Mundo de cuernos Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Yolanda se mordió el antebrazo para no gritar, pero el gemido se le escapó igual, largo, agudo, y ella sintió cómo él se tensaba encima de ella, cómo el peligro los electrificaba a los dos.

—Me voy a correr —anunció él, con la voz rota—. Voy a acabar dentro de ti.

—Hazlo —pidió ella, mirándolo a los ojos, con las manos aferradas a sus hombros—. Lléname. Quiero sentirlo. Pero sigue, no pares, dame más duro, corazón, por favor.

Daniel enterró el pene hasta el fondo y sintió cómo los chorros de semen caliente se disparaban dentro de ella, uno, dos, tres, cuatro, cinco, llenándola por completo mientras gemía con un sonido grave y contenido que rebotó en las paredes delgadas.

Yolanda sintió cada pulsación, cada chorro caliente y espeso, y esa sensación de plenitud la empujó al borde otra vez.

Las contracciones vaginales apretaron el pene de Daniel con una fuerza que lo sorprendió, exprimiendo cada gota, mientras ella se coría al mismo tiempo, con un grito largo y gutural que no intentó contener,

que se filtró por la puerta cerrada y llegó hasta la sala donde su marido sumaba números sin saber que los sumaba al compás de su propia esposa.

Se quedaron quietos, jadeando, el sudor pegándoles la piel.

Daniel se desplomó sobre ella, la frente apoyada en su nuca, el pene todavía dentro de ella, sintiendo cómo el semen les escurría por los muslos, caliente, espeso, abundante.

Yolanda tenía los ojos cerrados y una sonrisa de gata satisfecha.

Y Daniel, con el corazón todavía en la garganta, pensó que no hay afrodisíaco más potente que la presencia de un marido en la sala de al lado.

—Eres una pervertida —le susurró al oído, sin malicia, con admiración deportiva.

—No digas eso —respondió ella, apenada y sin abrir los ojos.

Afuera, la cama calló, y la pared dejó de chismear, y el silencio se instaló en el pasillo como un testigo que se retira después de declarar.

En la sala, Alberto levantó la vista del cuadre.

Escuchó. Ladeó la cabeza. Volvió a escuchar, con el lápiz suspendido en el aire y el ceño fruncido de un catador profesional ante un vino que no termina de identificar.

Qué raro, pensó. Annamaria tiene como cambiada la voz.

Escuchó un poco más, con rigor científico.

Estará ronca, concluyó. Con este clima loco anda media ciudad ronca.

Y después, recostándose en la silla con un suspiro de filósofo: la verdad que Daniel tiene una suerte que no se la calcula nadie.

Lo agarran a tiros, lo vuelven meme, lo botan de la casa, lo vetan del restaurante.

Y la mujer ahí, firme, ronca y todo. Eso ya no es suerte, eso es talento.

Un gemido particularmente sostenido atravesó la pared y le desordenó la fila de los números.

Concéntrate, Alberto, se dijo. Cuadre de caja.

Mesa doce debe dos botellas. Y siguió trabajando, profesional y ecuánime, a cinco metros y medio de los gemidos de su propia esposa, sumando con buena letra, silbando bajito para darle privacidad acústica a su amigo, y bendiciendo de corazón, porque no era envidioso, la buena fortuna ajena.

Hay ironías que Dios fabrica con tanto esmero, con tanto amor por el detalle, que da una pena enorme que no haya público.

A las diez menos cuarto, Alberto recogió sus papeles, se cambió la camisa en el baño de visitas, y se fue al trabajo gritando desde la puerta un "¡nos vemos, hermano! ¡Saludos a la doña!" que retumbó en el cuarto como una broma personal del destino, y que

Cuando la puerta de la calle se cerró, pasaron diez segundos enteros. Después la almohada se movió, y de debajo salió Yolanda, colorada, despeinada, con la marca de la funda en la mejilla, y miró a Daniel con una seriedad absoluta.

—Saludos a la doña —dijo.

Y se echó a reír. Se rieron los dos, juntos, con esa risa de pánico sobrevivido que es lo más parecido que tiene el cuerpo a un perdón: la risa idiota, lagrimeada, contagiosa, de los que pasaron a un milímetro del precipicio y todavía sienten el viento en la cara.

Se rieron hasta que les dolió, abrazados en esa cama alquilada, y cuando la risa se fue gastando quedó debajo una cosa tibia que ninguno de los dos quiso nombrar, porque nombrarla era ya empezar a deberla.

Daniel la miró reírse y pensó, sin querer, en la primera vez que la vio: hacía año y medio, en la sala de Cesare, sentada con Lucía corrigiendo un cuaderno, con esa voz tranquila que ponía orden en las multiplicaciones.

La maestra de su sobrina politica. Le había parecido entonces una mujer de otra repisa, de las que uno mira y devuelve a su sitio.

Y ahora estaba ahí, despeinada en su cama de separado, riéndose de su desgracia con él y no de él, que era una diferencia que Daniel, después del video, sabía medir en quilates.

Después, en la tregua, con el techo de testigo, vino la conversación. Que es donde los hombres pierden lo que ganaron.

—Disfrute mucho por atrás contigo —dijo Yolanda, en tono de quien entrega una medalla al mérito—. Anoche. Tú sabes. Eso.

Daniel se infló de un orgullo discreto y viril. Acomodó el brazo detrás de la cabeza, que es la postura internacional del macho condecorado.

—Uno sabe ser delicado —dijo, modesto—. Hay que tener paciencia. Hay que saber escuchar el cuerpo de la mujer.

—No, mi amor, no es eso. —Yolanda le palmeó el pecho con un cariño absolutamente devastador—.

Es que Alberto la tiene muy gruesa, ¿ves?

Demasiado. Por eso para mí siempre era un problema, una vez hasta llorando terminé y no se cansa pasaba mucho rato dándome y dándome me sacaba muchos orgasmos pero al final quedaba yo demasiado reventada.

Es decir yo creo que es malo que una mujer tenga tantos orgasmos por ahí se pueden tener después problemas de hemorroides.

En cambio la tuya es más chiquita y entra suavecito, sin drama.

Es una bendición, de verdad. Deberías estar orgulloso.

Hubo un silencio del tamaño de Italia. Con sus islas.

—Ajá —dijo Daniel.

—¿Dije algo malo?

—No, no. —Daniel miraba el techo, donde su orgullo flotaba boca abajo como un pescadito en una pecera—. Una bendición. Chiquita. Qué bueno. Me alegro de poder ayudar.

—Ay, no te pongas así, que es un cumplido.

—Y yo lo recibo como tal —dijo Daniel, con la voz de los telegramas—. ¿Quieres café? Voy a hacer café.

Y cambió de tema con la velocidad del hombre que cierra una gaveta donde acaba de ver un alacrán.

Yolanda, que tenía esa inocencia letal de los que dicen la verdad por puro cariño, no entendió nunca qué nube había pasado por el cuarto, pero la nube pasó, porque la tarde era larga, y el café se enfrió dos veces, y la cama seguía ahí, alquilada y opinadora.

Entre una cosa y otra, Yolanda no se fue hasta casi la noche, habiendo sumado a la cuenta de la jornada dos cogidas más que estas páginas tampoco cuentan, todo en el mismo departamento donde dormía su marido, que era ya el colmo del descaro o de la poesía, según el abogado que uno consulte.

El niño dormía donde su abuela desde el día anterior, gracias a Dios y a la previsión de las madres culpables, que es la más eficiente de todas las previsiones humanas.

***

En el taxi de vuelta, peinándose con los dedos frente al reflejo de la ventanilla, Yolanda hizo el balance contable de su jornada con esa honestidad brutal que solo se tiene en los taxis: había ido ayer al departamento de Insurgentes a buscar a Alberto, a hacerse perdonar,

a recuperar lo que el barrio entero la había visto perder.

Y Alberto no estaba. Y ella salía veinticuatro horas después reconciliada con el universo entero menos con Alberto, oliendo a otro hombre, sonriéndole a un taxista desconocido por el retrovisor.

Sacó el teléfono y le escribió a Sara, su confidente de siempre, la única que la había abrazado cuando el rumor la dejó sin barrio: "Tengo que contarte algo. Es grave. Y no sé si es grave malo o grave bueno. Mañana sin falta."

Sara contestó al minuto: "Ay dios. Creo que voy a tener que sentarme."

Y las dos amigas quedaron citadas para intercambiarse, sin saberlo, dos secretos que se conocían de vista, porque en esa ciudad los secretos ya empezaban a saludarse entre ellos.

***

No en sentido figurado: una bola. Un nudo geométrico de mujer en la esquina superior izquierda de la cama de Las Lomas —esa cama matrimonial donde ya no quedaba matrimonio, solo el lado de ella y un lado en barbecho—, con las rodillas contra el pecho,

la sábana hasta la barbilla y los ojos abiertos desde las cinco y diez de la mañana, hora en que la despertó, puntual como un cobrador, el inventario de lo de anoche.

El cuarto de la mantelería. El apagón. La loción. Las manos en lo oscuro. La cara de Frank bajo el foco desnudo, sudada y feliz, con esa ternura de perro agradecido que era —de todo el catálogo del horror— lo único que Paola no conseguía sacarse de encima.

Porque lo otro lo tenía resuelto. Lo que pasó, lo que ella creyó, lo que ella dijo con esa voz que ahora no reconocía como suya: todo eso estaba clasificado, sellado y archivado bajo la etiqueta de "esto no pasó",

que era el sistema de archivo oficial de su familia desde hacía tres generaciones de italianos expertos en no ver lo que estorbaba.

Su abuela había archivado una guerra entera y un océano.

Paola venía de un linaje de archivadoras y sabía hacer su trabajo.

Lo que no se dejaba archivar era lo otro. Lo inconfesable. Lo que no le diría al Padre Anselmo ni con tres grappas, lo que no se decía ni a sí misma sino en ese duermevela de las cinco de la mañana donde una no es responsable de sus pensamientos:

Que lo había gozado.

Que su cuerpo —ese traidor, ese empleado desleal que ella alimentaba y vestía y llevaba al médico— había pasado en ese cuartito la mejor noche en años.

Años. Y que la había pasado con el hombre equivocado, en la oscuridad equivocada, por las razones equivocadas, lo cual venía a demostrar una cosa espantosa sobre la que Paola no pensaba detenerse: que al cuerpo las razones le daban exactamente igual.