Mundo de cuernos Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—¿Esto es tuyo? —dijo Alberto, sin saludar, abriendo la palma con el zarcillo en el centro como quien muestra una prueba en un juicio.

Y Yolanda lo miró, y la lucecita se apagó de golpe, y toda la sangre se le fue de la cara, y en el medio segundo que tardó en componer el gesto ya era demasiado tarde, porque Alberto había leído todo el expediente en ese único parpadeo de terror.

—Alberto, yo… no sé dónde encontraste eso —dijo Yolanda, y la pausa antes de la pregunta fue ya una respuesta.

—Deberías saberlo —respondió él, con la voz peligrosamente tranquila.

—No tengo idea —dijo ella, y las manos le temblaron sobre el cuaderno que llevaba. Ya nerviosa. Ya pérdida.

—No es una pregunta difícil. —La voz no le subía, y eso era lo peor de todo; la mantenía baja, pareja, de cobrador con todo el tiempo del mundo—.

Te lo regalé yo. Lo encontré en el sofá de Daniel.

En el departamento donde yo duermo, Yolanda.

Así que vamos a hacerlo fácil: ¿esa mañana, la que yo oí, esa de la voz ronca... esa eras tú?

Yolanda abrió la boca y no le salió nada. Y el silencio fue la respuesta, y los dos lo supieron.

—Seis años —dijo Alberto, y por un instante algo se le quebró debajo de la calma, algo viejo y herido que ni él sabía que cargaba—.

Seis años aguantándote y resulta que apenas te suelto te vas con mi jefe.

Con Daniel. Con el hazmerreír. —Cerró la mano sobre el zarcillo hasta que la perlita falsa se le clavó en la palma—. Qué bien me saliste, mija.

—¡Tú me botaste! —le saltó Yolanda, encontrando por fin la voz, y la rabia de años le salió de un solo golpe—. ¡Tú te fuiste de la casa, Alberto! ¡No me vengas tú a hablar de traición, que de eso tú sabes más que nadie!

Pero Alberto ya no estaba para razones, porque los hombres como él no perdonan en los demás lo que practican ellos todos los días.

Se guardó el zarcillo, se dio media vuelta, y ya bajando los escalones, para nadie, para la calle, para el santo de don Giuseppe que todo lo ve y nada lo arregla, soltó entre dientes:

—Ya va a ver ese hijo de su puta madre. Lo voy a matar.

Y se metió al carro y arrancó.

Yolanda se quedó en la puerta con el corazón disparado, viéndolo irse, y cuando el carro dobló la esquina entendió de golpe hacia dónde iba y a qué. Corrió adentro, agarró el teléfono con los dedos torpes del pánico, y marcó a Daniel.

* * *

Daniel contestó al tercer timbre, todavía con la sonrisa de la tarde en la voz, todavía oliendo a sábanas nuevas.

—Mi reina, qué milagro que...

—Daniel, cállate y escúchame. —Yolanda hablaba a gritos, todavía temblando en la puerta de su casa, viendo en su cabeza el carro de Alberto doblar la esquina—.

Alberto acaba de estar aquí. Encontró mi zarcillo en tu departamento, el dorado, el que él me regaló.

Lo reconoció. Sabe que era yo la que estaba contigo esa mañana.

Se lo vi en la cara, Daniel, lo sabe todo.

Y salió de aquí diciendo que te va a matar.

Va para allá ahorita mismo. Por Dios, sal de ahí, escóndete, haz algo.

Hubo un silencio del otro lado.

—¿Daniel? ¿Me oíste?

—Te oí —dijo Daniel.

* * *

Y Daniel, sentado en el borde de la cama matrimonial deshecha, con el teléfono en la oreja, pensó por un momento, un solo momento glorioso y suicida, en quedarse.

Pensó: bueno, que venga. Soy un hombre. Esta es mi casa, es decir, es un departamento alquilado, pero es mío por estos meses. Yolanda ya no es de él, la botó él mismo. Yo no le robé nada que él no hubiera tirado a la basura primero. Que venga y lo enfrento de hombre a hombre, y a ver cómo nos va.

Y por un segundo y medio se sintió valiente, casi épico, como esos personajes que plantan cara en las películas que a él le gustaban.

Después se acordó de Hermes.

Hermes, el maestro de la escuela, al que Alberto le había metido una paliza salvaje por acostarse con Yolanda, Daniel no quería ni imaginarse lo que le iba a hacer a él si lo suyo había sido más grave con el asunto de la amistad y la confianza.

Yo no soy Hermes, pensó Daniel. Yo a este hombre no le aguanto un round, ni medio. Y no tengo a dónde correr, porque correr es admitir, y además no sé correr; lo mío nunca fue correr, lo mío fue siempre quedarme parado donde no debía. Como en el video.

Así que hizo lo que hacen los inteligentes que no son valientes, que es la categoría más numerosa de la humanidad y también la más longeva, porque los valientes se mueren jóvenes y los inteligentes-cobardes entierran a todo el mundo: llamó a alguien con más poder que el problema.

Marcó a Gutiérrez.

Gutiérrez era jefe de no se sabía bien qué en la policía —comandante de algo, coordinador de aquello, los cargos le cambiaban según conviniera la conversación—, pero jefe, jefe de verdad, de los que mandan callar a otros con una mirada.

Era compadre de Daniel desde unos tiempos mejores, cuando Daniel todavía tenía negocio propio y con qué invitar, y los favores entre ellos habían corrido siempre en una sola dirección, la de Daniel pagando.

Contestó al segundo timbre con la voz aceitada de los que hacen favores como quien cobra peajes en una autopista que construyeron los demás.

—¡Compadre Daniel! ¿Qué milagro? ¿Cómo está la familia?

—Compadre Gutiérrez, qué gusto oírlo, ¿cómo está usted, cómo está la comadre, los muchachos? —Daniel tragó saliva y soltó el cuento completo, atropellado: que un hombre venía para su casa, que venía bravo, que venía a hacerle daño, que necesitaba protección, ya, esta tarde.

—Tranquilo, compadre, para eso estamos. ¿Y quién es el sujeto? ¿Lo tiene identificado?

—Sí. Es... —Daniel dudó—. Es Alberto. Alberto Castro.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—¿Alberto? —La voz de Gutiérrez cambió de aceite—. Diablos, compadre. Pero usted sabe que Alberto es mi cuate del alma también. Ese hombre y yo hemos compartido mesa, compadre. Me pone usted en una posición delicada.

—Pero compadre, si yo no quiero que le hagan nada a Alberto. —Daniel sudaba—. Dios me libre. Yo lo que quiero es que él no me haga nada a mí. ¿Me entiende? Que no lo dejen entrar a la casa. Nada más. Que lo aguanten.

—Ah, bueno, eso es otra cosa. —El aceite volvió—.

Eso sí se puede. Eso es protección, no es agresión.

Mire, le voy a mandar dos elementos que andan cerca, para que se le aposten en la puerta y no dejen entrar al sujeto.

Pero compadre, le voy a ser franco como amigo que soy: esto gratis no le sale a esa gente. Los muchachos trabajan, tienen familia.

—Claro, claro, compadre, faltaba más. ¿Y cuánto... cuánto habría que darle a los muchachos?

—Déjeme ver. —Daniel oyó cómo Gutiérrez hacía cuentas que no eran cuentas—. Mire, yo hablo con ellos para que no abusen, que son medio vivos. Yo creo que con cincuenta mil pesitos alcanza para los dos.

—¿Cincuenta mil? —A Daniel se le fue el aire de golpe—. Compadre, pero si es nada más pararse en una puerta y decirle a un hombre que no entre. No le estoy pidiendo que custodien al presidente.

—Compadre, no me lo tome a mal, pero usted no sabe lo que pide.

—Gutiérrez puso voz de paciencia, la voz que se le pone a los niños y a los clientes—.

Esos muchachos están fuera de turno, ¿me entiende?

Es trabajo extra, sin papeles, sin respaldo.

Si pasa algo, ellos responden con su pellejo, no con el uniforme.

Y usted me dijo que el sujeto es Alberto.

Alberto no es cualquiera. Alberto es de los que se ponen necios.

Eso encarece. Por ahí escuche que le metió una paliza a un tipo que hasta dientes le saco.

La necedad ajena siempre la paga el que contrata, compadre, así es esto.

—Pero cincuenta mil, Gutiérrez...

—La integridad física no tiene precio, compadre.

Y la suya, con el hombre que viene en camino, menos todavía.

—Gutiérrez dejó caer la frase con la dulzura del que sabe que ya ganó la negociación antes de empezarla—.

Mire, se lo pongo así de claro, como amigo que soy y por el aprecio que le tengo: ¿usted quiere protección o quiere ahorrar?

Porque las dos cosas juntas, en esta ciudad, en esta vida, no se dan. Nunca se han dado. Escoja.

Daniel cerró los ojos. Pensó en Hermes. Pensó en que el también podría ir a parar al hospital o peor aún a la morgue, en el traslado por motivos personales, en cómo Alberto se las había arreglado para no preso, ni un testigo, ni una denuncia.

Pensó en su propia cara, que ya había sido suficientemente humillada en un video para toda la ciudad, y que no tenía ganas de aparecer ahora en otro, esta vez en una camilla.

—Que todo sea por la integridad —dijo, con el alma encogida—. Cincuenta mil. Mándelos. Ya.

—Así me gusta, compadre. Hombre precavido vale por dos.

—La sonrisa de Gutiérrez se oía por el teléfono—.

Ya mismo le mando a los muchachos. Usted tranquilo, métase a su casa, ponga seguro, y deje que ellos se encarguen.

Y compadre... el sobre, en efectivo, mañana sin falta, ¿estamos?

Que la confianza es la confianza pero las cuentas claras conservan la amistad.

—Mañana sin falta.

—Un abrazo, compadre. Y no se preocupe, que para eso estamos los amigos.

Y Gutiérrez colgó, se quedó un segundo mirando el teléfono con la satisfacción del comerciante que vendió caro, y marcó a dos agentes que andaban patrullando por el rumbo de Insurgentes.

Les explicó el trabajito con la generosidad característica de los intermediarios de este mundo, que es la de repartir las migajas como si fueran el banquete:

—Muchachos, óiganme. Un trabajito aparte, rapidito, fuera de turno.

Hay cinco mil pesos para cada uno, en efectivo, esta misma noche.

—Esperó el murmullo de aprobación al otro lado—.

Se me van a una dirección en Insurgentes que ahorita les paso, y se me paran en la puerta a cuidar a un fulano.

Va a llegar otro fulano, bravo, a buscar pleito.

Ustedes no lo dejan entrar. Si se pone obtuso, lo calman.

Y si se pone muy obtuso, muy necio, me lo detienen y me lo llevan a la delegación y me lo dejan ahí enfriándose, que yo después me encargo de él personalmente.

—Bajó la voz, marcando cada palabra—. Pero ojo, muchachos, esto es importante: solo me lo detienen.

No me lo vayan a aporrear, no me lo marquen, nada.