Capítulo 10
Hay alivios que dan más miedo que las desgracias, porque son alivios con trampa, y el que se instaló en la familia los días que siguieron a la operación era de esos.
El neurocirujano flaco lo había dicho con la prudencia de los que han aprendido a no prometer: que el daño cerebral de Alberto era de pronóstico reservado, que tal vez recuperara la memoria perdida en semanas, en meses, en años, o que tal vez no la recuperara nunca,
y que con esos golpes la ciencia sabía mucho de cómo entraban y poquísimo de cómo salían.
La familia escuchó la sentencia ambigua, y cada quien, en el secreto de su pecho, hizo con ella su propia cuenta privada.
Paola la hizo con rabia. Porque Paola, que había llegado al hospital sabiendo que aquel hombre se había acostado con su hija a la que ella todavía consideraba su niña, descubrió de pronto que no tenía a quién reclamarle: ¿cómo se le reclama a un hombre que no se acuerda?
¿Cómo se le grita a una pizarra borrada?
El cabrón se había salido con la suya de la peor manera, escapándose hacia adentro, dejándola a ella con toda la indignación cargada y sin gatillo.
Era como querer cobrarle una deuda a alguien que ni siquiera recuerda haberla contraído.
La impunidad del olvido, pensó Paola, es la más perfecta de todas, porque ni Dios la puede castigar.
Daniel, en cambio, la hizo con un alivio que le daba vergüenza sentir y que sentía igual, enorme, por partida doble.
Primero, porque su amigo del alma estaba vivo, y eso, después de la noche del callejón, después de la culpa de saberse el que armó la trampa, era una resurrección.
Y segundo —esto no se lo confesaba ni en voz baja— porque un Alberto sin memoria era un Alberto sin la sentencia de muerte que traía para él.
La paliza prometida se había drenado junto con el hematoma.
Daniel se juró, mirando a su amigo dormido y vendado, que no volvería a meterse en problemas con él, que honraría esa amistad que casi pierde, que aprovecharía la segunda oportunidad que la vida, con su humor negro, les regalaba a los dos.
Se lo juró con toda la sinceridad… de que se regeneraría y que haría hasta lo imposible para recuperar a su amada y leal esposa.
Las promesas que uno se hace al lado de una cama de hospital son las más sinceras del mundo, y por eso mismo las que más duran.
* * *
A los pocos días, mientras Alberto todavía estaba ingresado, los hilos de la familia siguieron moviéndose, porque la vida no espera a que nadie despierte.
Valentina hizo oficial su ruptura con Félix.
Lo dijo en la casa, sin escándalo, con la versión acordada: que Félix se iba a Monterrey por un trabajo, que la relación no había aguantado la idea de la distancia, que se separaban en buenos términos.
La familia lo recibió con la pena moderada que se le tiene a las cosas que no explotan.
Nadie sospechó la verdad de fondo, que era exactamente lo que Félix había buscado al ofrecer irse: que el escándalo se disolviera en una mudanza.
Pero la propia Valentina, justo cuando creía que iba a poder por fin respirar y dar su propio paso, recibió un golpe que no esperaba. No se lo contaron. Lo vivió en carne propia.
Fue una tarde. En la Villa Romana acababan de recibir una llamada de un café a dos cuadras: un memorándum de la alcaldía que habían dejado allí por error dos días antes, un papel sin importancia pero que la burocracia obligaba a recuperar.
A nadie le apetecía ir, así que Valentina, que necesitaba salir un momento del restaurante para despejarse, se ofreció voluntaria.
Salió con el paso lento de quien no tiene prisa, cruzó las dos cuadras, y entró en el café.
Lo primero que vio, al fondo, fue a Marisela.
Y a Bruno enfrente de ella. Estaban sentados en una mesa junto a la ventana.
En el momento exacto en que Valentina los descubrió, Bruno se inclinó sobre la mesa, tomó el rostro de Marisela entre sus manos y le dio un beso en la boca.
No fue un beso rápido. Fue un beso que duró un segundo de más, un beso tierno.
Y Marisela, lejos de apartarse, lo correspondió.
Cerró los ojos. Aceptó el beso. Valentina se quedó clavada en el suelo, el memorándum olvidado en la mano, viendo cómo la mujer a la que llevaba meses queriendo en secreto besaba a otro como si ese beso fuera el final de algo.
Sintió el pecho apretarse como si le hubieran metido una mano dentro y le estrujaran el corazón. Pero no se fue. No huyó. No montó una escena. Porque Valentina no era de esas.
Se enderezó, ajustó los hombros, y caminó hacia la mesa con la calma de quien va a cobrar una deuda que sabe que le pertenece. En la cara, una máscara de amabilidad profesional, la misma que usaba cada día en el restaurante. El corazón, eso sí, le latía tan fuerte que lo oía en los oídos.
Llegó a la mesa. Marisela la vio primero y palideció de golpe, como si le hubieran apagado la cara.
El color se le escurrió desde las mejillas hasta el cuello, y sus ojos se abrieron con ese terror limpio de quien sabe que acaba de ser cazado.
Bruno, en cambio, ajeno a todo, giró la cabeza y al ver a Valentina le dedicó una sonrisa amplia, sincera, de hombre que no tiene nada que esconder porque no sabe que hay algo que esconder.
—¡Valentina! —dijo Bruno, sin levantarse de la silla, tan campante—. Qué casualidad. ¿Te sientas un momento? Tomamos un café. Estábamos justo despidiéndonos, Marisela tenía que irse, pero podemos pedir otra ronda.
Valentina sintió el estómago revuelto. Despidiéndose. Claro. Se estaban despidiendo. Por eso el beso. Por eso la tristeza. Marisela no dijo nada. No podía. Tenía los labios apretados y las manos encima de la mesa, quietas, como si mover un dedo fuera a delatarla más de lo que ya estaba.
—Gracias, Bruno —dijo Valentina, y su voz salió firme, pausada, sin el más mínimo temblor—. Pero no puedo quedarme. Vine a recoger un memorándum de la alcaldía que dejaron aquí por error. Ya lo tengo. Y tengo que volver a la Villa Romana.
Sonrió. Una sonrisa cortés, medida, la que se le da a un cliente amable al que no se quiere ofender pero tampoco dar confianza.
Miró a Bruno a los ojos con esa firmeza suya de mujer que no se achanta.
Luego, muy despacio, deslizó la mirada hacia Marisela.
Solo un segundo. El tiempo justo para que Marisela supiera que lo había visto todo.
Y en ese segundo, sin mediar palabra, Valentina le dijo más que en una hora de conversación: "Lo sé. Lo vi. Y me dueles".
—Cuídense —dijo, y se despidió con un gesto de mano, amable, educado, perfecto.
Dio media vuelta y caminó hacia la puerta.
No corrió. No apretó el paso. Salió del café con la espalda recta y la cabeza alta, apretando el memorándum contra el pecho, y fue solo cuando dobló la esquina, cuando supo que ya nadie podía verla, que se paró contra la pared, cerró los ojos y dejó que una lágrima, una sola,
se le escapara por la comisura del ojo.
Luego la secó con el dorso de la mano, respiró hondo, y volvió a la Villa Romana como si nada hubiera pasado.
El resto de la tarde fue un ejercicio de voluntad sobrehumana.
Valentina atendió mesas, sonrió a los clientes, anotó comandas, sirvió vino, todo con la precisión automática de un robot al que no le han dicho que el mundo se acaba.
Cada vez que pasaba cerca de Marisela —porque Marisela trabajaba esa tarde, y eso lo hacía todo más insoportable— sentía un vuelco en el estómago.
Pero no dijo nada. No la miró. No la buscó.
Se limitó a hacer su trabajo, como había hecho siempre, como seguiría haciendo aunque se le estuviera cayendo el alma a pedazos.
Marisela, por su parte, no podía concentrarse. Se equivocó dos veces supervisando unas comandas. Y cada vez que intentaba acercarse a Valentina, Valentina encontraba una excusa para estar en otra parte: la cocina, la barra, la trastienda, cualquier sitio que no tuviera a Marisela en medio.
Pero al final de la noche, cuando el último cliente se hubo ido, cuando se apagaron las luces del salón y solo quedó el rumor de la cocina cerrándose y el eco de los pasos en el suelo de madera, Marisela la alcanzó en la puerta de la cocina.
Valentina estaba secándose las manos en un trapo, con la mirada perdida en el horno apagado.
—Valentina —dijo Marisela, con la voz temblorosa—. Ya cerró el restaurante. Ya no hay clientes. Ya no hay excusas. Podemos hablar.
Valentina cerró los ojos un momento. Suspiró. Dejó el trapo sobre la mesa de acero y se giró hacia ella. Tenía la cara lavada de cansancio, pero los ojos seguían siendo los mismos: duros, brillantes, inquebrantables.
—Habla —dijo.
Marisela respiró hondo. Se llevó una mano al pecho, como si necesitara sujetar algo que se le escapaba.
—Quiero explicarte todo —dijo, y la voz le salió rota, sincera, sin el menor rastro de cálculo—. Quiero hablarte con la verdad. Te la debo.
—Pues dila —respondió Valentina, cruzando los brazos.
Marisela asintió, tragó saliva y se lanzó.
—Sí. Me acosté con Bruno. Una sola vez. Una noche que me sentía sola, vacía, que no sabía qué hacer conmigo misma.
Tú estabas con Félix todavía, aunque ya no lo querías, y yo...
yo no sabía si lo nuestro tenía futuro. No sabía si tú querías algo de verdad conmigo.
Y Bruno estaba ahí, fue fácil, fue un error.
No lo justifico. Solo te explico cómo pasó.
Valentina la escuchaba en silencio, sin pestañear.
—Pero esa misma noche —continuó Marisela, con los ojos ya llorosos—, después de hacerlo, me quedé despierta.
Miré el techo y supe que no era a él a quien quería.
Que siempre te había estado queriéndote a ti.
Que Bruno no era más que un sustituto, un espejismo, un error que cometí por no saber estar sola.
Y entendí que había hecho mal. Muy mal. Y por eso lo terminé.
Por eso lo llamé, lo cité en ese café, y le dije que se acababa.
Que no lo quería a él. Que te quería a ti.
El beso que viste era un beso de despedida, Valentina.
Lo juro por lo que más quiero. Ya no hay nada entre Bruno y yo.
No lo hay desde antes de que tú aparecieras en ese café.
Valentina sintió algo moverse dentro de ella. No era solo dolor. Era también una especie de asombro, de incredulidad, de ternura herida. Aguantó la mirada de Marisela, aunque le costara.