Mundo de cuernos Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

no de palabra; que habían pasado la tarde haciendo planes con servilleta y lapicero, como se hacen los planes que sí; y que el plan era irse.

Irse de verdad: a Italia, los dos con Lucía, a la tierra de los abuelos, a empezar de cero donde nadie hubiera visto el video, donde "la del Valle" fuera apenas el nombre de un lugar y no el de una vergüenza.

—¿A Italia? —preguntó Marisela, que cuadraba la caja—. ¿Y eso tan de repente?

—De repente no hay nada, mija —dijo Erasmo, tapando el caldo—.

Las ollas que explotan llevaban rato hirviendo con la tapa puesta.

Lo que sea que esos dos tenían atravesado, hoy lo destaparon.

Yo vi la cara de ella cuando entró y vi la cara de ella cuando salió, y eran dos señoras distintas.

La segunda estaba más flaca. Eso es que soltó un peso.

—¿Y don Giuseppe ya sabe?

—Fue el primero. Cesare se lo dijo en la oficina, de hombre a hombre. —Erasmo hizo una pausa de chef, que es la pausa que se le da al punto exacto—. El viejo lloró un poquito.

Nadie comentó eso, porque las lágrimas de don Giuseppe eran un fenómeno natural escaso, como los eclipses, y porque todos sabían leerlas: el patriarca lloraba con una sola lágrima calabresa que contaba como tres carcajadas de cualquier otro pueblo.

Su hijo recuperaba a su mujer y se la llevaba a Italia, a la Italia de él, a la que él no había vuelto en cincuenta años.

Era una derrota y una victoria con el mismo pasaje de avión.

Brindaron los que quedaban, ahí mismo en la cocina, con lo que había a mano, porque las reconciliaciones se brindan aunque no se entiendan, y precisamente más cuanto menos se entienden.

Marisela brindó con media copa de vino de cocinar, pensando sin querer en su café del otro día con Bruno, que se repetía el jueves, y sintiendo otra vez esa cosa tibia en el pecho que ya casi se dejaba reconocer sin doler.

Doña Elvira brindó con su anís de siempre, mirando a su hija por encima del vasito como se mira una olla tapada.

Carlos brindó porque era nuevo y los nuevos brindan por todo.

Paola brindó con agua, fiel a su pleito con la grappa, y se fue temprano, alegando el papeleo de mañana, que era verdad, y callando lo de mañana, que era Frank.

Solo Alberto se quedó un segundo de más con la copa a medio camino de la boca, mirando el vino a contraluz, volviendo sin querer a la cuenta de la tarde que seguía sin darle: si Annamaria recuperaba su matrimonio delante de toda la Colonia Roma, y se iba del país con su marido y su hija,

y llevaba —ahora que lo pensaba— su buen tiempo sin que él le viera el perfume en el pasillo de Insurgentes...

¿Quién diablos había amanecido en la cama de Daniel?

La pregunta le picó un momento, exactamente como pica una etiqueta en el cuello de una camisa nueva: una molestia chiquita, localizada, perfectamente ignorable.

Alberto se la sacudió con un trago. Tenía cosas más urgentes en qué pensar, se dijo: el cuadre de mañana, sus propios asuntos, una llamada que le debía a una clienta de la mesa siete.

Y se tomó el vino, y se metió en la conversación del viaje, y opinó sobre Italia sin haber ido nunca, sin sospechar que acababa de pasar de largo, silbando, con la copa en la mano, frente a la puerta abierta de su propio infierno.

Hay hombres que se salvan por inteligentes y hombres que se salvan por brutos. Alberto, esa noche, se salvó por distraído, que es la tercera categoría y la menos duradera de las tres.

Y a unos kilómetros de ahí, en un departamento amueblado de Insurgentes con la cama deshecha y la jarra de agua vacía, Daniel cenaba un sándwich frío de pie frente a la nevera, sonriendo solo como un adolescente con boleta buena, oliendo todavía a la tarde entera,

repasando de memoria una risa de mujer debajo de una almohada.

No sabía nada. No sabía que esa misma tarde, en la mesa doce del restaurante donde él ya no podía entrar, mientras él perdía gloriosamente la batalla del café frío, había terminado para siempre la mujer de sus últimos cuatro años: que Annamaria había llorado un poquito con la servilleta,

había pedido el vino bueno, y lo había borrado a él del mapa con la misma mano que ahora planeaba mudanzas trasatlánticas.

La mujer que le había costado la casa, el restaurante, el apellido y once segundos eternos de cumbia, acababa de salirse de su vida por la puerta del rincón, sin despedirse, llevándose hasta la coartada que esa misma mañana él había usado por última vez sin saber que era la última.

La vida le había hecho el cambio sin consultarle, como hacen los bancos: le retiró a Annamaria con una mano y le depositó a Yolanda con la otra, y le cobró la comisión en un orgullo de tamaño mediano, una frase sobre bendiciones que mejor no recordar.

Daniel mordió el sándwich, miró la cama deshecha por la puerta abierta del cuarto, y decidió que mañana compraba sábanas nuevas.

Era, por unas horas más, sin saberlo y sin merecerlo y sin poder evitarlo, el único hombre completamente feliz de toda esta historia.

Le duraría lo que les dura la felicidad a los personajes de este libro: exactamente hasta el próximo capítulo.