Mundo de cuernos Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

La gente habla en voz baja, se levanta sin motivo, se vuelve a sentar, va por el café que no sabe a café y lo deja enfriándose en el brazo de la silla.

Yolanda rezaba bajito un rosario que no terminaba nunca.

Daniel se había sentado lo más lejos posible de todos, en una esquina, con los codos en las rodillas y la cara entre las manos, cargando una culpa que no sabía dónde poner: él había llamado a Gutiérrez, él había pagado por los policías,

él había puesto en marcha la máquina que terminó con su amigo en un quirófano.

Que Alberto se hubiera caído solo no le quitaba el peso; se lo aumentaba, porque a la culpa no le importan los tecnicismos.

Paola, sentada muy derecha, miraba a su hija Camila con una atención nueva, esa atención que se enciende cuando algo en el cuerpo nos avisa antes que la cabeza.

Camila no había soltado una palabra en dos horas.

No tomaba café. No miraba el teléfono. Solo tenía los ojos clavados en la puerta del quirófano, meciéndose apenas, con un dolor que a Paola, que la había parido y la conocía como se conoce un mapa de la propia mano, le resultaba excesivo.

Demasiado grande. Del tamaño equivocado para la ocasión.

Y Denisse, a su lado, no la soltaba. Le tenía una mano en la espalda, le murmuraba cosas, le ofrecía agua que Camila no tomaba.

Una vigilancia tierna y nerviosa que tampoco encajaba del todo, y que Paola también registró, sin saber aún qué hacía con todos esos datos que se le iban acumulando como facturas sin cuadrar.

Sara, en otro rincón, miraba la puerta del quirófano con sus propios ojos llenos de algo, y de vez en cuando Frank le pasaba un brazo por los hombros y ella se dejaba, pero seguía mirando la puerta, como si esperara una respuesta que solo le importaba a ella.

Y en una de esas, hacia las dos de la mañana, cuando el cansancio había bajado todas las guardias y la sala era un campo de gente vencida por la espera, pasó lo que tenía que pasar.

Camila, que llevaba horas con los ojos clavados en la puerta del quirófano, sin probar el café, sin hablar, meciéndose apenas, soltó de pronto, en voz baja pero en el silencio total de la sala, una frase para nadie y para todos:

—Si se muere, yo me muero.

Y nadie habría dicho nada —es una frase que se dice— si no fuera por cómo la dijo. Por el peso. Por la manera en que le tembló. Por las lágrimas que le caían no como caen las lágrimas por un conocido, sino como caen por lo que es de una.

Paola la miró. Y esta vez no archivó.

—Camila —dijo Paola, despacio, con un hilo de voz que no era su voz de gerente—. ¿Qué dijiste?

—Nada, mamá.

—Camila. —Paola se levantó de la silla naranja, y toda la sala se quedó quieta, porque hay tonos de madre que paralizan habitaciones enteras—. Mírame. ¿Por qué lloras así? ¿Por qué lloras como... —y la voz se le rompió en la palabra, porque la palabra le abría un abismo— ...como si fuera tuyo?

Camila levantó la cara. Y Denisse, a su lado, le puso una mano en la rodilla, una mano que decía no lo digas, mija, todavía no, no aquí.

Pero ya era tarde, porque Camila tenía dieciocho años y el corazón roto y horas de espera y ninguna fuerza para seguir cargando sola un secreto que pesaba más que ella.

—Porque lo amo, mamá —dijo Camila, y lo dijo casi con alivio, con el alivio espantoso de soltar lo que asfixia—. Porque Alberto y yo... desde hace meses. Lo amo. Y ahora está ahí adentro y se me puede morir y nadie sabe que yo... que él es...

No terminó. No hizo falta.

El silencio que cayó sobre la sala de espera fue de otra calidad, un silencio espeso, físico, de esos que se pueden tocar.

Yolanda dejó de llorar de golpe, congelada.

Daniel abrió la boca y no dijo nada. Sara, en su rincón, se llevó una mano al pecho.

Y Paola se quedó de pie en medio de la sala, mirando a su hija menor como se mira un terremoto: sin poder hacer nada, sintiendo cómo se le abría el piso.

—¿Alberto? —dijo Paola, en un susurro—. ¿Tú... con Alberto? ¿El marido de Yolanda? ¿El que se cayó por andar metido con...?

Y ahí Paola hizo la cuenta completa, la cuenta atroz, la que ataba todo en un solo nudo imposible.

Alberto se había caído trepando al balcón de Daniel porque descubrió que Yolanda se acostaba con Daniel.

Es decir: el hombre que se acostaba con su hija de dieciocho años se mataba de celos por otra mujer, mientras esa hija lo esperaba sin saberlo.

Su Camila. Su niña. La que ella había llevado al colegio, la que había cuidado con fiebre, la que todavía le pedía permiso para llegar tarde.

Compartida sin saberlo con Yolanda, con quién sabe cuántas más, engañada por el mismo hombre que engañaba a todos, usada por un treintón que casi le duplicaba la edad y que le había metido en la cabeza vaya a saber qué promesas.

—Dios mío —dijo Paola, y se sentó de golpe en la silla naranja, porque las piernas no le aguantaron la cuenta—. Dios mío, Camila. ¿Hace cuánto? ¿Desde cuándo, mija? ¿Qué te dijo ese hombre? ¿Qué te prometió?

—Meses, mamá —sollozó Camila—. Desde el verano. Y no me prometió nada, yo... yo lo quería. Yo lo quiero. No fue su culpa, fui yo, yo me metí, yo...

—No. —Paola la cortó con una dureza que era amor en su forma más feroz—.

No, Camila. Tú tienes dieciocho años. Él tiene treinta y pico y una esposa y media ciudad de mujeres.

La culpa no es tuya. Métete eso en la cabeza ahora mismo, aunque no me lo creas todavía: la culpa de un hombre así nunca es de la muchacha. Nunca.

Yolanda miraba a Camila y miraba a Paola y empezaba a entender, también, su propia parte en el espejo: que el hombre que ella había llorado durante seis años, el que la había botado a la calle por andar de faldas, el que casi se mata por celos de ella,

andaba al mismo tiempo con la hija de dieciocho años de su mejor amiga.

Que todos en esa sala habían sido, de una forma u otra, juguetes del mismo titiritero que ahora un cirujano cansado trataba de salvar al otro lado de una puerta batiente.

Que el llanto de Camila era, en el fondo, el mismo llanto que ella había llorado tantas veces, solo que más joven y más crudo, y que en ese llanto se reconocía con una mezcla de pena y de espanto.

Y Denisse, abrazando a Camila, prefirió callar sabiéndose también partícipe en esa historia de drama, amor y sexo desde aquella primera noche en el hotel del aeropuerto en que los tres habían sido una sola cosa enredada.

Denisse no lo dijo. Lo tragó con todo y culpa, porque hay confesiones que destruyen más de lo que limpian, y porque mirando a Paola deshecha entendió que decirle su participación no iba a salvar a nadie, solo iba a hundir a dos.

Así que cargó su pedazo en silencio, lo metió en su propio cajón, y abrazó más fuerte a Camila, que era la única manera honesta que le quedaba de pedir un perdón que no podía nombrar.

Paola miró a su amiga. Miró a su hija. Miró la puerta del quirófano.

Y no dijo nada, porque no había nada que decir que cupiera en palabras.

Solo extendió un brazo, despacio, y atrajo a Camila hacia ella, y la abrazó, a la hija que la habían engañado, a la hija engañada, a las dos hijas que eran la misma, y la dejó llorar en su hombro mientras ella miraba por encima de la cabeza de la muchacha hacia la nada, con los ojos secos,

porque hay dolores tan grandes que se saltan el llanto.

Paola apretó los labios y guardó el secreto de Camila en el cajón más hondo, el de los que no se abren jamás. Por primera vez desde que su madre le enseñó a archivarlo todo, el cajón cerró bien. Y esa fue la parte más triste.

* * *

Mientras en el Durango se derrumbaba un mundo, en otro lado de la ciudad otro mundo, más chico, se atrevía por fin a respirar.

Félix se había enterado de lo de Alberto por un mensaje, y la noticia —un hombre que se cae de un segundo piso, que se rompe la cabeza, que a lo mejor no despierta— le hizo lo que le hacen a veces las desgracias ajenas: le puso un espejo delante.

Esto se puede acabar en un segundo, pensó Félix.

Un mal paso, una cornisa floja, y se acabó.

Y yo, mientras tanto, ¿qué estoy haciendo con mi único segundo?

Mintiendo. Durmiendo al lado de una mujer a la que le miento con el cuerpo cada noche.

Escondido en una caja cada vez más chica.

Valentina llegó de madrugada del restaurante, agotada, y encontró a Félix sentado en el borde de la cama, despierto, vestido, con la luz prendida y una cara que ella no le había visto nunca.

—¿Supiste lo de Alberto? —dijo ella, soltando el bolso—. Qué horror. Voy mañana temprano al hospital.

—Me enteré... Valentina. ¿Podemos hablar? Tengo algo que decirte.

Y algo en el tono hizo que Valentina se sentara, despacio, en la silla del tocador, frente a él, sin quitarse el abrigo.

Félix había ensayado mil discursos en su vida, y todos para esconder. Este era el primero para mostrar, y por eso no le salió ninguno de los ensayados. Le salió, en cambio, la verdad pelada, sin adornos, que es como salen las verdades cuando por fin se les abre la puerta.

—No te puedo seguir mintiendo —dijo—. No por ti, que no te lo mereces, y no por mí, que ya no aguanto.

Valentina, yo... yo estoy con Alessandro.

Tu hermano. Desde hace un tiempo. Y no es una aventura, no es una confusión, no es el alcohol.

Soy así. Siempre fui así y me pasé la vida tapándolo, y te usé a ti de tapa sin querer, y eso es lo que no me perdono.

Tú no eras mi mentira. Tú eras mi escondite.

Y no tienes por qué seguir siendo el escondite de nadie.

Hubo un silencio. Pero no fue el silencio que Félix temía, el del derrumbe, el de la mujer destrozada. Fue otro silencio. Fue el silencio de Valentina procesando, y después, despacio, soltando el aire que parecía llevar años conteniendo.

—Ya lo sabía —dijo Valentina, en voz baja.

—¿Qué?

—Lo de Alessandro. Lo sospechaba hace rato.

Los vi una vez, en una fiesta, cómo se miraban, y até cabos.

—Se quitó el abrigo, por fin, como quien se quita un peso—.

Lo que no sabía era si tú ibas a tener el valor de decírmelo, o si íbamos a pasarnos la vida los dos fingiendo.

Y mira. Tuviste el valor. —Sonrió, una sonrisa cansada y triste y de algún modo aliviada—.

Esta noche, justo esta noche, tuviste el valor.