Mundo de cuernos Capítulo 8
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Capítulo 8

Bruno Salas tenía veintidós años y la paciencia que solo tienen los muy jóvenes y los muy viejos: la de los que creen que el tiempo está de su parte.

Llevaba tres semanas inventando motivos para bajar a la cava a mirar los y eso era casi siempre cuando Marisela hacía el inventario, y esa tarde, entre una caja de Chianti y una de agua mineral, dejó de inventar.

—Te invito a algo cuando cierren —dijo, sin preámbulo, porque los preámbulos eran para los que tenían algo que perder—. Aquí no. Lejos. Donde no nos vea ni el santo de don Giuseppe.

Marisela siguió contando botellas. Cuarenta y dos, cuarenta y tres.

—Bruno.

—Marisela.

—Tú apenas eres un muchacho.

—Y tú tienes los que tengas, que no te los pregunté. —Se recostó en el estante con esa seguridad de muchacho que todavía no sabe lo que es perder—. Yo no te invité a un matrimonio. Te invité a una cerveza.

Y la cerveza fue una, y la cerveza tuvo una hermana, como todas las cervezas honestas de esta historia, en un bar de mala muerte en la colonia Doctores donde nadie del restaurante pondría jamás un pie —ni don Giuseppe, ni Cesare, ni el más chismoso de los mesoneros.

Y Bruno, que no tenía prisa, no fue al grano.

Habló. Habló de cerámica, del taller de la maestra Concha, de las tazas que no se paraban derechas; habló de su vida, de un hermano en Tijuana, de por qué se había metido a mesonero "mientras tanto", esa palabra que usan los muchachos para los trabajos que creen provisionales y resultan eternos.

Y la fue haciendo reír, porque tenía gracia el muchacho, una gracia ligera, sin pretensiones, de los que no están actuando para gustar sino que gustan sin darse cuenta.

Marisela, que llevaba años en modo administradora, en modo cava e inventario, se descubrió a sí misma riéndose de cosas tontas, con la guardia más baja de lo que ninguna cerveza justificaba.

—¿Sabes qué? —dijo Bruno en algún momento, apoyando la barbilla en la mano, mirándola—. Tú tienes la sonrisa más bonita del restaurante. Y mira que hay caras lindas ahí. Pero tú, cuando te ríes de verdad, no de la risa de trabajo, sino de verdad, como ahorita... esa sonrisa no la tiene nadie.

Marisela sintió que se le subía un calorcito a la cara, y lo odió, porque era una mujer de treinta y ocho años y esas cosas debían darle igual, y no le dieron igual. Se rió, nerviosa, y le dio un golpecito en el brazo con el revés de la mano.

—Ay, ya. Eres un adulador. —Bebió un trago para esconder la cara en la botella—. Cuidado, mijo, que si sigues así me lo voy a terminar creyendo, y entonces sí estás en problemas.

—¿Y cuál sería el problema? —Bruno no se rió. Bajó la voz, y la bajó justo lo necesario—. ¿Que te lo creas? Si es la pura verdad.

—El problema, muchacho, es que tú tienes veintidós años y una boca peligrosa.

—Y tú tienes esa sonrisa. Estamos a mano en peligros.

Y se quedaron callados un segundo, ese segundo que en estas cosas no es un silencio sino una pregunta, y Marisela supo —porque no era ninguna ingenua, porque había vivido lo suyo— que si no se levantaba en ese instante a pedir la cuenta, iba a pasar lo que terminó pasando.

No se levantó. Y Bruno, leyendo el segundo correctamente, como leen los jóvenes con instinto, dejó la botella en la mesa, le tomó la cara con las dos manos y la besó.

Y Marisela correspondió. Eso fue lo que la asustó: que correspondió.

Que el cuerpo, que llevaba años marchando en una sola dirección, firme, sin titubeos, se permitió tres segundos de curiosidad por la orilla contraria, y los tres segundos no fueron incómodos, ni raros, ni un sacrificio: fueron tibios, y fueron buenos,

y eso la asustó mucho más que si hubieran sido un desastre.

Un desastre habría confirmado lo que ella sabía de sí misma.

Lo tibio, en cambio, abría una pregunta, y a los cuarenta y tantos las preguntas nuevas sobre una misma son lo último que una quiere encontrarse en un bar de la Doctores un martes cualquiera.

Se apartó primero.

—No —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano, más para borrarse a sí misma que para borrarlo a él—. No, Bruno. Esto no puede ser.

—¿Por qué? —Bruno no se movió, no se ofendió, no hizo el teatro del rechazado. Solo preguntó, con la curiosidad genuina de los que todavía no han aprendido que algunas preguntas no se hacen.

—Por todo. —Marisela contó con los dedos, que era su manera de poner orden en el desastre—.

Porque te llevo más de quince años, muchacho.

Cuando yo terminaba la prepa tú no habías nacido.

Porque soy lesbiana, y no de las que andan esperando que un hombre las convenza de lo contrario con dos cervezas, sino de las de toda la vida, de las que lo tienen clarísimo desde antes de saber la palabra.

Porque tengo pareja, y la quiero, y no la voy a cambiar por una aventura.

Y porque eres un proveedor muy frecuente en el restaurante, que es el lugar más chismoso del planeta después de una peluquería, y eso es buscarse la ruina con linterna.

—Correspondiste —dijo Bruno, sin reproche, solo constatando.

—Correspondí porque soy de carne y hueso, no de palo.

—Recogió su bolso, lo abrazó contra el pecho como un escudo—.

Pero corresponder no es querer, mijo. Una cosa es que el cuerpo se asome a la ventana y otra muy distinta es que se quiera mudar.

Yo decidí hace mucho tiempo dónde vivo, y vivo bien, y vivo tranquila, y la tranquilidad no la cambio por una curiosidad de bar a estas alturas del partido.

Bruno la miró irse y no tiró la toalla, porque a esa edad nadie tira la toalla; uno cree que la toalla es para los demás.

Lo que Marisela no le contó a nadie, y menos a Valentina —que esa semana la miraba distinto, con una atención nueva y vigilante, una manera de aparecerse en la cava justo cuando Bruno andaba cerca, de preguntar "¿y ese muchacho por qué te busca tanto?"

con un tono que quería ser casual y le salía afilado; celos en estado puro que Marisela atribuyó al cansancio y a la imaginación, porque le costaba creer que Valentina, con su novio y su vida en orden, sintiera celos de ella—, fue que el bar tuvo una tercera visita, y una cuarta.

Que en algún momento, entre la curiosidad y la tranquilidad, se abrió una rendija por la que Bruno, paciente como el agua que termina horadando la piedra no por fuerte sino por constante, terminó pasando.

No por amor, se decía Marisela, fregando vasos a las dos de la mañana en su propia cocina, sola, con la cara de quien se está mintiendo y lo sabe.

Por inventario. Por saber. Por cerrar de una vez la pregunta que el muchacho le había abierto en el bar.

Se cobró el cuerpo de Bruno como quien se toma el trago que juró que no iba a tomarse, convencida de que un solo trago no hace a nadie alcohólico, sin notar que esa es exactamente, palabra por palabra, la frase que dicen todos los que ya tienen el vicio puesto y todavía no lo saben.

Pero esa cuenta es de otro capítulo. Volvamos a Las Lomas, donde esa misma tarde se estaba cocinando el verdadero incendio.

***

Alberto encontró el zarcillo entre los cojines del sofá de la sala del departamento de Insurgentes, buscando el control remoto que en esa casa de hombres separados vivía siempre en fuga.

Era pequeño, dorado, con una perlita falsa que él conocía.

Lo conocía demasiado bien. Lo había pagado él mismo, en cuotas, en una joyería de Madero, hacía tres años, para un aniversario en que todavía creía que los aniversarios servían para algo.

Se lo había regalado a Yolanda. Y Yolanda lo usaba siempre, los dos juntos, porque decía que separados daban mala suerte.

Alberto se quedó sentado en el sofá con el zarcillo en la palma, y sintió cómo el piso del departamento, que era un piso firme de cemento y loseta, se le volvía de gelatina.

Hizo la cuenta. La hizo despacio, porque era una cuenta que no quería que le diera.

Aquella mañana —la de los pies descalzos, la de la voz ronca, la mañana en que él había bendecido desde la sala la buena suerte de su amigo— la mujer del cuarto de Daniel no era Annamaria, porque Annamaria estaba esa misma tarde en la mesa doce reconciliándose con Cesare.

Eso ya lo sabía. Lo había sabido y lo había soltado, como suelta el pescador el pez que no quiso ver.

Pero ahora el pez le saltaba a la mano en forma de zarcillo, con perlita falsa y todo, y ya no se dejaba soltar.

Yolanda. La mujer ronca era Yolanda. Su Yolanda. La que él había sacado de su casa, sí, pero sacar no es regalar, y una cosa es botar a una mujer y otra muy distinta es que la recoja tu mejor amigo y la haga gemir en el cuarto de al lado mientras tú cuadras la caja silbando como un imbécil.

Alberto no gritó. Los hombres como Alberto no gritan: planifican.

Pero esta vez la planificación duró poco, porque no le hacía falta confirmar nada con nadie.

El zarcillo no era una pista, era una firma.

Lo había comprado él, lo había pagado él en cuotas, lo había visto colgado de esa oreja mil mañanas.

No había en toda la ciudad otra persona que pudiera aclararle eso, y tampoco la necesitaba: la única que podía explicarle qué hacía su zarcillo en el sofá de Daniel era la dueña del zarcillo.

Y a la dueña sabía exactamente dónde encontrarla.

Se guardó la joya en el bolsillo de la camisa, encima del corazón, donde otros guardan estampitas, y salió del departamento con una calma que daba más miedo que cualquier grito.

Manejó hasta la casa de Yolanda —la de ella, la del barrio, la que conservaba después de la separación— sin pisar el freno más de lo necesario, repasando en la cabeza no lo que iba a decir, sino lo que iba a mirar: la cara de ella cuando le pusiera el zarcillo delante.

Porque Alberto vivía de leer caras; era su oficio secreto, el verdadero, más que servir mesas.

Y sabía que la cara de Yolanda iba a confesar antes que su boca.

Tocó el timbre. Yolanda abrió con el delantal a medio quitar, y al ver a Alberto en su puerta —el hombre que la había botado, parado ahí, sin avisar— se le encendió primero esa lucecita absurda de seis años, la esperanza idiota de que viniera a reconciliarse.

Le duró hasta que él levantó la mano.