Mundo de cuernos Capítulo 7
63%

Capítulo 7

Alberto llegó al departamento de Insurgentes a las ocho de la mañana, que era para él una hora teórica, una hora de la que había oído hablar en conversaciones ajenas.

Llegó de la calle, con la camisa de anoche y la cara satisfecha de una noche bien administrada, y entró con la copia de llaves que Daniel le había dado bajo juramento, porque su estadía en ese departamento se regía por una sola ley constitucional, dictada el primer día: tú aquí no vives,

tú aquí no estás, y si alguien pregunta, tú duermes en un hotel que no recuerdas cómo se llama.

Sobre todo si la que preguntaba era Paola, que era íntima de Yolanda, y enterarse de que Daniel le daba posada justo al recién separado de su mejor amiga era de esas noticias que en la Villa Romana cobraban intereses.

Subió silbando bajito. Era de esos hombres que silban al volver y no al irse, lo cual, bien mirado, era toda su biografía en un solo dato.

Metió la llave con el cuidado del que ha entrado de madrugada a muchas casas, propias y ajenas, y encontró a Daniel en la cocina, de pie frente a la nevera abierta, tomando agua directamente de la jarra con esa cara de hombre recién bañado a las ocho de la mañana de un día sin oficina,

que es una cara que no engaña a nadie que haya sido joven.

—Quihubo, hermano. ¿Cómo está la cosa?

—¿Y tú? ¿Apenas llegando? —dijo Daniel, y bebió un trago largo, ganando tiempo con el agua como otros lo ganan con el tabaco.

—La noche estuvo larga. —Alberto sonrió esa sonrisa suya que era un currículum completo—. No preguntes, que un caballero no tiene memoria. Trabajo en dos horas; voy a adelantar el cuadre aquí en la sala mientras tanto, que ayer lo dejé a medias y Marisela me come vivo.

Tiró el bolso en una silla, se desabotonó los puños, y al cruzar hacia la sala, por ese radar infalible que tenía para lo ajeno, miró por la rendija de la puerta del cuarto de Daniel.

Y vio unos pies.

Unos pies de mujer, descalzos, asomando del borde de la sábana con esa relajación total que los pies solo alcanzan en las camas donde han sido felices.

Alberto se detuvo. Retrocedió medio paso, confirmó la información, y se volvió hacia Daniel con la cara iluminada del que descubre que su amigo pobre tenía plata enterrada.

—Epa, epa, epa. —Bajó la voz a ese registro de cómplice que era su segunda lengua materna—. ¿Tienes a la Annamaria ahí?

No era una deducción brillante: era estadística.

Alberto llevaba semanas viviendo de incógnito en ese departamento y ya le conocía el protocolo a "la visita": la puerta del cuarto cerrada, el perfume en el pasillo, Daniel pidiéndole con los ojos que se volviera invisible.

Después del video, después de los tiros, después de todo, esos dos habían seguido.

Eso Alberto lo respetaba como se respeta una locura con constancia.

Daniel tragó el agua, la mentira y el susto en un solo movimiento de garganta. Decir que sí era fácil: era la mentira que ya estaba amueblada.

—Sí, vale —dijo bajito—. Ahí se quedó anoche.

—Qué suerte tienes, desgraciado. —Alberto le palmeó el hombro con una admiración deportiva absolutamente sincera, porque si algo tenía Alberto era generosidad para celebrar los goles ajenos—.

Y yo que pensaba que después del video se te había acabado el repertorio.

Tranquilo, que yo no vi nada. Yo soy una tumba. Con flores y todo.

—Una tumba —repitió Daniel.

—Eso sí, hermano, en serio te lo digo: cuídense. —Alberto bajó todavía más la voz, ya camino a la sala—. Que el marido de esa señora ya demostró que primero dispara y después conversa, y yo vivo aquí. Es un decir. Yo no vivo aquí. Pero si vuelve a repartir plomo, que me agarre en mi hotel.

Y se sentó a trabajar en la mesa de la sala, de espaldas al cuarto, ajeno como un santo de yeso.

Daniel entró al cuarto y cerró la puerta con una suavidad de enfermero.

Yolanda se estaba despertando con el pelo de medio lado y un ojo abierto antes que el otro, con esa cara de no saber en qué siglo estaba que tienen los que durmieron mejor de lo que merecían.

Él se sentó en el borde de la cama, le apartó el pelo de la cara y le dio un beso en la boca que ella recibió primero y entendió después, porque el cuerpo de Yolanda llevaba ya una noche entera contestando antes de consultar.

—Buenos días —murmuró ella, y se estiró como una gata, y a medio estirón congeló el movimiento—. ¿Con quién hablas? ¿Quién está afuera?

—Alberto.

El nombre tardó un segundo en hacer efecto, como tardan las inyecciones. Después Yolanda se incorporó impulsada por un resorte eléctrico, agarrando la sábana contra el pecho con las dos manos, los ojos del tamaño exacto de la catástrofe.

—¿Alberto está aquí? —El susurro le salió con esquirlas—. ¿Aquí afuera? ¿En la sala?

—Aquí vive, mi amor. Por eso viniste ayer, ¿te acuerdas? A buscarlo a él.

—¡Pero anoche no llegó! ¡Por eso me quedé! Yo pensé que... —Se llevó una mano a la boca—. Dios mío, Daniel. Es mi marido. Está a seis metros. Estoy desnuda en una cama a seis metros del mi esposo.

—Cinco y medio —dijo Daniel, que estaba descubriendo, a sus años, el lujo de no tener ya nada que perder—. Y tranquila. Él cree que la que está aquí es Annamaria.

Yolanda lo miró fijo, procesando la frase por partes.

—¿Y eso me tiene que tranquilizar? ¿Esa es tu noticia buena?

—Es mejor que la alternativa.

—¡Tengo que vestirme! —Yolanda ya estaba en operaciones, ya buscaba con la vista la ropa que la noche anterior había quedado repartida por el cuarto según un criterio que ninguno de los dos recordaba—. ¿Dónde está mi vestido? Daniel, suelta. Daniel. Daniel, te lo advierto.

Porque Daniel no la estaba ayudando a buscar el vestido.

Daniel la había alcanzado a mitad del cuarto y le estaba besando el hombro, la nuca, ese punto detrás de la oreja que la noche anterior había resultado ser una palanca maestra, y lo hacía despacio, sin apuro,

con esa paciencia recién estrenada de los hombres que ya tocaron fondo y descubrieron que en el fondo se respira.

—Estás loco —susurraba ella, furiosa, sin apartarse ni un centímetro—. Nos va a oír. Está ahí afuera. Es el colmo, Daniel, es el colmo del descaro, suéltame, hablo en serio, nos va a oír, te juro que nos va a oír...

—Entonces —dijo Daniel contra su oreja— no hagas ruido.

Y cada protesta de Yolanda fue saliendo un poco más baja que la anterior, y un poco menos convencida, y con más pausas en lugares donde las frases no llevan pausa, hasta que las protestas dejaron de ser palabras y fueron otra cosa,

y la otra cosa los fue llevando de vuelta a la cama con la torpeza coreografiada de los que se desvisten sin dejar de besarse.

Estas páginas, que tienen sus pudores, se quedan del lado de afuera de esa puerta, haciendo compañía a Alberto.

Baste decir que la cama era alquilada y opinaba; que la pared era delgada y chismosa; que la instrucción de no hacer ruido resultó ser, de todas las que Yolanda recibió esa mañana, la única que no pudo cumplir;

y que la maestra que de lunes a viernes les enseñaba a los niños a levantar la mano antes de hablar perdió la batalla contra su propia garganta con un entusiasmo que habría escandalizado a la asociación de padres y representantes en pleno.

Dentro del cuarto, Daniel la había puesto boca arriba sobre la cama deshecha de la noche anterior, con esa urgencia renovada de los hombres que han visto el peligro de cerca y descubren que el peligro les sube la temperatura.

Yolanda lo recibió con las piernas abiertas y los brazos alrededor de su cuello, y cuando él entró en ella —despacio al principio, por puro morbo de oírla—, ella cerró los ojos y se mordió el labio.

No sirvió de nada. Él empujó hasta el fondo y a ella se le escapó un gemido que sonó a rendición.

—Cállate —le susurró Daniel contra la boca, y la voz le salió ronca, cómplice, excitada—. Está ahí afuera. No hagas ruido.

Ella asintió, los ojos muy abiertos, las manos agarradas a sus hombros.

Lo intentó. De veras que lo intentó. Pero Daniel empezó a moverse con un ritmo lento al principio, profundo, cada embestida haciéndola empujar las caderas hacia arriba para recibirlo más, y de la garganta de Yolanda se escapó un hilo de voz que no era un gemido todavía, era el anuncio del gemido,

la respiración que ya no podía controlarse.

—Más duro —susurró ella, y la voz le salió rota—. Dame más duro, anda papito.

Él obedeció. Aumentó la velocidad, las embestidas más largas, más profundas, y la cama alquilada empezó a crujir bajo el peso de los dos con una honestidad que rozaba lo escandaloso.

El barrotes golpeaban contra la pared delgada con un ritmo que no podía disimularse.

Yolanda sintió cómo el placer le subía desde el vientre, cómo las paredes internas se contraían alrededor de él succionándolo hacia adentro en cada embestida.

Daniel la besaba en la boca, en el cuello, en los pechos, mordiéndole el labio inferior para que no gritara, y ella le agarraba la nuca con las dos manos para no soltarlo nunca.

—Así, así —jadeó ella, arqueando la espalda—. No pares. amor, no pares. Dame más rápido.

La palabra amor le hizo algo a Daniel que no esperaba.

Aceleró todavía más, las caderas golpeando contra las suyas con un ritmo feroz y preciso, la cama crujiendo como un testigo que no iba a callarse.

El sudor les pegaba la piel. El olor a sexo y a deseo llenaba la habitación pequeña.

Yolanda ya no intentaba contener nada. Gemía abierta, sin filtro, con esa honestidad que solo el sexo bien dado permite, y Daniel, en vez de taparle la boca, se excitó más al oírla.

—Que te oye —le recordó él, jadeando contra su oreja, empujando más fuerte—. Alberto te está oyendo. Desde la sala.

—Que me oiga —respondió ella sin poderse controlar, y la voz le salió de otro sitio, de un lugar que ella misma no conocía—. Que sepa lo que se pierde. Sigue, Daniel. No pares. Dame más duro, anda si.

Esa fue la frase que rompió el último freno.

Daniel la agarró por la cadera y clavó los dedos en su piel, y la penetró con una fuerza devastadora que hizo que la cabecera golpeara contra la pared con un golpe seco y rítmico.