Capítulo 8 #3
Ese fulano es mi amigo y tiene labia, y si aparece con un moretón después me arma un lío que no nos conviene a ninguno.
Detenido y suavecito, como a un bebé. ¿Estamos? Cinco mil cada uno y todos contentos.
Diez mil pesos para los muchachos que arriesgaban el pellejo en la puerta.
Cuarenta mil pesos limpios para el compadre Gutiérrez, por una llamada de tres minutos y dos cuentas de cabeza.
Así se sostiene la integridad física en esta ciudad: por capas, como una cebolla, y cada capa que uno pela cobra su comisión, y el que paga abajo del todo nunca llega a saber cuántas manos se untaron con su miedo.
* * *
Mientras el dinero cambiaba de manos por teléfono, Paola recibía a Frank en la oficina grande del restaurante, con la puerta cerrada y el corazón en modo gerente, que era su modo blindado.
Había ensayado las frases toda la mañana, y ninguna le sirvió, porque Frank no vino con el guion que ella le había escrito.
—Frank, antes de nada —empezó Paola, de pie tras el escritorio, usando el mueble de trinchera—. Lo del otro día. Quiero que entiendas que no fue lo que pareció. Hubo... circunstancias. El apagón, la confusión. Necesito que seamos discretos. Que esto quede entre nosotros, como dos adultos.
Frank, que era un hombre sencillo pero no tonto, asintió despacio, dándole vueltas a la cachucha entre las manos.
—Patrona, yo lo entiendo perfecto. —Y dijo algo que la desarmó—. Yo me di cuenta esa noche de que usted esperaba a otro. No sé a quién, y no quiero saberlo. Usted en lo oscuro me dijo cosas que no eran para mí. Yo no soy bruto, patrona. Me di cuenta.
Paola se quedó sin trinchera.
—Frank, yo...
—No, déjeme. —Frank levantó una mano, sin agresividad, casi con ternura—.
No le voy a hacer problema. Es más, le voy a decir una cosa: a mí la que de verdad me mueve el piso es Denisse.
La amiga suya. Desde que llegó. Así que usted y yo, en el fondo, andábamos pensando en otra gente esa noche.
—Sonrió, tímido—. Estamos a mano, si lo ve así.
Era la salida perfecta. Era todo lo que Paola había rezado: discreción, comprensión, ni chantaje ni drama. Debió decir gracias, Frank, eres un caballero, y cerrar la puerta y respirar por primera vez en días.
Pero Frank, envalentonado por la confesión, dio un paso hacia el escritorio.
—Solo le pido una cosa, patrona. Y si me dice que no, le juro por mi madre que no la molesto más, que yo soy hombre de una palabra.
—Bajó la voz—. Un último ratico. Con la luz prendida, esta vez.
Que yo sepa que fue conmigo y no con el fantasma del otro.
Una sola vez, y me borro. Pero si usted no quiere, yo me borro igual, sin rencores.
Y ahí Paola debió decir que no. Tenía el no en la punta de la lengua, redondo, fácil, correcto, gratis.
Era el no más sencillo del mundo: el hombre acababa de darle salida, le había jurado discreción, le había ofrecido borrarse sin rencores.
Bastaba con decir "no, gracias, Frank, eres un caballero" y todo el problema se evaporaba como el vaho de una taza.
Lo que pasó fue que el cuerpo, ese empleado desleal del que ya hemos hablado, levantó la mano antes que la boca.
Porque Paola se acordó —contra su voluntad, en alta definición, con sonido y todo— de lo que había gozado en aquel cuarto a oscuras: de la paciencia de ese hombre, de su manera de no tener prisa, de la mejor noche que su cuerpo recordaba en años de sequía matrimonial.
Y la memoria del cuerpo no tiene moral, no tiene vergüenza, no tiene sentido del decoro ni del horario laboral: solo tiene archivo, y el archivo se abrió de par en par, sin pedirle permiso a la gerente.
Era absurdo. Era peligroso. Era, además, profundamente injusto con todo lo que ella creía ser: una mujer seria, una administradora, una madre, una hija de doña Elvira.
Y sin embargo ahí estaba el calor subiéndole por donde no debía, y la voz de la razón haciéndose cada vez más chiquita, como una radio que se aleja.
Protestó, eso sí. Protestó lo estrictamente necesario para poder decirse a sí misma, después, frente al espejo, que había protestado.
—Esto es una locura, Frank. Estamos en el restaurante. En horario. Mi madre está en la cocina.
—La puerta tiene seguro —dijo Frank, que ya lo había notado, porque hasta los hombres sencillos notan los seguros cuando importan.
—Una vez. Y nunca más. Y de esto no se habla jamás, ¿me oyes? Jamás.
—Jamás —juró Frank, y dio el último paso.
Estas páginas, fieles a su costumbre, se quedan de este lado del seguro de la puerta, junto con las facturas sin cuadrar y el santo de don Giuseppe.
Baste decir que esta vez había luz, como Frank quería; que Paola descubrió, con una mezcla de alivio y de vergüenza, que con la luz prendida el hombre le gustaba igual, lo cual le quitaba la última excusa elegante que le quedaba; que el escritorio resultó ser,
contra todo pronóstico de la ebanistería, un mueble resistente; y que cuando todo terminó y Frank se acomodó la ropa y se puso la cachucha y le dijo "patrona, fue un honor", con una formalidad de empleado que acaba de entregar un buen servicio, Paola tuvo que morderse para no reírse, porque la vida,
cuando es absurda, es absurda hasta el final.
Pero eso fue después. Antes, hubo un momento —un instante en el que la puerta ya estaba cerrada, el seguro echado, y los dos todavía de pie, separados por el escritorio de por medio— en que Paola intentó poner orden en el desorden que llevaba dentro desde la noche anterior.
—Frank —dijo, y la voz le salió con el tono de gerente, ese tono que usaba para los proveedores que le querían subir los precios—. Lo que me estás pidiendo está mal. Es... no está bien.
—Ya sé, patrona —respondió él, sin moverse—. Pero usted también quiere.
Paola quiso negarlo. Quiso abrir la boca y decir que no, que él estaba confundido, que ella no era ese tipo de mujer.
Pero las palabras no le salieron. Porque Frank tenía razón.
Porque su cuerpo —ese traidor, ese empleado desleal que llevaba semanas tomando decisiones sin consultarle— ya estaba respondiendo.
Ya sentía la humedad instalándose entre sus muslos.
Ya recordaba la noche anterior con una nitidez que la avergonzaba y la excitaba al mismo tiempo.
Frank dio la vuelta al escritorio. Se acercó a ella. Lentamente. Sin prisa. Como quien se acerca a un animal que sabe que va a dejarse acariciar, pero que necesita creer que fue su decisión.
La besó.
Fue un beso suave al principio. Casi tierno. Los labios de él apenas rozando los de ella, preguntando, pidiendo permiso. Paola puso las manos en el pecho de Frank. Lo apartó. Pero lo apartó sin fuerza, sin convicción, con las manos abiertas que más que empujar parecían acariciar.
—No deberíamos —dijo ella, contra su boca.
—Lo sé.
—Esto no está bien.
—Lo sé.
—Frank...
Cállame tú, iba a decir él. Pero no hizo falta. Porque Paola lo besó primero.
El segundo beso no fue suave. Fue la boca entera.
La lengua encontrando la suya con una urgencia que llevaba meses —años, quizás— acumulándose en el fondo de algún cajón secreto de su cuerpo.
Paola le agarró la nuca con las dos manos y lo atrajo hacia ella, sintiendo el peso de él contra su pecho, la dureza de su miembro presionando contra la tela del pantalón, el calor de su piel a través de la camisa.
Frank le bajó el cierre del pantalón. Le metió la mano por dentro de la ropa interior. La encontró mojada. Empapada.
—Ay, patrona —murmuró él, con la voz ronca, contra su oreja—. Qué rica está usted.
Paola no respondió. Lo empujó hacia atrás. Se arrodilló. Le bajó el pantalón de un tirón. Frank quedó con el miembro erecto a la altura de su boca, y ella lo miró un segundo —la piel tensa, la cabeza brillante, las venas marcadas— antes de agarrarlo con la mano derecha.
Le dio un beso en la punta. Pequeño. Casi infantil. Después otro. Y otro. Besitos desde la cabeza hasta la base, recorriendo el tronco con los labios cerrados, sintiendo el latido de la sangre bajo la piel. Frank soltó un gemido contenido. Le agarró el pelo con las dos manos.
—No se burle, patrona.
—No me estoy burlando —dijo ella, y abrió la boca.
Se lo metió entero. De una sola vez, hasta el fondo de la garganta. Sintió la arcada subirle desde el pecho, la contuvo, y se quedó un momento así, con la nariz pegada al vello púbico de él, con los ojos llenos de lágrimas, sintiendo cómo el miembro de Frank le latía dentro de la boca.
Después empezó a moverse. Subía y bajaba la cabeza, llevándoselo a la boca una y otra vez, chupando, lamiendo, saboreando.
La lengua le recorría el tronco de abajo arriba cada vez que salía, rodeaba la cabeza cuando llegaba a la punta, presionaba la parte inferior donde la piel era más fina y sensible.
La saliva le resbalaba por la barbilla, caliente, obscena.
El sonido de su boca chupando llenaba la oficina.
Frank gemía sin control. Le apretaba la nuca con las manos, guiándola, pidiéndole más.
—Así, patrona —jadeaba—. Así, no pare.
Paola no paró. Se lo llevó hasta el fondo otra vez. Se quedó ahí un momento, la garganta abierta recibiéndolo entero, los ojos llorando, la respiración suspendida. Y después subió lentamente, dejando un rastro de saliva brillante sobre la piel.
Frank la levantó del suelo. La giró. La empujó contra el escritorio. Paola quedó de espaldas a él, las manos apoyadas en los papeles del proveedor, la falda arrugada en la cintura.
—Patrona —dijo él, con la voz rota—. Está usted preciosa así.
Le bajó la ropa interior. No la desabrochó. La rompió. La tanga cayó al piso en dos pedazos, la tela fina cediendo con un desgarrón seco que a Paola le pareció el sonido más obsceno de toda la tarde.
Frank la agarró por las caderas. Alineó la punta de su miembro con la entrada de ella, empapada, caliente, esperándolo. Y empujó.
De una sola vez. Hasta el fondo.
Paola se mordió el antebrazo para no gritar.
Las manos se le aferraron al borde del escritorio, los nudillos blancos, el cuerpo entero tensándose alrededor de él.
Frank empezó a moverse. Un ritmo feroz, desordenado, urgente.
Cada embestida la empujaba contra los papeles, contra la madera, contra el borde del mundo.