Capítulo 8 #5
Y los policías lo vieron alejarse, y uno le dijo al otro algo en voz baja, y se rieron, y se relajaron, y volvieron a su pose de estatua, convencidos de que el trabajo estaba hecho, de que el fulano se había ido a llorar su rabia a otra parte como se van todos.
Se equivocaron.
Porque Alberto no se fue. Alberto caminó hasta la esquina, dobló, esperó en la sombra de un zaguán a que los policías dejaran de mirar hacia donde él se había ido, y cuando los vio volver a su pose de estatua y encender un cigarro compartido,
retrocedió y dio toda la vuelta a la manzana hasta el callejón de atrás del edificio, ese callejón de gatos y tinacos y cables colgantes que tienen todos los edificios viejos de Insurgentes.
Y desde ahí, en lo oscuro, mirando hacia arriba, calculó la ruta con el optimismo demente de los borrachos de rabia: el muro, el tubo del gas que subía por la pared como una vena de metal, la cornisa saliente del primer piso, y de ahí un salto, un solo salto, hasta el barrote del balcón del dos B,
donde la luz seguía encendida burlándose de él detrás de la cortina.
No estaba borracho de alcohol. Estaba borracho de algo peor, de orgullo herido, que es la única embriaguez que no se duerme, no se vomita y no se pasa con café y pan dulce a las seis de la mañana.
La que lleva a los hombres a hacer exactamente lo que no deben, convencidos de que es lo único digno que les queda.
Empezó a trepar.
El tubo del gas aguantó el primer tramo, porque los tubos del gas de los edificios viejos son más nobles y más leales que la gente que vive adentro de ellos.
Alberto subió un metro, metro y medio, agarrándose de los soportes oxidados, de las grietas del repello, de lo que la pared quisiera ofrecerle.
Se raspó las manos, se rompió una uña, la camisa blanca del servicio —la misma con la que había llegado a las ocho de la mañana de aquella noche larga, hacía un siglo, hacía un solo día— se le manchó de óxido anaranjado y de la mugre negra de cuarenta años de pared sin lavar.
Pero subió. El rencor es mal consejero pero buen combustible.
Llegó a la cornisa del primer piso y se izó hasta pararse en ella, pegado al muro como una lagartija, las puntas de los zapatos en treinta centímetros escasos de cemento saliente y todo el resto del cuerpo colgando sobre el vacío oscuro del callejón, donde tres pisos más abajo —no, dos,
pero de noche y con miedo todos los pisos son tres— lo esperaban los tinacos y el cemento.
Desde una barda, un gato lo miró con el desprecio universal y eterno de los gatos por los asuntos humanos.
—Ya casi —se dijo Alberto, sudando frío, con el corazón golpeándole las costillas, mirando hacia arriba el balcón que estaba a un brazo, a medio brazo, a un imposible brazo de distancia—. Ya casi, cabrón. Ya voy para allá. Ya vas a ver.
Estiró la mano derecha hacia el barrote del balcón del segundo piso.
Le faltó poco. Un palmo. Un miserable palmo de aire.
Volvió a pegarse al muro, respiró, se insultó a sí mismo por viejo y por pesado, acomodó mejor los pies en la cornisa, flexionó apenas las rodillas para darse el pequeño impulso, el saltito mínimo que lo dejaría agarrado del hierro y, de ahí, adentro, cara a cara, por fin,
con el hombre que le había volteado la vida.
Tomó aire. Saltó.
Y la cornisa, que llevaba cuarenta años aguantando con paciencia el peso de las palomas, de los maceteros de geranios muertos y de la indiferencia del casero, pero que no estaba diseñada por ningún ingeniero de este mundo para soportar el impulso del rencor de un hombre de ochenta kilos,
no lo aguantó.
Se oyó un crujido seco, feo, definitivo.
Un pedazo entero de cemento se desprendió del muro con un suspiro de polvo, y el pie derecho de Alberto, en el instante mismo del impulso, se quedó de pronto pisando nada.
Por un segundo entero —el segundo más largo de toda la noche, más largo que los once segundos del video de Daniel, más largo que los doce años de Cesare y Annamaria, más largo que la vida— Alberto manoteó el aire con las dos manos abiertas, buscando el barrote, buscando el tubo del gas,
buscando la cornisa que ya no estaba, buscando a Dios, buscando a su madre, buscando cualquier cosa que tuviera la decencia de detener lo que ya no se podía detener.
No encontró nada. El aire no se agarra.
Y Alberto, el galán, el infiel, el que leía las caras de todos menos la del destino, el que aquella mañana había bendecido desde un sofá la suerte de su mejor amigo sin saber que se bendecía la propia desgracia, cayó hacia atrás en el vacío del callejón,
con el zarcillo todavía en el bolsillo de la camisa, encima del corazón.
El golpe sonó hasta la calle.
Los dos policías se miraron, soltaron el cigarro y corrieron por el costado del edificio.
Arriba, en el dos B, Daniel oyó el ruido seco y horrible que hace un cuerpo cuando encuentra el suelo, y se quedó congelado detrás de la cortina, con la sangre helada, sin atreverse todavía a salir al balcón a mirar lo que no quería ver.
Porque una cosa era que su rival se fuera humillado a llorar su rabia, y otra muy distinta, muy distinta, era esto.
En el callejón, entre los tinacos, bajo la mirada indiferente del gato, Alberto no se movía.