Mundo de cuernos Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

—No te va a doler nada. Te lo juro.

—¿De verdad me lo juras?

—Claro que si por mi madrecita te lo juro.

Félix asintió, temblando. Cerró los ojos. Y entonces sintió la punta del miembro de Alessandro presionando su entrada, y supo que no había vuelta atrás.

—Mejor que tenga un solo dolor —pensó Alessandro, y empujó.

Fue de golpe. De una sola embestida, hasta el fondo. Félix sintió cómo se abría por dentro, cómo la carne cedía a la fuerza, y el dolor —un dolor agudo, quemante, imposible— le arrancó un grito que no se parecía a nada que hubiera escupido su garganta.

—¡Nooooo! —chilló, con la voz hecha trizas—. ¡Maldito, me mataste! ¡Por favor, sácalo! ¡Duele demasiado!

Alessandro se quedó quieto dentro de él, sin moverse, con una mano en la cadera y la otra en la nuca, sujetándolo con una firmeza que no era violencia, era ancla.

—¿De verdad te lo saco? —preguntó Alessandro, en voz baja.

—Ya… espera un tantico —respondió Félix, sudando frío, la voz hecha un hilo—. Ok. Ahora empuja.

—Tranquilo, papito —murmuró, con una voz que no era la del depredador, era la del guía—. Deja que tu culo se adapte. Un momentito nada más. Respira. Vas a ver que se pasa.

—¿Que se adapte? —Félix lloraba abiertamente ahora, las lágrimas cayendo sobre el respaldo del sillón—. ¡Nada, desgraciado! ¡Sácame esa mierda por dios!

—Respira —repitió Alessandro, sin moverse.

—¡Que respira ni que…!

Pero Alessandro no se movió. Y Félix, contra su voluntad, contra su dolor, contra todos los gritos que todavía le bullían en la garganta, sintió cómo el músculo empezaba a relajarse por etapas, cómo el ardor se transformaba en otra cosa, en una sensación llena, extraña,

que no era placer todavía pero ya no era solo dolor.

—Ya —dijo Alessandro—. Ahora sí.

Y empezó a moverse.

—¡Noooo, desgraciado! —volvió a gritar Félix, aferrándose al sillón como a un clavo ardiendo—. ¡Me duele mucho! ¡Por Dios! ¡Sácalo, por favor! ¡Maldito, que me muero! ¡Ya estoy viendo una luz blanca, cabrón! ¡Sácalo por Dios!

—¿Qué ahora sí te lo saco? —preguntó Alessandro.

—Que no cabron… que te esperes déjame tomar aire —respondió Félix, tomando bocanadas como que fuera a parir—. Ok. Vuelve a empujar sucia sabandija pero suavecito.

Alessandro. Lo agarró fuerte por la cadera con las dos manos, clavando los dedos en la piel, y empezó un ritmo feroz, de embestidas largas y profundas, sin piedad, sin titubeos.

El sillón crujía bajo el peso de los dos.

Los gemidos de Félix —entre el dolor y otra cosa que todavía no se atrevía a sentir— llenaban la sala vacía.

Y entonces, de repente, algo cambió.

El dolor empezó a disminuir. No de golpe, sino en oleadas, como cuando baja la marea y deja al descubierto una playa que no sabías que existía.

Y en su lugar, desde algún lugar profundo de su vientre, empezó a subir un calor nuevo, una sensación eléctrica que le recorría la columna y se instalaba en la base del cráneo.

—Ay —jadeó Félix, con la voz rota—. Ay, eso…

—¿Ves? —dijo Alessandro, sin aflojar el ritmo—. Te dije que iba a gustarte.

—Cállate —respondió Félix, pero ya no era un insulto, era otra cosa, era la rendición disfrazada de grosería.

Alessandro aceleró. Félix ya no gritaba.

Gemía. Abierto, sin filtro, con la boca contra el respaldo del sillón y los dedos aferrados a la tela como si fuera lo único que lo anclaba al mundo.

El placer le subía desde el vientre, desde el culo, desde cada terminación nerviosa que Alessandro estaba despertando con cada embestida.

—Me voy a correr —anunció Alessandro, con la voz rota—. Voy a acabar dentro de tu culo, cuñado.

—Hazlo —jadeó Félix, sin pensar, sin filtro, sin el hombre que había sido esa mañana—. Lléname. Quiero sentirla.

Alessandro empujó hasta el fondo y se vino.

Félix sintió cada chorro caliente y espeso dentro de él, llenándolo, y esa sensación —esa plenitud líquida, tibia, definitiva— lo empujó al borde.

Se corrió también, sin tocarse, solo con las contracciones anales apretando el miembro de Alessandro, con un gemido largo y gutural que rebotó en las paredes de la sala.

Se quedaron quietos, jadeando, el sudor pegándoles la piel. Alessandro se desplomó sobre su espalda, la frente apoyada en su nuca, el pene todavía dentro de él, sintiendo cómo el semen les escurría por los muslos.

—Cabrón —murmuró Félix, con la voz hecha hilachas—. Me desgraciaste. Me dejaste inválido. No me puedo mover. Dios, más nunca voy a poder caminar.

Alessandro se rió, suave, contra su oreja.

—No seas exagerado. Lo que tienes es un calambre y un poco de ardor. Eso se te pasa en un rato.

—¿Calambre? ¿Esto te parece calambre? A ti te voy a dar… —Félix intentó moverse y soltó un quejido—. Ay, carajo. De verdad que no puedo.

Alessandro salió de él despacio, con un cuidado que contrastaba con todo lo anterior.

Lo giró, lo sentó en el sillón, y lo besó en la boca.

Félix se dejó besar. Tenía los ojos hinchados de llorar y las mejillas manchadas de lágrimas, y Alessandro le secó la cara con el dorso de la mano con una ternura que lo desconcertó más que la cogida.

—¿Duele mucho? —preguntó Alessandro, en voz baja.

—No sé —dijo Félix, mirando al techo—. Ya no sé nada, cabrón.

Alessandro sonrió. Le dio un beso en la frente, se puso de pie, y empezó a vestirse con la calma de quien no tiene prisa por irse porque sabe que va a volver.

***

Fue ya entrada la tarde, cuadrando el salón de la Villa Romana, cuando Alberto vio algo que no le cerró.

En la mesa doce, la del rincón, la que los mesoneros llamaban "la mesa de los asuntos" porque quedaba lejos de la caja y cerca de la penumbra, estaban Annamaria y Cesare.

Juntos. Y no juntos de matrimonio en ruinas, que después del escándalo era lo único que cualquiera esperaba de esos dos; juntos de verdad: ella con la mano puesta sobre la de él, encima del mantel, a la vista de todo el mundo; él hablándole bajito, inclinado,

con una urgencia suave que nadie le conocía al calabrés de la mano pesada; los dos cerrados sobre la mesa como dos novios que conspiran o dos sobrevivientes que se reparten lo que quedó.

Alberto se quedó con la bandeja en el aire, a medio camino de la mesa nueve, haciendo una cuenta que no le daba.

¿Annamaria? ¿Ahí? ¿Con Cesare? ¿Con esa mano? El hombre que la había agarrado en la del Valle, el que había repartido los tiros que volvieron meme a Daniel, ¿tomado de la mano de la mujer del video?

Le hizo una seña a Carlos, que pasaba con las aguas, y Carlos se le arrimó con la confianza nueva de los compañeros de pasillo.

—¿Tienen rato esos dos? —preguntó Alberto, con un movimiento de cejas hacia la mesa doce.

—Como dos horas —dijo Carlos, bajando la voz al canal profesional del chisme—.

Y muy acaramelados, mira tú. Yo creo que se están reconciliando, porque ella lloró un poquito al principio, así, fino, con la servilleta, y él le agarró la mano y no se la ha soltado más.

Pidieron el vino bueno. La gente cuando se contenta pide el vino bueno.

—Dos horas —repitió Alberto.

—Dos horas. ¿Por?

—No por nada. —Alberto recompuso la cara de mesonero, que es una cara que se pone como se pone una corbata—. Atiéndelos tú, que a mí me toca la nueve.

Y sirvió la mesa nueve en piloto automático, sonriendo a los clientes con el noventa por ciento de la cara y haciendo cuentas con el resto.

Porque las matemáticas eran simples y no le daban: si Annamaria llevaba dos horas en la mesa doce reconquistando su matrimonio con lágrima y vino bueno, a la vista de Dios y de la Colonia Roma, entonces la mujer que él había oído esa mañana en el cuarto de Daniel,

la de los pies descalzos y la voz ronca, la que él había estado bendiciendo desde la sala con admiración fraternal...

No era Annamaria.

¿Y entonces quién?

Alberto puso los platos, recomendó el postre, retiró las copas. Y entonces quién, le daba vueltas la pregunta, como una mosca en un cuarto cerrado.

Y entonces se rió solo, sacudiendo la cabeza, camino a la cocina.

Este Daniel callado, pensó, casi con orgullo de amigo.

El meme tiene repuesto. El hombre tiene rotación.

Lo balean, lo botan, lo cancelan, y el tipo consigue suplente en menos de un mes.

Hay que reconocerle el mérito: yo lo hacía llorando en ese departamento y resulta que el departamento tiene mejor agenda que la mía.

Y archivó la pregunta donde se archivan las preguntas ajenas, en ese cajón mental que los hombres como Alberto mantienen impecablemente vacío, sin saber que era la única pregunta de toda su vida que le convenía no responder;

sin saber que acababa de tener la verdad completa al alcance de un solo "¿y entonces quién?"

, y la había soltado, como suelta un pez chico el pescador que no sabe que era de oro.

La noticia llegó al cierre, como llegan las noticias verdaderas en los restaurantes: por la cocina, con delantal, y antes que a nadie a las manos de Erasmo.

El cocinero la soltó mientras apagaba los fogones, con el tono neutro y soberano de quien lleva treinta años enterándose de todo primero y no ha cobrado nunca por la información: que la mesa doce había sido una reconciliación con todas las de la ley; que Cesare y Annamaria volvían, y en serio,