Capítulo 8 #4
—Más duro —jadeó ella, sin poder contenerse—. Dame más duro, Frank. Así. No pares.
Él obedeció. La agarró por el pelo, tirándole suavemente hacia atrás para que arqueara la espalda, y la penetró desde esa posición con una profundidad nueva, con un ángulo que la hizo gemir abiertamente, sin filtro, con la voz rota.
—Me voy a correr —anunció él.
—Adentro —dijo ella, sin pensarlo—. Quiero sentirlo.
Frank empujó hasta el fondo. Se quedó quieto un momento, el cuerpo entero tenso, y después llegó el calor.
Chorros calientes y espesos inundándola por dentro, llenándola, mientras él gemía con un sonido grave y contenido contra su nuca.
Paola sintió cada pulsación, cada latido, cada chorro, y esa sensación —esa plenitud líquida, tibia, definitiva— la empujó al borde.
Se corrió también, con las manos aferradas al escritorio, con la boca abierta en un grito que ahogó contra los papeles.
Se quedaron quietos un momento. Jadeando. El sudor pegándoles la piel.
Frank salió de ella. Se subió el pantalón. Se acomodó la camisa. Se puso la cachucha.
Paola se incorporó despacio. Sentía el semen escurriéndole por el muslo, caliente, abundante. Se agachó a recoger los pedazos de su tanga. Los levantó. Los miró. Se los mostró a Frank con una cara que quería ser de molestia y que era, en el fondo, de otra cosa.
—¿En serio? —dijo.
Frank se encogió de hombros. Sonrió.
—Se la compro otra, patrona.
Paola soltó una risa corta. Improvisada. La única risa que le quedaba.
—Vete, Frank —dijo, recomponiéndose el moño frente al reflejo de la ventana.
—Me voy. —Y ya en la puerta, sincero—: De verdad le deseo que el otro la merezca, patrona. Sea quien sea.
Y se fue a buscar, con un brío nuevo, a Denisse, sin saber que acababa de cerrar un capítulo y abrir otro, porque en este mundo nadie cierra una puerta sin dejar otra entreabierta.
Paola se quedó sola, archivó la escena en el cajón que ya no cerraba, y se prometió por enésima vez que esa había sido la última. El cuerpo, calladito, no opinó. El cuerpo ya sabía que esas promesas eran como las dietas: sinceras y breves.
* * *
A esa hora, un carro entraba a la calle del departamento de Insurgentes manejando despacio, casi con cariño, como manejan los hombres que ya decidieron lo que van a hacer y no tienen prisa por llegar a hacerlo.
Alberto se estacionó en doble fila, sin importarle, con el zarcillo todavía en el bolsillo de la camisa, encima del corazón.
Se bajó, cerró la puerta del carro con una suavidad rara, y al levantar la vista hacia el edificio se encontró con algo que no estaba en su plan: dos policías parados en la entrada, las piernas abiertas, los pulgares en el cinturón,
con esa pose de estatua que ponen los uniformados cuando los pagaron para estorbar.
Alberto se detuvo en seco en la acera. Hizo, otra vez, una cuenta rápida. Y la cuenta, esta vez, le dio enseguida.
—No me jodas —dijo en voz alta, soltando una risa sin gracia—. El muy cobarde llamó a la policía.
Caminó hacia la puerta de todos modos. Uno de los agentes, el más alto, levantó una mano sin sacar el pulgar del cinturón del todo, con esa economía de movimientos de los que cobran por aguantar y no por pelear.
—Buenas noches, jefe. ¿A dónde va?
—Vivo aquí. Voy a mi depa —dijo, convincente, y le sonó bien—. Dos B.
—Pues hoy no, jefe. Hoy el dos B no entra nadie.
—El policía ni siquiera lo miraba a los ojos; miraba un punto vago detrás de la oreja de Alberto, como miran los porteros y los verdugos—.
Dese la vuelta, váyase para otro lado a dormir, y mañana arregla lo que tenga que arreglar. Con calma. Hágame caso.
Alberto miró al policía. Miró al otro. Miró el balcón del segundo piso, el del dos B, donde se adivinaba una luz encendida detrás de la cortina.
Y algo se le subió por dentro, una marea vieja, la misma que se le había subido con Hermes, la misma que le subía cada vez que el mundo le recordaba que las cosas no eran como él decía.
—¡DANIEL! —gritó hacia el balcón, de pronto, con una voz que rebotó en toda la calle y encendió un perro a media cuadra—. ¡DANIEL, SAL, NO SEAS MARICA! ¡SAL A DAR LA CARA COMO UN HOMbrE!
La cortina del segundo piso se movió apenas. Después la puerta del balcón se abrió una rendija, lo justo, y la voz de Daniel salió desde adentro, sin asomar el cuerpo, protegida por la distancia y por los diez mil pesos en uniforme que custodiaban la entrada.
—Alberto, compadre, cálmate —dijo Daniel, y la voz le temblaba un poquito, pero el sarcasmo de saberse a salvo le daba un valor que no tenía en persona—.
Tú estás hablando con la rabia. Estás diciendo cosas sin pensar.
Espérate a que se te pase, hermano, y mañana o pasado vas a ver que la cosa no es tan grave.
—¿Que no es tan grave? —Alberto dio un paso adelante y el policía alto le puso la mano abierta en el pecho, sin empujar, solo estableciendo una frontera—.
¿QUE NO ES TAN GRAVE, HIJO DE TU CHINGADA MADRE?
¡Te metiste con Yolandita en tu cama mientras yo confiaba en ti!
¡Yo te bendije, cabrón! ¡Yo dije qué suerte tiene mi compadre, qué bueno que el pobre Daniel se levantó una vieja después de todo lo que le pasó!
¡hijo de puta, maldito! —La voz se le quebró de pura rabia, y por un instante, debajo del veneno, asomó algo que se parecía peligrosamente al llanto—.
¡Y eras tú con la mía! ¡Era mi Yolanda la que estabas oyendo gemir mientras yo te sumaba las botellas, infeliz!
—Yo no fui a buscarla, Alberto —dijo Daniel desde adentro, y fue lo peor que pudo decir, porque era verdad y por eso dolía más—.
Ella llegó. Tú la botaste. Yo no le quité nada a nadie.
Compadre, ella vino para que la perdonaras, hablamos, nos tomamos unos tragos, y compadre, la carne es débil, entienda.
—¿QUE TÚ NO...? —Alberto se atragantó con su propia rabia—.
¡Baja y me lo dices a la cara, no detrás de una puerta y dos policías pagados!
¡Eso es lo único que has sabido hacer toda tu vida, esconderte!
¡Por eso te grabaron, por eso eres un maricón, porque eres un cobarde de nacimiento!
¡Baja y te demuestro qué tan grave es! ¡Baja, poco hombre, baja y nos partimos la madre aquí en la calle como se hace entre varones!
¡A ver si tienes los huevos que no tuviste para conseguirte tu propia mujer en vez de recoger la usada de tu compadre!
—Esos modos no, compadre —dijo Daniel desde adentro, con una dignidad prestada que daba un poco de risa—. Así no se puede hablar. Cuando estés tranquilo hablamos como gente.
—¡NO ME DIGAS COMPADRE, TRAIDOR!
—¡SAL! —insistió Alberto, y golpeó el aire con el puño—. ¡SAL UNA SOLA VEZ EN TU VIDA!
—Ya, jefe. —El policía alto cambió el tono, lo endureció un grado—. Hasta aquí llegó. O se va caminando por su propio pie ahorita mismo, o se va en la patrulla y duerme en la delegación. Usted escoge, pero escoja rápido, que yo no tengo toda la noche y usted tampoco.
Alberto los miró a los dos. Midió. Era infiel pero no idiota, y supo, con la parte fría de la cabeza que nunca se le apagaba del todo, que contra dos uniformes no había pelea que ganar. Apretó los dientes, se guardó el orgullo donde pudo, levantó las dos manos en señal de rendición falsa.
—Está bien. Está bien, ya. Me voy. —Retrocedió por la acera, despacio, sin darles la espalda—. Tranquilos. Ya me voy.