.

Hermes se inclinó y le besó el cuello. Le mordió la curva donde el hombro se encuentra con la garganta, y Yolanda gimió sin poder contenerse.

Luego bajó a los pechos. Los tomó con las dos manos, los apretó, y con los dedos pulgares y los índices le pellizcó los pezones.

Los estiró suavemente, los giró, los apretó hasta que Yolanda arqueó la espalda y sintió cómo un calambre húmedo le recorría la entrepierna.

Como estoy mojada, pensó, avergonzada y excitada a la vez. Solo con que me toque así ya estoy empapada.

Hermes lo sintió. Metió una mano por debajo de la falda, rozó la tela mojada de la pantimedia y sonrió.

—Tan lista —murmuró.

La giró. La inclinó sobre el pupitre más cercano, el que tenía el nombre de un niño escrito con plumón en la esquina.

Le levantó la falda hasta la cintura, le bajó la pantimedia y la tanga hasta los muslos, y se arrodilló detrás de ella.

Yolanda apoyó la frente en la madera fría del pupitre, sintiendo el olor a lápices y goma de borrar, mientras Hermes le separaba los labios con los dedos y le lamía el sexo desde atrás.

—Ay, Dios —susurró ella, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar.

La lengua de Hermes era precisa, impaciente, sabia. Sintió cómo se le humedecía la entrepierna aún más, cómo los labios de su sexo se hinchaban y latían con cada pasada de la lengua. Un cosquilleo le subió desde el vientre hasta la nuca, y sus piernas temblaron sobre las baldosas frías.

Cuando ella estaba ya al borde, cuando sentía que se iba a venir solo con la lengua, Hermes se levantó. La agarró de las caderas. La dejó inclinada sobre el pupitre, con la falda subida, el culo al aire, el sexo brillante de saliva y de su propia humedad. Y la penetró.

El primer empujón fue hondo, entero, y Yolanda soltó un gemido que rebotó en las paredes vacías del aula.

Sintió cómo las paredes de su vagina se contraían alrededor de él, agarrándolo, pidiéndole que no se saliera nunca.

Cada centímetro que entraba le provocaba un latido hondo en el bajo vientre, como si tuviera un segundo corazón dentro.

Ay, sí, pensó, mientras él empezaba a moverse.

Así. Así tenía que ser. Así tenía que sentirse siempre.

Las embestidas eran divinas: lentas al principio, para saborear cada centímetro, cada roce interno, cada vez que la punta le rozaba ese lugar profundo que la hacía temblar.

Luego más rápidas, más desordenadas, el sonido húmedo de la piel contra la piel mezclándose con los gemidos que Yolanda ya no podía ni quiso reprimir.

—Más fuerte —pidió ella, con la voz rota—. Por favor, más fuerte.

Y Hermes se la dio. La agarró del pelo, tiró suavemente hacia atrás para arquearle la espalda todavía más, y aceleró el ritmo.

Las embestidas sonaban ahora como un aplauso sórdido en el silencio del colegio vacío.

Yolanda cerró los ojos. Me voy a venir, pensó.

Me voy a venir con él dentro, sobre este pupitre, en el mismo colegio donde todo empezó.

Y se vino. Larga, honda, temblorosa, apretando las paredes de su sexo alrededor de él mientras él seguía empujando, empujando, empujando.

Cuando sintió que él también estaba cerca, Hermes le agarró el cabello con fuerza. Se lo enrolló en el puño. Y en lugar de terminar dentro, como Yolanda esperaba, se salió en el último segundo, la giró hacia él, y acabó en su cara.