Capítulo 9
El golpe se oyó hasta la calle, y los dos policías, que un segundo antes fumaban tranquilos convencidos de que el trabajo estaba hecho, soltaron el cigarro y corrieron por el costado del edificio hacia el callejón de atrás.
Lo encontraron entre dos tinacos, bocarriba, con una pierna doblada de una manera que las piernas no se doblan y un hilo oscuro saliéndole de la cabeza, serpenteando entre la mugre del piso hacia una coladera.
El gato que lo había mirado trepar lo miraba ahora desde la misma barda, con el mismo desprecio, porque a los gatos las tragedias humanas les parecen, como mucho, mal organizadas.
—No se mueva, jefe, no se mueva —dijo el policía alto, arrodillándose, aunque Alberto no se movía en absoluto, lo cual era justamente el problema—. ¡Llama a una ambulancia! ¡Ya! ¡Y a Gutiérrez, dile a Gutiérrez que esto se nos torció!
Arriba, en el dos B, detrás de la cortina, Daniel había oído el ruido.
Ese ruido. El ruido seco y horrible y definitivo que hace un cuerpo cuando encuentra el suelo, un ruido que no se parece a ningún otro y que el que lo oye una vez no lo olvida nunca.
Se quedó congelado un segundo entero, con la sangre en los pies, y después, contra todo su instinto de cobarde, contra los diez mil pesos en uniforme que había pagado precisamente para no tener que bajar, bajó.
Bajó las escaleras de dos en dos, salió al callejón, y se encontró con la escena: Alberto en el piso, los policías encima, la sangre.
—No —dijo Daniel—. No, no, no. Yo no pedí esto. Yo dije que lo detuvieran. Yo dije suavecito. Yo dije que no lo aporrearan.
—Nadie lo aporreó, señor —dijo el policía, sin levantar la vista—. Este se cayó solito tratando de treparse por la pared. Nosotros ni lo tocamos. Usted es testigo de que ni lo tocamos.
Y ahí estaba el horror de la cosa, el horror puro: que nadie lo había tocado.
Que Alberto, el que arreglaba todos sus problemas sin dejar huellas, el que partía narices ajenas y pedía traslados sin ensuciarse las manos, se había hecho esto él mismo, con sus propias manos y su propio orgullo, trepando hacia una venganza que le quedaba a un palmo de distancia,
igual que le quedó a un palmo el barrote del balcón.
El hombre que controlaba todo, derrotado por una cornisa de cuarenta años y por la única cosa que nunca supo controlar, que era su propia rabia.
Daniel se arrodilló al lado de su amigo —porque a pesar de todo, a pesar de Yolanda, a pesar de la sentencia de muerte que ese hombre traía para él esa misma noche, era su amigo, habían sido compadres del alma, habían brindado juntos,
se habían prestado plata y mujeres y coartadas— y le habló bajito, con la voz quebrada.
—Aguanta, Alberto. Aguanta, compadre. Ya viene la ambulancia. No te me vayas, cabrón, no te me vayas así.
Y mientras lo decía, una idea espantosa se le clavaba en el pecho: que él había hecho esto.
Que cuando marcó a Gutiérrez, cuando regateó los cincuenta mil, cuando pidió "que lo detengan suavecito", había puesto en marcha la cadena que terminaba aquí, con su amigo sangrando entre dos tinacos.
No importaba que Alberto se hubiera trepado solo.
Daniel sabía, con esa certeza que no perdona, que si él hubiera bajado a dar la cara como un hombre en vez de esconderse detrás de dos uniformes pagados, Alberto no habría tenido que trepar por ninguna pared.
La cobardía también mata. Tarda más, da más rodeos, pero mata.
La sirena se oyó a lo lejos, acercándose, rasgando la madrugada de la Roma. Daniel sacó el teléfono con las manos temblando y marcó el número que más miedo le daba marcar en ese momento, porque era el número de la mujer por la que todo esto había empezado.
—¿Yolanda? —Se le quebró la voz—. Yolanda, pasó algo. Algo grave. Es Alberto.
* * *
La noticia salió del callejón de Insurgentes y se regó por la ciudad con la velocidad con que se riegan las desgracias, que es siempre mayor que la de las buenas nuevas, porque la desgracia viaja sin equipaje.
Yolanda gritó en su cocina de la Doctores y se le cayó el teléfono al piso, y su madre acudió desde el cuarto pensando que se moría alguien, y en cierto modo no se equivocaba.
Yolanda recogió el aparato, escuchó el resto —el hospital, la cabeza, vengan rápido—, y en el segundo de colgar sintió una cosa rarísima, una cosa que la avergonzó: que ya no sabía si lo que sentía por Alberto era amor, o costumbre, o miedo,
o solamente el reflejo viejo de correr cuando él la llamaba.
Pero corrió. Una se pasa la vida corriendo hacia las personas equivocadas, y el cuerpo no aprende, solo corre.
En el restaurante, la noticia entró por la cocina, como entran todas, traída por una llamada de Yolanda a Marisela y de Marisela a quien estuviera cerca.
Y quien estaba cerca era Paola, cuadrando la caja del cierre, y Camila, que ayudaba a recoger el salón, y Denisse, y doña Elvira con su delantal eterno.
—Alberto se cayó —dijo Marisela, blanca, con el teléfono todavía en la mano—. Se cayó de un segundo piso. Está grave. Se lo llevaron al hospital, al de la Roma, al Durango.
Hubo ese silencio que precede a las reacciones, ese medio segundo en que todos procesan. Y en ese medio segundo, Paola vio algo que después no iba a poder dejar de ver, aunque en el momento no lo entendió.
Vio a Camila.
Vio cómo a su hija menor, a su Camila de dieciocho años, se le caía de las manos la pila de servilletas que estaba doblando.
Vio cómo se le iba el color de la cara de golpe, como se le va a una pared cuando le quitan un cuadro.
Vio cómo abría la boca y no le salía la voz, y después sí le salía, en un grito que no era el grito que corresponde cuando se cae el marido de una amiga de la familia, sino otro grito, uno que venía de más adentro, de más abajo, de un lugar del cuerpo donde solo se grita por lo propio.
—¡NO! —gritó Camila—. ¡No, no, Alberto no, por favor, Alberto no!
Y se dobló sobre sí misma como si la hubieran pateado, y Denisse —que estaba a dos metros— cruzó esos dos metros en un instante y la abrazó, y le dijo al oído algo que nadie más oyó pero que tenía toda la forma de un "tranquila, mija, tranquila, ya, respira",
el tono exacto de quien consuela a alguien por una pérdida personal, no ajena.
Paola lo registró todo. Lo archivó, como archivaba todo, en ese cajón que en su familia no cerraba nunca. Pero esta vez el cajón le quedó abierto, con la punta de algo asomando, algo que ella todavía no quería mirar de frente.
—Vámonos —dijo Paola, con su voz de gerente, la voz que usaba para no derrumbarse—. Todos al hospital. Camila, mija, cálmate. Denisse, ayúdame con ella. Mamá, usted se queda y cierra. Vámonos.
Y mientras salían en tropel hacia los carros, Paola caminaba detrás de su hija, mirándole la espalda sacudida por el llanto, y por primera vez en mucho tiempo sintió miedo de una pregunta que ni siquiera se había formulado todavía.
* * *
El Hospital Durango olía, como huelen todos los hospitales, a desinfectante con un fondo de miedo, que es un olor que no sale en ningún frasco pero que está siempre ahí.
Alberto entró por urgencias a las once de la noche y a las once y media ya estaba en quirófano.
El neurocirujano de guardia, un hombre flaco y cansado que había dado esa misma explicación demasiadas veces, la dio una vez más en el pasillo, a Yolanda, que era la esposa, aunque estuvieran separados, porque para los hospitales los papeles mandan más que las separaciones.
—Tiene un traumatismo craneoencefálico. Hay un hematoma, un sangrado dentro del cráneo, que está presionando el cerebro.
Tenemos que entrar a drenarlo, a quitar la presión, ahora mismo, no hay tiempo que perder.
—Hizo la pausa que hacen los médicos antes de la parte que no gusta—.
Le voy a ser honesto, señora. Es una cirugía seria.
Puede salir bien. Pero aunque salga bien, con este tipo de golpes uno nunca sabe en qué estado despierta la persona.
Puede haber secuelas. Problemas de movilidad, del habla.
Pérdida de memoria. Desorientación. No lo vamos a saber hasta que despierte, y no le puedo prometer cuándo va a despertar, ni cómo. ¿Me entiende lo que le digo?
Yolanda asintió sin entender del todo, porque esas cosas no se entienden cuando se oyen, sino después, despacio, a plazos.
—Hagan lo que tengan que hacer —dijo—. Sálvenlo.
El médico se fue por las puertas batientes, y Yolanda se quedó parada en el pasillo, sola, con la palabra "memoria" dándole vueltas sin saber todavía la ironía que esa palabra le tenía guardada.
* * *
La sala de espera de cirugía del Durango era un cuadrado de sillas de plástico naranja atornilladas al piso, una máquina de café que solo daba un líquido marrón sin nombre, y un televisor en una esquina, mudo, pasando un partido viejo que nadie miraba.
Y ahí, en ese cuadrado, la noche fue juntando a todos los que esta historia había ido separando, porque las salas de espera tienen esa función secreta: son los confesionarios laicos donde la gente, agotada y sin defensas, termina enseñando lo que esconde.
Llegó Yolanda, hecha un trapo. Llegaron Paola, Camila y Denisse.
Llegó Daniel, que no sabía si tenía derecho a estar ahí pero que no podía estar en ningún otro lado, con la culpa pintada en la cara.
Y llegó, al rato, descompuesta, con un abrigo encima del piyama, Sara, la mujer de Frank, que había sabido de la noticia por Yolanda —eran amigas— y que entró a la sala con una cara que a su propio marido, que llegó detrás de ella, no le terminó de cuadrar.
Porque Frank vino con Sara. Y Frank, que era un hombre sencillo pero observador, notó algo desde la puerta: notó que su esposa, al entrar, buscó con los ojos la puerta del quirófano con una angustia que no era la angustia de quien viene a acompañar a la mujer de un conocido.
Era otra cosa. Era la angustia del que tiene algo adentro.
Frank archivó eso, a su manera tosca, sin saber que esa noche el aire de esa sala iba a estar lleno de cosas archivándose.
Las horas en una sala de espera no pasan como las otras horas.
Se estiran, se deforman, se vuelven de goma.