Capítulo 9 #4
Ella sintió cada pulsación, cada latido, cada chorro caliente que le inundaba la vagina, y esa sensación —esa plenitud líquida, tibia, definitiva— la empujó al borde.
Las paredes internas se contrajeron alrededor de él con una fuerza que los sorprendió a los dos, exprimiendo cada gota, mientras ella se corría también, con las manos aferradas a la cabecera de la cama, con la boca abierta en un grito que ahogó contra la almohada.
Él salió de ella despacio. El semen, espeso y abundante, empezó a escurrirle por el muslo, caliente, resbalando por la piel morena, formando un hilo blanco que bajaba hasta la rodilla y se perdía en la sábana.
Un hilo más le caía por el otro muslo, y otro le goteaba desde la entrada, tibio, pegajoso, formando un pequeño charco entre sus piernas.
La humedad se extendía sobre la sábana, oscura, caliente, la prueba de que lo que acababa de pasar había sido real y no un sueño.
Ella se quedó quieta, sintiendo cómo goteaba, cómo el cuerpo todavía latía, cómo el semen se enfriaba sobre su piel.
Se llevó la mano al muslo, tocó el hilo blanco, lo miró en la punta de sus dedos.
Sin pensarlo, se lo llevó a la boca. Probó su propio sabor mezclado con el de él.
Salado, pensó. Caliente. Rico. Y sonrió en la penumbra.
Él la atrajo hacia él. La abrazó. La besó en la boca, despacio, saboreándola, sintiendo el aliento de ella entrecortado todavía.
—Estuvo bien —dijo ella, contra sus labios.
—Estuvo bien —respondió él.
Volvieron a besarse. Un beso largo, húmedo, sin prisa.
Las lenguas se encontraron otra vez, más perezosas ahora, más agradecidas.
Él le acarició la espalda con la punta de los dedos, trazando círculos pequeños sobre la piel sudada.
Ella hundió la cara en su cuello y respiró su olor —a él, a ellos, a lo que acababan de hacer.
Bruno durmió como un bebé. Marisela no durmió. Miró el techo y pensó en Valentina, y no supo si acababa de ganar algo o de perderlo todo.
* * *
Amanecía sobre la Roma cuando las puertas batientes del quirófano se abrieron por fin.
El neurocirujano flaco salió quitándose el gorro, con la cara de los hombres que han ganado una batalla y no saben todavía si ganaron la guerra.
—Salió de la cirugía —dijo, y en la sala de espera todos se pusieron de pie a la vez, como un resorte—.
Drenamos el hematoma, quitamos la presión.
Está vivo. Es fuerte el señor. —Levantó una mano, frenando el alivio antes de que se desbordara—.
Pero como les advertí, hasta que no despierte y hable, no sabemos en qué condiciones quedó.
Está despertando ahora de la anestesia. Una persona puede pasar a verlo. Solo una. ¿La esposa?
Yolanda dio un paso, dudó, miró a Camila —que era, en un sentido más cierto que el de los papeles, la otra mujer de ese hombre—, y vio en la cara de la muchacha de dieciocho años un ruego mudo y una imposibilidad: Camila no podía entrar, Camila no era nadie a los ojos del hospital,
Camila tenía que quedarse afuera llorando un amor que no podía nombrar.
Y Yolanda, que esa noche había entendido tantas cosas, sintió por su rival una lástima inmensa, casi maternal, y entró ella, por las dos.
El cuarto estaba en penumbra, con esa luz verdosa de las máquinas.
Alberto tenía la cabeza vendada, la cara hinchada, un tubo en el brazo.
Pero tenía los ojos abiertos. Y cuando Yolanda se acercó, despacio, conteniendo el aire, los ojos de Alberto se movieron hacia ella, la enfocaron, y pasó algo en ellos: un reconocimiento. Una luz.
—Yolanda —dijo Alberto, con un hilo de voz, arrastrando las sílabas por la anestesia—. Mi amor.
Y a Yolanda se le llenaron los ojos, porque hacía años que ese hombre no le decía "mi amor" con esa cara, con esa cara limpia, sin doblez, sin cálculo.
—Aquí estoy —dijo ella—. Tranquilo. Te caíste, pero ya estás bien. Ya pasó.
—¿Me caí? —Alberto frunció el ceño, confundido, buscando en una memoria que tenía agujeros—.
¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? —Y entonces, con una inocencia que le heló la sangre a Yolanda, preguntó—: ¿Por qué estamos peleados?
Yo soñé... soñé cosas raras. Soñé que tú y yo...
que ya no... —Le buscó la mano con la suya, torpe, infantil—.
Pero estamos bien, ¿verdad? Tú y yo estamos bien.
Llévame a casa, mi amor. Quiero irme a nuestra casa.
Yolanda se quedó mirándolo, con la mano de Alberto apretando la suya, y entendió, en ese instante, la dimensión exacta de lo que el destino acababa de hacer.
El hombre no se acordaba de nada.
No se acordaba de la separación. No se acordaba de que la había botado.
No se acordaba de Hermes, ni del video de Daniel, ni de Camila, ni de Sara, ni de la caja de secretos que había llenado durante años.
Había vuelto, por obra de un golpe en la cabeza y un bisturí, al punto exacto en que Yolanda todavía era su esposa y el mundo todavía era simple.
Le habían borrado, junto con el hematoma, todas sus culpas.
Se las habían drenado. Salía del quirófano limpio como un recién nacido, sin saber que era el hombre más culpable de toda esa sala de espera.
—Sí —se oyó decir Yolanda, despacio, mientras en su cabeza empezaba a girar, todavía sin forma, una idea—. Sí, Alberto. Estamos bien. Te voy a llevar a casa.
Afuera, en la sala de espera, Yolanda salió con la noticia, y la noticia cayó sobre el grupo agotado como una última vuelta de tuerca que nadie esperaba.
—No se acuerda de nada —dijo Yolanda—. De los últimos... no sé. Años. Cree que seguimos casados. Cree que nunca nos separamos. No se acuerda del video, Daniel. —Miró a Daniel, y algo pasó entre ellos, una corriente—. No se acuerda de nada.
Y cada quien en esa sala recibió la frase a su manera.
Daniel sintió, por encima de la culpa, un alivio cobarde y enorme: el hombre que había jurado matarlo no se acordaba de por qué. La sentencia se había drenado junto con la sangre. Estaba a salvo, por la peor de las razones.
Paola, con Camila dormida de agotamiento en su hombro, pensó: mejor.
Mejor que no se acuerde. Mejor que nunca sepa, ni él ni nadie afuera de esta sala, lo que le hizo a mi hija.
Que se lo lleve el olvido, porque la verdad solo serviría para destruir más.
Y abrazó más fuerte a Camila, decidida ya a enterrar ese secreto en el cajón más hondo de la familia, el de los que no se abren jamás.
Sara, en su rincón, soltó el aire que llevaba horas conteniendo, y se permitió, por fin, llorar tranquila, porque su secreto —el suyo con Alberto— acababa de quedar sepultado para siempre bajo una venda en la cabeza de un hombre que ya no recordaba ni su nombre.
Frank la vio llorar de alivio y lo confundió con llanto de pena, y le pasó un brazo por los hombros, y Sara se dejó abrazar por el marido que había traicionado, y así son las cosas en este mundo.
Y Camila, que despertó un momento del agotamiento y oyó la noticia entre sueños, entendió la peor parte para ella: que el hombre que amaba, el padre de lo que ella ya empezaba a sospechar que llevaba dentro, no solo no iba a poder ser suyo, sino que ni siquiera se acordaba de que ella existía.
La había olvidado. Limpiamente. Como se olvida un sueño al despertar.
Y se volvió a hundir en el hombro de su madre, a llorar el amor más solitario del mundo: el de la mujer a la que el hombre que la embarazó ya no recuerda haber tocado.
El sol entró por las ventanas de la sala de espera, indiferente, dorado, como entra siempre, sin enterarse de nada.
Y en una camilla, vendado y feliz, sin una sola culpa sobre la conciencia recién estrenada, Alberto sonreía esperando que su mujer lo llevara a casa, convertido —sin saberlo, sin merecerlo,
por obra y gracia de una cornisa floja— en el hombre más limpio y más engañado de toda esta historia de cuernos.
La rueda, despacio, empezaba a dar su última vuelta.