Mundo de cuernos Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Y el cuerpo, además, no sabía perder. Ahora, en los momentos más inconvenientes —firmando la factura del proveedor, probando la salsa nueva de Erasmo, contando el cambio de la mesa cuatro— el muy traidor le devolvía sin permiso algún detalle suelto de la oscuridad: una paciencia,

una lentitud que no era la de Daniel ni la de nadie con nombre permitido, y a Paola se le iba la sangre de la cara a lugares donde la sangre no tiene oficina, y tenía que apoyarse en la caja con las dos manos y pedirle a su propia piel un poco de seriedad en horario laboral.

Esto no pasó, se decía, firmando la factura.

Pasó, le contestaba el cuerpo, calladito. Y tú pediste que pasara. En voz alta, además.

Lo práctico, lo urgente, lo administrable, era lo de mañana.

Frank venía mañana a cobrar los eventos que había trabajado: la fiesta de don Giuseppe y dos banquetes del mes.

Era plata contante, era un trámite de diez minutos, y era también la primera vez que tendría que mirarlo a la cara con la luz encendida.

Habría que pagarle, decirle algo, y cerrar para siempre una puerta que él ni siquiera sabía bien cuál era.

Paola llevaba toda la mañana ensayando frases como quien se prueba vestidos para un funeral.

"Frank, lo de anoche fue un error." Muy blanda. Un error se repite; los errores, en esa familia, eran prácticamente una tradición con receta.

"Frank, si dices una palabra, te destruyo. Tengo cómo." Muy guerra fría. Y además injusta, porque el infeliz no había hecho nada: el delito de Frank había sido estar en el cuarto equivocado siendo el hombre incorrecto con la loción correcta.

"Frank, yo creía que eras otra persona."

Esa era la verdadera. Y por eso mismo era la peor de todas, porque la verdad completa la dejaba a ella de loca que les habla a las sombras y a él de estafado al que le pagaron con cheque ajeno, y abría además la pregunta inevitable —¿y quién creías que era, patrona?

— cuya respuesta sí que no se podía pronunciar en cincuenta metros a la redonda de la Villa Romana.

No había vestido para ese funeral. Iría improvisando. Que era la única cosa que Paola Totti no sabía hacer.

Bajó a la cocina del restaurante a las nueve, con su blusa de gerente y su cara de gerente y su lista de pendientes de gerente.

—Estás pálida —dijo doña Elvira desde su esquina, sin levantar la vista, pelando ajos.

—Dormí mal.

—Ajá. —Doña Elvira peló otro ajo. Llevaba setenta años pelando ajos y verdades con el mismo cuchillo, y a los dos los dejaba igual de desnudos—. Te hice un té de tila. Está ahí, tapado, al lado de la balanza.

Paola miró el té. Miró a su madre.

—¿Té de tila? ¿Y eso?

—Para los nervios.

—Yo no dije nada de nervios, mamá.

—No —dijo doña Elvira, y peló otro ajo con una serenidad de esfinge—. No dijiste nada.

Paola se tomó el té sin seguir preguntando, porque había aprendido, en cuarenta y dos años de hija, que hay conversaciones con su madre que es mejor no terminar de tener: que doña Elvira no hacía preguntas, hacía afirmaciones con forma de silencio,

y que discutirle un silencio a esa señora era como boxear contra la niebla.

El té estaba bueno. Los nervios, que ella no había mencionado, se lo agradecieron.

Almorzó con Denisse en la mesa del fondo, la de la familia.

Vivir juntas les había dado esa rutina nueva: la casa de Las Lomas por las noches, el restaurante al mediodía, la amistad recuperada funcionando otra vez como un electrodoméstico viejo que arranca a la primera.

Camila pasó a saludar, comió un plato de pasta con la velocidad de sus asuntos pendientes y se fue a sus cosas, dejando a las dos amigas con la botella de agua mineral y la sobremesa.

—Agua —observó Denisse, señalando la botella con la barbilla—. Tú. Agua.

—La grappa y yo terminamos peleadas desde la fiesta de mi papá. No nos hablamos.

—Mmm. —Denisse encendió la sonrisa lenta de los que cobran las deudas con intereses—. Cara, a mí no me hagas eso. Yo te conozco desde antes de ese moño. Yo te he visto mentir con mejores materiales. ¿Tú me vas a venir a hacer teatro a mí con una botella de agua?

—No sé de qué hablas.

—Tienes la cara de la torre de Pisa: derecha no estás.

—Denisse se sirvió ella sí un vino, despacio—.

Y hoy amaneciste con un aire de viuda de estreno que no te lo quita ni el labial.

Te oí llegar anoche, ¿sabes? Tarde. Y te oí caminar por el cuarto hasta las tantas, ida y vuelta, como los leones del zoológico.

—Pausa de francotirador—. ¿Es Daniel? ¿Es la trattoria? ¿Es un hombre, Paola?

—Es cansancio —dijo Paola, con la sonrisa de gerente que tenía patentada y registrada—. El restaurante no se administra solo.

Denisse la miró un rato largo por encima de la copa. Y entonces hizo lo que solo hacen las amigas de verdad y los buenos confesores: aflojó.

—Está bien —dijo—. No me cuentes. Pero te voy a decir una cosa que aprendí allá, de mi tía Franca, que enviudó dos veces y enterró a los dos maridos con el mismo vestido: los secretos son como el pescado, cara.

Frescos se aguantan. Guardados, apestan la casa entera.

Cuando el tuyo empiece a oler, ya sabes dónde duermo. Está a dos puertas de tu cuarto.

Y cambió de tema con elegancia romana, y le contó un chisme de Italia que no venía a cuento, y la hizo reír dos veces de verdad, que fue su manera de decirle: aquí estoy, no te voy a perseguir, pero aquí estoy.

Paola, riéndose, sintió por un segundo el impulso casi físico de contárselo todo —el apagón, la loción, Frank, el archivo que ya no cerraba— y se lo tragó con el agua mineral.

Todavía no. Todavía el pescado estaba fresco.

Eso creía ella.

***

Alessandro llegó al mediodía en punto, como se llega a las citas que uno juró que eran solo para hablar.

Tocó el timbre una sola vez. Félix abrió y no lo dejó pasar del recibidor, y le soltó el discurso de pie, sin ofrecerle ni agua, porque ofrecer agua ya era ceder territorio, con las manos metidas en los bolsillos para que no se les viera el temblor.

—Vamos a aclarar las cosas de una vez, Alex.

—La voz le salió razonablemente firme, y eso le dio ánimo—.

Tú eres el hermano de mi mujer. Yo quiero a Valentina.

Yo voy a seguir mi vida con Valentina. Lo que pasó, pasó, estábamos tomados, fue un error, y yo estoy seguro de que tú estás confundiendo las cosas.

Yo no soy gay. Te lo digo de frente y sin pelear, de hombre a hombre: yo-no-soy.

Así que eso queda enterrado aquí hoy, y tú y yo somos cuñados, y nos saludamos en las fiestas, y se acabó. ¿Estamos?

Alessandro lo escuchó completo, sin interrumpir, recostado en el marco de la puerta con las manos quietas y una calma que era la peor de todas las respuestas posibles.

—Está bien —dijo Alessandro, con una lentitud deliberada—. Si eres tan hetero… entonces por qué hiciste lo que hiciste la otra vez.

—Fue un error.

—Los errores no se repiten en la cabeza de uno durante semanas, cuñado. Los errores se olvidan. Tú no has olvidado nada.

—Yo…

Alessandro no lo dejó terminar. Dio un paso, cerró la distancia, y lo besó.

Félix intentó apartarlo. Le puso las dos manos en el pecho y empujó, pero Alessandro era más fuerte de lo que parecía, o él estaba más débil de lo que quería admitir. La boca de Alessandro encontró la suya con una seguridad que lo desarmó. La lengua. Los dientes mordiendo su labio inferior.

—Para —dijo Félix, separándose apenas, con la voz cambiada—. Te digo que pares, hijo de tu puta madre.

—No voy a parar.

—Alessandro…

—Cállame tú.

Y volvió a besarlo. Esta vez Félix no opuso resistencia.

o sí, pero era una resistencia de mentira, de esas que se ponen para no sentirse culpable después.

Sus manos pasaron de empujarlo a agarrarle la camisa.

Su boca, de rechazar a recibir. Y cuando Alessandro le bajó el cierre del pantalón, Félix ya había perdido todas las batallas que importaban.

Alessandro hizo que Félix se arrodillara. Lo miró desde arriba.

—Chúpamela —ordenó, con la voz ronca.

—No voy a… —empezó Félix.

—Me lo chupas. Ahora te toca a ti.

Félix quiso negarse. Quiso decir que no, que eso no, que ahí sí había una línea que no iba a cruzar. Pero Alessandro ya lo estaba guiando con la mano en la nuca, sin fuerza, apenas con una presión, y Félix —contra todos sus discursos, contra su novia, contra el hombre que creía ser— bajó la cabeza.

Lo hizo mal al principio. Los dientes rozaron donde no debían, la lengua no encontraba el ritmo, la respiración se le cortaba antes de tiempo.

Pero Alessandro fue paciente, y lo fue guiando con susurros roncos, y poco a poco Félix fue aprendiendo, fue encontrando la manera, fue sintiendo cómo el miembro de él se endurecía más en su boca,

y algo en esa respuesta —en ese poder diminuto de saber que él podía hacerle eso— lo fue soltando de sus propias ataduras.

—Suficiente —dijo Alessandro, separándolo con suavidad—. Ahora tú.

Félix parpadeó, confundido. Alessandro lo giró, lo empujó contra el respaldo del sillón, y le bajó el pantalón de un tirón. Félix quedó inclinado, las manos apoyadas en el respaldo, el culo al aire.

—No —dijo Félix, y su voz ya no era la del hombre que había ensayado discursos esa mañana—. Eso no. Por ahí no, Alex. Eso sí que no me va a doler.

—Tranquilo. Vas a ver que te va a gustar.

—En serio, cuñado. No me va a doler?

Alessandro no respondió. Sacó un pequeño tubo de la bolsa de su pantalón —había venido preparado, por supuesto, porque Alessandro siempre iba preparado a todas partes— y vertió una cantidad generosa sobre sus dedos.

Félix sintió el frío del lubricante contra su ano, el tacto extraño de los dedos de otro hombre masajeándolo, abriéndolo con movimientos circulares.

—Tranquilo —susurró Alessandro—. Relájate. Tu cuerpo sabe lo que hacer.

—No ya va a… ay…

El primer dedo entró despacio. Félix apretó los dientes y se agarró al respaldo del sillón con las dos manos, los nudillos blancos, la respiración contenida. Alessandro movía el dedo con una paciencia de artesano, esperando, sintiendo cómo el músculo cedía por etapas.

—Ya está —dijo Alessandro, después de unos minutos—. Ya estás listo.

—En serio, cuñado —suplicó Félix, con la voz rota—. Me va a doler. Por favor, dejémoslo para después.