Mundo de cuernos Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Yo te amo, Valentina —dijo Marisela, y las palabras sonaron desnudas, sin trampa, sin adorno—. Te amo. No quiero estar con nadie más. No he querido estarlo nunca, solo que me costó darme cuenta. Y ahora que lo sé, lo único que quiero es arreglarlo. Contigo. Si tú me dejas.

El silencio se hizo denso en la cocina vacía. Se oía el zumbido de la cámara frigorífica, el goteo lejano de un grifo, la respiración entrecortada de Marisela.

Valentina desclavó los brazos. Los dejó caer a los lados. Y entonces habló, con una voz que no era fría ni cálida, sino algo intermedio, como el agua que ha estado hirviendo y empieza a entibiar.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? —dijo Valentina—. No es solo que te acostaras con Bruno. Me duele que no hablaras conmigo. Me duele que te sintieras sola y no me lo dijeras. Me duele que tuvieras que ir a buscar en otra cama lo que yo llevaba meses queriendo darte sin atreverme.

Marisela quiso hablar, pero Valentina levantó una mano y la paró.

—Déjame terminar. Tú no sabías esto, Marisela, pero yo ya había decidido.

Mi relación con Félix se terminó, antes de todo esto, antes de enterarme de lo de Bruno, él y yo decidimos terminar.

Que iba a hacer mi vida contigo. Estaba esperando el momento adecuado para decírtelo, para pedirte que empezáramos algo de verdad, sin escondernos. Y ahora...

Se le quebró la voz por primera vez en toda la noche. Se mordió el labio. Lo recuperó.

—Y ahora no sé si puedo confiar en ti. Porque si cuando te sentiste sola fuiste a buscarlo a él, ¿qué me garantiza que la próxima vez que te sientas igual no vas a hacer lo mismo? ¿O que la próxima vez que tengamos una discusión, una crisis, un bajón, no vas a ir a buscar consuelo en otra dirección?

Marisela negó con la cabeza, desesperada.

—No. No volverá a pasar. Te lo juro. Fue un error. Un error del que ya aprendí. No necesito a nadie más. Solo te necesito a ti.

Valentina la miró largamente. La vio llorar. La vio suplicar con los ojos. Y sintió una ternura inmensa, caliente, que le subía desde el pecho a la garganta. Pero también sintió el miedo. El miedo a confiar y volver a caer.

—Te creo —dijo Valentina, y la frase supo a poco, a insuficiente—.

Te creo cuando dices que me amas. Te creo cuando dices que fue un error.

Te creo que lo terminaste. Pero una cosa es creer, y otra muy distinta es confiar.

La confianza no se pide, Marisela. Se gana.

Y la que tú tenías conmigo, la que yo tenía contigo, se rompió. No del todo. Pero se rompió.

Marisela se llevó las manos a la cara.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó, ahogada—. Dime qué puedo hacer para recuperarte.

Valentina se quedó callada un largo rato. Miró el techo de la cocina, las lámparas apagadas, las sombras largas en las paredes. Cuando volvió a mirar a Marisela, sus ojos estaban húmedos, pero su barbilla seguía firme.

—Necesito tiempo —dijo al fin—. Necesito tiempo a solas, para pensar, para decidir qué voy a hacer con mi vida. No puedo darte una respuesta ahora. No sería justa ni para ti ni para mí.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Marisela, con la voz quebrada.

—No lo sé. El que necesite.

Marisela quiso protestar, quiso abrazarla, quiso decirle algo más. Pero Valentina dio un paso atrás, muy pequeño, pero un paso atrás al fin y al cabo.

Valentina la miró fijamente.

—Entonces en el restaurante, estrictamente profesionales. Me saludas como se saluda a una compañera. Me sirves como se sirve a una compañera. No me toques. No me preguntes cómo estoy. No me mires más de lo necesario. Y fuera de aquí, no existimos. ¿Claro?

Marisela asintió, sin aire.

Valentina no dijo más. Solo la miró. Y en esa mirada había más verdad que en todas las palabras que habían dicho en toda la noche. Había amor, sí. Pero también había herida. Y el amor no siempre puede con la herida, al menos no de inmediato.

Se giró. Cogió su chaqueta del perchero. Salió por la puerta de atrás del restaurante, hacia la noche de la Colonia Roma, sin mirar atrás. Marisela se quedó sola en la cocina vacía, con el zumbido de la nevera y el goteo del grifo, queriendo correr detrás de ella y sabiendo que no debía.

Y Valentina, mientras tomaba el camino hacia su departamento, sintió el pecho lleno de cosas que no sabía ordenar: rabia, tristeza, amor, decepción, esperanza, miedo.

Todo mezclado. Todo revuelto. Y se dijo a sí misma, en voz baja, mientras caminaba bajo los faroles anaranjados de la calle: "Un día a la vez. No tengo que decidirlo todo esta noche".

Pero sabía, en el fondo, que la decisión ya la estaba tomando, segundo a segundo, a cada paso que se alejaba.

Félix se fue a Monterrey, al trabajo que le ofrecieron, con dos maletas y un alivio del tamaño de la ciudad que dejaba atrás.

Y Alessandro, que no podía irse el mismo día sin que la familia atara cabos, esperó.

Esperó un mes entero, prudente, paciente, fingiendo una vida normal, y al cabo del mes anunció en la casa que también se mudaba a Monterrey, que le había salido una oportunidad, qué casualidad, qué bueno que allá ya estaba Félix y se podían apoyar entre conocidos.

Nadie ató el cabo. Los dos se reunieron al fin lejos, en una ciudad donde sus apellidos no pesaban y donde nadie llevaba la cuenta de quién dormía con quién, a vivir por primera vez sin esconderse el amor que en la Colonia Roma les habría costado la sangre.

Paola pasó la tarde anterior al regreso de Alberto en su propia casa de Las Lomas, acomodando, aunque no era a Alberto a quien recibía: era a su propia vida la que reacomodaba.

Porque Daniel había empezado a buscarla otra vez.

Despacio, sin atropellar, con la prudencia del hombre que sabe que tiene mucho que hacerse perdonar.

Primero fueron llamadas para preguntar por los muchachos.

Después un café a la salida del restaurante.

Y por fin, una noche, la invitación de verdad: una cena, los dos solos, en un lugar bonito, lejos de la Villa Romana y de los ojos de la familia.

Paola aceptó diciéndose que era solo una cena. Pero se arregló más de lo que una cena cualquiera pedía, y eso ya decía algo que ella todavía no quería oír.

La cena se fue volviendo, sin que ninguno lo planeara, otra cosa.

Hubo vino, hubo velas, hubo esa luz que perdona arrugas y rencores.

Hablaron de los hijos, de los años, de cuando eran jóvenes y el mundo parecía más simple.

Y en algún momento, entre el segundo plato y el postre que ninguno pidió, Daniel dejó la copa, le buscó la mano sobre el mantel y le habló de corazón, con esa sinceridad de hombre rodado que de tan desnuda daba casi pudor.

—Paola. Yo sé que no tengo cara para pedirte esto. Pero te lo voy a pedir igual, porque si no lo hago me muero con la espina clavada. —Tragó saliva—. Perdóname. Perdóname de verdad, no de boca. Sé que te fallé, sé que te fallé feo, y no hay un día que no me arrepienta.

Paola lo miró un largo rato antes de contestar. Y cuando contestó, no le tembló la voz, pero por debajo se le notaba una herida que llevaba años sin cerrar.

—¿Tú sabes cómo me sentí, Daniel? —dijo—.

No fue solo el engaño. Los hombres engañan, una casi lo da por descontado, qué triste pero es así.

Lo que a mí me partió fue la humillación.

Que todo el mundo supiera. Que me miraran con lástima en mi propio restaurante.

Y sobre todo, sobre todo, que fuera con Annamaria.

Con la mujer de Cesare. Con mi propia cuñada, Daniel.

En la familia. ¿Tú entiendes lo que es eso?

No me engañaste con una desconocida cualquiera.

Me lo metiste en la casa. Me hiciste sentar en la mesa de Navidad frente a la mujer con la que te acostabas.

Eso no es un cuerno, Daniel. Eso es una crueldad.

Daniel bajó la cabeza. No se defendió, no buscó excusas, no dijo "estaba tomado" ni "ella me buscó", ninguna de las coartadas baratas que tenía a mano. Solo asintió, despacio, aceptando el peso completo de lo que había hecho.

—Tienes razón en todo —dijo—. En cada palabra.

Fue cruel, fue cobarde, y fue en la familia, que es lo imperdonable.

No te voy a decir que tengo perdón, porque a lo mejor no lo tengo.

—Levantó la vista, y tenía los ojos húmedos—.

Pero te voy a decir lo que sí: que voy a luchar por tu perdón el resto de mi vida si hace falta.

Todos los días. Sin rendirme. Y que si al final decides que no, que ya no hay vuelta, lo voy a aceptar.

Es tu derecho. Me lo gané a pulso. Tú decides, Paola, y yo respeto lo que decidas, sea lo que sea. Pero déjame por lo menos intentarlo.

Y había algo en esa rendición sin condiciones, en ese hombre que por primera vez en años no trataba de manipular el resultado sino que ponía su suerte entera en las manos de ella, que desarmó a Paola más que cualquier ramo de flores o cualquier promesa grande.

No dijo que sí. No dijo que lo perdonaba. Pero tampoco retiró la mano del mantel.

Cuando salieron del restaurante era tarde, y Daniel la llevó a casa manejando despacio, en silencio, un silencio que ya no era incómodo sino cargado de otra cosa. Llegaron. Él se bajó a abrirle la puerta del carro, como en los viejos tiempos, y la acompañó hasta el portón.

—Gracias por la cena —dijo Paola—. Y por lo que dijiste.

—Gracias a ti por escucharme.

Se quedaron un momento ahí, frente a frente, en esa pausa que en estas cosas no es una pausa sino una pregunta.

Y Daniel se inclinó, despacio, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse si quería.

Ella no se apartó. Y se besaron, en el portón, bajo la luz amarilla del zaguán, un beso que empezó suave, de despedida, y que a la mitad dejó de ser de despedida.

Paola se separó apenas, lo miró a los ojos, y tomó la decisión que llevaba toda la noche posponiendo. Abrió el portón.

—Pasa —dijo, en voz baja—. Pero no creas que esto significa que ya te perdoné.

—No creo nada —murmuró Daniel, siguiéndola—. Solo sé que no quiero irme.

Estas páginas, fieles a su pudor de siempre, se quedan del lado de afuera de la puerta del cuarto.

Baste decir que esa noche, en la misma cama donde durante años se habían dado la espalda, Paola y Daniel se reencontraron con la torpeza tierna de los que se conocen de memoria y vuelven a empezar; que hubo, entre el rencor viejo y el deseo nuevo,