Mundo de cuernos Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Y entonces fue Valentina la que habló, porque la verdad, una vez que entra en una casa, no entra sola: entra de dos en dos.

—Yo también tengo algo, Félix. —Lo miró a los ojos, esos ojos suyos de francotiradora que por primera vez en mucho tiempo no apuntaban a nada, solo miraban—.

Yo también me pasé estos meses fingiendo.

Hay alguien. Una persona. Y yo creía que tenía que aguantarme las ganas por ti, por la familia, por el qué dirán.

Y resulta que tú estabas igual del otro lado de la misma cama.

Los dos. Tapándonos el uno al otro sin saberlo.

Félix la miró, y algo se le aflojó en el pecho, algo que llevaba años apretado.

—¿Marisela? —preguntó, con una sonrisa que le salió temblorosa.

Valentina se rió, sorprendida.

—¿Tú también lo sabías?

—Esta familia —dijo Félix— es una casa de cristal donde todos creen que tienen las cortinas cerradas.

Y se rieron los dos, ahí, a las cuatro de la mañana, en la cama que habían compartido fingiendo, riéndose por fin juntos de verdad, no como pareja, que nunca lo habían sido del todo,

sino como dos cómplices que acababan de soltarse la mano para que cada uno pudiera ir a agarrar la mano que le tocaba.

No hubo gritos. No hubo platos rotos. Hubo, contra todo pronóstico de telenovela, alivio.

El alivio enorme de dos personas que dejan de cargar, al mismo tiempo, la misma mentira.

* * *

Y porque la vida no se detiene ni siquiera cuando un hombre se debate entre dos puertas batientes, esa misma madrugada, en un cuarto pequeño de la colonia Doctores, Marisela buscó a Bruno.

No lo planeó. Salió del restaurante después de la llamada del hospital con el cuerpo lleno de una electricidad rara, esa que dejan las malas noticias, el recordatorio brutal de que todo se acaba, de que un paso en falso y se acabó,

de que la tranquilidad que ella tanto defendía a lo mejor no era más que una manera elegante de no vivir.

Y en vez de irse a su casa, a su cama segura, a su vida ordenada, marcó el número de Bruno.

—¿Estás despierto?

—Para ti, siempre —dijo Bruno, que a los veintidós años contestaba esas cosas sin que le costaran nada.

Llegó media hora después. Él le abrió la puerta y sin decir nada se besaron.

No fue un beso de esos que se dan por compromiso, ni de los que se dan para calmar una urgencia.

Fue un beso que tardó semanas en construirse, en cada mirada que se sostuvo un segundo de más, en cada mano que rozó una mano y se apartó antes de tiempo.

Un beso que se había estado besando en la cabeza de los dos desde antes de que ninguno se atreviera a dar el primer paso.

Él cerró la puerta con el pie, sin soltarla, y la fue caminando hacia atrás por el pasillo angosto del apartamento, sintiendo el cuerpo de ella contra el suyo, el calor que ya empezaba a filtrarse a través de la ropa.

La recámara estaba al fondo. Entraron sin prender la luz, porque la luz que entraba de la calle por la ventana entreabierta era suficiente, y porque hay cosas que se ven mejor en penumbra.

La fue desvistiendo despacio. Primero la blusa, botón por botón, deteniéndose a besarle el hombro que iba quedando al descubierto.

Después el sostén, que cayó como una hoja seca, y los senos de ella aparecieron bajo la luz gris de la madrugada: firmes, los pezones ya erectos, la piel más clara donde el sol no la besaba nunca.

Él los tomó con las manos, sintió el peso justo, la temperatura.

Bajó la boca a uno y lo chupó con una lentitud deliberada, sintiendo cómo ella arqueaba la espalda para ofrecerle más.

Le mordió el pezón apenas, un pellizco suave con los dientes, y ella soltó un gemido que se quedó atrapado en la garganta.

La recostó en la cama. Le quitó el pantalón, la ropa interior, y quedó desnuda bajo él, con los brazos abiertos, esperándolo.

Él se arrodilló entre sus piernas, le besó el vientre, la cadera, la cara interna del muslo.

Y cuando por fin bajó la cabeza hasta su centro, ella gimió —un sonido bajo, contenido, que se le escapó sin permiso.

Estaba mojada. Empapada.

Su lengua encontró el camino sola. Primero lamiendo los bordes, después el centro, después hundiéndose en la entrada caliente y resbaladiza.

Separó sus labios vaginales con los dedos y expuso el clítoris, ya hinchado, palpitante, y lo tomó en la boca.

Lo chupó con una succión rítmica mientras dos dedos entraban en ella, sintiendo cómo las paredes internas se contraían alrededor de ellos.

Ella movía las caderas al ritmo de su boca, agarrándole el pelo con las dos manos, apretando cuando la lengua se aplanaba contra ella, gimiendo cuando los dedos se hundían hasta el fondo buscando ese punto rugoso que la hacía temblar.

Él no se apresuraba. Alternaba: lamía el clítoris de abajo arriba, después lo succionaba con los labios, después metía la lengua entera dentro de ella y la movía en círculos mientras los dedos seguían trabajando afuera.

El placer le subía a Marisela desde el vientre, desde los muslos, desde cada terminación nerviosa que él sabía despertar con una paciencia de artesano.

—Ya —jadeó ella—. Ya basta. Quiero sentir tu sabor.

Él subió. Se quitó la ropa de una vez. Ella se incorporó sobre la cama y lo atrajo hacia ella. Lo tomó con la mano derecha —duro, caliente, la cabeza brillante de líquido preseminal— y lo miró un segundo antes de llevarlo a su boca.

Abrió los labios, mucho, y se lo metió entero.

No fue tímida. No fue poco a poco. Fue hasta el fondo de la garganta, sintiendo cómo la cabeza rozaba el paladar, después la úvula, después el inicio de la garganta que se abría para recibirlo.

Lo sacó, lamió la cabeza con la punta de la lengua, saboreó el líquido preseminal que ya brotaba.

Lo volvió a meter. Esta vez más profundo.

Se quedó ahí un momento, con la nariz pegada al vello púbico de él, los ojos llenos de lágrimas, la respiración suspendida.

Qué rico, pensó ella, y no supo si lo pensó o lo dijo en voz alta.

Después empezó a moverse. Subía y bajaba la cabeza, llevándoselo a la boca una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez con más hambre.

La lengua le recorría el tronco de abajo arriba cada vez que salía, rodeaba la cabeza cuando llegaba a la punta, presionaba la parte inferior donde la piel es más fina y sensible.

Su saliva resbalaba por los costados, brillante, obscena, mojándole los labios, la barbilla, los dedos que sostenían la base.

El sonido de su boca chupando llenaba la habitación, un ruido húmedo y constante que la excitaba más que cualquier cosa.

Chupó las bolas una por una, metiéndoselas en la boca con una delicadeza que contrastaba con la crudeza de lo que acababa de hacer.

Las succionó despacio, saboreando la piel arrugada, el peso en su palma.

Y después volvió a la cabeza, se la llevó entera hasta la base, la garganta abriéndose para recibirlo todo.

Se quedó ahí un momento, los ojos llenos de lágrimas, la respiración suspendida, y después subió lentamente, dejando un rastro de saliva brillante sobre la piel de él.

—Te lo quiero meter —dijo él, separándola con suavidad, con la voz rota—. Anda por favor.

La recostó. Se acomodó entre sus piernas. Ella lo miró y le dijo, con una voz que no parecía la suya:

—Hace mucho tiempo que no hago el amor con un hombre.

Él le agarró la cara con las dos manos. Le besó la frente.

—Tranquila —le dijo—. Aquí no hay prisa. Aquí no hay nadie más que tú y yo.

Y entró en ella.

Despacio. Milímetro a milímetro. Sintió cómo los labios vaginales se separaban para darle paso, cómo la entrada se abría, cómo las paredes internas —calientes, húmedas, tersas— se adaptaban a su grosor centímetro a centímetro.

Es más apretada de lo que imaginaba, pensó él, mientras seguía empujando, sintiendo cada pliegue, cada contracción involuntaria que lo succionaba hacia adentro.

Ella contenía la respiración, los ojos cerrados, la boca entreabierta.

Cuando él llegó hasta el fondo —hasta donde la piel de él tocaba la piel de ella—, ella soltó el aire en un gemido largo, rendido.

—Así —susurró—. Así, quédate un momento.

Él se quedó quieto dentro de ella. Sintió cómo el cuerpo de ella se acostumbraba a su tamaño, cómo las contracciones cedían, cómo el calor la envolvía por completo.

Después empezó a moverse. Un ritmo lento al principio, profundo, cada embestida haciéndola empujar las caderas hacia arriba para recibirlo más.

El placer subía desde el vientre de ella, desde la base de la columna de él, desde el punto donde los dos cuerpos se encontraban y se separaban y se volvían a encontrar.

—Más duro —pidió ella—. Dame más duro.

Él obedeció. Aceleró el ritmo, las embestidas más largas, más profundas, la fricción volviéndola más húmeda, más suya.

Las paredes internas de ella se contraían alrededor de él en cada embestida, succionándolo hacia adentro, y él gemía contra su cuello, mordiéndole la piel, perdiéndose dentro de ella.

Ella gemía abiertamente ahora, sin filtro, aferrada a sus hombros, las uñas clavándose en su espalda.

Él la giró. La puso de frente a la cabecera de la cama, boca abajo, las nalgas al aire, la espalda arqueada.

Desde atrás volvió a penetrarla, ahora más profundo, ahora con un ángulo nuevo que la hizo gritar.

Él la agarró por las caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en su piel, y la embistió con una cadencia feroz que hizo crujir la cama.

Ella arqueó la espalda para recibirlo, y en ese movimiento, doblando el cuello hacia atrás, encontró la boca de él esperándola.

Se besaron así. Desde atrás, con los cuerpos en ángulo, sus bocas encontrándose en una contorsión que parecía imposible y era, en cambio, la cosa más natural del mundo. Él empujaba. Ella empujaba hacia atrás para encontrarlo. Las lenguas se buscaban mientras los cuerpos se encontraban.

—Ya voy —dijo él, con la voz rota—. Voy a acabar.

—Hazlo —pidió ella—. Quiero sentirlo.

Él empujó hasta el fondo, una, dos, tres veces más, y se vino.

Los chorros de semen caliente y espeso la llenaron por dentro, uno, dos, tres, cuatro, cinco, mientras él gemía con un sonido grave y contenido contra la nuca de ella.